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Si se les pregunta a los cubanoamericanos si Washington debe apretarle más las tuercas a La Habana, la mayoría dirá que sí. La encuesta FIU Cuba Poll 2026, que entrevistó a 1004 de ellos, hizo la pregunta de cuatro maneras y cada una produjo una mayoría. El 61 % está a favor de mantener el embargo económico de sesenta y cuatro años. El 65 % apoya el bloqueo petrolero. El 73 % está a favor de una acción militar de Estados Unidos contra el gobierno cubano. El 77 % quiere que Washington priorice la máxima presión, y el 63 % lo afirma con firmeza (Grenier y Lai 2026).
Esas cifras pueden leerse como una escalera del dolor, en la que el apoyo sube a medida que los peldaños se empinan. El embargo es el peldaño más bajo y el más antiguo. Su apoyo era del 60 % en 2007, cayó a un mínimo de 34 % durante los años de Obama y ha vuelto a subir hasta el 61 % actual. El embargo lleva más de sesenta años sin cambiar al gobierno, y el apoyo de la comunidad nunca dependió en realidad de los resultados. Es el vestigio más duradero de la alianza entre los exiliados que dejó la Revolución de 1959 y el Estado de su nuevo país. Le da sentido a la etiqueta de “exilio”, por mucho que el mundo haya cambiado desde aquel apretón de manos de la Guerra Fría entre dos aliados empeñados en derrocar al gobierno cubano.
El bloqueo petrolero es el peldaño más reciente: busca estrangular el suministro de combustible de la isla y, con él, la vida cotidiana de los cubanos, que cargan con las penurias que impone. La máxima presión da nombre a toda la estrategia. La acción militar ocupa el peldaño más alto, aunque la cima es más estrecha de lo que sugiere ese 73 %. Al preguntarles qué tipo de intervención preferían, el 43 % eligió una acción clandestina, el 28 % ataques contra objetivos militares seleccionados, el 15 % todas las opciones, incluido el bombardeo de zonas urbanas, y el 14 % una invasión terrestre.
La estrategia descansa en una teoría bastante difusa sobre cómo la “máxima presión” producirá el cambio. En enero, el presidente Trump, que nunca nos bombardea con detalles, dijo que Cuba “simplemente va a caer” (Nicas 2026). Más recientemente, el secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que quiere que La Habana aprenda que no hay “válvulas de escape” (Ferguson 2026). Los cubanoamericanos, en su mayoría, aceptan la vaguedad como artículo de fe. El 69 % cree que la máxima presión tendrá éxito, y el 46 % lo cree con firmeza.
Pero el gobierno no ha caído. Jack Nicas, del New York Times, pasó una semana en la isla este verano e informó que Cuba, sin acceso al combustible, sigue sobreviviendo (Nicas 2026). La presión, sin embargo, está teniendo un impacto devastador sobre el pueblo. Varios médicos le dijeron al Times que hay pacientes que mueren a causa del bloqueo (Augustin y Nicas 2026). Sin duda, el gobierno cubano tiene parte de la culpa de estas penurias.
Sus políticas económicas arcaicas e ineficaces tienen pocos defensores entre los economistas, dentro o fuera de la isla. Intenta frenéticamente reacomodar las sillas en la cubierta del Titanic, abriéndole más espacio al sector privado, con la esperanza de que no sea demasiado poco y demasiado tarde. Con todo, ninguna medida unilateral que el gobierno pueda tomar mejorará de manera significativa el bienestar del pueblo cubano hasta que Estados Unidos afloje el garrote y entable negociaciones centradas en aliviar el sufrimiento, no simplemente en destruir al gobierno.
Les pedimos a los cubanoamericanos que consideraran el costo que paga el pueblo cubano en este torbellino de inercia diplomática: ¿es el creciente sufrimiento de los cubanos, provocado por las políticas de Estados Unidos, un costo aceptable para lograr un cambio de régimen? La mitad dice que sí y la otra mitad, que no; un 37 % está totalmente en desacuerdo. La división sigue líneas conocidas.
El 70 % de los republicanos acepta el costo, frente al 20 % de los demócratas. Entre los independientes, el 59 % lo rechaza. También lo rechazan el 60 % de los encuestados menores de 40 años y el 63 % de los nacidos fuera de Cuba. En cambio, el 59 % de quienes salieron de la isla antes de 1995 lo acepta.
¿Qué sostiene esa aceptación? La creencia de que la estrategia funcionará. Un análisis cruzado muestra que, entre los encuestados que piensan que la máxima presión tendrá éxito, el 64 % acepta el costo. Entre quienes lo dudan, lo acepta el 22 %. Entre quienes apoyan la máxima presión, el 60 % acepta el costo; entre quienes se oponen a ella, el 24 %. Si la estrategia sigue produciendo penurias y ningún cambio político, la encuesta sugiere que la disposición a sacrificar el bienestar del pueblo cubano no se sostendrá. Pero ¿cuánto falta para que ese costo se vuelva inaceptable? El embargo ha durado más de sesenta años, la mayoría de ellos con un fuerte apoyo de los cubanoamericanos.
Los cubanoamericanos también separan la presión de la despensa. El 73 % está a favor de permitir la venta de medicamentos a Cuba y el 70 % la venta de alimentos. El 69 % dice que Washington debe priorizar políticas que ayuden al pueblo cubano. El 74 % respalda la ayuda de Estados Unidos al creciente sector privado cubano, y el 70 %, que este tenga un papel mayor en el suministro de gas propano y otros combustibles domésticos. El 67 % concedería un alivio de las sanciones a cambio de reformas de libre mercado; sin embargo, el 80 % rechaza que el gobierno se mantenga en el poder a cambio solo de reformas económicas, y el 54 % se opone a que se mantenga incluso a cambio de un plan de elecciones multipartidistas.
Al juntar las piezas, vemos que una amplia mayoría de los cubanoamericanos quiere que se ejerza la mayor presión posible sobre el gobierno cubano, aunque eso tenga un costo para el pueblo cubano. Una mayoría más pequeña cree que funcionará como catalizador del cambio político. La mitad acepta el sufrimiento de los que viven en la isla como el precio de un cambio de sistema político. Esa aceptación descansa en la creencia de que la máxima presión funcionará como se espera. La encuesta no puede decirnos cuánto tiempo está dispuesto a esperar resultados el Miami cubano. Y quienes pagan ese precio no aparecen en ella.
La gente en la isla también espera. Cuatro generaciones de la familia Silva Guerra estiran menos de sesenta dólares durante todo un mes, y el hijo de siete años de unos vecinos pasa cada mañana a desayunar con ellos (Augustin y Poole González 2026b). En Santiago de Cuba, Yusimi Castellano, que padece asma, enciende el carbón con poliespuma porque se le acabó el gas para cocinar. “No debería estar cocinando con carbón”, le dijo al Times. “Pero si no cocino, me muero” (Augustin y Poole González 2026a).
Fuentes:
Augustin, Ed, y Jack Nicas. 2026. “Cuban Patients Are Dying Because of U.S. Blockade, Doctors Say.” New York Times, 26 de marzo.
Augustin, Ed, y Lisette Poole González. 2026a. “Out of Gas, Cubans Cook With Charcoal and Wood to Survive.” New York Times, 25 de mayo.
Augustin, Ed, y Lisette Poole González. 2026b. “How a Four-Generation Cuban Family Survives on $60 a Month.” New York Times, 7 de julio.
Ferguson, Malcolm. 2026. “U.S. Military Prepares for Possible Action in Cuba.” The New Republic, 25 de septiembre.
Grenier, Guillermo J., y Qing Lai. 2026. FIU Cuba Poll 2026. Miami: Florida International University, Cuban Research Institute.
Nicas, Jack. 2026. “Cut Off From Fuel, Cuba Is Still Surviving.” New York Times, 27 de julio.










