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La historia se ha narrado muchas veces. En esencia, se trata de que un pequeño grupo de estudiantes de Letras y de Historia, junto a profesores de Filosofía de la Universidad de La Habana, dieron en reunirse cada noche en una misma zona exterior de la mítica heladería Coppelia. Era 1966 y lo que hacía particular aquella “cancha” era que cerraba a las cinco de la mañana.
Al grupo inicial se le agregaron rápidamente periodistas, estudiantes de otras carreras, amigos afines y, en algunas ocasiones, las muchachas del ballet de Tropicana, que venían al Vedado luego de concluir su presentación “bajo las estrellas”. Los temas eran lógicos: no solo el arte y la literatura, actual y pretérita, sino los debates filosóficos y políticos del momento, de la intensa década del 60. Si Huxley buscaba inspiración con drogas sicodélicas, nuestra imaginación se estimulaba con una copiosa variedad de helados, especialmente el inolvidable menta chips, el que a juicio de algunos sería el helado típico de la sociedad comunista que todos veíamos como una cercana y alcanzable utopía.

Así, entre tantos temas, surgió el de la calidad literaria de las canciones. Había auténticos expertos, como el joven Guillermo Rodríguez Rivera, a quien creo recordar como su introductor. Las letras de las canciones de César Portillo y de José Antonio Méndez eran exaltadas y comparadas con la poesía coloquialista. Y en eso estábamos cuando alguien habló de Silvio Rodríguez, un muchachito desconocido que a sus veintiún años (ya estábamos en 1967) había compuesto una gran cantidad de canciones que nunca habíamos oído, pero cuyas letras supimos que respondían a una poética muy personal.
Y la noticia —no puedo garantizar que la trajera el propio Silvio, cuya incorporación al grupo creo posterior— de que tendría un programa de televisión, con el nombre de una de sus primeras y más hermosas canciones: “Mientras tanto”.
Era mi asunto. Entonces era no solo estudiante de Letras, sino periodista de la página cultural del diario Granma, que dirigía Jaime Sarusky, y hacía crónicas justamente de radio y televisión. Yo era solo un año mayor que Silvio, así que se trataba también de un caso de solidaridad generacional.
Fui al primer programa, en vivo, en el estudio 2 de Mazón y San Miguel, uno de los más antiguos de la televisión cubana. De aquella noche solo recuerdo a Silvio, en una silla y con su guitarra, iluminado solo él en un estudio perfectamente oscuro. Y al director, Eduardo Moya, haciendo exhibición de su carácter proverbial.
No había mucho espacio en el periódico y debía dar cuenta también de la presentación de Omara Portuondo en un programa clásico, Recital, pero en esa ocasión dirigido por otro frecuentador de Coppelia, el profesor de filosofía devenido director de televisión Jorge Gómez (faltaban varios años para que fundara el grupo Moncada).
“Dos de TV”, fue el título de la escueta nota, dividida en dos párrafos. Ambos nombres, el de Silvio y el de Jorge, creo que se inauguraban de ese modo en la prensa escrita. Así salieron, sin grandes ambiciones y con el trasfondo gregario que he tratado de narrar. Si el párrafo sobre Recital seguía un esquema convencional, y de reconocimiento a Omara y a Jorge, el de Silvio se movía entre la sorna afectuosa y la información pura:
“La figura de la semana, Omara Portuondo, colaboró a que este “Recital” fuera un programa como se han visto pocos últimamente en la televisión cubana. Una mención aparte para la calidad plástica que mantuvo en todo momento su productor (nombre que se daba entonces a los directores), Jorge Gómez, en la imagen, y que tuvo su momento culminante en la interpretación que hizo Omara de Now.”
Y llegaba entonces el turno de “Mientras tanto”:
“Un muchacho esmirriado, algo mayor que la guitarra con que se acompaña, con menos pelo del conveniente y, a pesar de todo, simpático, anunció que se llamaba Silvio y presentó un nuevo programa, con el mismo título que la canción que acababa de interpretar: ‘Mientras tanto’. Esto, más Teresita Fernández, un poema de Guillermo Rodríguez Rivera y dibujos de Posada. Menos un guion que necesitaba un animador menos frío y más espontáneo y un animador que, en ese momento, necesitaba un guion más frío y menos espontáneo. Por último, una concepción agradablemente informal, con una producción eficaz de (Eduardo) Moya y un buen trabajo de cámaras. Es el saldo de este nuevo programa musical que transmitirá el Canal 4 de TV, los domingos de 8:30 a 9 pm, y del cual tendremos que hablar necesariamente en próximas ocasiones.”
No hubo próximas ocasiones. La espléndida página cultural de Granma se vio afectada por reducciones de papel y el programa desapareció tempranamente, en episodios que no es del caso relatar aquí. No supe, como se ve, opinar sobre el Silvio que se veía venir y que afortunadamente sí fue visto con claridad por varias y definitivas personalidades: desde Cintio Vitier y Fina García Marruz hasta Aida y Haydée Santamaría y Alfredo Guevara.
Para mí, quedó una buena amistad con el trovador, repuesto ya del primer impacto que le causó el adjetivo “esmirriado” y de la descripción subsiguiente. La nota pasó a dormir el sueño eterno y perecedero de los periódicos.
Hace poco, a petición de un amigo común, Juanpín Vilar —hijo del inolvidable director Juan Vilar, quien, por cierto, había hecho, por entonces, un paréntesis artístico para ser administrador del Instituto Cubano de Radio y Televisión y firmarme el curioso pase de forma ovoidal que me daba acceso a los estudios— rebusqué en los archivos de Granma y exhumé la nota.
Fatal decisión. Cuando la mostré a mi familia, en la que hay más de un simpatizante y amigo de Silvio, recibió un rotundo y airado rechazo. Con expresiones reprobatorias, me echaron en cara que no hubiera descubierto ya entonces al Silvio que venía. Para ellos, Silvio fue siempre apuesto y famoso.
Y en la casa del trovador creo que no me ha ido mejor.
Su perra, según me anunció él mismo, me espera para darme, 45 años después, el castigo que desde entonces eludí, gracias al sueño tradicional de los archivos periodísticos.
*Este texto se publicó originalmente en octubre de 2020 en el blog del autor. Se reproduce con su autorización expresa.












