|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
A una semana de celebradas las elecciones legislativas y sin una mayoría clara para formar Gobierno, la oposición israelí ha pasado a la ofensiva con un objetivo explícito: desalojar del poder al primer ministro Benjamín Netanyahu, el político que más tiempo ha gobernado Israel desde la fundación del Estado en 1948, superando ampliamente el récord que durante décadas ostentó David Ben-Gurión.
Objeto de una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, Netanyahu, de 77 años, ha ocupado el premierato en tres etapas: de 1996 a 1999; de 2009 a 2021 y desde diciembre de 2022 hasta la actualidad.
Netanyahu no puede formar gobierno, tampoco la oposición. ¿Qué viene ahora?
El líder de la oposición, y exjefe del Ejército, Gadi Eisenkot, anunció este martes la aceleración de las negociaciones entre los partidos contrarios al actual mandatario para constituir un Gobierno de emergencia nacional, evitar una nueva convocatoria electoral y abrir una nueva etapa política tras años de predominio del líder del Likud.
La iniciativa reúne a un amplio abanico de fuerzas políticas encabezadas por Eisenkot y en el que participan el ex primer ministro Naftali Bennett, el líder opositor Yair Lapid, Avigdor Líberman y Yair Golán.
Aunque este bloque suma 48 escaños frente a los 53 obtenidos por la coalición de Netanyahu, sus dirigentes consideran que el escenario parlamentario actual ofrece una oportunidad para construir una mayoría alternativa.
“Tenemos dos objetivos: formar un Gobierno de emergencia nacional y avanzar en medidas en la Knéset”, afirmó Eisenkot, quien también defendió la necesidad de promover cambios legislativos, elegir nuevas autoridades parlamentarias y derogar leyes que, en su opinión, afectan la calidad democrática del país.
La llave de la mayoría está en los partidos árabes
El principal desafío para la oposición no reside únicamente en sumar escaños, sino en conciliar sensibilidades ideológicas muy distintas dentro de un mismo proyecto político.
Las dos listas árabes representadas en la Knéset cuentan con 19 diputados, una cifra que podría resultar determinante para alcanzar la mayoría absoluta de 61 escaños necesaria para constituir un nuevo Gobierno. Sin embargo, la posibilidad de apoyarse en estas formaciones divide profundamente al bloque opositor.
Eisenkot ha fijado varias condiciones para cualquier eventual socio gubernamental, entre ellas el reconocimiento de Israel como Estado judío y la condena explícita de Hamás como organización terrorista luego de una guerra de exterminio contra el territorio de Gaza que ha costado la vida a más de 74 600 palestinos.
Estas exigencias podrían dificultar el entendimiento con parte de la representación árabe y la cuestión refleja una de las fracturas más sensibles de la política israelí contemporánea.
Mientras figuras como Yair Golán defienden la necesidad de integrar plenamente a los representantes árabe-israelíes en la gobernabilidad del país, dirigentes de derecha como Avigdor Líberman siguen rechazando esa posibilidad.
No obstante, líderes de los partidos árabes han respondido que la oposición debe asumir la nueva realidad política surgida de las urnas y explorar acuerdos que permitan desplazar a Netanyahu del poder.
Las discrepancias también atraviesan a la propia oposición. Mientras el líder de Los Demócratas, Yair Golán, defiende abiertamente la inclusión de fuerzas árabes en una eventual coalición y considera discriminatorio excluirlas por razones identitarias, otros dirigentes del bloque, especialmente Avigdor Líberman, continúan rechazando esa posibilidad. Naftali Bennett, por su parte, ha evitado fijar una posición definitiva y privilegia la construcción de una mayoría viable que impida unas nuevas elecciones.
Para los dirigentes árabes, la situación actual constituye una oportunidad para obtener mayor influencia política y abordar reivindicaciones históricas de una comunidad que representa aproximadamente una quinta parte de la población israelí.
Temas como la lucha contra la criminalidad en las localidades árabes, una mayor inversión pública y el combate a la discriminación ocupan un lugar destacado en sus demandas.
Evitar unas nuevas elecciones
Más allá de las diferencias programáticas, los dirigentes opositores coinciden en la necesidad de evitar una nueva cita electoral, un escenario que podría prolongar la parálisis política y favorecer nuevamente a Netanyahu.
“Debemos actuar con gran urgencia”, alertó Bennett tras la reunión celebrada por los principales líderes del bloque opositor en Herzliya.
La premura también está marcada por los plazos institucionales. En los próximos días, el presidente Isaac Herzog iniciará las consultas con los partidos representados en el Parlamento para determinar a quién encargar la formación del nuevo Gobierno.
El candidato designado dispondrá inicialmente de 28 días para construir una coalición, con la posibilidad de solicitar una ampliación de otros 14 días. Si fracasa, el presidente podrá encargar la tarea a otro parlamentario.
Para la oposición, el objetivo inmediato es llegar a esas consultas con una estrategia común y transmitir la imagen de una alternativa de gobierno viable.
Fin de la ayuda de EEUU
A la batalla parlamentaria se ha sumado en las últimas horas una nueva controversia estratégica. Eisenkot acusó a Netanyahu de actuar con opacidad después de que trascendiera la intención del presidente Donald Trump de poner fin a la ayuda anual directa de casi 4 mil millones de dólares que Washington proporciona a Israel y que es clave para mantener políticas de guerra en todo el Oriente Medio.
Las declaraciones de Trump han añadido presión a un debate ya complejo. Aunque Estados Unidos ha mantenido durante décadas un sólido respaldo militar a Israel, la eventual modificación de ese esquema introduce nuevas incertidumbres estratégicas en un momento de elevada tensión regional.
Una carrera contrarreloj
La oposición israelí afronta ahora una carrera contrarreloj para transformar su ventaja táctica en una mayoría efectiva. La suma de fuerzas dispares, las diferencias en torno al papel de los partidos árabes y la resistencia de Netanyahu configuran un escenario erizado de obstáculos.
Sin embargo, por primera vez desde las elecciones, los adversarios del líder del Likud parecen actuar bajo una estrategia coordinada y con una meta compartida: impedir que el político más longevo y uno de los más letales de la historia de Israel continúe al frente del Gobierno.
Las próximas consultas presidenciales y las negociaciones para construir una coalición determinarán si ese objetivo puede concretarse o si Netanyahu logra, una vez más, sobrevivir a una de las mayores amenazas políticas de los últimos años y continuar gozando de inmunidad ante una justicia que desde hace años quiere procesarlo por cargos de fraude, abuso de confianza y cohecho.











