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A examinar las diversas manifestaciones de las masculinidades en el corpus compositivo de la nueva trova cubana dedica un volumen ensayístico el profesor e investigador Yosvel Hernández Alén (La Habana, 1975). Es un tema más que pertinente, pues se van sucediendo en nuestro ámbito estudios que exploran ese mismo objeto desde diversos ángulos, expresión de que en Cuba se opera, desde el inicio de la rebelión de 1959, un reajuste en las expresiones de lo tradicional masculino y de su percepción a nivel de la sociedad y la academia.
En el pórtico de su ensayo, titulado Las masculinidades en la Nueva Trova, Yosvel aclara, asumiendo como suyas las palabras de Ramón Rivera Pino y Oscar Herrera Ulloa, que ha de entenderse el término masculinidades como “los significados, simbolizaciones y sus respectivas prácticas asociadas a lo que significa ser hombres, construidas por hombres y mujeres en toda su diversidad.” (Reseñas de estudios cubanos de masculinidades).

La Nueva Trova, como voz cantante de la Revolución, asumió como propios muchos de los preceptos que vinieron aparejados con el sismo estructural que un hecho de tal magnitud y hondura supone. El “hombre nuevo”, utopía incumplida, debía ser cantado, incluso, antes de su constatable aparición. De ahí surgió una poderosa carga épica, con canciones que devinieron himnos inflamados de reconocibles valores estéticos. Y en todas ellas el hombre —vigor, lealtad, convicción coraje y vocación de sacrificio a toda prueba— resultaba el centro, desde el que se cantaba y se codificaba en lo moral la nueva realidad.
Debemos apresurarnos a decir que las canciones no crean ideologías, que en todo caso las trasmiten, pues estas son el resultado de complejos entramados sociales. Y la Nueva Trova reflejaba lo que se venía operando y discutiendo en el seno de la nación: una actitud inédita ante el amor romántico, el reconocimiento de la mujer en condiciones de igualdad en todos los frentes, la instauración de preceptos morales que se apartaban, por negación, de la moralidad burguesa, de ascendencia judeocristiana… En resumen, comenzaba la negación de todo lo que oliera a normatividad patriarcal.
Es el libro de Yosvel lectura amena. Está escrito desde la cercanía a un movimiento estético en el cual su generación se formó. No critica, sino devela. Brinda las herramientas para el análisis sistemático. Y va señalando los momentos más altos donde estas masculinidades se expresan.

Así, por ejemplo, aparece la obra de Vicente Feliú como el epítome de la “dura masculinidad revolucionaria”. El hombre al que el amor lo espanta, pues se interpone a sus sagrados deberes con la patria; el que es feliz cavando una trinchera, poniendo el pecho a las balas, aún a costa de dejar atrás a la familia. Un poco tomando a dedillo el precepto martiano de “todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera”.
Escudriña la cancionística de Amaury, cantor “delicado y emotivo”, según Josvel, que tiene composiciones que se prestan a interpretaciones ambiguas, como “Amor difícil”, “Yo tengo un amigo”, que lo han llevado en más de una ocasión a afirmar que no es homosexual. Más bien se diría que ejerce en sus canciones “una hombría heterodoxa”.
Un capítulo de particular interés es el dedicado a Sara González, quien, a contramano de lo que la sociedad entendía como permisible, escribió, cantó e instaló en el consciente colectivo temas épicos de gran solvencia artística. Sara, desde una masculinidad femenina o lésbica (términos de Judith Halberstam, Masculinidad femenina), expresiones abiertamente rechazadas por la oficialidad, defendió su pertenencia, con pleno derecho, a los cantores de la vanguardia del momento. Tenía algo que decir, y lo dijo “a tiempo y sonriente”. Sirva como prueba al canto uno sólo de sus números: “Girón, la victoria”.
En este comentario apresurado, me estoy saltando sutilezas y hallazgos del autor. La mía es una mera incitación a la lectura de un texto valioso que arroja luz sobre un corpus significativo de canciones, entre las mejores de nuestra música popular. Señala en nombres establecidos números que definen una posición esencialmente humana ante la homosexualidad —no de aceptación, sino de asimilación—, o la aparición de temas tan “anatemizados” como la autosatisfacción, presentada aquí como un rasgo de amor propio.

Revisar la cultura del pasado a la luz de una nueva percepción moral, no significa desvalorizarla ni incitar a dejar de consumirla. Sirven estos estudios de género para advertirnos cómo fuimos décadas atrás y cuánto hemos avanzado en la comprensión de las expresiones de género que, aún sin ser nominadas, han existido siempre. En este propósito ni siquiera estamos a mitad de camino, pues el binarismo genérico y la cultura falocéntrica sigue rigiendo una parte considerable de nuestras vidas.
Estudios como Las masculinidades en la Nueva Trova (111 pg.), van desbrozando, machete en mano, —¿es demasiado masculina la metáfora?— el sendero hacia una vida más plena, a la que aspiramos todos.











