|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Ha pasado un lustro desde que la comunidad creativa Nave Oficio de Isla, liderada por Osvaldo Doimeadios, dio forma a un espacio de intercambio capaz de entreverar talleres, conferencias, puestas en escena, conciertos -y lo que surja-, siempre con la complicidad del público, en un ejercicio interdisciplinar que permite ver, pensar y proyectar parte del teatro cubano que vivimos. La Feria de Artes “Teatrales en la Nave” supone, además, una celebración, cada año, del Día Internacional del Teatro que se celebra el 27 de marzo.
Y ya lo dijo ese tótem de la actuación, Williem Dafoe, encargado del mensaje festivo mundial de este 2026: “En un mundo que parece volverse más fragmentado, controlador y violento, nuestro desafío como creadores teatrales es evitar la corrupción del teatro como una empresa meramente comercial dedicada al entretenimiento por distracción, o como un mero instrumento institucional para conservar tradiciones; en cambio debemos fomentar su capacidad para conectar a personas, comunidades y culturas, y sobre todo para cuestionar hacia dónde vamos”.

Si en un lugar son conscientes de esa militancia creativa de la que habla de Dafeo, es en Nave Oficio de Isla y estos días en que transcurre su feria artística son una muestra fehaciente de que, como añade el actor británico, “el gran teatro consiste en desafiar nuestra manera de pensar y en animarnos a imaginar aquello a lo que aspiramos”.
Los tiempos que viven los cubanos dentro de la isla, ya se sabe, son los más aciagos de nuestra historia reciente. Pero incluso dentro del maremágnum de problemas en que se ha convertido la cotidianidad, hay espacio para la belleza y encontrar una sala repleta de gente, llegada de distintos lugares de una ciudad —muchas veces, en los últimos meses— a oscuras y sin transporte asequible, conectadas entre sí a una historia que los hace reír o llorar, es un regalo para el alma de cualquier espectador.

Teatrales en la Nave, por estos días, ha devuelto esperanzas a muchos espectadores que ven sus anhelos sometidos a la impenitente “lucha” diaria. “El espectro de lo que estamos mostrando es bastante amplio y diverso”, comenta a OnCuba Osvaldo Doimeadios.
La programación incluye lo más reciente de las producciones de su comunidad creativa, entre obras de probada aceptación entre el público como la coral Miguel Will o el intimista Los adversarios, así como puestas creadas por jóvenes actores de la comunidad como Blanco, de Pepe García y Momo, de Yaité Ruiz. Por supuesto, hay espacio para los stand up comedy.
“También incluimos este adelanto, a modo de work in progress, de Nuestro Pueblo, una adaptación de Eduardo Eimil junto a Johan Ramos, sobre la obra original de Thornton Wilder”, confirma el dramaturgo, quien asegura que a pesar de lo conmocionada que está la realidad cubana, la comunidad creativa que lidera está viva y receptiva a esos nuevos rostros y voces que llegan a la escena cubana.
Para el crítico y docente, Eberto García Abreu, también parte del germen de Nave Oficio de Isla, reconforta el hecho de que “en cuatro o cinco días” —del 25 al 29 de marzo—, aún en medio de las circunstancias actuales, “podamos proponer un panorama, una muestra de buena parte de lo que acontece en nuestra comunidad”.
Así, destaca el investigador, una obra como Los adversarios, que habla de desencuentros para generar otros encuentros, de rupturas para apostar por nuevos sentidos de la vida, de soledades, de fragmentos, de restos que quedan cuando las relaciones cambian, desde una actitud íntima, ha llegado al alma de mucha gente. “La obra construye la ficción sin jugar las cartas, a veces paralizantes, de las convenciones”, acota.
En Nuestro pueblo, obra clásica del teatro norteamericano, explica García Abreu, “al verlo en la Nave se sintió como recibir a un amigo, alguien que ha decidido visitar nuestro espacio para mostrar cómo cambia el sentido de la vida en un pueblo. Hay ahí un sentido de la profesión más tradicional, con modelos de actuación, con modelos de representación que tienen que ver con las escuelas que nos han traído hasta aquí”.

“Miguel Will es la celebración mayor”, sintetiza el especialista, sobre una obra donde “tanta gente joven ha venido a la Nave a encontrar su propio espacio. Ya no es solo un debate sobre el sentido y la voluntad del teatro, sino del sentido y la voluntad de un oficio, una profesión, un deseo. Miguel Will es una fiesta donde referentes culturales entran a dialogar con un presente que les pide hablar de la realidad, la historia, sobre el sentido político de lo que hacemos. Y sobre lo que queremos cambiar en el mundo. Lo que se está discutiendo ahí es un sentido de presencia, de permanencia, de afirmación de la vida.
Así es “el teatro con que vivo” —el eslogan de esta edición—, como si de una máxima martiana se tratase que motiva reflexiones y abre más caminos a la esperanza y al pensamiento. En la celebración de esa diversidad, también hay espacio para pensar y repensar el arte teatral, entre público, artistas y creadores. Ese espacio teórico, hilvanado por Eberto García Abreu ha permitido el diálogo franco sobre la creación escénica.

“El foro nos permite que la gente nos cuente su teatro: el teatro con el que vive, que no siempre es el teatro que uno hace”, explica el investigador. “Ese teatro está lleno hoy de preguntas que tienen que ver con lo inmediato, con la sobrevivencia, con la capacidad de soñar, de crear y de abrir caminos aun en contra de la lógica de la parálisis en medio de estas circunstancias. Hacer teatro no es para vanagloriarnos o disimular nuestra vanidad, sino para mostrar que también en el teatro uno puede pensar que la vida puede cambiar. Eso se ha hecho siempre en el teatro cubano. Nuevas son las circunstancias en que estamos”, reflexiona.
A diferencia de ediciones anteriores, cuando ha sido posible que las propuestas de esta comunidad creativa dialogaran con creadores de otras latitudes y provincias del país, Teatrales en la Nave 2026 se ha hecho “con lo que tenemos y con lo que hemos ido creando en Nave Oficio de Isla”, comenta Doimeadios, quien no disimula el hecho de que “hoy la realidad nos golpea mucho más. Todo el programa está diseñado a partir de nuestras puestas en escena, como muestra también de ese teatro que signa nuestro evento: el teatro como expresión también de sobrevivencia del arte y de nosotros en ese especio que habitamos”.

El teatro de una comunidad creativa en resistencia
Casi siete años han pasado desde el inicio de esta travesía creativa comandada por Osvaldo Doimeadios que ha dotado a La Habana de uno de sus espacios más vibrantes y sui generis, ubicado en los Antiguos Almacenes de Depósito San José, con vistas a la bahía de La Habana.
Para el líder, Premio Nacional del Humor 2012 —y no me explico cómo aún no ostenta el Premio Nacional de Teatro—, el éxito de su comunidad está cifrado en dos palabra lapidarias: “Seguimos vivos”.
El crecimiento del impacto de Nave Oficio de Isla ha sido exponencial con el paso del tiempo y, explica el dramaturgo, el proyecto no ha dejado de apostar por la interdisciplinariedad, por los diálogos de los lenguajes de distintas expresiones, con excelentes resultados que han sido disfrutados por el público —Oficio de isla, Luz, Asesinato en la mansión Haversham.
Por ello y por esa relación fraguada con el público, es que esta comunidad no ha cejado en mantener el pacto de la presencialidad, en medio de la compleja realidad que viven los cubanos condicionada en los últimos meses por la escasez de combustibles que impacta en todas las escenas de la vida cotidiana.

A pesar de ello, asegura Doimeadios, “el único incentivo que creo que tenemos es espiritual. Saber que cuando llegas a la sala, te encuentras las miradas de ese público que quién sabe cómo atravesó la ciudad, quién sabe qué dejó atrás o qué tiene por delante cuando termine la función. Pero ahí están para acompañarte. Ese es el mayor incentivo que tenemos”.
El director teatral se reafirma en los valores de resiliencia y sobrevivencia que, afirma, han caracterizado la historia del teatro a lo largo de siglos, en los períodos más turbios del desarrollo de la sociedad. “En este momento tan duro en que estamos, tan difícil, hacer teatro y resistir todo lo que eso conlleva, me provoca más preguntas que respuestas —ese teatro con que vivo, ¿para qué, por qué lo vivo y lo defiendo?—. Pero la mejor respuesta sigue siendo abrir la sala y que el público la desborde”.
Por eso para ellos era importante mantener vivo el espacio que, asegura Eberto García Abreu, ha estado siempre abierto al diálogo, al intercambio, a la reflexión del presente, de la historia y de las utopías. “En ese sentido, las historias que estamos contando ahora tienen que ver con esa travesía de transformación de la familia de la Nave: la migración, las rupturas, la llegada de nueva gente, el fluir continuo de la vida, tanto para los creadores como para el público”.
García Abreu, que acude por estos días a Teatrales en la Nave y luego regresará a México, donde reside desde hace dos años, lo que ha supuesto para él, cuenta, un proceso de migración muy difícil y angustioso, comenta que “al regresar a casa (el espacio de creación de Nave Oficio de Isla) encuentro nuevos habitantes, pero con el mismo espíritu, deseos, preguntas, voluntades. A la vez, es un público distinto. La sorpresa es ver a tanta gente con el mismo ánimo y deseos de disfrutar el teatro, aún cuando en el rostro, en el cuerpo, en la mirada, puede haber marcas de cansancio, de desesperanza o incertidumbre”.
En cualquier parte del mundo —continúa el investigador— están sucediendo cosas muy amargas, difíciles, duras, con muchas variantes, pero nadie ceja en su espíritu creativo. Creo que la creación es también un ejercicio de rebeldía frente a la ignominia, frente al absurdo, frente al miedo, la censura, las pérdidas. La creación es un pacto con uno mismo. Cuando la pandemia frustró de un modo tajante la presencialidad tuvimos que pensar las cosas de otra manera, pero la convivialidad en el teatro no se puede sustituir, por muy multidisciplinario que hagamos nuestros discursos. El relato se arma con la presencia del espectador que toma lo que quiere de lo que le damos y a partir de ahí construye su propia historia. Por nuestra parte, en La Nave hacemos teatro para sentirnos libres, con un sentido ético y con el compromiso de hacer lo que nos da la gana”.
En esa línea, discurre Osvaldo Doimedios, para quien el motor creativo está intacto y en pleno funcionamiento, así como las ganas y el entusiasmo de las decenas de artistas que lo acompañan. “Como quiera que estemos, seguiremos creando. Estar haciendo lo que a uno le gusta, hacerlo en grupo, estar soñando, poder defender nuestra vocación y lo que pensamos sobre la vida, sobre las cosas, con toda la pasión, es también un ejercicio ético que nos define, nos afianza y nos proyecta hacia el futuro”.











