|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Guanabacoa, al este de La Habana, guarda en el llamado Cementerio Viejo uno de los testimonios más antiguos y valiosos de la historia funeraria de Cuba. Construido a inicios del siglo XIX, este camposanto fue durante décadas el lugar de reposo definitivo tanto de figuras relevantes como de personas anónimas de una localidad de fuerte identidad propia y sincretismo cultural.
Proyectado en 1814 al lado de la conocida Ermita de Potosí, sus panteones de influencia neoclásica, sus esculturas funerarias y sus lápidas con inscripciones epigráficas convirtieron al cementerio en un museo al aire libre, donde cada tumba contaba una historia individual y tributaba a la memoria colectiva.


Aunque luego dio paso a otras necrópolis construidas en la zona, su historia y valores le merecieron la declaración de Monumento Nacional en 1997. El recinto se inserta, además, en un circuito patrimonial que incluye la mencionada Ermita de Potosí —fundada como Ermita de la Inmaculada Concepción en el siglo XVII—, el Parque Martí y otros sitios históricos de Guanabacoa.
Sin embargo, su condición patrimonial no lo ha salvado de un significativo y lamentable deterioro. No es un fenómeno nuevo, que pueda atribuirse solo al agravamiento de la crisis en la isla, sino una realidad que ha sido denunciada desde hace varios años por vecinos y publicaciones no oficiales, como resultado de vandalismo, desidia, falta de recursos e incapacidad institucional.


Sin respuestas efectivas para frenar su declive, el estado del Cementerio Viejo no ha hecho sino empeorar. La crisis y el abandono han dejado huellas profundas en este espacio. Las imágenes muestran tumbas hundidas, vegetación que cubre senderos y sepulturas, estructuras agrietadas y lápidas rotas o desplazadas, un deterioro del que no escapa tampoco la iglesia.
Entre la falta del mantenimiento y el cuidado necesarios, y el robo y el vandalismo sistemático que sufre el lugar, este histórico camposanto de Guanabacoa se va destruyendo, y con él la memoria y el patrimonio que aún atesora. No obstante, cada panteón que resiste, cada inscripción que aún se lee, cada escultura que permanece en pie es un recordatorio de lo que fue y debería seguir siendo.
Las fotos de nuestro corresponsal Otmaro Rodríguez no dejan dudas de su penoso estado actual y, al mismo tiempo, nos recuerdan por qué resulta necesario —o, más bien, imperativo— recuperarlo.


























