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Por Carles Méndez Ortega, UOC – Universitat Oberta de Catalunya
El paquete de aranceles universales anunciado por Trump el pasado 2 de abril ha generado una fuerte reacción internacional. El presidente estadounidense ha dicho de esta medida que es “una respuesta justa”, bajo la idea de que otros países están aplicando aranceles similares –o incluso más altos– a los productos de EE. UU. Según Trump, estos nuevos gravámenes no son más que “aranceles recíprocos”.
Es la balanza comercial, amigo
¿Qué significa realmente reciprocidad en este contexto? ¿De verdad se trata de responder con la misma moneda a barreras comerciales previas? La respuesta corta es no. Y la larga, que es la que conviene explicar, revela algo más preocupante: lo que Trump llama reciprocidad no se basa en los aranceles que otros países aplican a Estados Unidos, sino en una fórmula construida en torno al déficit comercial bilateral.
Es decir, no se está reaccionando a una medida concreta impuesta por los socios comerciales, sino a un indicador económico mal interpretado y peor utilizado.
La fórmula que ha hecho pública la administración estadounidense para justificar estos aranceles es la siguiente:
Déficit comercial de EE. UU. con X / Exportaciones de X hacia EE. UU.
Con este cálculo, Trump pretende cuantificar un supuesto arancel equivalente que el país en cuestión estaría aplicando, aunque en realidad lo único que está midiendo es el grado de desequilibrio comercial. Es decir, cuanto mayor es el déficit de EE. UU. con un país, mayor será el arancel que se le impone.
Así, aunque todos los países están sujetos a un arancel mínimo del 10 %, aquellos con los que Estados Unidos mantiene un mayor déficit comercial, como China o Taiwán, se ven castigados con tarifas mucho más elevadas.
¿Dónde está el problema?
El problema es que esta fórmula no mide aranceles. No dice nada sobre si ese país aplica un 10 %, un 25 % o un 2 % en sus tasas de importación. Lo único que refleja es la diferencia entre lo que Estados Unidos vende a ese país y lo que le compra. Y este déficit, lejos de ser una prueba de agresión comercial, es un fenómeno económico complejo que depende de múltiples factores: tipo de cambio, patrón de consumo, especialización productiva, tasas de ahorro o inversión, e incluso la estructura demográfica.
Dicho de otro modo: si Estados Unidos importa más de lo que exporta con un país determinado, eso no implica que esté siendo víctima de una política comercial hostil. Puede significar, simplemente, que ese país produce bienes que los consumidores estadounidenses demandan en mayor medida, o que Estados Unidos tiene una moneda fuerte que favorece las importaciones. Penalizar a ese país con un arancel no es reciprocidad. Es proteccionismo envuelto en un relato simplificado.
Una lógica preocupante
Desde un punto de vista económico, esta lógica es doblemente preocupante. En primer lugar, porque distorsiona el sentido de los aranceles, que históricamente han sido instrumentos para corregir desequilibrios puntuales, proteger sectores estratégicos o responder a prácticas desleales concretas. Y, en segundo lugar, porque crea un precedente peligroso: la idea de que el déficit comercial es una injusticia que hay que corregir con impuestos, cuando en realidad no hay evidencia de que un déficit comercial sea por sí mismo perjudicial.
De hecho, otros países con superávit comercial estructural –como Alemania o los Países Bajos– no están exentos de vulnerabilidades económicas, del mismo modo que Estados Unidos, pese a sus déficits, mantiene una economía dinámica y atractiva para la inversión global. Forzar el reequilibrio mediante aranceles es una estrategia tan simplista como contraproducente.
Para terminar
Lo que Trump llama arancel recíproco, por tanto, no es tal. Es una fórmula arbitraria que confunde un síntoma (el déficit) con una causa (la política comercial) y que pretende aplicar soluciones fiscales a desequilibrios estructurales. El resultado es una política comercial basada más en percepciones que en datos, más en narrativa que en análisis.
En una economía interconectada, este tipo de medidas no sólo castigan al país objetivo. También penalizan al consumidor estadounidense, encarecen los productos, distorsionan las cadenas de suministro global y alimentan una lógica de confrontación que –ya se está viendo con los aranceles anunciados por China del 34 % para EE. UU.– derivará fácilmente en represalias por parte de los países afectados.
Carles Méndez Ortega, Profesor de Economía, UOC – Universitat Oberta de Catalunya
Este artículo fue publicado en The Conversation. Lea el original.