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Daymara Orasma da los toques finales a su próxima muestra personal, 15 collages de diversos formatos y en tres soportes —tela, papel y madera—, con los cuales continúa explorando la temática que la ha dado a conocer en el panorama de las artes visuales de nuestro país: el campo cubano, su agreste soledad, la visceral y digna elementalidad de los trabajadores de la tierra.
No se trata de costumbrismo, ni de obras de exaltación bucólica. El derrotero que ha escogido es el del registro antropológico de su propia familia en este justo instante, siglo XXI de la virtualidad y la inteligencia artificial, siglo enloquecido de reacomodo de los vectores de fuerza de la política internacional. El suyo es una suerte de realismo social que bebe de fuentes diversas, desde Honoré Daumier hasta Gustave Courbet, pasando por Jean François Millet, artista por el que siente una real devoción.

Mientras las grandes potencias se disputan las riquezas naturales del mundo y las zonas de valor estratégico, estos hombres y mujeres de un pequeño caserío de Güira de Melena se inclinan cada día ante la tierra, la auscultan, la acarician, la siembran para obtener los alimentos esenciales, ajenos a todo lo que no sean los pronósticos que cada año pintan las cabañuelas.
Es un orbe paralelo que existe a escasos kilómetros de La Habana, cápsulas de tiempo donde la vida parece empozada, casi sin ninguno de los beneficios de la modernidad.

La artista viene de ahí, y lo asume —se asume— con la naturalidad de alguien que exhibe un modo de vida, una cultura material y unas costumbres que la han conformado como ser. Su propósito no es la denuncia social, aunque habría mucho que denunciar en un ambiente tan precario que se diría dejado de la mano de ¿Dios? Ella registra, a través de su mirada empática, el día a día de un conjunto humano que se empeña en existir contra cualquier designio, más allá de consignas y narrativas negadoras.

Cuando le pregunto por su cocina de artista, por el proceso creativo que se concreta en la obra, me responde:
“El proceso comienza con viajes al campo donde vive mi familia. Allí paso unos días, y voy tomando fotografías de la vida cotidiana de los pobladores rurales. Al amanecer, voy con mi papá a la finca donde trabaja. Ver el alba, a los campesinos preparándose para una jornada laboral muy esforzada que se vuelve crítica a partir de las diez de la mañana, cuando el sol deshidrata hasta las piedras. Voy como reportera, pero termino ayudando a mi padre y a mi hermano; es inevitable al verlos trabajar. Experimento el trabajo que se pasa para ganar el sustento. Termino mi visita y regreso a El Vedado, donde vivo actualmente. En el viaje, siento cómo dejo atrás una vida simple, una vida humilde que me pertenece, pero debo seguir explorando otros horizontes. Llego a casa y comienzo a preparar las imágenes que me conmueven. Trabajo a partir de fotografías, las llevo al lienzo o cartulina, hago el dibujo y luego doy un toque de aguada con acrílico para ubicar los colores que le pondré. Luego busco mis revistas y voy hojeando hasta encontrar el color indicado. Cuando digo el color, me refiero también a la pincelada, porque para mí pegar un pedacito de papel es como aplicar una pincelada. Tengo que buscar un millón de veces en las revistas para encontrar todos los colores, matices, la gama adecuada para cada trabajo. El proceso y el resultado son iguales que pintar con pigmento y pincel; la diferencia es que rasgo el papel y lo pego.”

Entre, y perdone usted, es el título de un poemario de el Indio Naborí que Daymara toma en préstamo. A su vez, el decimista había recogido la frase del hablante campesino, un modo de brindar hospitalidad al visitante, al tiempo que una excusa por la pobreza de su entorno.
Encuentro una gran densidad conceptual en la operatoria de Daymara. Sus obras, virtuosas, se conforman con rasgados de revistas que exaltan el glamour y la banalidad, exactamente un campo de referencias diametralmente opuesto a lo que ella se propone referenciar. Esta evidente ironía se refuerza por el título de algunas piezas como “El sabor del hambre” y “Almuerzo campestre”. Este último, lejos de aludir a una excursión de recreo, nos presenta a dos seres desastrados que comen sus alimentos en el lugar de trabajo.
Entre y perdone usted, nos dice Daymara, generosa, para que echemos una mirada a su mundo. A principios de marzo, la artista nos estará esperando con los brazos abiertos. Puede que hasta se nos pegue un buchito de café.
Qué: Entre y perdone usted, exposición de collages de Daymara Orasma.
Dónde: Casa Museo Oswaldo Guayasamín. Obrapía 111, e/ Oficios y Mercaderes, Habana Vieja.
Cuándo: Del 6 de marzo al 6 de abril. Martes a viernes, entre 9:30 am y 3:00 pm. Sábados, de 9:30 am a 1:00 pm.
Cuánto: Entrada libre.












