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Principio de año. Mediodía con nubes. Temperatura confort. Hora de almuerzo. Los escasos servicios de comida, privados y estatales, están vacíos o semivacíos. El tráfico, apenas un esporádico movimiento de jurásicos y relumbrones Chevrolets o Buicks o Cadillacs en su frenética cacería de turistas, hace de los semáforos inútiles cajas de guiños tricolores.
Por momentos, el silencio es tan abrumador como inconcebible. ¡¿Silencio en La Rampa en pleno mediodía?! Vale la pregunta, una y otra vez, para certificar la realidad. Mirando en derredor se tiene la sensación de compartir el set de Soy leyenda (2007), protagonizada por Will Smith. En esa película, la estrella interpreta a Robert Neville, un virólogo militar que sobrevive con Samantha, su pastora alemana, en un Nueva York completamente desierto tras una pandemia que ha convertido a la mayoría de los humanos en criaturas nocturnas llamadas darkseekers (buscadores de la oscuridad).

Un Santa Claus rockero, una bronca simbólica y un turismo a cuentagotas
En la cafetería estatal de 23 y L, a un costado del cine Yara, la mesera, una chica de pelo rojo irlandés y uñas postizas tan aguileñas como garras, se acoda en un pequeña vitrina que han sacado del recinto para promover las ventas. Dice que algún que otro turista ha pasado por ahí esta mañana. Lo que más compran es agua.
“No, creo que todavía ninguno”, responde vagamente cuando le pregunto por las ventas a cubanos. Escucho el suave tamborileo de sus uñas sobre el cristal. Los refrigerios exhiben precios prohibitivos para muchos. Detrás, un cintillo cinético anuncia las ofertas —entre ellas sandwichería, otro escupitajo léxico asimilado de la cultura del fast food estadounidense— delante de una marquesina con fotos de clásicos del cine nacional. Memorias del subdesarrollo; Retrato de Teresa; La bella del Alhambra; Fresa y chocolate y Elpidio Valdés, entre otros, que remiten, en algunos casos, a un país que ya no existe.

Lo que quedó del Sofía, inaugurado a fines de los 60, durante la fiebre de renombrar restoranes, bares y caferías con toponimias de la geografía comunista de entonces: Moscú, Volga, Yang Tse, es ahora un salón de comida rápida. Está vacío a esta hora y la cajera aprovecha para revisar su móvil escoltada por un Santa Claus o Papá Noel rockero, una figura inspirada en la cristiandad occidental (San Nicolás de Bari, siglo IV) por estos días bajo fuego de la intelectualidad radical cubana que lo toma como un “símbolo de modernidad yanqui”.
“Se supone que el gordo risueño y rojiblanco atraiga público, consumidores, dinero”, preestablece el escritor Abel Prieto, ex ministro de Cultura amante confeso de The Beatles al frente hoy de Casa de las Américas, en una reciente filípica contra el personaje navideño.

La señora Olga
Hay cubanos, como Olga, sesentona dueña de un bodeguita privada en un sótano cercano, que discrepan del autor de El vuelo del gato (Letras Cubanas, 1999).
“Es la imagen de la navidad. La define. Es su aire”, dice, mientras hace algunas observaciones sobre el turismo a cuentagotas de la zona. “No veo por qué hay que satanizarla. No somos menos cubanos por tenerla en nuestros negocios o casas”, riposta, aunque su emprendimiento, en lo particular, no exhibe ningún muñecón de barbas blancas. En su defecto, Olga colocó algunas botas y gorros navideños de papel. “No teníamos para más”, explica sugiriendo horas bajas. “Es que vienen muy pocos [turistas] y los cubanos compran solo lo esencial”.

—¿Y por qué cree que ha caído el turismo?
—Hay muchos problemas en este país; muchas infecciones; apagones, falta de comida; los europeos, si pasan por aquí, luego no pueden visitar Estados Unidos. Y si quieren playa y sol, pues se van a Cancún, a Punta Cana, a Gran Caimán, que están cerquita, y el servicio (todo el mundo lo dice) es mil veces mejor que aquí… Hace poco un checo se volvió loco buscando mondadientes o hilo dental y no los encontró por ninguna parte. Te pongo ese ejemplo de una baratija que, de momento, no aparece ni en los centros espirituales.
La apreciación de la señora Olga, como la llaman los parroquianos de su negocio, es respaldada por unas estadísticas deplorables. Cuba recibió entre enero y noviembre de 2025 un total de 1 629 787 turistas: cerca de 19 % menos que en la misma etapa de 2024, según datos publicados por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI).
De por sí deprimida, la meta anual del Gobierno era sumar 2,6 millones de turistas, pero el ministro cubano de Economía, Joaquín Alonso, estimó que la cifra rondará los 1,9 millones; es decir, 73 % de la previsión inicial.

—¿Todavía “rampea” Ud. algún que otro fin de semana?
—Lo hago poco. Me pone triste… Después de la pandemia, nunca más volvió la muchachada que daba alegría, que iba a los cines; a los bares; a bailar a las disco; a las pizzerías; o solo a pistear. Tú sabes… Ahora cuando ves gente es la cola del cajero del Azúcar [Edificio del Grupo Empresarial AzCuba].

Asientos vacíos, choferes en sobremesa
Camino del Hotel Nacional, esa joya del eclecticismo republicano inaugurada en 1930 que hospedó personajes célebres, desde Wiston Churchill, pasando por Frank Sinatra o Marlon Brando, hasta Meyer Lansky, entre otros), encuentro a tres chicas, que por la forma de hablar parecen rioplatenses. Pueden ser estudiantes de algún curso de postgrado o simplemente turistas.
Con el brío de la juventud, marchan veloces y exultantes. No las alcanzo y como premio de consuelo me detengo ante la flotilla de autos clásicos a la salida del hotel. Un grupo de choferes hacen sobremesa en espera de “pescar” algún turista. Uno de ellos, a quien apodaremos Felo, es locuaz, informado y dispuesto a la conversación. Me lo recomiendan como una suerte de vocero del gremio.
¿Cómo está la cosa, matan el tiempo metiendo muela?
Yo he hecho dos carreras hoy, y eso que es temporada alta.
¿Y en la baja, qué sucede?
En la temporada baja, te echas dos y tres días aquí y no montas a nadie. Y esta temporada alta es baja… Solamente vino a levantar el 31 de diciembre y el día primero. Se ha metido todo diciembre parado. Parado, parado. Claro, siempre hubo días que hacías una carrerita, pero lo que se conocía hace un par de años, el consecutivo ese que uno quiere ver…, nada.
¿Cuánto puede costar un carro descapotable, más o menos, como este?
En promedio están entre 7 mil y 15 mil dólares, los más lujosos. El mío lo compré en 7 mil, un Buick del 53, el Special, muy potente, V8. Claro, con mecánica renovada, de Volga ruso. También tuve algo de suerte. El dueño estaba apurado.
¿Y ahora alguien que tiene carro y quiere incorporarse al negocio, qué debe hacer?
Ahora mismo, no puede.
¿Por…?
Porque no están agenciando. La agencia estatal es lo que te permite trabajar legalmente con turismo. Eso está parado desde diciembre del año pasado. Puedes comprar el convertible, pero no lo puedes trabajar en turismo hasta que reabra la agencia.
¿Y qué razón hay detrás de ese parón al papeleo?
El combustible. El Estado nos da gasolina barata en moneda nacional, pero la compra en el mercado en dólares. No quieren asimilar más vehículos con ese subsidio.

¿Y cómo compiten ustedes con los taxis amarillos?
Tenemos nuestra piquera en la esquina. Cuando sale un convertible entra otro, como una cola. Ellos tienen piquera adentro también, y los Cocotaxis lo mismo. Nos vamos rotando.
¿Cuánto cuesta mantener el carro mensualmente?
Entre lo que hay que pagar a la agencia, la gasolina y otros gastos de impuestos, en la Onat, unos 20 mil pesos cubanos al mes. Eso incluye poder comprar 500 litros de gasolina barata.
¿Cuán barata?
14 pesos el litro.
¿Cuánto piden al cliente por una carrera típica?
Una vuelta a la ciudad pueden ser 25 dólares. Pero depende de la temporada: en alta se trabaja más, en baja puedes pasar días sin salir.
¿Es una buena inversión comprar un carro clásico?
Sí, porque siempre mantiene su valor. Lo puedes vender después. Además, puedes trabajar con cubanos, no solo con turistas.
¿Y en el caso de que el dueño no sea el propio chófer, cómo controla el trabajo?
Muchos ponen un GPS escondido en el carro. Desde el teléfono pueden ver dónde y cuándo se mueve.
¿Y las piezas de los autos? ¿Son fáciles o difíciles de conseguir?
Aquí hay torneros que fabrican piezas. Si quieres originales, las pides a Estados Unidos u otros mercados. Panamá, por ejemplo. Los mecánicos cubanos, en su gran mayoría, tienen mucha experiencia en el invento y en lo que no es invento.
¿Por qué crees que ha caído tanto el turismo en Cuba?
Por epidemias, apagones y problemas económicos. También Tron [Trump] ha puesto dura la cosa.
¿Y la violencia callejera, has tenido problemas por eso?
Aquí no hay violencia como en otros países. Yo he viajado por Sudamérica y no hay comparación. Aquí no se venden armas ni se permite la droga. Eso da seguridad. Recuerdo en Uruguay haber visto marihuana en los balcones.

¿Has sido víctima de algún atraco?
No, nunca. Manejo desde los 18 años y tengo cerca de 50.
¿Cómo fijan los precios de las carreras?
Depende del cliente y de la tasa de cambio del día. Si alguien ofrece menos, tratamos de no perder el servicio. Siempre buscamos llevar al pasajero.
¿Y los turistas manejan tasas de cambio?
¡Ah, no! ¿Para qué está Internet…? Se la saben todas y regatean como loco. A veces me dicen que solo pagan con moneda nacional. Al cambio, claro.
¿Y tú qué haces?
Me los llevo igual. Dinero es dinero.
Embargo y reparto. Las pegatinas sobreviven como palimpsestos

En tiempos de redes sociales y comunicaciones globales relámpago, no bastan los códigos digitales, al menos en Cuba. Es así que todavía hablan el lenguaje del siglo XX los postes del cableado eléctrico de La Rampa al servir de soporte para promocionar toda suerte de anuncios.

Como palimpsestos que la lluvia y el viento no logran borrar, pero sí descomponer en capas, las pegatinas, hechas muchas artesanalmente y en toda suerte de papel e impresión, exponen desde venta de viviendas hasta espectáculos musicales, pasando por cursos de marketing, atelier de ropa o servicios de construcción o fontanería y clases de idiomas, del inglés al chino. A su vez, también aparece propaganda institucional, pero en mucha menor medida. Para ello no están los postes, sino grandes paredones de edificios u hoteles.


“Not America, here”
En el otro extremo de La Rampa, casi llegando a Malecón y frente al Ministerio del Trabajo y Seguridad Social, un anciano de cuerpo quijotesco sonríe mostrando una prótesis perfecta. ¿Se vende algo hoy? “Todavía no. Es temprano”, responde con voz reposada detrás de un carrito lleno de paquetes caseros de grasientas chicharritas.

Enfrente, una valla de hojalata cerca los terrenos —ahora baldíos como una caries gigante— donde estuvo el Moscú, originalmente el gran casino y cabaret Montmartre, uno de los fastuosos símbolos de la vida habanera a partir de la década de 1920.

Una pareja de turistas pasa por su lado sin la menor curiosidad. “Venimos de Alemania. Somos jubilados y nos encanta encontrar verano y paz aquí. No en Estados Unidos, aquí”, responden en inglés amablemente a una inesperada interpelación, recalcando su preferencia por la isla frente a la opción norteña. No supe si era una pareja de ossis, un término que se usaba de manera coloquial y muchas veces despectiva para referirse a los alemanes orientales tras la reunificación en 1990.
Yendo hacia el mar, en el Cupet de 23 y Malecón no hay un solo auto repostando. Por el salitre, las bombas de combustible sufren de oxidación. “Hay pocos turistas, porque solo están un par de días aquí y luego se piran pa´los cayos, pa’l contri [campo]… No les interesa mucho estar en el asfalto”, comenta El Riqui, un buscavidas de la zona con gafas oscuras, dreadlocks a la altura de los hombros y bermudas a cuadros.
A unos pasos, donde antes estaba la heladería Bim Bom, ahora un flamante negocio aspira a ser un mall de bolsillo; integra sodería, ferretería, mercado y heladerías montadas en vagones rodantes, todo bajo el nombre de Bueníssimo. De cara a una ondulante y enorme bandera nacional colgada de la fachada del Ministerio de Comercio Exterior, una copeta de helado de cuatro sabores se vende por 1600 pesos, casi un cuarto del salario promedio en la isla. En una de las mesas exteriores, de cara al mar, dos solitarios turistas dejan saber que son italianos, eventualmente del sur. Conversan como si tuvieran megáfonos por gargantas.

El turista solitario y una geopolítica sentimental
En 23 y Malecón el aire es espeso, fuerte, y deja un sabor salitroso en la boca. Sopla del noroeste y esparce los desechos de la juerga de fin de año que abarrota una de las pocas papeleras de la explanada donde una cascada artificial, ahora seca y herida de podredumbre, era uno de los sets preferidos por turistas y locales para hacerse fotos.

En sus días de gloria, higiénicos tal vez, algunos niños chapoteaban en sus aguas bajo la mirada indulgente de sus padres. En lo alto del farallón ondea la enseña nacional, y flanquea un lumínico con el nombre de Cuba. Hay cierta altivez en esta icónica tarjeta postal que se siente como soberanía o como una certidumbre de ser y de estar entre tanta desazón.

La última escena se debate entre la curiosidad y el patetismo. Absorto, un solitario turista revisa su teléfono bajo el sol de enero, justo donde termina La Rampa, una pista de 500 metros, cuesta arriba, cuesta abajo; el único paseo del mundo donde la gente camina sobre obras de arte sin darse cuenta y no es un crimen. Otro dato, otra sensación: Cuba también termina aquí. O empieza.













