|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Adiós muchachos, compañeros de mi vida,
barra querida de aquellos tiempos.
Me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi buena muchachada.
(“Adiós muchachos”, música de Julio César Sanders
y letra de César Vedani. Popularizado por Carlos Gardel.)
Los libros de historia, las crónicas y las publicaciones en redes van a marcar el martes 6 de octubre de 2026 como la noche en que Lionel Andrés Messi Cuccittini bailó su último tango con la camiseta argentina. El tango es, por excelencia, el género de la despedida, la nostalgia y el adiós. El 10 lo bailó en el estadio Monumental, en Buenos Aires, ante más de 80 mil personas y millones más que lo siguieron desde cualquier rincón del mundo. Tenía 39 años, 208 partidos, 126 goles y 70 asistencias con la selección. Y antes de irse hizo algo que casi nunca había hecho: habló largo y tendido.
Por todos lados aparecían homenajes. Todo el plantel salió a la cancha con una camiseta especial, diseñada para la ocasión, con la M con la que Messi firma su propia marca estampada en el pecho. La misma letra se repetía en un lugar menos previsible: Emiliano “Dibu” Martínez se la había hecho dibujar en el corte de pelo. En las tribunas, los carteles mezclaban los mensajes de amor y agradecimiento más disímiles. La noche había empezado con espectáculos musicales y con lágrimas que nadie se molestó en esconder. Durante el himno, las cámaras encontraron al DT Lionel Scaloni con los ojos empañados.


El partido, un amistoso de FIFA ante Benín, quedó como un dato al pie. Lo que nadie va a olvidar pasó a los diez minutos, el número de su camiseta: el juego se detuvo, el Monumental entero se puso de pie para aplaudirlo y los jugadores se acercaron a abrazarlo, uno por uno, en plena cancha. Cuando se reanudó el partido, Argentina terminó ganando 3-0 con goles de Nicolás Otamendi, que también se despedía, de Nico Paz y del propio Messi, que a los 71 minutos cambió un penal por gol y por una ovación que pareció no terminar nunca. Antes había dado dos pases de gol. Hizo lo de siempre: caminar a ratos, mirarlo todo, aparecer cuando hacía falta.
Se lo vio feliz, estirando cada segundo de esos últimos noventa minutos. Acarició la pelota como siempre, pero con otra ternura, como si también quisiera despedirse de ella. La pidió, buscó a sus compañeros, sonrió más que de costumbre. En algún momento pareció tomar conciencia de que era la última vez, y ahí el nudo en la garganta pudo más. Aparecieron las lágrimas.
Con el pitazo final, el árbitro chileno Fernando Véjar se acercó a Messi y le regaló la pelota y las tarjetas con las que había dirigido. Después, el 10 caminó hasta el centro de la cancha, rodeado por sus compañeros, y tomó el micrófono.


A corazón abierto
Messi nunca fue de discursos. Durante dos décadas habló con la zurda y dejó las palabras para otros. Por eso sorprendió escucharlo tanto tiempo frente a un estadio que no quería dejarlo ir.
Le costó arrancar. “Decir algo hoy… hay muchas emociones, se me cruzan muchas cosas”, empezó. Y enseguida: “Obviamente en lo primero que pienso es en mi viejo”.
Jorge Messi murió el 6 de agosto, exactamente dos meses antes. Fue quien lo llevó a sus primeros entrenamientos en Rosario, quien cruzó el océano con él rumbo a Barcelona y quien estuvo presente en cada etapa con la Selección.
Después vino el balance de una vida con la camiseta celeste y blanca. “No queda más que agradecer. Fue un orgullo muy grande para mí defender esta camiseta por más de 20 años”, dijo. No se olvidó de los años malos: “Hasta en los peores momentos tuvimos que luchar, pelear, dar el máximo, querer estar siempre”.
Y dejó la frase que explica por qué le costaba tanto irse: “Les juro que me gustaría venir toda la vida. Jugar en la Selección es lo más lindo que te puede pasar”.
También habló de una herida reciente. La final del último Mundial, perdida ante España, había dejado sospechas y teorías, y Messi fue de frente: “El último Mundial estuvimos muy cerca. La realidad es que en la final no pasó nada raro como dicen. El partido contra Inglaterra fue un desgaste muy grande y llegamos con lo justo”.

Hacia el final pareció darse cuenta él mismo de lo que estaba pasando: “Estoy hablando más que nunca. La verdad es que no me quiero ir de acá, no quiero dejar la cancha”.
Y cerró: “Solo decirles que los quiero, los voy a extrañar. Soy un agradecido a Dios de ser argentino. Orgulloso de ser argentino y de haber cumplido el sueño con todos ustedes. Muchas gracias. Los quiero”.
Soltó el micrófono, pero no se fue. Dio la vuelta olímpica, la última con esa camiseta, y se acercó a cada tribuna para saludar a los hinchas más de cerca. Nadie quería que esa vuelta terminara, y él tampoco parecía apurado.



De Budapest a Núñez
Para entender esa noche, hay que volver mucho más atrás. En el año 2000, con apenas 13 años, Messi cruzó el Atlántico rumbo a Barcelona junto a su padre. Era casi un niño, bajito para su edad y en pleno tratamiento hormonal para poder crecer, un tratamiento que su familia no podía costear en Argentina. Dejó Rosario, su barrio, sus amigos y, por un tiempo, a parte de su familia, que terminó volviendo al país mientras él se quedaba a pelear por su sueño. En La Masía se hizo futbolista, y en el Barcelona ganó todo, rompió récords que parecían imposibles y se convirtió en el símbolo de una época.
Su historia con la selección empezó en 2004, casi como una carrera contrarreloj. A la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) llegaban noticias de un adolescente que deslumbraba en las juveniles del Barcelona, y de que España ya lo tentaba para su selección. Julio Humberto Grondona, el presidente de la entidad, no quiso correr riesgos: organizó dos amistosos de la Sub-20, ante Paraguay y Uruguay, para sumarlo cuanto antes al grupo argentino. El reglamento de entonces establecía que, una vez disputado un partido oficial en juveniles, un jugador ya no podía cambiar de país. Ese candado llegó en el Sudamericano Sub-20 de Colombia, en 2005, donde Leo también llamó la atención. Él, de todos modos, nunca había dudado. Aunque vivía del otro lado del océano desde chico, su corazón seguía en Rosario y solo quiso vestir una camiseta: la celeste y blanca. Y con ella, un sueño que tenía la medida de Diego Maradona en México 86: ser campeón del mundo con la Argentina.

La etapa juvenil terminó a lo grande: ese mismo 2005 ganó el Mundial Sub-20 en Países Bajos, donde fue elegido el mejor jugador y terminó como goleador. Con la mayor, en cambio, la historia había empezado torcida. El 17 de agosto de 2005, en Budapest, debutó en un amistoso ante Hungría con esta. Tenía 18 años, entró en el segundo tiempo y lo expulsaron a los pocos segundos. En 2008 llegó el oro olímpico en Pekín.
Después vinieron años de finales perdidas y críticas injustas. La más dolorosa fue la del Mundial de Brasil 2014: en el Maracaná, Alemania le ganó 1-0 en el alargue con un gol de Mario Götze, y Messi recibió el Balón de Oro del torneo con la mirada perdida, a pocos metros de la copa que se le había escapado. Siguieron las finales de la Copa América 2015 y la del Centenario en 2016, las dos perdidas por penales ante Chile. Tras esa última, en junio de 2016, anunció que dejaba la selección. Aguantó apenas dos meses lejos. Volvió, y con el tiempo llegaron los cuatro títulos con la mayor: la Copa América 2021 en el Maracaná, el mismo estadio donde había sufrido siete años antes; la Finalissima 2022 en Wembley; el Mundial de Qatar y otra Copa América en 2024, en Estados Unidos. En 2026 se quedó a un paso de repetir la gloria, con la final del Mundial perdida ante España.

Llegó a la despedida con 207 partidos, 134 triunfos, 43 empates y 30 derrotas, 125 goles y 68 asistencias. De esos goles, 111 fueron de zurda, 12 de derecha y 2 de cabeza; 25 llegaron de penal y 12 de tiro libre. Benín le agregó la última página: el partido 208, el triunfo 135, el gol 126 y las asistencias 69 y 70.
Jugó seis Copas del Mundo: Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y la de Estados Unidos, México y Canadá 2026. Ese récord de participaciones lo comparte con Cristiano Ronaldo y con el arquero mexicano Guillermo “Memo” Ochoa. Llegó a tres finales y en las tres llevó la cinta de capitán: perdió la de 2014 ante Alemania y la de 2026 ante España, y en el medio levantó la copa en Qatar, la noche en que cumplió el sueño que lo acompañaba desde chico. Ni Maradona ni Lothar Matthäus disputaron tantas finales del mundo como capitanes de su selección.

“Se fue el mejor de todos”
En la conferencia de prensa, Scaloni seguía conmovido. “En ningún momento de mi vida me puse a pensar en ser entrenador de él, el mejor futbolista de la historia. Dirigir a Messi fue un sueño hecho realidad”, dijo. Y explicó sus lágrimas: “Se me vienen a la cabeza muchas cosas… Nos deja un legado increíble. Esta historia continuará, pero él será irrepetible”.
Sobre lo que viene, fue sincero: “Ahora toca continuar sin él; será duro, porque lo que se vivió estos últimos años no es normal”. Y cerró: “He jugado con grandes jugadores, vi a muchos, pero lo que él genera no se lo vi a otro. Es incomparable, un extraterrestre. Se fue el mejor de todos”.

El tango de Messi
El tango se baila de a dos, y Messi lo bailó durante veintiún años con una pareja que nunca lo dejó solo: la pelota. La llevó pegada al pie, con pausas larguísimas y cambios de ritmo que dejaban a todos a contramano. Hubo noches de traspiés, finales en los que la música se cortó antes de tiempo y otras en las que todo encajó. El martes, en el Monumental, sonó el último compás. Él lo estiró todo lo que pudo.
Ningún tango le habría quedado mejor a esa noche que “Adiós muchachos”, el de Sanders y Vedani que Gardel hizo eterno: la historia de un hombre que se despide de su barra querida, de los compañeros de toda una vida, y que sabe que le llegó la hora de la retirada. Leo Messi también se despidió de su muchachada, abrazando a cada uno en el centro de la cancha, saludando a la hinchada que lo vitoreaba. Después se apagaron las luces y la gente empezó a irse de a poco, sin ganas, cabizbaja. Mas queda flotando la última nota de un baile que el fútbol quizás no vuelva a ver nunca. Y si algo parecido llega a surgir, tendrán que pasar varias generaciones.










Los récords que rompió Lionel Messi con la selección argentina
Con la camiseta argentina
- Máximo goleador: 126 goles.
- Máximo asistidor: 70 asistencias.
- Jugador que intervino en más goles: 196 (126 goles y 70 asistencias).
- Más partidos disputados: 208.
- Más partidos ganados: 135.
- Más partidos como capitán: 147.
- Máximo goleador en partidos oficiales: 71 goles.
- Más años en la Selección mayor: 21 años y casi dos meses (del 17 de agosto de 2005 al 6 de octubre de 2026).
- Más finales disputadas: 11 (tres Mundiales, cinco Copas América, una Finalissima, un Mundial Sub-20 y los Juegos Olímpicos de Pekín 2008).
- Más goles en un mismo partido: 5, ante Estonia en 2022.
- Más hat-tricks con una selección nacional: 11.
- Más dobletes con la Selección: 17.
- Más goles con una selección nacional en un año: 18, en 2022.
- Más goles a selecciones distintas: les marcó a 45 países.
En los Mundiales
- Más Copas del Mundo disputadas: 6, récord compartido con Cristiano Ronaldo y Guillermo Ochoa.
- Más partidos jugados: 34.
- Más partidos como titular: 26.
- Más partidos como capitán: 26.
- Más partidos consecutivos: 24.
- Más minutos jugados: 3.054.
- Más victorias: 23.
- Máximo asistidor: 12 asistencias.
- Máximo goleador argentino: 21 goles, por delante de Gabriel Batistuta (10) y Diego Maradona (8).
- Máximo goleador sudamericano: 21 goles. El récord absoluto es de Kylian Mbappé, con 22.
- Capitán en tres finales: Brasil 2014, Qatar 2022 y Estados Unidos, México y Canadá 2026.
- Más Balones de Oro: 2 (2014 y 2022).
- Más premios al mejor jugador del partido: 16.
- Más veces en el Equipo Ideal del torneo: 3 (2014, 2022 y 2026).
- Hat-trick más veterano de la historia: con 38 años y 357 días, ante Argelia en 2026.
Otros récords
- Máximo goleador en Mundiales y Copas América sumados: 35 goles.
- Más partidos en la Copa América: 39.
- Jugador con más títulos en la historia del fútbol: 47 (41 con clubes y 6 con la selección: los 4 de la mayor, el Mundial Sub-20 y el oro olímpico).













