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El panel de Último Jueves arrancó con una pregunta retórica que parecía un inocente asunto de perspectiva euclidiana.
¿Qué cambia cuando miramos la economía desde abajo, desde la familia, en lugar de hacerlo desde arriba, desde la macroeconomía? inquirió Rafael Hernández, director de la revista Temas y moderador-provocador de estas sesiones casi mensuales de exposición y debate sobre cuestiones de alto voltaje en la isla.
La respuesta vino a través de un golpe de realidad.
El panelista Carlos Enrique González, economista de la Universidad de La Habana, apenas dudó en conectar las caras de una dependencia estructural: “Va a ser muy difícil que la mayoría de las economías familiares en un país estén en condiciones adecuadas si la economía macro no está haciendo lo que debe”.

Si la inflación es alta, el poder adquisitivo se erosiona; si el crecimiento es bajo, el empleo escasea; si la política fiscal o monetaria es inestable, los hogares sufren incertidumbre y estrés.
La afirmación de González, quien en su momento fue director de Proyecciones y Coordinación Macroeconómica del Ministerio de Economía y Planificación, dejó claro que, aunque las familias inventen estrategias de supervivencia y hasta de progreso, el techo lo pone un Estado la mayoría de las veces incapaz de garantizar bienes y servicios básicos en los últimos años, coincidiendo con una sinergia para el fracaso: el agravamiento del ocaso del modelo de economía burocratizada y de la panoplia estadounidense de sanciones.
Por su parte, la socióloga Geidy Hernández, la segunda panelista, disparó un dardo racionalista desde otra esquina de la mesa: “Lo que no se representa en el plato de comida de la casa no puede entenderse en la economía de forma general”.
Con esa frase, bajó la discusión al rasero del fogón doméstico, un escenario donde se deciden dilemas: si el arroz alcanza, si se compra el antibiótico o si se paga el transporte o la reparación de un techo a punto de caer.

El plato como termómetro. Mutis estadístico y controversia
De alguna manera, la metáfora del plato de comida se convirtió en la cuerda que hilvanó los vaivenes temáticos del panel. Geidy, quien integra el equipo del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), insistió en que la economía cubana solo puede comprenderse si se observa cómo las familias planifican su día a día: “Si tú no logras satisfacer tus necesidades básicas, nunca podrás entender cómo se manifiesta el funcionamiento dentro del país”.
La lista de prioridades es dramáticamente básica: alimentación, aseo, medicamentos, transporte, reparaciones impostergables. El entretenimiento, el consumo cultural y hasta la educación quedan relegados.
En un país envejecido, el más de la región, donde jubilados sobreviven con pensiones raquíticas, la planificación se reduce a decidir entre comprar comida o medicinas.

Carlos Enrique recordó que el Estado ni siquiera sabe con precisión qué consumen las familias. “La última encuesta nacional de ingresos y gastos de los hogares se hizo en 2009. Hoy no tenemos la menor idea de qué consume el cubano”. Esa ausencia de datos convierte la política económica en un ejercicio que se conduce con palos de ciego.
Sin embargo, el agujero estadístico no ha quedado vacío. Un informe del Observatorio cubano de Derechos Humanos (OCDH) en 2025 estableció que “solamente cerca de una cuarta parte de la población no ha tenido dificultades para tener acceso a alimentos”.
De acuerdo con esta entidad no gubernamental, fundada en Madrid en 2010 e integrada principalmente por ex prisioneros de conciencia (personas encarceladas por credos políticos) y activistas de derechos humanos, “7 de cada 10 cubanos han dejado de desayunar, almorzar o comer, debido a la falta de dinero o a la escasez de alimentos, en tanto la “proporción pasa a ser 8 de cada 10 entre quienes tienen más de 61 años”.
“Sinceramente decir que el 89 % de las familias cubanas están en pobreza extrema es una exageración que no se justifica”, replica, por su parte, la socióloga Mayra Espina, una de las expertas cubanas más avezadas en el universo de la pobreza en la isla.
“Una cosa es que exista un proceso de precarización de la vida cotidiana que afecta a toda la sociedad; y otra, esa proporción de pobreza extrema. Por ejemplo, que 7 de cada 10 personas se privan de una comida al día [según el informe]. No obstante, la muestra es pequeña para una medición cuantitativa y no resulta estadísticamente representativa de la pobreza”, manifestó a los requerimientos de OnCuba sobre la credibilidad de tales estadísticas.

Según el OCDH el recorte alcanzó 1344 entrevistas, seleccionadas mediante un muestreo aleatorio simple, con estratificación por conglomerados según hábitat de residencia, sexo, edad y grupo racial, y con afijación proporcional. El margen de error para los datos globales fue de aproximadamente 2,73 %, con un nivel de confianza del 95,45 % y una probabilidad del 50 %, lo cual indica que, en promedio, de cada dos intentos, uno debería resultar en éxito y el otro en fracaso.
“Una contrastación útil sobre la validez de la muestra es que solo el 37 % de las familias recibe remesas, según este estudio. En otros estudios muy serios esa proporción es mucho mayor”, dijo la doctora Espina, quien por más de cuarenta años ha monitoreado las desigualdades sociales en el país socialista.
Para la autora del libro Políticas de atención a la pobreza y la desigualdad. Examinando el rol del Estado, “aunque una medición cuantitativa seria de pobreza es mucho más complicada que construir una canasta básica como bien ha hecho el economista Omar Everleny, yo he estimado, para inicios del año pasado, un 45 % de la población en situación de pobreza de ingresos. Tendré que actualizar esa estimación porque debe haber aumentado, pero no a 89 %”, insistió.
Apagones para todos, Tolstoi y la diversidad de las familias
La discusión sobre la macroeconomía se volvió tangible cuando González lanzó una frase que arrancó murmullos en la sala: “Está claro que los apagones son para todo el mundo. Si no hay petróleo, a todo el mundo le tocan apagones”.
La imagen es contundente: no importa si una familia recibe remesas o tiene un negocio exitoso, si el país no produce electricidad, casi todos terminan a oscuras, salvo quienes posean generadores propios, ya sean estaciones de energía o sistemas fotovoltaicos en los techos, cuyo costo está bien lejos de los bolsillos promedio.
La macroeconomía se impone como un muro contra el que chocan las estrategias individuales, pero no todas.

El moderador Rafael Hernández recordó que no existe “la familia cubana” en abstracto, sino múltiples tipos: campesinas, profesionales, emprendedoras, jubiladas, remesadas desde la diáspora. Cada una enfrenta la crisis con herramientas distintas, tal como decía Tolstoi de las familias infelices: cada una “lo es a su manera”.
La socióloga Hernández lo ilustró con su propia experiencia: “Familia típica, como la mía: mi mamá jubilada y yo profesional. Sin otra entrada que los salarios individuales. ¿Cómo priorizamos? Alimentación, aseo, medicamentos”.
La diversidad se convierte en desigualdad. Una familia con acceso a la tierra puede producir parte de sus alimentos; otra, en un barrio urbano sin recursos, depende totalmente del mercado dolarizado, o no, pero está sujeta a la inflación galopante en los agromercados.

La dolarización: enemigo íntimo. Remesas: la salvación individual
Uno de los temas más candentes de Último Jueves llegó con la pregunta sobre la dolarización. ¿Está dolarizada la economía cubana? González fue tajante: “Soy enemigo acérrimo de la dolarización porque parece resolver muchas cosas, pero desplaza la moneda nacional, impulsa la inflación y limita la capacidad del gobierno para manejar la economía”.
Sin embargo, la realidad familiar contradice la teoría. La dueña de una casa de alquiler, entrevistada por OnCuba, lo resumió sin rodeos: “Si uno no tiene dólares, no va a poder resolver ni alimentos, ni transporte, ni medicamentos”.
La paradoja toma aires de contraste brutal: el economista denuncia la dolarización como un veneno para el país, mientras las familias la viven como única tabla de salvación.
En Cuba, según Hernández, entran poco más de 3 mil millones de dólares en remesas cada año. Ese flujo sostiene a miles de hogares, pero también profundiza la brecha entre quienes reciben ayuda del exterior y quienes dependen solo de salarios estatales.

González aclaró: “Que entren miles de millones en remesas no significa que el país esté dolarizado. Lo que determina la dolarización es si las transacciones se hacen en dólares o en moneda nacional”.
La distinción académica poco consuela a la familia que necesita dólares o su equivalencia a la tasa informal del cambio para comprar medicamentos caros, como los antibióticos, en el mercado informal.
Obviamente, la dolarización empuja a las familias hacia la informalidad como vía de ingresos. En los barrios las estrategias de sobrevivencia recorren un espectro insospechado de bienes y servicios: desde condones a 50 CUP la unidad hasta la venta de envases reciclados, bidones llenos de agua o la propia electricidad de un circuito energizado a otro inerte mediante conexiones ilegales conocidas como “tendederas”. En otros casos, sexo tarifado.

Hipertensos y estraperlo
Geidy ejemplificó con uno de los dramas al uso: los jubilados hipertensos (según datos oficiales, la prevalencia de hipertensión pasó del 22,4 % en 2010 al 29,5 % en 2024, con un 21 % de pacientes sin tratamiento regular) que deben pagar medicamentos a precios exorbitantes en redes informales: “Una sola persona tiene que decidir entre comprar los medicamentos de la presión en un mercado informal a precios supercaros o sobrevivir el mes”.
Hace tiempo ya que el mercado negro se ha convertido en el verdadero regulador de la vida cotidiana, mientras el Estado pierde capacidad de control y se retira de políticas protectoras.
“Hoy por hoy los precios que dicta el mercado están por encima de lo que yo pudiera estar ganando, trabajando en un centro estatal determinado”, recordó la experta.
Hace dos años, en Sancti Spíritus, los principales fármacos para el control de la hipertensión arterial, como son el enalapril, el captopril y el atenolol tenían un costo de 400 pesos el blíster de 10 cápsulas. “Un tratamiento completo supondría destinar 1200 pesos para las pastillas de la presión. ¿Qué queda entonces para comer? O te mueres de hambre, o te mueres de un infarto o un derrame cerebral”, manifestó en ese momento Rogelio Carrazana Trillo, anciano residente en el reparto Kilo 12, en Sancti Spíritus.
Datos actualizados esta primera semana de abril de 2026 en el mercado sumergido informan que un blíster de enalapril de 10 tabletas puede llegar a costar entre 350 y 400 CUP, mientras que 14 unidades de atenolol de 50 miligramos topa los 750 CUP y la docena de amlodipino de 10 miligramos se adquiere por 400 CUP.
El cuadro básico de medicamentos en Cuba cuenta con 651 renglones (250 importados y 401 de producción nacional), de los cuales más de 400 actualmente no se reciben con normalidad en las farmacias del país. Asimismo, 364 medicamentos (el 56 % del total) están en falta, subrayó un informe oficial en 2025 para resaltar los estragos del embargo.

Voces del público
Las intervenciones de los asistentes al debate fueron descarnadas. Everleny señaló que las estadísticas sobre precios y consumo sí existen, pero no se publican; criticó medidas absurdas como los topes de precios (“no resuelven ningún problema”) e insistió en que la clave está en incentivar la producción agrícola y eliminar trabas al campesino, remitiendo el éxito de las reformas de Vietnam. “El problema esencial no es la familia en sí, sino el modelo económico, y en la medida en que no se [haga] una reforma integral de la economía, todo lo que se ha dicho aquí van a ser parches”.
La libreta de abastecimiento, símbolo de la distribución socialista de los albores de los 60, “se eliminó hace varios meses; [no] va a volver, porque el Estado no tiene divisa para comprar el arroz que antes repartía”, estimó el experto.
El investigador Ramón García, entretanto, subrayó que entre 30 % y 40 % de la economía cubana está en el sector informal y denunció que entre 2022 y 2025 hubo una transferencia brutal del gasto social del Estado hacia las familias.

Por su parte, otro de los asistentes recordó que más del 90 % de los ingresos familiares se destinan a alimentos, lo que calificó como “pésima supervivencia”, criticando además las prohibiciones legales que impiden a profesionales tener más de un trabajo.
Axiomático, el economista Juan Alejandro Triana defendió que la familia es la base de la sociedad cubana, pero está maniatada por las restricciones del modelo: “Sin familias sólidas, sin relaciones familiares sólidas, la base de la sociedad se debilita y así […] el resto de las estructuras sociales, y por tanto económicas”.
El Dr. Jesús Menéndez propuso un criterio provocador durante el debate: “Vulnerable es todo aquel que no esté en el sector privado” y señaló que muchas familias han tenido gastos catastróficos en salud, superando el 40 % de sus ingresos en medicamentos.

Estadísticas que duelen, profesionales que estiban y el efecto mariposa
Cuba concluyó 2025 con una inflación interanual en el mercado formal del 14,07 %, un registro de 10 puntos porcentuales por debajo a la de 2024, según datos publicados por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI).
Sin embargo, las realidades de la economía familiar no cuentan con esa cifra para enfrentar sus urgencias cotidianas.
De acuerdo con estimaciones del economista cubano Pavel Vidal, la inflación real en la isla en 2025, que a diferencia de los informes mensuales de la ONEI incluye los precios en el mayoritario y surtido mercado informal, “rondaría el 70 %”.
En paralelo, la producción agrícola ha experimentado una caída entre un 30 % y 40 % respecto a 2018; las importaciones de alimentos, todo un fardo insoportable, suman 2500 millones de dólares anuales; en tanto más del 90 % de los ingresos familiares son destinados a comer.
La aritmética de la supervivencia no es apta para cardíacos o hipertensos y se impone una gran puesta a punto de reinvenciones familiares e individuales para sortear las realidades abusivas del presente.
Así, nada extravagante es que profesionales con maestrías y doctorados trabajen como estibadores en mipymes. “Con el estado no vuelvo a trabajar jamás”, confiesan algunos, aunque reconocen la explotación, según reveló la socióloga Hernández.
El cálculo es simple: 12 mil pesos mensuales o más en una cafetería privada versus un salario estatal que no alcanza para una semana de alimentos.

La migración se ha convertido en estrategia familiar, no individual. El éxodo masivo reciente ha dejado un país envejecido, demográficamente amputado en cerca de 2 millones de habitantes, y con una paradoja afectiva que Geidy describe como un quejido colectivo: “Tengo todo económicamente, pero estoy sola. Ese cariño de mis hijos, ese cariño de esas personas allegadas se va quedando”.
A su vez, otras dinámicas de adaptación como las uniones por conveniencia económica proliferan. Matrimonios que hace una generación habrían sido impensables hoy reciben el aplauso familiar. “Lo que moralmente en su momento yo decía o me enseñaron que no se puede hacer, hoy en la práctica lo aplaudo”, admitió, por su parte, el politólogo Rafael Hernández, aludiendo a terceros.

Las propuestas de reforma son conocidas y repetidas por una variopinta comunidad de economistas, radicados tanto en la isla como en la diáspora: reforma agraria real, transformación de la empresa estatal, liberación del sector privado, reforma de la planificación centralizada, desdolarización, entre otras medidas impostergables que son desestimadas una y otra vez por el establishment que se opone a tomar riesgos que recorten sus cuotas de control político y sus oxigenadores financieros.

“Si queremos permanecer en Cuba, si queremos vivir en Cuba y queremos que nuestra familia viva mejor, a la economía estatal tiene que irle mejor”, advirtió el economista Carlos Enrique González. Pero los obstáculos son estructurales. “Mientras haya que pedir permiso, lo único que se desarrolla es la marginalidad”, sentenció un empresario presente en el público.
El Decreto 107 de 2024 mantiene 125 prohibiciones para profesionales que quieren ejercer un segundo trabajo. La burocracia asfixia lo que la creatividad popular intenta construir y está por ver qué grado de liberalización, en todos los sentidos y expectativas, saldrá de las negociaciones entre La Habana y Washington, de las que apenas se sabe algo, salvo especulaciones, y que están bajo el imperio terrible del efecto mariposa.










