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Rita del Prado… Del arte y de los niños

Rita del Prado durante el proyecto Habaneros del Prado en 2019. Foto: cortesía de la artista

Los niños cubanos nacidos en la generación del ’90 del pasado siglo, guardan de seguro en su memoria varias canciones y personajes creados en el imaginario de una habanera que ha dedicado buena parte de su obra a la creación infantil.

Rita del Prado puso una sonrisa en el rostro de millones de niños en la isla a lo largo de aquellos años, quienes crecieron cantando sus melodías y sus juegos de palabras, inmersos en un mundo de fantasía ajeno a la realidad que se vivía en esa convulsa época.

Han pasado los años y la cantautora mantiene su trabajo ligado a los más pequeños, una labor que alcanza otras manifestaciones artísticas, sin dejar de lado la canción de autor y otros proyectos personales, una constante en su vida profesional que inició de manera espontánea hace ya más de tres décadas.

¿Cómo llega la pasión por la música?

Desde la infancia, la música me trasmitió una especie de magnetismo y de manera especial me conmovió siempre la música elaborada y auténtica, aunque no supiera entonces definirlo con esas palabras.

Pienso que aún a niveles primarios, las personas comenzamos a construir preferencias musicales muy temprano. Aunque yo no haya nacido en un hogar de músicos profesionales, de todos modos me rodeaba la música.

También tuve el privilegio de conocer en persona tocando en el piano de su casa al maestro Adolfo Guzmán, con cuya esposa e hijos tengo parentesco. Son buenos ejemplos de cómo a la par de la música infantil, un niño está envuelto por música bien hecha que le influye -y que le puede apasionar- aunque no esté destinada especialmente al público infantil.

Me acerqué a la guitarra de manera espontánea y empírica, más o menos a los 11 años. Pasaron los años y llegaron otros buenos hallazgos musicales que siguen enriqueciendo mis archivos con la guitarra como compañía perpetua en la expresión musical más personal, procesando todo lo escuchado.

¿Cuán importante fue para su formación como cantautora las peñas de artistas aficionados en las universidades y luego su paso por el teatro?

Mi estancia en la Universidad de La Habana ocurrió de 1978 a 1983 y en esos años comencé a componer para el grupo de teatro de aficionados universitarios de la Facultad de Psicología, paralelamente hacía también canciones vivenciales.

Rita del Prado. Foto: Kaloian

En medio de aquellas andanzas conocí al genial maestro del teatro cubano Vicente Revuelta, quien influyó muchísimo en mi pensamiento naciente como artista. Llegaron las primeras lecturas de literatura latinoamericana, los primeros festivales de Nuevo Cine Latinoamericano que abrieron horizontes nuevos en la mirada de todos los espectadores cubanos.

A la par, iba como público a ver presentaciones donde confluían generaciones de trovadores. Conciertos de Silvio, Pablo, Vicente, Nicola, Sara, Miriam, Pedro Luis, peñas en la Casa del Joven Creador o en casas particulares donde se reunían Santiaguito Feliú, Tosca, Donato Poveda y otros trovadores. Llegaron muchos hallazgos de canciones hermosas de compositores cubanos que sería interminable enumerar.

Con tales referentes comenzó a perfilarse mi norte estético. Incluso como creadora considero a los tempranos años 80 como un punto de partida, porque de hecho hay algunas canciones de entonces que pude salvar, y que de algún modo me definen en el lenguaje, como por ejemplo Canción Vieja para tus manos, que grabé muchos años después y que ha sido compartida y versionada por otras voces.

¿Cuánto de psicología tienen las letras de Rita de Prado?

Las letras de las canciones suelen tener de todo lo aprendido y de todo lo vivido. Si bien componer una canción implica manejar un lenguaje muy diferente al que se utiliza para abordar fenómenos psicológicos, diría que la ciencia tiene a veces ciertas metáforas fascinantes y eso puede ser un punto de contacto con la poesía y un motivo de inspiración.

Puedo ilustrarlo con un ejemplo concreto: El mar y nosotros, tema de la obra teatral homónima que escribí para la Fundación Integrar de Medellín en 2014, está inspirada en la convención de comparar al Trastorno del Espectro del Autismo (TEA) con el mar, por la tendencia de las personas con esta condición a cambiar de estados anímicos serenos a turbulentos, tal como sucede con el mar, a esta imagen añadí una reinterpretación de otros rasgos de la condición autista y terminé componiendo una canción que tiene muchas lecturas, porque mientras la ciencia busca precisión en sus definiciones, el arte en cambio suele ser polisémico.

Hay otro ejemplo de evidente activación de resortes psicológicos, pero en una cuerda lúdica y es Canción del casi lo digo y si buscamos más aparecen muchos ejemplos.

En los años 90’ decide dar el paso como artista en solitario. ¿Cuán difícil le resultó esa decisión?

Cuando me gradué viví un conflicto: La psicología y la creación artística son profesiones que exigen dedicación, tienen un sistema de rigor diferente y ambos demandan muchas horas del día. Ya en vida laboral, terminando el servicio social, se me hizo más claro que seguir “viajando en aquel tren” al que me había subido años atrás (y en el cual ya había cruzado varias estaciones importantes) significaba renunciar a la creación como ocupación principal y por otro lado cambiar el rumbo hacia el mundo artístico traía muchas incertidumbres (económicas y de todo tipo).

Fue como saltar de un tren en marcha que tenía un destino seguro. Se supone que, si el salto es tan temerario, es porque confías en que valdrá la pena, pero obviamente una carrera artística sólida no se logra en un día. Por suerte, cuando finalmente tomé la decisión, siempre conté con gran apoyo de algunas personas cercanas, sin el cual hubiera sido imposible dar el gran paso.

A partir de entonces exploré distintas ocupaciones relacionadas con el mundo del arte, descarté algunos atajos, me zambullí en un aprendizaje intensivo y acelerado de estudios musicales, fui cruzando etapas de maduración de la obra… en fin, lo importante era que ya estaba en mi camino: el de la creación, donde no dejamos nunca de aprender, ni de arriesgarnos.

En esa etapa de cambio, tuvieron muchísimo peso en mi formación acelerada la gran pedagoga y musicóloga María de los Ángeles Córdova quien generosamente me dio clases reveladoras; también el cantor multifacético Alberto Faya, quien me abrió espacios en el mundo artístico que resultaron decisivos para mí, por ejemplo, en el Teatro Nacional de Cuba y la Casa de las Américas.

Durante algún tiempo también decidió musicalizar poesía, ¿qué le llevó a realizar estos discos en particular?

Hay poetas que de manera personal sentimos como guías fundamentales. Más que una etapa puntual ha sido y será una necesidad recurrente volver a ellos a lo largo del tiempo, tratando de entender las claves de sus atmósferas, la música latente que hay tras las palabras, las sutilezas de las imágenes poéticas.

Hasta el momento, mis discos de poesía musicalizada han sido: Desde la Edad de Oro, donde además de musicalizar poesía, hice versiones poéticas de la prosa de Martí; el CD Soñar despierto, con una selección del poemario homónimo para niños de Eliseo Diego, que forma parte de la antología Del verso a la canción, del Centro Cultura Pablo de la Torriente Brau y también participo en el CD colectivo Décimas del Gato Simón de la poetisa Josefina de Diego.

El disco homenaje a Josefina Diego es uno de los proyectos donde Rita del Prado vincula poesía y música. Foto: fragmento de portada del disco

Mirando al futuro, en el proyecto Habaneros del Prado -que se volverá disco en algún momento- tanto el pensamiento de Martí como el de Dulce María Loynaz son presencias declaradas y subyacentes en textos míos. A Villena lo musicalicé muy joven casi como un ejercicio del que no quedó registro, pero a nivel espiritual fue un gran principio.

¿Qué significa para usted la obra de José Martí?

La obra de Martí lleva en sí una luz peculiar que siempre alumbra de manera constructiva cuando tenemos dudas, lagunas, preguntas, e incluso crisis de fe.

La vida es un reto constante y en muchas ocasiones encontramos repuestas oportunas leyendo y releyendo a Martí. Mientras más pasan los años, más me asombra el legado tan abarcador y visionario que alcanzó a dejarnos en una vida tan breve.

La esencia martiana es capaz de neutralizar todos los estereotipos con los cuales frecuentemente nos estigmatizan a los cubanos desde miradas reduccionistas, me refiero tanto a valores humanistas como a vocación por la belleza del mundo que aprendimos de él.

También estuvo vinculada a la realización radial…

La época del programa El llavero de los duendes (1998 a 2001) fue divertidísima; la propuesta fue acogida por la emisora Radio Metropolitana, entonces dirigida por Cary Rojas.

Era una aventura movilizadora y un reto delicioso escribir y dirigir cada semana un cuento radial que tuviera insertadas coherentemente en su argumento el tema de las canciones. No solamente utilizaba mi propia música, o la de compositores cubanos, me apoyaba mucho también en los discos del repertorio del Movimiento de la Canción Infantil Latinoamericana y del Caribe, cuyas grabaciones hemos intercambiado en distintos eventos.

Interpretar voces de distintos personajes es una faceta que le debo a la radio. Me acompañaban en la aventura como intérpretes el titiritero Leandro Planells y el actor, lingüista, especialista en origami y mago Roberto Jiménez. La realización radial estaba a cargo de Felipe Morfa, especialista de los medios y un querido amigo también. Fue una época muy hermosa.

¿Cuánto ha significado en su carrera el trabajo con la corporación Cantoalegre y la Fundación Integrar, de Colombia ambas, y el Centro Pablo de Cuba?
Los lazos con la Corporación Cantoalegre comenzaron desde 1994 cuando sus fundadoras Tita Maya y Claudia Gaviria fueron a La Habana al primer Encuentro de la Canción Infantil Latinoamericana y del Caribe organizado por Casa de las Américas.

Este lazo, en síntesis, significó el salto de mis canciones infantiles como canción de autor al mundo de la enseñanza musical. Fue Cantoalegre quien abrió esa rendija en mi obra y lo dejó registrado en el CD Cantoalegre canta a Rita del Prado, que grabamos en 1999 y motivó a otros pedagogos y coros de la propia Colombia y de otros países de Latinoamérica.

Igualmente, a través de la Corporación Cantoalegre, me conecté con La Fundación Integrar de Medellín, ya que el proyecto Teatral de esta Fundación concebido para favorecer el desempeño de niños y jóvenes actores con autismo, está apoyado desde lo musical por Cantoalegre. Es un proyecto donde cada año escribo el guion, la música, con mensajes ligados al tema de la inclusión y soy parte de un equipo maravilloso de trabajo que combina la labor de terapeutas, artistas, pedagogos y profesionales del teatro en Medellín. Un proyecto de crecimiento artístico y humano, que me ha convencido aún más de la utilidad y lo imprescindible del arte.

En cuanto al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, la relación ocurre en 1997 y marcó puntos de giros importantes en mi camino. Liderado amorosamente por Víctor Casaus y María Santucho, nos ha dado a los trovadores un espacio de encuentros e intercambios entre generaciones.

Nos ha propiciado además presencia en importantísimas plazas internacionales, como el Festival Barnasants de Barcelona, al que fui con Lázara Rivadavia y Ariel Díaz o la Feria el libro de Sevilla a la que asistí con el dúo Karma como parte de un grupo “centropabliano”.

Duo Karma junto a Rita del Prado. Foto: sitio web de la artista

¿Cuándo y cómo llega la colaboración con Karma?

En 2002, Martín Rago y Eva Rubio, artistas argentinos de paso por La Habana vinculados al Centro, organizaron el memorable espectáculo Un canto viajero, de música infantil latinoamericana, presentado en Bellas Artes que nos juntó por primera vez al Dúo Karma y a mí, en compañía de otros artistas.

Desde esa experiencia el dúo Karma y yo supimos que compartíamos muchos credos comunes relacionados con la música y los sueños artísticos. Le siguieron otros proyectos y giras juntos y en 2006 comenzamos a concebir a seis manos La guarandinga, que consideramos de ambas partes una vuelta de la espiral en nuestras respectivas carreras, en muchos sentidos.

Bajo la premisa de defender la identidad de manera divertida, con ese proyecto musical-lúdico inspirado en géneros musicales cubanos y otros contenidos de nuestra idiosincrasia, sentimos una conexión muy especial con el público cubano en varias regiones de la isla y llevamos nuestra cultura a varios países como España, Colombia, México, Brasil, Argentina. También nos enorgullece que nuestro disco de producción independiente En guarandinga por toda Cuba, licenciado por los sellos BIS MUSIC y GOBI MUSIC, haya sido el primer disco de música para niños ganador del Gran Premio Cubadisco en 2010.

Aunque tenemos carreras independientes y en los últimos años andamos por rumbos geográficos distantes, el dúo Karma y yo mantenemos una cálida amistad, un sentido de colaboración y una disposición a juntarnos en escena y en proyectos, cuando las circunstancias lo permiten. Siento una profunda admiración y respeto por el talentoso trabajo musical, audiovisual y editorial que han desarrollado con tanto acierto mis amigos Xóchitl Galán y Fito Hernández.

Recién estuvo involucrada en el proyecto Habaneros del Prado

Con el pretexto de celebrar el medio milenio de la fundación de La Habana en 2019, desde fines de 2018 emprendí este viaje creativo que implicaba saldar una vieja deuda de canciones dedicadas a mi ciudad e invité a mi hermano, el arquitecto Aníbal del Prado, proyectista de la empresa RESTAURA de la Oficina del Historiador de la Ciudad, a “construir” entre los dos una conferencia- concierto, con el eje cronológico de los hitos fundamentales de la arquitectura habanera, desde los momentos fundacionales hasta la época actual y con visión de futuro.

Ligadas estrechamente a los sucesivos tópicos de esta conferencia, se incluyen las historias humanas, los personajes que han transformado la ciudad, que la habitan, la padecen, la sueñan de otra manera y estas historias y personajes son las que han inspirado las 13 canciones del proyecto.

Habaneros del Prado resultó ser una de las iniciativas elegidas por la Fundación SGAE en su primera convocatoria de 2019 para ayudas a la creación de músicas populares. Es uno de los proyectos que más he disfrutado desde una fibra personal, de descubrimiento y aprendizaje de mi propia ciudad y sus habitantes a lo largo del tiempo, y si bien cerramos en 2019 un ciclo por las celebraciones del 500 aniversario, es un proyecto que queremos seguir compartiendo.

¿Considera que en Cuba se ha perdido un poco el interés en la producción (por parte de las disqueras) y la creación, por parte de los artistas, de música para niños?
Mi visión personal no es que exista un declive en el interés. Existen figuras icónicas que han aportado mucho a la música infantil, en este sentido. Ahí está el maravilloso trabajo permanente Liuba M. Hevia con un repertorio exquisitamente seleccionado de la obra de Teresita Fernández, María Elena Walsh, Gabilondo Soler, Ada Elba Pérez y también con repertorio de su propia obra.

Liuba María Hevia y Rita del Prado. Foto: sitio web de la artista

Está Rosa Campo en Cienfuegos con su labor creadora y educativa sostenida que ha sido grabada y difundida; también comienzan figuras muy jóvenes como Yaily Orozco, que desde su “ADN trovadoresco santaclareño”, ha emprendido el camino de la música para niños y en general hay músicos cubanos excelentes más jóvenes o más experimentados, que esporádicamente graban o producen discos de repertorio infantil y sé que lo hacen con gran gusto.

Sin embargo, he observado en otros países latinoamericanos que además de figuras puntuales y propuestas específicas, existen otras fuerzas revitalizadoras de la canción para niños, que funcionan como un sistema natural y orgánico: hay talleres de creación entre los cultores de música infantil, hay teóricos que compilan material, hay demanda y movimiento permanente de líneas editoriales relacionadas con la música para distintas edades, hay intercambio constante entre docentes y creadores. Es como un engranaje más o menos articulado que desarrolla de otro modo la música infantil y su producción.

En Cuba, por diversos factores, en realidad se hace más difícil esa sinergia constante de circuitos especializados que inciden en las propuestas para público de todas las edades.

En nuestro país, con independencia de que exista apoyo institucional y presupuesto para la infancia, creo que falta una visión más profunda y menos paternalista en los conceptos por parte de las instituciones y los medios en general.

Necesitamos una visión que permita valorar a la canción infantil en toda su riqueza y en su altura comparable con otras expresiones musicales, es decir, una visión que propicie estudios de rigor, y asesore mejor las programaciones públicas.

En cuanto a la discografía, no pienso que exista precisamente desinterés de las disqueras cubanas. Sé que se priorizan presupuestos para niños en la mayoría de las ocasiones, lo que pasa es que el disco debe ser el resultado depurado de un trabajo artístico vital del mismo modo que cuando existen lagunas y conceptos simplistas se reflejan también en las producciones.

Incluso -con independencia de los modos actuales de circulación de la música- los aciertos o desaciertos al programar presentaciones que acompañan a los discos, siguen incidiendo a favor o en contra. Por ejemplo, mil veces me he pronunciado acerca de lo contraproducente de hacer actividades infantiles bajo el sol de verano cubano en ambientes estridentes y un gran porciento de las veces mis recomendaciones y de otros artistas chocan con oídos sordos.

De cualquier manera, los vacíos y desfasajes que puedan existir en la discografía cubana -para públicos de cualquier edad- ya dejó de ser responsabilidad exclusiva de casas disqueras. En los tiempos que corren, los propios músicos hemos tomado las riendas de los conceptos discográficos y hemos asumido el aporte de recursos con esfuerzos propios, porque hoy existen los medios para hacerlo. Igualmente, la proyección de la obra grabada en esta era digital tiene un grado de autonomía impensable hace 30, 40 años atrás.

Su obra para adultos pudiera decirse es menos conocida que su trabajo para los niños. ¿En cuál de las dos le resulta más cómodo crear?
Siempre me divierte y me moviliza emocionalmente el proceso de creación. Es algo que necesito hacer permanentemente para vivir -para vivir en todos los sentidos: el afectivo, el filosófico, el práctico, el terrenal- sin distinción de edades en el público, de manera que les dedico tiempo y desvelos por igual.

Digamos que en ciertas etapas de mi vida, tengo motivaciones más cercanas a destinatarios de edades tempranas y escolares, y en otras etapas me inclino hacia otro repertorio, más apropiado para edades adultas. Estos rumbos de creación los definen diversas circunstancias, pero la sensación es igual de maravillosa al escribir unas u otras canciones.

Rita del Prado con los niños del proyecto Cantoalegre de Colombia. Foto: sitio web de la artista

Ya la suerte que corren las obras en la asimilación del público sí tiene un desnivel significativo. Es cierto que mi trabajo para niños es mucho más conocido, el tipo de reconocimiento público también, aun cuando la música infantil fue una línea de creación que emprendí después de llevar como 10 años haciendo canciones de temas varios. Aunque la obra para adultos ha crecido a la par de la infantil, se ha mantenido en circuitos comparativamente más pequeños.

De cualquier manera, juro que hago lo que está en mis manos por ampliar cada vez más ese circuito del público que presta atención a la obra para todas las edades, siempre agradeceré infinitamente que alguien se conmueva con una sola de las canciones que he compuesto, de cualquier tipo de repertorio, en cualquiera de mis etapas. Creo que para eso es que ando de paso por este planeta.