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Por Juan Agulló/Latinoamérica21
La crisis en el estrecho de Ormuz y la recurrente retórica sobre Irán desplegada nuevamente por Donald Trump en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) pueden acabar difuminando un interesante juego geopolítico que se está desarrollando ahora mismo en el Atlántico Norte.
La semana pasada, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, propuso que Canadá se convirtiera en el primer “Estado asociado” de la Unión Europea (UE) y que se creara un Consejo de Seguridad Europeo, del que también formarían parte el Reino Unido, Noruega y Ucrania.
EE.UU. anunció, enseguida, un acuerdo con Dinamarca que le garantizaría acceso permanente a recursos e infraestructuras críticas, además de presencia militar —también permanente— en Groenlandia. Fue firmado días después en Nueva York aprovechando, precisamente, la reunión de la AGNU.
Algo significativo parece estar sucediendo en la región ártica. Occidente parece estarse preparando para lo que considera una “contención” prolongada de Rusia y China, al estilo Guerra Fría, y en coherencia con lo anterior parece estar situando el punto de referencia geográfico de esa “Línea de Frente Estratégica” en el Polo Norte.
En el proceder occidental no existe una ruptura real entre la UE, Canadá y EEUU. Todo apunta, en efecto, a que Washington seguiría manteniendo el control: se redistribuirían los gastos, pero el vínculo y el mando permanecerían intactos.
Cabe recordar que Dinamarca —a la que está vinculada Groenlandia— es miembro de la UE y de la OTAN; que todos los países del “Consejo de Seguridad Europeo”, con excepción de Ucrania —quien entraría por la puerta de atrás—, son miembros de la OTAN y que Canadá y el Reino Unido mantienen vínculos con EEUU que van más allá de la OTAN.
Lo interesante de la recomposición geopolítica que viene siendo descrita es que, además de repensar la centralidad geopolítica del Heartland —concepto formulado por el geógrafo británico Halford Mackinder a comienzos del siglo XX— parece responder a una lógica táctica y, al mismo tiempo, económica.
La principal intención de EEUU parece ser reducir su gasto corriente en defensa, cada vez más difícil de sostener, concentrando sus esfuerzos en la explotación y el procesamiento de minerales estratégicos y en el desarrollo y el control de infraestructuras críticas. Es en ese contexto donde su interés por Groenlandia cobra sentido geopolítico.
Una lectura que actualmente parece ganar espacio en think tanks estadounidenses dedicados a política exterior como el CSIS, la RAND Corporation, el Atlantic Council o el Hudson Institute es que no hay otra manera de competir con China y con Rusia.
Lo que parece claro es que, para Europa y para Canadá, si una recomposición como la descrita se concretara, los costes financieros aumentarían, sus economías terminarían de ser reestructuradas, pasando del Welfare al Warfare State, y el resultado final para ambas áreas no necesariamente supondría ni una influencia global mayor ni una “autonomía estratégica” real.
El Sur Global en general y Sudamérica en particular, a pesar de estar lejos del área en recomposición, no deberían ignorar una situación que puede afectar enormemente a los equilibrios internacionales. De hecho, a la gobernanza global.
Lo importante a comprender aquí es que podemos no estar hablando únicamente de una contraposición coyuntural alrededor del Polo Norte, sino de una apuesta estratégica pensada para reorganizar, a partir de los extremos geográficos del planeta, la seguridad, los flujos, el acceso a los recursos y a las infraestructuras críticas globales.
Por los polos —donde se acumulan recursos estratégicos invaluables y prácticamente sin explotar— se llega más rápido a casi cualquier parte y Sudamérica es la región del mundo más próxima a la Antártida. La única, de hecho, a través de la cual puede accederse al Polo Sur, incluso en invierno.
Quizás, no por casualidad, mientras en los últimos días sucedían cosas en el Atlántico Norte y en Nueva York se celebraba la AGNU, en el Atlántico Sur Javier Milei —presidente de Argentina y aliado de Trump— recuperó la reivindicación de la soberanía sobre las islas Malvinas, la misma que prácticamente rechazó en julio cuando los futbolistas de la selección argentina hicieron bandera de ella durante el mundial de fútbol.
Milei no fue retórico: anunció sanciones contra las petroleras implicadas en la concesión que está en el origen de la última tirantez con Londres y al mismo tiempo propuso reanudar la construcción de una base naval integrada en Ushuaia, proyectada por el Gobierno de su predecesor en el cargo, Alberto Fernández.
La clave del asunto es que los expertos en la materia saben que hablar de las Malvinas y de Ushuaia es hablar del acceso a la Antártida y del control de los flujos entre el Atlántico Sur y el Pacífico Sur. Ambas prioridades, por supuesto, muy trumpianas. ¿Se avecinará, en el Sur, una reorganización geopolítica semejante a la que pareciera estarse delineando en el hemisferio norte? El tiempo lo dirá.













