|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Ruslan Muñoz, decano desde 2023 de la facultad de Arquitectura de la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría, es doctor en Ciencias Técnicas (2021), máster en Vivienda Social (2015) y arquitecto (2011). Tanto los grados científicos como el título de su especialización, los obtuvo en el mismo centro de altos estudios donde hoy trabaja, además, como profesor principal de la disciplina de Teoría e Historia de la Arquitectura y el Urbanismo.
Su currículo, nutridísimo, da fe de las tantas publicaciones que llevan su firma, los temas sobre los que ha dirigido investigaciones y las asociaciones profesionales a las que pertenece. Baste, de estas últimas, citar dos: es miembro de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (2017), y del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (2016).
Como hay mucho de qué hablar, vamos al grano.
En 2011 te gradúas como arquitecto por la Universidad Tecnológica de La Habana. ¿Cómo, por qué, elegiste la arquitectura para tu desempeño profesional?
Desde muy niño dibujaba mucho y pasé varios talleres de dibujo. Lo que más me atraía era dibujar casas, edificios y ciudades. Cuando estaba en un lugar, mi imaginación lo iba construyendo, lo iba transformando todo. Aun lo hago cuando me detengo en un sitio; siempre imagino cómo podría transformarse para mejor.
Crecí en un barrio del municipio Playa a medio camino entre las instalaciones de la Fábrica de La Tropical y la Liga Contra la Ceguera. Mis estudios primarios transcurrieron en una escuela que debió haberse construido en los años cincuenta. Era de grandes espacios, amplios ventanales plegables y grandes aleros, puertas divisorias de corredera que separaban los espacios; yo crecí apreciando esos elementos.
Por otro lado, en mis recorridos asociados a actividades extraescolares observaba construcciones de variadas formas, tamaños, épocas, ya que los barrios a mi alrededor eran muy diversos. Luego comprendí que eran expresión de estilos arquitectónicos y rasgos urbanos.

Después nos mudamos para el pequeño batey del único central azucarero que tuvo la ciudad, el Toledo, en Marianao. Entonces el batey mantenía su pueblerino y pintoresco paisaje de casitas de madera alineadas a la calle principal. Empecé a ver trenes y escuchar sirenas asociadas a la industria. Ya eso fue un cambio radical; yo tenía 12 años. Recuerdo que me llamó mucho la atención en las primeras semanas de vivir allí, un conjunto de varios edificios pero que no eran viviendas, y entonces mi mamá me dijo, esa es la Universidad, la Cujae, donde se estudia lo que te gusta: arquitectura.
En ese momento no estaba familiarizado con las siglas de la Cujae, no la conocía, hasta que un día entré, y me impresionaron sus espacios. Era como reafirmando lo que quería estudiar, resultó muy agradable recorrerla, aunque fue muy breve.
Mis padres trabajaban en El Vedado, en plena Rampa, en el edificio de la Radio y la Televisión, y yo lo visitaba frecuentemente. Para estar más cerca de ellos, mis estudios secundarios los hice en El Vedado, en una añeja mansión de los años veinte del siglo pasado, enfrente de una obra icónica del art decó cubano, el Edificio López Serrano. Estudiar en este barrio, caminarlo y compartir también en casas de mis amigos en los círculos de estudio, contribuyeron a que ampliara mi visión de la ciudad.
Luego transcurrieron mis tres años de preuniversitario becado y aquí también me detenía a observar la espacialidad de la propia escuela. Incluso el director me pidió hacer una perspectiva aérea para ubicarla en el mural. Por ese entonces ya me estaba preparando para las llamadas “pruebas de aptitud”, que exigía la carrera. Eran unos exámenes muy completos que medían tus cualidades asociadas a la memoria visual, la interpretación espacial, la creatividad, etc. Ese fue el segundo momento en que visité la Cujae y mi primera vez en la Facultad.
Ya una vez en la Facultad de Arquitectura, fue la plena satisfacción, aunque no estuvo exenta de tropiezos propios de una exigente carrera, pero llena de experiencias. La formación que recibí de mis profesores contribuyó sin dudas a que sintiera mayor orgullo y pasión por esta profesión.
También desde niño me gustaba la historia, el por qué y cómo los edificios eran tan diversos o por qué un barrio era tan diferente a otro. Siempre en la escuela nos enseñan la historia de Cuba, pero desde un matiz exclusivamente político, siendo muy escasos otros matices. Entonces esas otras aristas me llamaban la atención. Estudiar la Historia de la Arquitectura y el Urbanismo en la carrera era el complemento perfecto, y además me gustaba transmitir y compartir lo que aprendía.
Por eso me dediqué al estudio de esta disciplina y aquí tuve excelentes profesoras que contribuyeron mucho a esta decisión. Las profesoras María Victoria Zardoya y Florencia Peñate Díaz, cuya cualidades y virtudes de ambas dejaron profundas huellas en mí. Hasta este momento ha sido constante el aprendizaje, porque la propia docencia te lo exige. Cada grupo de alumnos es un comienzo, se disfruta y se aprende.

La arquitectura cubana erigida durante la República es prolífica y de notables valores. A tu juicio, ¿cuáles son las obras más sobresalientes entre 1902 y 1959?
Esta pregunta es bien difícil, porque obliga a sintetizar bastante. Los estudios de Arquitectura en Cuba se iniciaron en 1901. Quince años después, en mayo de 1916, se creó el Colegio de Arquitectos de La Habana y, en 1917, se inició la publicación de la revista Arquitectura, que se convirtió inmediatamente en el órgano divulgativo del gremio; años más tarde se llamó Arquitectura Cuba, con gran repercusión nacional y en el ámbito latinoamericano.
Esto coincide con otros procesos de modernización y cambios sociales que experimentó la isla en sus primeros años como República. El periodo republicano estuvo marcado por dinámicas económicas muy fluctuantes, asociadas al tronco económico que significaba la industria azucarera y que se articulaba con la banca financiera y comercial, y otros sectores de la economía, pero a su vez estaban estrechamente relacionadas con impactos en la demografía y la inmigración, en los referentes estéticos y prácticas culturales de los grupos sociales.
La Habana, por ser la capital, expresa muy bien estos procesos, y al concentrar el poder político, obviamente atrajo mayores inversiones inmobiliarias. Se puede afirmar que es la etapa donde la urbe creció más en toda su historia. No obstante, el proceso de modernización lo experimentarán, con diferentes grados de intensidad, las restantes ciudades importantes, como Santiago de Cuba, Santa Clara, Camagüey, Cienfuegos, incluso en otras más pequeñas también.
Por tanto, para entender esta etapa varios estudios han coincidido en subdividirlo en dos periodos, el primero: 1900-1930; y un segundo: 1930-1958. Dicha fragmentación se debe a los propios rasgos y características que fue asumiendo la arquitectura cubana, como resultado de un lógico proceso evolutivo. Pero abarcar en tan poco espacio el resto del país, podría extender demasiado mi respuesta, y siempre faltarían obras, por eso prefiero mencionar solo algunas de La Habana.
Hace un año, desde la Sociedad de Arquitectura de La Habana un grupo de arquitectos retomamos una idea que se había quedado como deuda, y era la de seleccionar las joyas arquitectónicas de la ciudad. Tarea sumamente difícil. Y aunque siempre habrá discrepancias hubo consenso en muchas obras. Algunas de ellas te las iré mencionando.
De este primer periodo sobresalen los edificios que se van a convertir en los rostros simbólicos de la joven República, concentrados esencialmente en la zona central de la urbe, próximos al Prado y a la zona antigua de la ciudad. Los edificios del Centro Gallego (1915), del arquitecto Paul Beleau (hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso); la Asociación de Dependientes del Comercio (1907), hoy Academia de Ballet, del arquitecto Arturo Amigó; el Centro Asturiano (1927), hoy Edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes, del arquitecto Manuel del Busto; el Capitolio Nacional (1926-1929), de los arquitectos Raoul Otero, Govantes y Cabarrocas, Eugenio Rayneri Piedra, José María Bens Arrarte y otros; la Lonja del Comercio (1908), de Tomas Mur; la Universidad de La Habana (1906-1940), en la que intervinieron varios arquitectos a lo largo de los años, pues están los edificios del campus de la Colina en sí, y luego otros en la Avenida Carlos III (entre los principales arquitectos que trabajaron en esa magna obra, menciono a Pedro Martínez Inclán, la firma Moenck y Quintana, Joaquín Weiss, Manuel Tapia Ruano y Esteban Rodríguez Castells); y el Edificio Bacardí (1931), del arquitecto Esteban Rodríguez Castells.




Hay un grupo de obras residenciales y religiosas que expresan también el ascenso y la consolidación de una burguesía poderosa, que adoptarán el eclecticismo como expresión de sus gustos estéticos. En general, se hicieron muy buenas obras, fue una etapa floreciente, pero a la vez convulsa socialmente, que tendrá su final con la crisis económica, la caída de Machado y la Revolución de los años treinta.
El segundo periodo, aún agitado y en recuperación por años de inestabilidad, estuvo marcado por una asimilación de corrientes de renovación arquitectónica. Se buscaba una nueva modernidad, ahora enfocada hacia la funcionalidad de los espacios, en la estética de volumetrías más limpias, despojadas de ornamentaciones. Las influencias del llamado arte moderno y arquitectura moderna comienzan a extenderse en el panorama arquitectónico habanero.
A finales de los treinta e inicios de los cuarenta se construirán importantes edificios públicos, como Maternidad Obrera, del arquitecto Emilio de Soto; el Hospital Militar Carlos J. Finlay, y el conjunto cívico del antiguo Cuartel Columbia, hoy Ciudad Escolar Libertad, del arquitecto José Pérez Benitoa. Será un proceso de maduración de los códigos modernos, de consolidación de la práctica profesional, de eventos nacionales e internacionales que van a influir enormemente en el pensamiento de los arquitectos cubanos.

Para los años cincuenta se consolidó el llamado Movimiento Moderno, el cual exhibe notables ejemplos de exploración estructural y plásticas, expresadas en los más variados temas arquitectónicos, desde viviendas, edificios de oficinas, centros culturales, deportivos y religiosos, entre otros.
Solo voy a mencionar algunas obras: el Teatro Nacional (1954-1959), de los arquitectos Nicolas Arroyo y Gabriela Menéndez; el edificio Focsa (1954-1956), de los arquitectos Martín Domínguez Esteban y Ernesto Gómez Sampera; el salón Arcos de Cristal del Cabaret Tropicana (1951), del arquitecto Max Borges Recio. La lista es enorme, sobre todo si tenemos en cuenta que la ciudad experimentó un fuerte proceso de expansión urbana hacia las periferias.


Existe un amplísimo universo de arquitectura moderna también en barrios y en repartos alejados de los centros. Precisamente sobre este patrimonio menos visible o conocido, hemos estado trabajando en su documentación desde la Facultad de Arquitectura, fundamentalmente con mi colega Alexis Jesús Rouco Méndez, Máster en Ciencias y arquitecto, y con nuestros estudiantes. Más allá de los resultados y hallazgos de la investigación, nos satisface haber contribuido a una mayor comprensión del alcance y los valores de estas obras en la ciudad.
¿Y las obras más sobresalientes del período revolucionario?
Es un periodo bastante amplio, y también solemos dividirlo en décadas en función de los condicionantes específicos y de aspectos sociales, estéticos y técnico constructivos. La primera década de la Revolución fue intensa, se acometieron muchas obras a la vez, la mayoría de excelente calidad y de alto vuelo creativo. Seguía el fuerte cuño moderno, ahora volcado a grandes proyectos sociales.
Destacan de esos primeros momentos obras como la Unidad Habitacional no.1 de La Habana del Este (Ciudad Camilo Cienfuegos 1959-1961), de los arquitectos Mario González, Hugo D’Acosta-Calheiros, Reynaldo Estévez, Mercedes Álvarez, Ana Vega, Julio Balandrón, Roberto Carrazana y otros; las Escuelas Nacionales de Arte (1960-1965), de los arquitectos Ricardo Porro, Roberto Gotardi y Vittorio Garatti; la propia Cujae (1960-1964), del arquitecto Humberto Alonso, continuada por el arquitecto Fernando Salinas junto a un amplio equipo de ingenieros y arquitectos; el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC, 1965), de los arquitectos Joaquín Galván, Carlos Noyola, Sonia Domínguez y Onelia Pairol; y la Comunidad de Las Terrazas (1967-1975) de los arquitectos Osmany Cienfuegos y Mario Girona.


Luego, en los 70, destacan obras que adoptaron muchas de ellas sistemas de construcción prefabricados, pero muy bien logrados, sobre todo las que asumieron la función educativa, como, por ejemplo, la Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin (1975), del arquitecto Andrés Garrudo; la Ciudad de los Pioneros en Tarará, del arquitecto Humberto Ramírez; y el Palacio de Convenciones (1979), del arquitecto Antonio Quintana.

En los años 80 resalta el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (1986), del arquitecto Rafael Moro, y Expocuba (1987-1989), también del arquitecto Humberto Ramírez. De algunas obras de los 90 más adelante hablaremos.
Hace algunos años los docentes de la disciplina de Historia de la Arquitectura y el Urbanismo de las Facultades del país, y fruto de una colaboración internacional, nos unimos para documentar de forma actualizada el panorama arquitectónico y urbano. Bajo el título: La Arquitectura de la Revolución Cubana 1959-2018. Relatos históricos –Tipologías– Sistemas, el texto profundiza ya con una distancia temporal que permite miradas reflexivas y críticas sobre los aciertos y desaciertos de la producción arquitectónica de estas décadas.
En ocasiones se hablaba del eclecticismo de la arquitectura de La Habana como un estilo de la falta de estilo. A mi juicio, esto tiene un matiz peyorativo. ¿Ese eclecticismo no es, en esencia, una riqueza? A esta altura de la historia, pienso que deben quedar muy pocas ciudades no eclécticas.
“Algo más que el estilo sin estilo” se titula un artículo de la gran profesora de historia de la arquitectura de varias generaciones: la Dra. Arq. María Victoria Zardoya, de la que me considero eterno alumno. Precisamente, asume esta expresión para desentrañar realmente a lo que quiso referirse Alejo Carpentier en su inmortal texto La ciudad de las columnas, aludiendo a esta mezcla de estilos que caracteriza la ciudad.
Durante las cuatro primeras décadas del Siglo XX las renovaciones y matices estilísticos de la ciudad fueron intensos y de una riqueza y variedad notables. El amplio repertorio de soluciones formales, a su vez, se subdivide según los momentos de ejecución, los proyectistas, los propietarios, también por las zonas en donde se levantaron las obras.
No es lo mismo clasificar, ordenar, entender este amplio patrimonio ecléctico en una zona central o compacta de la ciudad, que hacerlo en sus áreas periféricas o alejadas de los centros de mayor dinamismo.
Lejos de asumir esta frase como peyorativa, se puede decir que ese eclecticismo es su principal riqueza, y en este mismo párrafo del texto Carpentier señala : “Porque, poco a poco, de lo abigarrado, de lo entremezclado, de lo encajado entre realidades distintas, han ido surgiendo las constantes de un empaque general que distingue La Habana de otras ciudades del continente”.
Lamentablemente muchas ciudades del mundo han perdido gran cantidad de su patrimonio construido. Son pérdidas irreparables para la historia de sus sociedades. Diversos factores lo han provocado, entre ellos, el carácter devorador del desarrollismo inmobiliario. Muchas naciones con economías pujantes apostaron por la modernidad a ultranza dentro de modelos muy liberales que no equilibraron el impacto cultural de sus inversiones.
Dentro de un mundo globalizado, las llamadas ciudades genéricas se han extendido ampliamente. La conciencia sobre los valores de la ciudad se ha ido ganando con el paso de los años. No obstante, si bien hay experiencias positivas de la conservación y el rescate patrimonial, los retos son grandes aún en el caso de La Habana y otras ciudades cubanas, por el muy preocupante deterioro de su patrimonio construido, en el que el período del estilo ecléctico es de los más vulnerables y propensos a perderse. Encontrar puntos de equilibrio y consensos son imprescindibles para la salvaguarda del patrimonio histórico construido.

La obra del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda en La Habana, Inav. 1959-1962 y La producción del hábitat construido por el Estado en La Habana 1959-1964, fueron tus temas de tesis para la Maestría en Vivienda Social (2015) y para el Doctorado en Ciencias Técnicas (2021), respectivamente. ¿Por qué ese interés en los primeros años del Gobierno Revolucionario? ¿Qué hubo de extraordinario en ese lapsus?
Estos años fueron muy polémicos. Al arranque de un proceso trascendental en la historia de la nación, lógicamente emanan muchas interrogantes y reflexiones. La distancia temporal de un suceso te permite entenderlo o interpretarlo con otra visión. Los impactos y reacciones que implicaron las radicales medidas aplicadas sobre la vivienda, la propiedad inmobiliaria y el suelo urbano crearon profundas fracturas en el desarrollo de la ciudad, a pesar del beneficio que llevaron a grandes mayorías, antes excluidas.
Los cambios estructurales aplicados en todos los ámbitos permitieron establecer un verdadero plan de construcción de viviendas para los sectores populares, el cual puso en práctica lo que se debatió y teorizó en los congresos internacionales de arquitectura de los años treinta a los cincuenta del siglo XX, a nivel continental, sobre el derecho a los obreros a una vivienda higiénica y económica.

A partir de este momento, Cuba se situó a la altura de sus similares en la región, estableciendo estrategias de desarrollo de viviendas de forma masiva e integral, pues México, Brasil, Venezuela y Chile exhibían excelentes ejemplos de conjuntos habitacionales. La experiencia cubana se diferenció porque su política habitacional estuvo anclada a un proyecto social redistributivo de riquezas y de radicales transformaciones, que fueron más allá del ámbito físico.
De ahí que los planes constructivos se acompañaron de políticas que sincronizaron otros beneficios, los que beneficiaron, sobre todo, a aquellos sectores hasta entonces menos favorecidos. Más de 9600 viviendas se construyeron en cinco años sólo en La Habana, en medio de un complejo escenario.
Asimismo, ilustran la coexistencia temporal de modos de gestión y trabajo diversos que demostró ser efectiva. Por un lado, el Instituto Nacional de la Vivienda orientó y supervisó a la empresa privada para la ejecución de las obras, estimulando a los arquitectos mediante concursos, mientras que el Ministerio de Obras Públicas implementó sus investigaciones de las tecnologías constructivas, en pos de una agilización de los planes.
En la etapa se contó con un excelente equipo de profesionales, algunos muy experimentados, acompañados de jóvenes comprometidos y deseosos de hacer, que supieron asimilar lo más notable de la influencia externa y fusionarlos con el contexto local, dando continuidad a lo mejor de las soluciones que se tenían como precedente.
La vivienda fue asumida como un bien social y entendida en su más amplio concepto, relacionado con el hábitat en general. La obra habitacional buscó superar la situación de inequidad territorial existente entre sus áreas centrales y periféricas en términos de funciones sociales, que impactaron cuantitativa y cualitativamente en la ciudad.
Lamentablemente, la centralización de la construcción, asumida por el naciente Ministerio de la Construcción (Micons), dio por terminado un periodo fructífero de experiencias y creatividad. Las propias medidas tomadas desde los años 1959 y 1960 acabaron con los mecanismos de financiación de la ciudad. Las expropiaciones, y la prohibición del ejercicio profesional, tal como venía sucediendo, impidió no solo la sostenibilidad de los planes habitacionales sino de todo el proceso creativo de la práctica arquitectónica, así como el desarrollo de las industrias afines a la construcción.

¿Qué opinión tienes de los distintos emplazamientos urbanos levantados bajo la dirección de Pastorita Núñez?
Las obras del Inav no han sido superadas en calidad de ejecución y diseño por ningún otro plan de construcción de viviendas sociales desarrolladas en Cuba a lo largo de más de sesenta años.
El Inav se creó en febrero de 1959, y asumió una gran parte de la edificación de viviendas por el estado cubano en el periodo de 1959 y 1962, con el fomento de nuevos repartos y el relleno de terrenos vacíos dentro de las ciudades de todo el país.
Las “casas de Pastorita”, llamadas así en honor de la presidenta de dicho organismo, Pastora Núñez González, asimilaron el lenguaje del urbanismo y la arquitectura del Movimiento Moderno en la versión de la vivienda individual, aislada en conjuntos pequeños y medianos y en unidades habitacionales conformadas por edificios multifamiliares.
A nivel nacional, diseñó y construyó más de cien modelos de viviendas individuales aisladas, que variaron entre los 55 m² y 153 m². Esta amplia variedad fue pensada también para una pluralidad de ingresos económicos que le permitiera a cada usuario seleccionar el modelo según su precio.
La experiencia del Inav se desarrolló con altos grados de libertad en el diseño, justificados por la utilización de los sistemas constructivos artesanales, y por un excelente equipo de arquitectos que supieron asimilar la influencia externa en cuanto a principios de diseño urbano y arquitectónico y fusionarlos con la especificidad de la arquitectura cubana, dándole continuidad a lo mejor que se venía haciendo anteriormente.

Uno de los principales aportes urbanísticos radicó en la concepción integral de los asentamientos habitacionales, incorporando los servicios comunales para el pleno desarrollo humano: mercados, escuelas, centros recreativos, de salud y parques, todos de una excelente calidad en sus diseños.
El paso del tiempo ha demostrado la validez de las obras, la calidad de su diseño y ejecución. El 100 % de los conjuntos de edificios multifamiliares y de los edificios aislados hechos en La Habana se mantienen íntegramente y en buen estado de conservación. A sus valores estéticos y arquitectónicos se suman sus valores sociales y culturales, arraigados en la memoria histórica de sus habitantes.
Alamar fue un esfuerzo titánico para paliar la escasez creciente de vivienda en la capital. Aunque estuvo en los planes prerrevolucionarios de crecimiento de La Habana hacia el este e, incluso, su nombre viene de esa época, no es hasta 1971 que se echa a andar el plan de las microbrigadas, mediante el cual los propios obreros servirían de mano de obra para la construcción de los edificios que luego habitarían. Los modelos prefabricados provenían del entonces Campo Socialista. A la luz de los años, ¿qué opinas de Alamar como conglomerado arquitectónico?
Mucho se ha hablado de Alamar. Es una gran ciudad dentro de la propia Habana. Para entenderla hay que ir a sus antecedentes. Su concepción es hija de un pensamiento urbanístico internacional que se extendió ampliamente durante el periodo entre las dos guerras mundiales y se afianzó posterior a la segunda.
Sus principios apostaban por una visión productivista de la vivienda, muy tecnológica, de construir masivamente supeditando a la tecnología las preocupaciones estéticas y culturales, lo que generó un anonimato a escala universal.



Los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM), difundieron estas posiciones teóricas en las cuales la ciudad debía tener muy claras y separadas sus funciones: trabajar, vivir, recrearse y circular. Hay muchos “Alamares” en el mundo, tanto en ciudades europeas de Occidente como en el este, también en ciudades latinoamericanas.
En Cuba esas ideas llegaron a finales de los años 40, cuando ya desde la propia enseñanza del urbanismo se realizaban propuestas para rediseñar sectores de La Habana antigua. El llamado Movimiento Moderno fue irrespetuoso con la ciudad heredada en este sentido. No se entendía el patrimonio como lo vemos hoy. Incluso se propuso para la ciudad, en 1955, un Plano Regulador, que para la Habana vieja planteaba su demolición casi por completo, solo dejando unos pocos edificios de valor arqueológico o históricos, como las fortificaciones y algunos conventos.

Autopistas y rascacielos se levantarían en defensa de la modernidad. Hubiese sido dramático. Te repito, hay fenómenos y procesos que se ven a la luz de hoy de manera distinta, y que en ese momento eran coherentes con el pensamiento urbanístico.
Realmente vamos a ver materializadas muchas ideas de este urbanismo racionalista a partir de los años sesenta, ya cuando se ponen en marcha ambiciosos planes de vivienda potenciados en La Habana durante las décadas de 70 y 80. Mucho de lo que falló con estos desarrollos habitacionales fue su gran escala y el desequilibrio de funciones urbanas, la rigidez y monotonía de sus edificios no fomentaron sentimientos de identidad con el lugar.
Algunos ejemplos en el mundo fueron demolidos o han sido rediseñados. El cuestionamiento a estos principios de desarrollo urbano se reflejó desde los propios años 60 por historiadores, sociólogos y urbanistas también, pero el desarrollismo industrializado apostó por la cantidad en detrimento de la calidad.
La inmensa demanda de viviendas, en Europa después de la guerra y en Cuba por la desigualdad social, son causas de este posicionamiento pragmático. Por lo tanto, Alamar padece de las mismas deficiencias que muchos de sus homólogos en el mundo, obviamente marcadas además por nuestro contexto, que impidió o limitó el desarrollo de sistemas de transporte masivo eficiente que permitiera la comunicación fluida de esta ciudad satélite con el resto de la urbe, una menor calidad constructiva, un pobre diseño paisajístico y el no completamiento de los servicios y otras amenidades necesarias para lograr una calidad integral del hábitat.
Pero Alamar posee un enorme potencial para desarrollarlo. Por ejemplo, pueden cualificarse sus espacios, incrementando las superficies verdes, parques, zonas sociales, zonas productivas, así como dotar y fortalecer redes de servicios comerciales. Hay que pensarlo con base en un plan de desarrollo integral de visión sostenible y holística de las soluciones. Hay propuestas de intervención en Alamar en trabajos académicos que plantean un futuro diferente y posible para esta ciudad del este que, además, posee el mar como uno de sus mayores potenciales y atractivos.
De acuerdo con lo que has observado y experimentado, ¿crees que hay una exacta comprensión por parte de los decisores políticos de nuestro país del papel que deberían jugar los arquitectos en la sociedad contemporánea?
Aún no. Esta relación entre decisores políticos y arquitectos ha tenido tensiones y desencuentros desde el propio inicio del proceso revolucionario. El rol profesional se fue distorsionando en la medida en que el modelo político y económico se fue centralizando, limitando al arquitecto su capacidad de tomar decisiones y del propio desarrollo de su práctica profesional. Sobre este tema se ha abordado bastante por parte de voces reconocidas, tanto fuera como dentro de Cuba, sobre todo en el último decenio en que arquitectos e ingenieros han reclamado su derecho a ejercer de forma independiente, como artistas, como profesionales, como creadores.
Comprender el rol del arquitecto sobre la base de la participación multidisciplinaria en la solución de problemas complejos es vital. Nuestra formación es holística para comprender tanto los contextos socio-económicos, los sistemas tecnológicos como los procesos culturales y políticos en los que se inserta cualquier obra de arquitectura y urbanismo.
Algunas de las ciudades latinoamericanas que han tenido mayor éxito en su desarrollo con criterios de sostenibilidad revertidos en mayor calidad de vida para sus ciudadanos, tales como Curitiba, en Brasil, o Medellín, en Colombia, han tenido alcaldes graduados como arquitectos.
Hoy la ciudad necesita más que nunca de una conducción y gestión responsable desde la sostenibilidad, la inclusión, la comprensión de sus problemas para encontrar las mejores propuestas, y los arquitectos podríamos tener un papel más protagónico en ese sentido, tanto a nivel central, como de forma independiente.

Los años que suceden al llamado Período Especial no son, parece, los más fértiles para el ejercicio de la arquitectura en Cuba. Fuera del rescate de algunas edificaciones emblemáticas y la construcción de instalaciones hoteleras, no recuerdo obras arquitectónicas de relevancia en ese plazo. ¿Es así?
Lamentablemente sí. Los contextos económicos y políticos condicionan mucho los procesos de inversión en una ciudad. La Habana lo expresa en su propia evolución histórica. Los momentos de mayor crecimiento de la ciudad y desarrollo de su arquitectura se dieron precisamente por escenarios favorables para la construcción, ya sean iniciativas gubernamentales o privadas.
Las dinámicas económicas son decisivas al igual que el poder político que esté dominando el momento. Sucedió durante la etapa colonial con Márquez de la Torre, y con el Capitán General Miguel Tacón, cuando la nación se convirtió en República en 1902, y también en varias coyunturas durante el período republicano, cuando los gobiernos impulsaron importantes obras que expandieron y definieron la ciudad.
Los mandatos presidenciales buscaban dejar su impronta, no olvidemos que la arquitectura refleja sistemas de valores de una época. Igualmente sucedió al establecerse el Gobierno Revolucionario.
Las crisis económicas obviamente contraen el desarrollo en muchos aspectos. Sus consecuencias dependerán, entre otras causas, de su duración en el tiempo. La crisis de los años 90 comenzó cuando yo apenas era muy niño y, claro, no tenía comprensión de sus impactos. Para ese momento, en 1991 se celebrarían en La Habana los XI Juegos Panamericanos, un importante certamen que implicó esfuerzos de organización y completamiento de la infraestructura necesaria para este evento.
Dentro de las obras erigidas para los juegos, resalta la villa de alojamiento para los atletas, que después fue ocupada en propiedad por diversas familias. La Villa Panamericana significó un momento de inflexión en el pensamiento del urbanismo en Cuba.
Tras la experiencia de nuevos desarrollos habitacionales en las décadas del 70 y 80, de urbanismo abierto de bloques aislados, en la Villa se volvieron a celebrar los valores de la ciudad tradicional, el modelo urbano que demuestra que funciona bien: ese que recupera el frente de la calle, el comercio en esquina y en planta baja, una retícula urbana que permite organizar mejor los edificios, un paseo central que jerarquiza un lugar, espacios para el descanso y elementos que pueden reforzar sentimientos de identidad con el sitio.
Sus proyectistas, encabezados por el arquitecto Roberto Caballero, supieron dialogar con estos elementos de la tradición y traerlos a una urbanización que manejó también la adopción de sistemas de construcción prefabricados alternados con sistemas tradicionales, creando variedad, armonía y coherencia estética.
Durante esos años, como señalas, las mayores inversiones se enfocaron en el sector turístico. Entre los hoteles arquitectónicamente más relevantes se encuentran el Meliá Santiago de Cuba (1991), de los arquitectos José Antonio Choy y Julia León, y el Meliá Habana (1995-1998), de los arquitectos Abel García Puerto y Rafael Muñoz Ramírez. Otras obras que se diseñaron en estos últimos treinta años con notables valores son: la Terminal de Ferrocarriles de Santiago de Cuba (1988-1997), y el Banco Financiero Internacional (1997), en 5ta y 92, Playa, ambos de Choy y León con su equipo.


Paralela a esta obra también se ejecutó la Terminal número 3 del Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana, de los arquitectos Mario Girona y Dolly Gómez, que comenzó a operar en 1998. Existen otras más, solo te he mencionado las que considero tienen un mayor impacto urbano, o asumen muy bien los elementos contemporáneos de la arquitectura articulados a valores de la tradición.
La obra restauradora del patrimonio, no solo de La Habana, sino de otras ciudades patrimoniales cubanas, merecía párrafo aparte, pues se encuentran muy buenas experiencias que reflejan profesionalidad y amor por la labor. Pero el hecho de que no haya muchas más obras no se debe exclusivamente a un prolongado momento de crisis, eso tiene que ver también con otras causas.
La planta física de La Habana se encuentra en un estado lamentable. ¿Consideras que las pérdidas de edificaciones de alto valor patrimonial que se están dando son irreversibles? En medio de la enorme penuria económica que vivimos, ¿se te ocurre algún modo efectivo de detener ese deterioro?
Efectivamente, se ha llegado a un punto en que el deterioro es indetenible e irreversible. Hay factores ambientales muy agresivos que atacan directamente a las estructuras. Pero los efectos más devastadores fueron las erradas y radicales decisiones políticas que condenaron a la ciudad.
Las ciudades son contenedores de procesos sociales vivos que necesitan mutar constantemente, no pueden detenerse. No es posible salvarlo todo, es por ello que desde los años 80, con la voluntad restauradora impulsada por Eusebio Leal, se ha logrado conservar lo imprescindible. Es muy difícil, no podemos pensar una ciudad diferente y restaurada si no cambian los escenarios económicos, y estos parten de decisiones políticas drásticas.


Las complejidades de La Habana son bien fuertes: zonas empobrecidas, tanto del centro como de sus periferias, insuficiente capacidad de sus infraestructuras viales y técnicas, y ausencia de mecanismos para afrontar estas carencias y amenazas. Hay que apostar por la descentralización para una mejor gestión urbana que permita su autofinanciamiento.
Sobre posibles vías de soluciones para el futuro de La Habana se ha escrito bastante. Textos ya clásicos de Mario Coyula describen posibles escenarios y soluciones, y artículos publicados en OnCuba por el sociólogo Carlos García Pleyán nos dejan imprescindibles reflexiones y lecciones para encontrar luz. Por solo mencionar algunos: “¿Qué futuro queremos para La Habana y cómo lograrlo?”; “¿A dónde va La Habana?”; “El rescate de la imagen urbana”; “La ciudad reclama arquitectura”; “La Habana: ¿Después del 500, que?”.
Estos y muchos otros textos abordan con rigor los principales desafíos y las posibles soluciones. Cualquiera de ellos lo expresa mejor de lo que podría reflejar aquí en tan apretado espacio.
Eres habanero. ¿Tienes una relación sentimental con la ciudad?
Sí. Nací en La Habana y creo que todos los sentimientos por la ciudad que nos ve nacer forman parte de uno. El lugar donde vivimos moldea también nuestras conductas. Siento por La Habana una profunda admiración y orgullo por su historia, y también por sus valores más allá de la arquitectura. Pero también sufro sus pérdidas irreversibles, sus profundas desigualdades que nunca han podido borrarse.
Se ha vuelto frágil y muy poco amable para con los ancianos o las personas con discapacidad. Su infraestructura actual no es capaz de satisfacer las necesidades de todos sus ciudadanos por igual. Esto hace que en un mismo día, caminando por ella, puedas experimentar muchos sentimientos. Nostalgia, angustias, admiración, orgullo, amor y tristeza.

Cuando estás fuera de Cuba, ¿recuerdas frecuentemente una zona de La Habana que sea tu preferida, ya por su valor arquitectónico, ya porque se asocia a momentos importantes de tu vida?
Sí, se recuerda mucho. Por mi propia profesión y formación he estado en numerosos lugares de La Habana, esa ha sido una oportunidad grandísima y enriquecedora, que no todos los habitantes de una ciudad experimentan. Para mí son especiales algunos espacios que siempre me vienen al pensamiento. Las vistas desde el Cristo de La Habana son una postal con muchas capas; apreciar desde allí el verdadero palimpsesto que es la ciudad es espectacular. Lo recuerdo porque fue uno de los primeros paseos a La Habana Vieja que di con mis padres. Siendo un niño, ver ese paisaje fue hermoso. El silencio y la brisa características del lugar acompañan los sueños, las dudas, las reflexiones.

El otro sitio que me gusta recordar es la Colina Universitaria, sus edificios y escalinata. Durante el último año de la carrera 2010-2011, nos tocó a un pequeño grupo trabajar en el Plan General de Rehabilitación de los edificios de La Universidad, y realizar nuestras tesis de grado en función de este empeño. Algunos con propuestas de transformaciones en los edificios existentes y otros en propuestas de nuevas instalaciones contemporáneas. Interactuar en su seno, recorrer y estudiar sus espacios hicieron que apreciara más sus valores urbanos y arquitectónicos como conjunto.
Pero tal vez hay algo más, quizás por la fuerte memoria de las luchas estudiantiles decisivas en la historia de nuestra nación o porque fue allí donde nacieron los estudios de la carrera en 1901, y el antiguo edificio de la Escuela de Arquitectos e Ingenieros se mantiene como testigo de la formación de generaciones enteras que hicieron la mayor parte de esta ciudad. Es más que un conjunto arquitectónico, sus significados lo convierten en templo, en refugio, en pedestal para mirar a la ciudad desde sus alturas.

Si tuvieras que entrevistar al actual decano de la Facultad de Arquitectura de La Habana, y formularle una única pregunta, ¿cuál sería? ¿Qué crees que respondería éste?
Esta es la pregunta más difícil y retadora de todas. Pero en realidad me la hago frecuentemente por mi responsabilidad al frente de la Facultad desde 2023. Le preguntaría cuál considera que es hoy el mayor desafío para la formación de arquitectos en Cuba. Y él —o sea, yo—, respondería:
El mayor desafío que enfrentamos es formar arquitectos capaces de responder a las necesidades de un país que atraviesa una de las mayores y agudas crisis de su historia. Enfrentar los enormes retos que impone conservar una ciudad patrimonial como La Habana, amenazada incluso con ser destruida por la mayor potencia militar del mundo, es una señal de lo complejo del momento que vivimos.
La comprensión de los problemas ambientales, éticos, culturales, sociales y económicos exigen posiciones políticas y competencias profesionales para con la ciudad y su desarrollo. El reto de la formación es saber transmitir y sensibilizar a los estudiantes con estas preocupaciones, y cómo desde sus esferas y campos de actuación profesional pueden y deben asumir parte de su solución.
Las grandes carencias materiales afectan y limitan el propio proceso de formación, tanto de los estudiantes como de los docentes. Formar y sostener un claustro sólido se vuelve difícil en estos escenarios, lo cual tensa y compromete la propia calidad del proceso. Por otro lado, la enseñanza actual está dialogando con una generación diferente, del mundo digital, que se encuentra dando sus primeros pasos con la Inteligencia artificial y sus herramientas, algunas muy útiles, pero también con sus peligros asociados a la superficialidad y no profundización en los análisis.
Por ese mismo contexto, consumen digitalmente miles de imágenes y referentes arquitectónicos de una enorme diversidad y calidad. Esto implica estar más preparados para saber tomar decisiones, discernir, para enfocarse en lo esencial, para encontrar las mejores soluciones. Implica mayor estudio, mayor conducción, más diálogo, más discusión, más interdisciplinariedad. Pero a su vez se necesita hacer y ver arquitectura contemporánea, se necesita una ciudad viva, dinámica, inclusiva, amigable, sostenible, pero materializada con obras. Las nuevas generaciones de arquitectos lo requieren.
El amor por la profesión, la voluntad de verlos graduarse y aportar luego con sus conocimientos, es el motor que impulsa esta difícil tarea de formar. No obstante, aun muchos no encuentran su futuro en Cuba, lo que debe servir de profunda reflexión y preocupación, pues una nación que no logra retener, estimular y aprovechar su valioso potencial humano estará hipotecando su futuro peligrosamente.











