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60 años no es nada (I)

Crisis de octubre. Foto: Raúl Corrales.

En el libro Fidel, a Critical Portrait, de Tad Szulc —la mejor biografía que he leído sobre él—, fue donde leí por primera vez que no fuimos nosotros, sino los soviéticos, quienes propusieron instalar los cohetes en 1962. Esa visión sobre la Crisis de Octubre se basaba en horas de entrevista con el único protagonista vivo del conflicto.

El periodismo de investigación que Tad encarnaba tiene hoy menos seguidores criollos, en contraste con quienes quieren ser Oriana Fallaci o Tom Wolfe cuando sean grandes. Él lograría grabar largas conversaciones con actores de la Revolución, de ambos lados, algunos casi olvidados, como Universo Sánchez, y otros tan perennes como Ramiro Valdés. En la casa que tenía alquilada en Marina Hemingway, adonde me invitó una vez, me contó que el propio Fidel les había instruido contestar todas sus preguntas. Ninguno le reveló, naturalmente, cuál había sido el acuerdo sellado con la URSS.

Leí el libro en 1987, después que la revista América Latina, de la Academia de Ciencias de la URSS, dedicara un número al aniversario 25 de la Crisis del Caribe —como le decían ellos—, con un texto de Sergó Mikoyan, y otro mío. En el capítulo 5, me enteré de cuántos errores tenía mi textículo soviético, basado en fuentes públicas. Me consolaba pensando que autores considerados la verdad revelada sobre la Crisis, como Graham Allison, Robert Divine, David Larson, Elie Abel, habían cometido más errores que yo. Aquella nueva visión era consistente con todos los documentos desclasificados y obras de investigación posteriores, especialmente publicadas a partir de la Conferencia Tripartita de Moscú en enero de 1989.

Como «el tuerto es rey», mi contrahecho artículo me convirtió en especialista sobre un tema del que prácticamente ningún investigador, periodista, académico cubano se ocupaba. Recuerdo que un dirigente del Partido me había dado un consejo sano: «No te metas en ese tema, Rafa, que al Jefe no le gusta hablar de eso.» Cuál sería mi sorpresa cuando, casi por carambola, terminé integrando la delegación al encuentro internacional de veteranos y expertos sobre la Crisis, donde la tercera pata del conflicto, o sea Cuba, había sido invitada por vez primera.

Voy a dejar para luego la intrahistoria de aquellos intercambios pioneros que condujeron a la Conferencia de La Habana sobre la Crisis de Octubre, en su trigésimo aniversario, con la presencia del propio Fidel. Me limito aquí a comentar algunas de las cosas que aprendimos, desde que la inmersión en el océano de documentos desclasificados nos reveló la subpolítica profunda, sus abismos y criaturas fosforescentes, tan distintas a como se imaginan desde la superficie. En otras palabras, que casi nada de lo que creíamos antes había sido realmente así. 

A pesar de los libros publicados luego por investigadores cubanos, como los tenientes coroneles (r) Tomás Diez y Rubén Jiménez, todavía algunos comentaristas del patio aluden a aquel momento como «cuando Cuba quedó atrapada en el choque entre dos elefantes durante la Guerra fría.» Esa peculiar visión sobre un capítulo de nuestras relaciones con el Norte solo merece ser comentada porque se repite ad nauseam, de manera directa o implícita, cada vez que se atribuyen nuestras broncas a esa «mala idea» de «escoger a los rusos como aliados.»

En mis clases de historia con estudiantes de allá y de aquí, acostumbro a ilustrar la decisión cubana sobre la instalación de los cohetes mediante una parábola. «Un Chiquito comparte una misma cuadra con un Grande. Cada vez que puede, el Grande le boconea, lo agita, lo aturde con una moto grande de esas, para asustarlo y hacer que baje la cabeza. Un día, el Chiquito se convence de que le va a pasar por arriba con la moto, y se pone a buscar quien le venda un bate.  Pero los que tienen bates no quieren vendérselo. Finalmente, encuentra a un Grande que vive a diez cuadras, con bates de todos los tamaños. Este, que no se lleva bien con el vecino del Chiquito, le propone, en vez de un bate, una ametralladora. El Chiquito razona que él no necesita una ametralladora, porque su interés no consiste en fusilar al vecino, sino nada más apaciguarlo. También saca cuentas de que si le dice que no al Grande, quien se ha ofrecido a apoyarlo en su bronca con el peligroso vecino, se puede seguir quedando cada vez más solo de lo que ya está en ese barrio. En la lógica elemental de un quid pro quo, o como diría el filósofo Adalberto Álvarez, de «pedir pa ti lo mismo que tú pa mí,» decide asumir. A fin de cuentas, una ametralladora también va a apaciguar al guapo del vecindario, aunque este tenga un arsenal. Así que acepta.»

La historia de mis fotos: crisis de los misiles

Algunos se figuran el campo de la política como una gran tienda donde uno escoge los zapatos que le gustan. Ni en la economía, ni en la seguridad, ni en la salud pública, ni en la meteorología el free choice funciona como premisa real. Sin embargo, se juzga la política como el territorio donde el libre albedrío y las personalidades prevalecen. Razón de Estado es sinónimo de visión malévola y caprichosa. Discursos y lemas se confunden con espejos de la política profunda. Y el poder y su ejercicio terminan siendo una especie de patología, cuya esencia se manifiesta en ignorancia, arbitrariedad, ceguera ideológica, o simple torpeza de unos funcionarios ahí. De manera que la política es mala por naturaleza, según ya afirmaba mi abuela, quien al menos nunca se presentó como analista política. 

A diferencia de otros acontecimientos del pasado, este gran evento de la Guerra fría tiene la ventaja de que prácticamente todo lo necesario para juzgarla ha sido sacado a la luz por las tres partes. Así que no solo están los testimonios de participantes, sino los documentos secretos, algunos muy reveladores. Yo les decía a mis amigos académicos gringos, argonautas en aquella travesía, que los 15 mil papeles desclasificados de que se ufanaba el National Security Archives valían lo mismo que el puñado de cartas entre Jrushov y Fidel que la delegación cubana a la reunión tripartita de Moscú había puesto sobre la mesa en 1990. 

No hace mucho, un profesor cubano, de los primeros que estudió filología rusa, advertía confusiones en las traducciones de aquellos candentes mensajes. El embajador ruso en La Habana, oficial de la KGB que les traducía a los dos líderes, había puesto ataque donde Fidel había dicho invasión. De manera que la frase «si ellos llegan a… invadir a Cuba, ese sería el momento de eliminar para siempre semejante peligro, en acto de la más legítima defensa,» fue leída en Moscú como «si ellos llegan a atacar…a Cuba, etc.» Jrushov entendió que Fidel le recomendaba lanzar un ataque nuclear contra EEUU en caso de que este bombardeara las bases de cohetes. «No ignoraba cuando las escribí que las palabras contenidas en mi carta podían ser mal interpretadas por usted y así ha ocurrido, tal vez porque no las leyó detenidamente; tal vez por la traducción, tal vez porque quise decir mucho en demasiadas pocas líneas,» le respondió el Comandante.

De todas maneras, la «carta del Armagedón,» como ha sido calificada noveleramente por algunos autores, llegó a Moscú después de que Jruschov ya le había propuesto a JFK un acuerdo por separado, que soslayaba a Cuba. Así que su decisión no obedeció a que la tal carta le diera la impresión de emocional o impulsiva. Tampoco porque Nikita fuera un cobarde o un inconsecuente, como algunos autores cubanos le han calificado. Sino porque en una bronca entre dos Grandes, los Chiquitos no se sientan a la mesa de negociación. La historia hasta hoy mostraría, sin embargo, que esta visión de realpolitik o paternalista entraña un error estratégico garrafal, pues sin la cooperación de los Chiquitos no se alcanza la paz en la mayor parte de los conflictos.

En todo caso, lo que Fidel le estaba diciendo al Premier soviético era que si ellos invadían la isla, la escalada iba a ser imparable. Treinta años después, en La Habana, los altos mandos militares rusos a cargo de los misiles revelaron que aquí había 43 mil tropas de la URSS. Y que si bien los cohetes nucleares «estratégicos» de alcance medio e intermedio no podían usarse sin decisión de Moscú, en las costas estaban desplegados unos misiles nucleares «tácticos,» cuyo uso discrecional les tocaba decidir a los generales soviéticos en el teatro de operaciones.

Así que una invasión hubiera enfrentado en combate directo, por primera vez, a las fuerzas de las dos superpotencias, no solo con armas convencionales, sino nucleares. Una invasión habría sido repelida con esos cohetes tácticos, sin contar con Moscú, lo que habría desencadenado la temida Tercera guerra mundial.

Recuerdo la cara que puso el ex-Secretario de Defensa de JFK, cuando se enteró de aquel «detalle inesperado:» misiles nucleares que ellos nunca habían fotografiado, así como montón de ojivas que habían logrado llegar a la isla antes de que se sellara el bloqueo aeronaval. Al final de la historia, aquella carta no se equivocaba respecto al enorme peligro de que los EEUU lanzaran el primer golpe, incluso sin que sus más altos dirigentes se lo hubieran propuesto con anticipación. La moraleja extraída por McNamara tomó entonces la forma de un melancólico comentario:  «there’s nothing like crisis management» —»no existe algo como el manejo de crisis.»

Como se sabe, el pacto JFK-Jruschov que selló la mayor confrontación de la Guerra fría no se concretó en un tratado, ni siquiera en un papel firmado, y dejó numerosos cabos sueltos e incongruencias. Aunque Cuba no participó en la negociación, se acordó que debía dejar inspeccionar su territorio por los EEUU y la ONU. En su defecto, que EEUU verificaría el desmantelamiento de las bases de cohetes mediante vuelos rasantes sobre el territorio nacional. Que los soviéticos retiraran «las armas ofensivas,» no «los cohetes de alcance medio e intermedio.» Así que las lanchas lanzamisiles Komar, los MiG 21, y todo otro medio convencional que pudiera alcanzar el territorio de EEUU caía dentro de lo que EEUU podía seguir reclamando.

El compromiso de EEUU se limitaba a no invadir con sus tropas. Nada sobre las acciones paramilitares desde territorio norteamericano, el apoyo a los grupos armados en todas las provincias, el terrorismo y otras acciones subversivas, las provocaciones desde la base naval de Guantánamo, el embargo multilateral total.

Cuba se identificó con el espíritu de evitar la conflagración que había presidido el acuerdo, pero no con la forma en que se negoció, sin su presencia. No solo por principios de soberanía y equidad, sino por haber sido parte inalienable de la decisión de colocar los cohetes, además de teatro de operaciones. Es decir, por estar en la primera línea de combate, corriendo el mayor peligro, y poniendo el pellejo por delante. A pesar de todo, sin embargo, cooperó con la salida de los cohetes y las tropas soviéticas; y se quedó a solas con el enemigo, que no había renunciado en ningún momento a acabar con la Revolución.  

En los 36 meses siguientes, los caballeros que habían alcanzado el acuerdo verbal, JFK y Nikita, salieron por la fuerza de esta historia. Aunque el statu quo acordado se ha respetado en la práctica, sin embargo, como parte de los ires y venires de la política en EEUU, ha sido puesto entre signos de interrogación en varias ocasiones.

Nada en el acuerdo se refería, por cierto, a las tropas soviéticas desligadas de las bases de misiles; de manera que más de 2000 permanecieron, en una unidad cerca de La Habana, para «hacer ejercicios conjuntos,» como parte de la colaboración militar convencional. Aunque en los canales de la política profunda quedó perfectamente claro que, en un escenario de conflicto, la isla no iba a contar con la sombrilla soviética, el gobierno cubano insistió en mantener este grupo de militares soviéticos, como muestra del respaldo de la URSS a Cuba.

Toda esta historia tiene mucho más de lo que se cree para entender el presente.