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Toma 1: Preliminares
El cine entró en la vida de Daniel Chile (La Habana, 1987) en una edad perfecta: la infancia. Su padre, realizador audiovisual, le llevaba películas a casa y él las devoraba frente al televisor. “Recuerdo que las veía ya desde que tenía 5, 6, 7 años… disfrutaba las películas, aunque era algo más inconsciente”, confiesa a OnCuba luego de recorrer unos diez kilómetros de tribulaciones en triciclos eléctricos, “el carro” del momento en la Cuba de apagones, inflación gasolinera e incertidumbres.
Su “virginidad fílmica” se quebró en la secundaria. Tenía trece años. Allí se topó con la descarnada y cínica American Beauty, del británico Sam Mendes, que arrasó, año 2000, con un quinteto de estatuillas de la Academia estadounidense. “La película me marcó emocionalmente, me impactó. Comprendí lo que podía lograr el cine en los espectadores”. Fue la primera vez que entendió que una historia podía atravesar varias capas de sensibilidad, permanecer orbitando por semanas y dejar cicatrices invisibles y fructíferas.

El segundo golpe llegó años después, en 2007, con Amores perros, del mexicano Alejandro González Iñárritu. “Me produjo algo increíble, no podía creer lo que estaba viendo”. Y esa fue una suerte de disparo desiderativo: Se dijo: “quisiera hacer algún día una película como esa”.
Esa revelación lo lanzó de cabeza al cine latinoamericano, donde descubrió a Cuarón, Del Toro, Campanella, Szifrón, Trapero, Meirelles, entre otros de la camada que reposicionó la imaginación cinematográfica regional en medio de una competencia feroz. Películas como Ciudad de Dios o Relatos salvajes le mostraron que el cine podía ser visceral, complejo y brutal, y que Latinoamérica tenía mucho que decir con imágenes tan perturbadoras como taquilleras.
Pero Daniel no se quedó ahí. Su hambre lo llevó a los clásicos anglosajones. Pasó revista, desde Welles con su Ciudadano Kane —un clásico donde los haya— pasando por Hitchcock, Scorsese, Spielberg, Lumet, Tarantino y ya, más recientemente y con la pupila puesta en el Oriente, Bong Joon Ho con Crónica de un asesino en serie o Parásitos.
Pero en el proceso, un punto y aparte, lo detuvo en seco y de un tirón lo sentó en el pasado frente a un director del que nunca había oído hablar hasta ese momento: Billy Wilder, un portento visual y una arquitectura discursiva fascinante. “Sus guiones eran como un reloj, prácticamente perfectos… y sus películas me emocionaban profundamente”. El apartamento, Sunset Boulevard, Testigo de cargo se convirtieron en su escuela secreta. “Pienso que es mi cineasta favorito del cine clásico norteamericano y uno de los favoritos de toda mi vida”. Wilder, un director austríaco de origen judío que huyó del nazismo, le enseñó que la precisión podía ser tan devastadora como la emoción.
En Cuba, el referente inevitable fue Tomás Gutiérrez Alea. “Fresa y Chocolate es mi preferida de él. Me impresionaba cómo podía llegar tanto a la intelectualidad como al público en general”. Titón le mostró que el cine podía ser valiente y a la vez popular, capaz de hablar de un país entero sin perder la poesía y la intriga envolvente de la historia. Daniel también reconoce a Humberto Solás, Fernando Pérez y Pavel Giroud. Y distingue, en la multitud, a un Ernesto Daranas con Conducta, en su día un acta de acontecimientos de la crisis existencial de la que Cuba está atrapada hace décadas. “Actualmente hay muchos cineastas cubanos haciendo un cine diverso y osado”, justiprecia.
Su propia obra se inscribe en esa corriente, pero con una ambición signada en desbordar fronteras geoculturales. “Me interesa que mis historias conecten también con un público extranjero, no solamente con el cubano. Quiero que la gente vea mis películas y se emocione, que les sacuda el alma”. Esa frase resume su credo: el cine como estremecimiento, mordida sentimental, golpe visual que no se olvida.
Hasta ahora, Daniel ha dirigido cinco cortometrajes de ficción: Tres puntos, Túnel, Tarde para Ramón, Atrapado y El último juego. Todos revisan al ser humano en situaciones límite. “Me interesa explorar la naturaleza humana en un contexto determinado y cómo actúa en situaciones extremas”, explica. En Tres puntos aborda la marginalidad, en Túnel la soledad, en Atrapado la supervivencia, y en Tarde para Ramón el reencuentro familiar, protagonizado por Jorge Perugorría. Cada historia es un laboratorio de emociones al borde de las posibilidades humanas.
Toma 2: El corto, sus temores, sus manejos
¿Cuál fue el origen de este corto, El último juego?
La idea la tenía esbozada desde hacía tiempo, pero no encontraba una estructura sólida para el guion. Entre 2021 y 2023 hubo un pico migratorio en Cuba y empecé a preguntarme cómo sería el futuro del país. Tengo un niño que nació en 2022 y me impactaba escuchar frases en la calle como “Cuba se va a quedar vacía”. El corto es una alerta sobre ese futuro que no queremos, y también sobre el impacto psicológico que ese contexto puede tener en los niños que están formando su personalidad.
¿Por qué elegiste a [Amilcar] Salatti para trabajar en el guion?
Conocí a Amilcar hace tiempo; trabajamos juntos en Atrapado y desde entonces hemos colaborado. Es un guionista inteligente, intuitivo, imaginativo, con un dominio extraordinario de la estructura de una historia, de los personajes y los diálogos. Cada vez que trabajamos juntos me sorprende su nivel de imaginación y profundidad. Lo admiro muchísimo y espero seguir colaborando con él.
¿Qué órdenes le diste al director de fotografía para lograr esa fuerza plástica que posee tu corto?
Tuve la suerte de trabajar con Alexander González, un director de fotografía con mucha sensibilidad. Hicimos un trabajo de mesa y coincidimos en buscar una fotografía realista, cruda. Me gusta mucho la cámara en mano, que esté cerca de los personajes, que respire, que parezca la vida misma. Nos inspiramos en películas como Amores perros, 21 gramos o Ciudad de Dios. Aunque no todo es cámara en mano: hay secuencias más quietas, como el final con un dolly sobre el rostro del niño, y otras más intensas, como el juego, donde la cámara es dura y móvil.

¿Cómo te orientas con la cámara?
Me dejo guiar por la intuición y por lo que pide cada secuencia.
¿Cuál fue el principal problema al dirigir a los niños y manejar sus emociones?
La verdad, no tuvimos grandes problemas porque hicimos un casting muy profundo con la excelente coach y actriz Yaremis Pérez. Los cuatro niños elegidos eran espontáneos y naturales. Hicimos talleres para que entendieran el guion y lograran momentos de quietud y de intensidad. Marcelo Martín y Alejandro Domínguez tenían experiencia, pero Daniel Leal y Ernesto Bustamante prácticamente no habían trabajado antes. Sin embargo, todos lograron actuaciones sinceras y profundas. Estoy muy feliz con el resultado.
¿Cuál era tu mayor temor al hacer este corto?
Que la historia no resultara creíble, que no impactara. Es una historia compleja porque son niños jugando en medio de un contexto duro. Mi temor era no lograr ese nivel de realismo y de impacto. Sabía que la clave estaba en el casting, porque los actores son quienes se quedan en la sala oscura con el espectador. Algunos me decían que sería bien complicado encontrar niños capaces de actuar una historia tan dura, pero Yaremis me dijo: “Lo vamos a conseguir”. Y lo conseguimos. Todavía veo el corto y me sorprende lo que logramos con ellos.
¿Tuviste que repetir mucho las escenas?
No, la verdad no. A veces hacíamos tomas completas sin cortar, como si fuera teatro. Por ejemplo, la secuencia del juego la filmamos desde diferentes ángulos en plano secuencia y la repetimos varias veces. Los niños se aprendían los diálogos y los decían prácticamente igual, algo que incluso con actores adultos puede ser complicado. El nivel de realismo y verdad que lograron nos impresionaba tanto que el equipo los aplaudía al terminar.
¿Hubo margen para la improvisación?
No mucho. Todo estaba trabajado en los talleres y ensayos, pero los niños acomodaban algunos diálogos, los hacían suyos. Eso me alegraba, porque mostraba espontaneidad y sinceridad.
¿Y descartes?
Prácticamente ninguno. Todas las secuencias quedaron en la película.
¿Con qué cámara filmaste?
Con una Mini Alexa, gracias al apoyo de Vedado Films, productores asociados que pusieron la cámara a disposición. También debo agradecer a i4films, coproductores muy comprometidos y organizados, y a todo el equipo que hizo posible el cortometraje. Y por supuesto, al Fondo Noruego para Cine que entregó 4 mil euros.
¿Quiénes fueron “los personajes protagónicos” en la producción?
Mi padre Roberto Chile, foto fija y coproductor junto con Alexander González; mi esposa Enif Pino; Darianis Riverón, directora de arte y coproductora; además de contar con la colaboración especial de Luciano Méndez, y también con el apoyo de Roberto Fabelo y Ernesto del Valle. Todos fueron esenciales para que la obra se concretara.
¿Hubo dilemas al cerrar la película?
El guion siempre fue descarnado, visceral. Sabíamos que el final podía ser polémico, porque toca un tema humanamente tremendo. El final queda abierto. La mayoría interpreta lo más crudo, pero quisimos dejarlo en suspenso.
¿Por qué eligieron un escenario futurista?
Porque nuestra preocupación era el futuro del país. El cortometraje se sitúa en un futuro indeterminado, inspirado en la migración masiva y en la pregunta de qué país tendrán nuestros hijos si esa situación continúa. Queríamos que fuera una historia universal, que hablara de Cuba pero también de cualquier lugar donde la emigración marca el destino de las familias.

Toma 3: Inspiraciones, trucos y alquimias
La pregunta, aunque directa, sin cortesías semánticas, que detonó El último juego, nació con solo mirar alrededor: “¿Qué pasará?”. Daniel Chile y Amilcar Salatti cruzaron miradas y se preguntaron qué sería de Cuba si la emigración seguía desangrando al país. “¿Qué pasará con nuestro país dentro de 20, 30 o 40 años?”, recuerda. Esa inquietud se convirtió en semilla de un guion que no quiso marcar fechas ni lugares explícitos.
No hay carteles que digan “La Habana, 2040”. El espectador debe intuirlo, sentirlo, deducirlo, salvo una imagen de la virgen de la Caridad, la luz al final de todos los túneles desde el siglo XVII. Pero lo que importa no es el mapa, sino la herida universal: la infancia atravesada por la desesperanza.
Las locaciones fueron parte de esa alquimia. La casa abandonada que vemos en pantalla no es tal: son las oficinas de i4films, transformadas por la directora de arte Darianis Riverón en un espacio de ruina, suciedad y elocuencia evocadora. “Hay personas que lo ven y no pueden creer que no sea una casa abandonada”, dice Daniel, con cierta satisfacción. El resto —el edificio de Riomar, (que ya sirvió de locación para semejar Gaza) y la cancha deportiva— apenas necesitaron intervención. La ficción se incrustó en la realidad con mínima cirugía.
La música y el sonido terminaron de cincelar la atmósfera distópica. El pianista Rodrigo García compuso la partitura después de ver el cortometraje, acompañado por Maykel Pardini en el diseño sonoro. Sirenas lejanas, murmullos de un caos invisible, un país al borde del colapso. “Si no lo teníamos en imagen, teníamos que darlo por sonido”, explica Daniel.
La fotografía de Alexander González, trabajada casi enteramente con luz natural en clave baja, añadió grano y penumbra: un mundo apagado, áspero, donde la infancia juega en medio de la ruina. Orestes Martínez, a cargo de la edición, tuvo un desempeño estupendo al ensamblar las escenas sin que se notaran las costuras.

El corto fue antes que su largometraje Sin amanecer, patrocinado por el Icaic, actualmente en postproducción. “Es un drama con elementos de thriller, completamente diferente, pero también explora al ser humano en situaciones límite”, explica. La cámara vuelve a ser protagonista: planos secuencia, movimientos que respiran junto a los personajes, texturas que recuerdan la crudeza de El último juego. La obsesión de Daniel es definida: que la cámara no sea un ojo distante, sino un cuerpo que interviene y se sacude con la historia.
La duración del corto —24 minutos— fue casi la que dictaba el guion, de unas 30 páginas. Nada de fórmulas, simplemente la historia consumiendo su propio tiempo. Y fue esa historia la que lo llevó al Festival Internacional de Cine de Miami, gracias a la recomendación del cineasta Ernesto Daranas, que lo puso en contacto con el curador y crítico cubano Alejandro Ríos, radicado en Estados Unidos desde hace décadas. “Lo vio y me propuso formar parte del programa Spotlight on Cuba”, recuerda Daniel, agradecido pero consciente de que el impacto del corto fue lo que abrió la puerta a uno de los más importantes eventos audiovisuales de clase mundial.
El sonido no es Dolby, es estéreo. Y Daniel lo dice sin pudor: “No tuvimos presupuesto para lograr eso”. Pero lo defiende como suficiente para recorrer festivales. El cine independiente, recuerda, se sostiene en apoyos como el Fondo Noruego para el cine cubano, que fue clave en este proyecto. “El cine es caro, es complejo. Ojalá ese fondo siga existiendo muchos años más”, afirma, sabiendo que la sostenibilidad es siempre un campo minado.
Y al final, Daniel insiste en algo que parece obvio pero no lo es: la experiencia del espectador. “No es lo mismo verla en un móvil que en una sala de cine”, dice con firmeza. Porque El último juego no es un entretenimiento ligero, sino un espejo incómodo, una advertencia disfrazada de ficción. Una historia que pregunta sin responder del todo, que abre un futuro indeterminado y lo deja sangrar en la pantalla.

Toma 4 y final: El cine en móviles y el peso de la herencia paterna sin psicoanálisis
¿Se degrada el cine cuando se consume en un móvil?
No pienso que se degrada, pero la experiencia en una pantalla es más impresionante. He visto mi cortometraje en laptop, celular y plasma, pero cuando lo proyectamos en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana fue completamente diferente: inmersivo, impactante. Ojalá no se pierda la experiencia de ver películas en salas, porque la imagen y el sonido en ese contexto son incomparables.
¿Crees que la ritualidad de ver cine en salas está destinada a desaparecer?
El mundo ha cambiado, las plataformas permiten que las películas lleguen a más personas y eso es positivo. Pero quisiera que la experiencia del cine siga siendo una opción, incluso la primera opción: un espacio para compartir, comunicarse y emocionarse colectivamente. Ver cine en una sala sigue siendo algo realmente impresionante.
¿Te incomoda que te consideren un “hijo de papá” con ventajas comparativas?
Nunca lo vi así. Si existe una ventaja, fue el contacto directo con el cine desde muy pequeño: tener una cámara en las manos, observar por el visor lo que mi padre descubría con sus ojos, escuchar su visión del arte y la vida. Eso fue un regalo de la vida y fundamental en mi decisión de ser cineasta.
¿Cómo definirías esa relación con Roberto Chile?
Lo veo como ser hijo de una persona reconocida que siempre respetó mis decisiones y me apoyó. Ha tenido una influencia enorme en mí, pero nunca me impuso nada. Además, colaboró en varios de mis cortometrajes: fue director de fotografía en Túnel y Tarde para Ramón, productor en Atrapado, coproductor y fotógrafo fijo en El último juego. Hoy seguimos trabajando juntos en proyectos para periodistas y cineastas extranjeros. Nuestra relación es estrecha en la vida y en la creación. Soy hijo de alguien reconocido, pero he tratado de labrar mi propio camino.

Post Scriptum
Un par de días después de la entrevista, le pasé a Daniel cuatro conceptos del cine dictados por igual número de eminencias del séptimo arte con el propósito de que eligiera alguna de ellas. A saber: Alfred Hitchcock: “El cine no es un trozo de vida, sino un pedazo de pastel.” Federico Fellini: “El cine es un sueño que podemos tocar”. Martin Scorsese: “El cine es un asunto de lo que está en el corazón.” Y Andrei Tarkovsky: “El cine es la escultura del tiempo”… Daniel se tomó unas largas horas para responder.
“No me gusta definir el cine en una sola palabra”, me escribió por WhatsApp. “Es un arte complejo que ahonda en el misterio infinito de la naturaleza humana y la vida”, resumió. Era un examen electivo, una hoja de ruta, una celada conceptual. No cayó. Prefirió la libertad, la infinitud.










