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El presidente Donald Trump sorprendió hoy con unas declaraciones que de inmediato sacudieron el escenario político hemisférico: al ser interrogado por periodistas a las puertas de la Casa Blanca, antes de volar a Texas, el mandatario dijo que Washington podría terminar concretando lo que él mismo denominó una “toma de control amistosa de Cuba”.
“El gobierno cubano está hablando con nosotros”, afirmó Trump. “No tienen dinero, no tienen petróleo, no tienen comida. Ahora mismo es una nación en serios problemas, y quiere nuestra ayuda. Podríamos terminar teniendo una toma de control amistosa de Cuba”. El mandatario no ofreció detalles sobre qué significaría exactamente esa fórmula, pero señaló que podría ser “muy positiva” para los exiliados cubanos que viven en Estados Unidos y que el secretario de Estado, Marco Rubio, está gestionando el asunto “al más alto nivel”.
Presiones in crescendo
La controversial frase de Trump, que recorrió en minutos todas las redacciones periodísticas del mundo y que ha disparado el debate entre tirios y troyanos, es el eslabón más reciente de una cadena de presiones que el gobierno de Trump ha venido aplicando sobre La Habana desde el primer día de su segundo mandato, el 20 de enero de 2025.
En su primer día en el cargo, Trump firmó una orden ejecutiva que rescindía decenas de decisiones de la administración Biden, incluyendo las que esta había tomado en sus últimos días sobre Cuba. Entre ellas, reincorporó a Cuba a la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, revertiendo la decisión que Biden había adoptado apenas seis días antes.
Con ese solo movimiento se reinstauraron automáticamente las sanciones financieras asociadas a esa designación, que restringen severamente las transacciones bancarias internacionales con la isla.
La estrategia escaló el 30 de junio de 2025, cuando Trump firmó un memorando de seguridad nacional que prohibió transacciones financieras con entidades cubanas vinculadas con el sector militar y de seguridad y amplió las sanciones a terceros países que hicieran negocios con el conglomerado castrense GAESA, estimado en el 60 % de la economía cubana.
Además de restaurar todas las entidades que ya estaban en la Lista Restringida de Cuba hasta la última semana del gobierno anterior —unas 230 entidades cubanas, incluidas subentidades presuntamente propiedad del ejército— se añadía una nueva: Orbit, S.A., una empresa procesadora de remesas a la isla.
En julio de 2025, a cuatro años de las protestas del 11J, el gobierno de Estados Unidos sancionó al propio presidente Miguel Díaz-Canel y a otros “líderes clave del régimen” —los ministros de las Fuerzas Armadas y del Interior, respectivamente, y sus familias— por “graves violaciones de los derechos humanos”. Desde La Habana la respuesta fue desestimar este paso y afirmar que Washington “no tiene la capacidad de doblegar” al pueblo cubano y sus dirigentes.
Después del 3 de enero
El golpe más duro, sin embargo, ha llegado por la vía del petróleo. La intervención de Washington sobre Venezuela —que culminó con la captura de Nicolás Maduro— cortó el suministro de crudo venezolano a Cuba, históricamente el más importante para la isla.
A finales de enero de 2026, Cuba tenía combustible para apenas 15 a 20 días. La Administración Trump inició un bloqueo petrolero basado en la amenaza con aranceles a cualquier país que intente suministrar petróleo a Cuba.
El resultado ha sido apagones que duran 20 horas, escasez de alimentos y medicamentos, semanas laborales y escolares reducidas, transportación colectiva en mínimos, entre otras muchas consecuencias que han precarizado aún más la vida cotidiana de los cubanos, sometidos ya a una larga crisis multifactorial por varios años.
“En Cuba, la larga crisis económica se ha visto agravada por las recientes restricciones de EE.UU. al acceso al combustible, que han empujado al país al borde del colapso”, dijo Volker Türk en la 61ª sesión del Consejo de Derechos Humanos. “Nada puede justificar la asfixia de una población entera”.
¿Control amistoso?
Es en ese contexto de fragilidad extrema para Cuba donde Trump lanza la idea de una “toma de control amistosa” —“friendly takeover”—, una formulación que recuerda, aunque con distinto tono, a sus referencias a Groenlandia o Canadá, y que encaja en su patrón de usar la presión económica para forzar negociaciones en sus propios términos.
La frase que Trump no puede tomarse en serio como una categoría de política exterior reconocida. Es, antes que nada, un concepto publicitario: una etiqueta que suena menos amenazante que “cambio de régimen” pero que, en la práctica, apunta a lo mismo.
Para descifrar qué podría esconder esa fórmula en el caso específico de Cuba, hay que leer entre líneas lo que ya se sabe de las negociaciones en curso, cotejarlo con el precedente venezolano y considerar los límites estructurales del poder cubano.
¿Cambio de régimen?
Ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado en Washington D.C. el pasado 28 de enero, el secretario de Estado Marco Rubio respondió: “Oh, no. Nos encantaría ver un cambio de régimen allí. Nos gustaría. Eso no significa que vayamos a provocar un cambio, pero sin duda nos encantaría verlo. No hay duda de que sería un gran beneficio para Estados Unidos que Cuba ya no estuviera gobernada por un régimen autocrático.”
Rubio agregó: “El embargo estadounidense contra Cuba está codificado. Fue codificado en la ley y exige un cambio de régimen para que podamos levantar el embargo.”
Analistas del Quincy Institute for Responsible Statecraft apuntan que Trump intuye que el compromiso pragmático podría funcionar mejor que la coerción pura, y que la Casa Blanca podría estar explorando fórmulas que incluyan inversión en infraestructura, turismo o recursos estratégicos a cambio de concesiones políticas del gobierno de La Habana, incluida la liberación de presos políticos. Cuba posee las terceras y quintas reservas mundiales de cobalto y níquel, respectivamente.
“Mes a mes”
La Administración Trump aplicó en Venezuela una fórmula que sus propios asesores ya están intentando replicar en Cuba: identificar a un actor influyente dentro de la élite gobernante, ofrecerle garantías, y usarlo como palanca para desmontar al gobierno existente desde adentro.
El perfil de esa figura tendría que ser el de alguien con acceso al poder real, pero suficientemente pragmático como para negociar su supervivencia.
En Venezuela, ese papel lo jugó Delcy Rodríguez, quien permaneció en el poder como presidenta en funciones tras la detención de Nicolás Maduro.
En Cuba, según Axios, la administración Rubio está apostando por Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto de 41 años de Raúl Castro, conocido como “El Cangrejo”.
La esencia del trato que se estaría discutiendo, de acuerdo con múltiples fuentes que citó el Miami Herald en su reportaje sobre un presunto nuevo encuentro entre Raúl Guillermo Rodríguez y miembros del equipo de Rubio, durante la Cumbre del Caricom en Saint Kitts, sería esta: Estados Unidos iría levantando sanciones de manera gradual —”mes a mes”— a cambio de que La Habana implemente cambios económicos y políticos concretos.
“Maduros y realistas”
“Bueno, el statu quo es insostenible. Tuve una reunión hoy aquí —explicó Rubio a la prensa— con todos los líderes de CARICOM, y fue uno de los puntos que planteé, y creo que prácticamente todos en la sala coincidieron en que el statu quo de Cuba es inaceptable. Cuba necesita cambiar. Necesita cambiar. Y no tiene que cambiar de golpe. No tiene que cambiar de la noche a la mañana. Todos aquí son maduros y realistas. Estamos viendo cómo se desarrolla ese proceso, por ejemplo, en Venezuela.”
El énfasis del gobierno de Trump, al parecer y al menos en una primera fase, estaría en abrir la economía antes que en exigir una transformación política inmediata. Algo que se podría traducir como expandir el sector privado, desmantelar el monopolio de GAESA sobre el comercio, permitir inversión extranjera directa sin la intermediación del Estado.
Así lo analiza el portal especializado U.S.-Cuba Trade and Economic Council. La señal que el propio Rubio ha enviado es: “Primero, cambia la economía. Segundo, invita a empresas americanas. Tercero, por ahora, el tipo de gobierno no importa, solo haz que funcione como China o Vietnam”.
Lo que Trump quiso decir exactamente con “toma de control amistosa” es deliberadamente ambiguo. Pero el mensaje apunta a que Washington cree que la presión está funcionando y que La Habana, acorralada, no tiene muchas cartas que jugar, que las que disponga la Administración en Washington. Está por verse si este enfoque es o no acertado.
Hasta el cierre de esta nota no se conoce respuesta del gobierno cubano a estas declaraciones, aunque es previsible que sean rechazadas y vuelva a hacerse un llamado a la unidad nacional frente a la amenaza exterior. Las autoridades han repetido en múltiples ocasiones que Cuba “nunca negociará su sistema político bajo presión o amenaza”.









