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Mientras el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, posaba para fotos con los jefes de gobierno del Caribe en el resort Marriott de Basseterre, a pocos metros se desarrollaba una escena muy diferente: funcionarios de su equipo se reunían discretamente con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto de 41 años del general retirado Raúl Castro, en un hotel cercano a la sede de la 50.ª Reunión Ordinaria de la Conferencia de Jefes de Gobierno de la Comunidad del Caribe (CARICOM).
Así lo reportó este miércoles el Miami Herald, citando múltiples fuentes con conocimiento del encuentro que pidieron el anonimato por la sensibilidad de las conversaciones. La información confirma y amplía lo que Axios había adelantado el 18 de febrero: que Rubio y su equipo llevan semanas sosteniendo contactos reservados con Rodríguez Castro, conocido en Cuba como “El Cangrejo”, un apodo que alude a una deformidad en uno de sus dedos.
No está claro si el propio Rubio participó en el encuentro del miércoles. Lo que sí confirmó el secretario de Estado ante la prensa, sin desmentir los reportes, fue su disposición al diálogo: “No comentaré sobre ninguna conversación que hayamos tenido. Basta con decir que Estados Unidos siempre está preparado para hablar con funcionarios de cualquier gobierno que tengan información que compartir con nosotros”, declaró Rubio según la transcripción publicada por el Departamento de Estado.
Líderes del Caribe ven positivo el mensaje de Marco Rubio sobre una mayor cooperación
Raúl Guillermo Rodríguez Castro no ocupa ningún cargo visible en el gobierno cubano ni en el Partido Comunista. Sin embargo, su posición real dentro de la estructura de poder lo convierte en uno de los actores más influyentes de la isla. Teniente coronel del Ministerio del Interior (Minint), desde hace años es el cuidador y asistente de su abuelo, de 94 años, quien es tratado por la nomenclatura oficiosa como “líder de la Revolución”.
Rodríguez Castro es hijo de Débora Castro Espín, hija mayor de Raúl Castro, y del fallecido general de división Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien dirigió durante años el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), conglomerado militar que controla entre el 70 % y el 90 % del comercio minorista cubano y aporta entre el 30 % y el 40 % de la economía nacional.
Un alto funcionario de la administración Trump resumió así la lógica de estos contactos a Axios: no se trata de negociaciones formales, sino de “discusiones sobre el futuro”, y las conversaciones son “sorprendentemente” amistosas, sin “diatribas políticas sobre el pasado”.
Sanciones a cambio de reformas “mes a mes”
Según fuentes citadas por el Herald, el punto central del encuentro del miércoles en San Cristóbal fue la posibilidad de flexibilizar gradualmente las sanciones estadounidenses a cambio de que los líderes cubanos implementaran cambios en la isla de manera escalonada, “mes a mes”.
Un diplomático caribeño con conocimiento de las conversaciones entre Rubio y los líderes de la región reveló al Herald que el secretario de Estado les dejó claro en privado que “las conversaciones con el gobierno cubano estaban muy avanzadas” y les pidió que no dieran “falsas esperanzas a Cuba”, porque Washington estaba “muy cerca de lograr que los cubanos cambiaran su sistema”. “Parecía estar bastante seguro de que estaban cerca de un acuerdo”, añadió el diplomático.
Ante la prensa, Rubio fue más cauteloso pero no menos directo: “Cuba necesita cambiar. Y no tiene que cambiar de golpe. No tiene que cambiar de la noche a la mañana. Todos somos maduros y realistas aquí”, dijo, trazando un paralelo con Venezuela, cuya situación política definió como un proceso en marcha.
El secretario de Estado también subrayó el rol del sector privado cubano como eje de la visión estadounidense. Horas antes del encuentro, los departamentos del Tesoro y de Comercio habían emitido aclaraciones que permiten a empresas privadas cubanas importar combustible venezolano —una flexibilización simbólica pero significativa, atada a la condición de que el combustible no llegue al gobierno ni a GAESA.
Intento de infiltración y cuatro fallecidos
La “diplomacia discreta” del miércoles quedó ensombrecida por un incidente muy distinto: mientras Rubio se reunía con los líderes caribeños, se supo que guardafronteras cubanos habían abatido a cuatro personas e hirieron a otras seis a bordo de una lancha con matrícula de Florida que ingresó en aguas cubanas frente a Cayo Falcones, en Villa Clara.
Según el Ministerio del Interior cubano, los diez tripulantes —todos ciudadanos cubanos residentes en Estados Unidos— abrieron fuego contra una patrullera cuando se les solicitó identificación, y fueron repelidos. Un comunicado del Minint los señala como un “grupo de infiltración terrorista” portador de fusiles de asalto, granadas y chalecos antibalas.
Rubio describió el episodio como “sumamente inusual” y anunció que Estados Unidos haría su propia investigación independiente, sin especular sobre los hechos. El vicepresidente J.D. Vance reconoció que la Casa Blanca monitoreaba la situación con preocupación.
El incidente adquirió resonancias históricas adicionales: ocurrió un día después del 30.º aniversario del derribo, el 24 de febrero de 1996, de dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate por cazas cubanos, una acción que llevó a la administración Clinton a endurecer el embargo y convertirlo en ley. En 1996, al igual que ahora, Washington y La Habana mantenían conversaciones extraoficiales en el momento del derribo.
Expertos en asuntos cubanos consultados por el Herald advirtieron que la muerte de cuatro personas podría ser utilizada tanto en Miami como en La Habana para intentar descarrilar las conversaciones en curso. La pregunta que flota sobre la diplomacia caribeña es si la historia está a punto de repetirse, o si esta vez los incentivos de ambas partes son suficientemente fuertes como para resistir la tormenta.









