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A Cairostudio llegan cada día al menos cuatro o cinco emprendedores para preguntar por etiquetas, cuenta su fundador, Carlos Torres Cairo. Algunos llevan propuestas con una calidad muy baja; otros muestran un envase importado y piden algo parecido. Detrás de ambas situaciones hay una necesidad común: conseguir que un producto tenga una imagen capaz de distinguirlo en el mercado.
Pero identificar no basta. Una etiqueta puede llamar la atención y, al mismo tiempo, omitir información importante para quien compra. Puede funcionar en la pantalla de un diseñador y fallar cuando llega al envase. O resultar demasiado costosa para un productor que necesita mantener sus ofertas en medio de las dificultades económicas del país.
Esas temáticas atravesaron el encuentro “Etiquetar: ¿arte o responsabilidad?”, organizado por Cairostudio, Negolution y Central Estudio, realizado el viernes 23 de octubre en La Habana. La conversación reunió a representantes del diseño, la impresión y los ensayos de envases y embalajes para discutir un objeto cotidiano en el que confluyen decisiones artísticas, comerciales, técnicas y éticas.
Participaron Torres Cairo; Claudia Acevedo, CEO de Cairostudio; Reinaldo Báez Molina, director general y fundador de Central Estudio; y Jorge Luis Díaz Rosabal, especialista del Centro Nacional de Envases y Embalajes (CNEE). Marta Deus, CEO y cofundadora de Mandao, moderó el intercambio.
La pregunta inscrita en el título no terminó por separar dos caminos. Las intervenciones apuntaron, más bien, a la necesidad de reunirlos: hacer una etiqueta atractiva sin desatender lo que informa, cómo se produce y qué ocurre con ella una vez que el producto sale a la venta.
La primera presentación de un producto
“La etiqueta es la primera presentación de un producto”, afirmó Torres Cairo. En esa superficie, a veces pequeña, un negocio intenta decir quién es y por qué alguien debería escogerlo.

Báez Molina defendió la influencia del diseño gráfico en la decisión de compra y la necesidad de que los productores nacionales comuniquen mejor la calidad de sus mercancías. En su opinión, la competencia con los artículos importados exige trabajar no solo en lo que contiene el envase, sino también en cómo se presenta.
No se trata de limitar la conversación a alimentos o bebidas. El director de Central Estudio recordó que el etiquetado también concierne a comercializadores, productores textiles y diseñadores: cualquier actividad que necesite identificar y diferenciar lo que ofrece.
Para explicar esa aspiración, evocó las palabras de un cliente: “Yo no quiero que mi negocio sea en blanco y negro”. La frase expresaba un deseo de superar presentaciones elementales y construir una imagen propia.
Torres Cairo también observa cambios en quienes llegan a su estudio. El acceso a referencias de diseño y la comparación con otros productos hacen que los clientes exijan más. A su juicio, la mayor presencia de emprendedores y de producciones nacionales ha ampliado la necesidad de identificarse.
“Ese que hace producción nacional quiere identificarse. Y eso ha sido muy importante”, sostuvo en entrevista a OnCuba.
La demanda, sin embargo, suele comenzar por lo visible. Claudia Acevedo señaló que la primera preocupación de muchos productores es conseguir una identidad, antes que atender la información o las exigencias normativas de la etiqueta.
El encuentro buscaba intervenir precisamente en ese punto: mostrar que la apariencia es solo una parte del trabajo.
Informar también es cuidar
Una etiqueta no habla únicamente de una marca. También le dice al consumidor qué está comprando y le ofrece elementos para decidir si puede o quiere consumirlo.
Torres Cairo puso el ejemplo de la información sobre ingredientes y alérgenos. Más allá de escribir el nombre de un producto, insistió en la importancia de comunicar su composición y de prestar atención a las personas que pueden verse afectadas por una omisión.
“Es increíble la cantidad de personas que se ven afectadas por una etiqueta, por no traer una información”, expresó.

Desde el CNEE, Díaz Rosabal explicó que el diseñador debe trabajar estrechamente con el productor. Necesita conocer la aplicación de la etiqueta, el tipo de producto, el uso previsto, el material y el envase sobre el que será colocada.
“No hay un divorcio entre lo que es el diseño y lo que deben ser las normativas”, afirmó. Para el especialista, la dimensión artística no justifica ignorar los requisitos que correspondan al etiquetado.
Acevedo añadió otra perspectiva: si una empresa aspira a exportar, no tendrá que enfrentar solo la competencia nacional. También deberá atender las normas exigidas para acceder a esos mercados.
La responsabilidad, por tanto, no aparece al final del proceso como un añadido a la gráfica. Forma parte de las decisiones que deberían acompañar al producto desde su concepción.
Báez Molina propuso una manera menos técnica de pensar en el destinatario de todo ese esfuerzo: “Siempre piensa que puedes terminar vendiéndoselo a tu abuela”.
Su recomendación comprendía tanto la calidad del producto como la preparación de quien lo vende. El consumidor, recordó, no es una abstracción: puede ser un familiar, una persona cercana, alguien que deposita confianza en lo que recibe.
Una etiqueta tiene que resistir fuera de la pantalla
Entre el archivo de diseño y el producto terminado hay materiales, tintas, equipos, envases y condiciones de uso. Una buena propuesta visual no resuelve por sí sola esa cadena.
Báez Molina insistió en que el trabajo no debe agotarse en la relación con el impresor. Recomendó acudir a centros profesionales y someter los productos, las etiquetas y los empaques a pruebas que permitan evaluar su comportamiento.
El propósito es evitar que una inversión de tiempo y recursos termine deteriorada durante el transporte: un envase roto, una presentación sucia o información borrada.

La elección del soporte tampoco admite respuestas universales. Torres Cairo describió como «extremadamente complejo» aconsejar a un cliente si debe emplear papel o adhesivo vinílico. A esa decisión se suma otra incertidumbre: que el proveedor pueda mantener el suministro del material escogido.
Acevedo cuestionó, además, las generalizaciones que circulan en redes sociales sobre la calidad de ciertos soportes. Según explicó, ni el papel adhesivo es necesariamente malo ni el vinilo garantiza por sí solo un buen resultado.
“No crean todo lo que dicen los reels, que son lindos y atractivos”, recomendó.
Su observación devuelve el debate a las condiciones concretas de cada encargo. No basta con escoger el material que parece más moderno o el acabado más vistoso: es necesario valorar qué solución responde al producto y qué puede sostener el proveedor.
Producir etiquetas en medio de la crisis
Las posibilidades técnicas de los estudios no dependen únicamente de sus conocimientos o de las exigencias de los clientes. También están condicionadas por el acceso a insumos y tecnologías.
Torres Cairo describió 2026 como un año de inversiones y gastos para Cairostudio. Los materiales que utilizan son importados y, según explicó, algunos les están costando hasta tres veces más que antes.
El fundador del estudio vinculó esas dificultades con las sanciones y los obstáculos al transporte marítimo hacia Cuba. En su experiencia, el encarecimiento de la logística ha obligado a buscar alternativas para mantener el servicio.
Entre las respuestas mencionó la incorporación de papel adhesivo y la importación de una máquina de impresión ultravioleta, destinada a ampliar los soportes sobre los que pueden trabajar.
La inversión busca responder también a una demanda que no deja de cambiar. Báez Molina contó que, cuando cree haber llegado al límite de sus capacidades, aparece un cliente que desea empaquetar algo que el estudio no ha hecho antes.

En ocasiones, deben rechazar proyectos por falta de tecnología o capacidad. Pero procuran que esa negativa no sea definitiva.
«Lo perdimos este mes, pero en tres meses vamos a la revancha y llamamos al cliente», comentó.
Para Acevedo, uno de los grandes retos consiste en no poder garantizar siempre los mismos proveedores internacionales. Las dificultades generales del país entran en la cadena de producción y obligan a ajustar materiales, tiempos y soluciones.
Los productores, señaló, tampoco pueden detener indefinidamente sus ventas a la espera de condiciones ideales. Buscan alternativas y tratan de mejorar según sus posibilidades.
Esa adaptación no elimina los riesgos. Torres Cairo advirtió sobre ofertas de impresión con precios muy bajos que después no pueden sostenerse. Cuando el proveedor desaparece o la etiqueta no cumple lo esperado, el cliente queda con un problema que afecta sus costos y su capacidad de competir.
Formarse para construir una empresa
El encuentro tuvo un propósito formativo que, para Torres Cairo, está directamente relacionado con el futuro de los negocios.
«En la formación está realmente el crecimiento de una empresa», afirmó. Su intención era que quienes se acercaran después al estudio llegaran con ideas más elaboradas y una comprensión mayor de lo que necesitan.

Báez Molina también relacionó la profesionalización con el paso de resolver una venta inmediata a construir un proyecto duradero. En su criterio, empiezan a surgir productores que buscan desarrollar marcas, mejorar procesos y competir con mayor preparación.
Esa aspiración exige colaboración entre quienes producen, diseñan, imprimen y evalúan. También demanda una disposición a revisar lo hecho: el producto, su imagen y sus soluciones técnicas no tienen por qué permanecer inmóviles.
Torres Cairo lo resumió como una invitación a los clientes: “Exíjannos. Nosotros, con la exigencia de ustedes, vamos a mejorar”.
En las experiencias compartidas, etiquetar dejó de ser el último trámite antes de colocar una mercancía en el mercado. Es el punto donde se encuentran la identidad de un negocio, la información que recibe una persona y las posibilidades reales de producir con calidad en Cuba. El reto no consiste en escoger entre arte y responsabilidad, sino en conseguir que ninguna de las dos quede fuera del envase.












