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El Parque Manila tiene uno de esos nombres que parecen lejanos para una ciudad como La Habana, tanto geográfica como culturalmente. Y, sin embargo, se trata de un sitio que forma parte del imaginario y la vida cotidiana de los habaneros, en particular del actual municipio del Cerro.
Este lugar remite, al menos en parte, a los vínculos entre Cuba y Filipinas, dos antiguas colonias españolas que llegaron a estar conectadas mucho tiempo atrás. Según estudios y testimonios, el nombre recuerda el asentamiento en la zona de algunos de los primeros filipinos llegados a la isla, una presencia que quedó fijada en el mapa con una calle y un parque llamados Manila.


El parque no es una plaza monumental ni tampoco el tipo de espacio que aparece en las postales turísticas. Tampoco un lugar que suela mencionarse como un emblema citadino y patrimonial. Pero ha sido, durante décadas, un escenario apreciado y compartido de la vida barrial del Cerro.
Es, como otros de su tipo, un respiro verde en la cotidianidad vecinal, entre viviendas, edificios, escuelas y el cercano hospital pediátrico. Fue, además, un punto de referencia para el transporte urbano habanero, pues en una época de allí partían las guaguas de la ruta 11, rumbo a Jacomino, en San Miguel del Padrón, y la 65, que llegaba hasta el reparto Bahía, en la Habana del Este.


Un momento importante en la historia del lugar fue la apertura en 1937 de una sala de lectura nombrada en honor del intelectual y bibliófilo decimonónico Domingo del Monte. La pequeña biblioteca del Cerro formó parte de una red pública que acercaba a los vecinos a clásicos de la literatura, revistas y periódicos, en un entorno marcado por el trasiego y bullicio citadino.
Muchos aún recuerdan el parque asociado a esa biblioteca durante décadas. Sin embargo, la estrechez y el deterioro del lugar produjeron su traslado a otros sitios y la demolición del inmueble. Con ello, el lugar perdió no solo un edificio sino un centro de relevancia cultural y una parte importante de su memoria.


Actualmente el Parque Manila sigue siendo un sitio de paso, interacción cotidiana y recreo infantil en su entorno urbano, pero —como toda la ciudad y el país— muestra claramente las huellas de la crisis, de la desidia y el vandalismo. El deterioro de calles y estructuras, la acumulación de agua y basura, y el visible descuido de sus áreas verdes conecta con la realidad de gran parte de la isla.
Aún así, este parque habanero no deja de ser un lugar entrañable para sus vecinos y caminantes, uno que ya forma parte de la historia y las memorias de la ciudad, un recordatorio de la casi desconocida huella filipina en Cuba y un espacio común que hoy muchos agradecerían poder recuperar. A él los acercamos a través de las imágenes del fotorreportero Otmaro Rodríguez.


















