|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Nicolás Maduro bailaba en público sin prestar importancia a las reacciones. Tantas veces recurrió al baile que hizo de este una muestra de su seguridad y poder, hasta pocas horas antes de su inesperada captura por fuerzas estadounidenses el pasado sábado.
A imitación del propio Donald Trump, Maduro encarnó lo que es ya una tradición entre caudillos: recurrir al espectáculo, bien sea haciendo alardes de bailador u otros aspectos sensibles para fomentar su popularidad entre las masas. En ese sentido, también sigue el ejemplo de Hugo Chávez, cuyos canturreos fueron legendarios durante sus programas televisivos.
La costumbre, sin embargo, no es patrimonio del chavismo o el madurismo, a pesar de que pareciera reiterada en la historia de este país según observaciones publicadas por el The New York Times sobre Cipriano Castro, revolucionario liberal y dictador venezolano desde el triunfo de la Revolución Liberal Restauradora de 1899 hasta el golpe de Estado de 1908.

“Sus enemigos dicen y hay informes actuales en Estados Unidos de que Castro recorre las provincias venezolanas únicamente para satisfacer su desmesurado amor por el baile”, escribió el reportero y pintor neoyorquino Charles Johnson Post, de quien el 25 de octubre de 1908 el Times publicó el artículo, “The ligther side of live in Castro land”.
300 bombillas y una gran orquesta
Johnson Post había vivido la experiencia de la Guerra Hispano-Cubana-Norteamericana como voluntario del 71 Regimiento de Infantería y se encontraba en Venezuela como representante de una compañía neoyorkina de asfalto en los finales del gobierno de Castro.
Tal vez por eso, un mes antes de que el político se embarcara en el vapor “Guadalupe” para ser atendido por médicos en Europa debido a una salud resquebrajada, el periodista se animó a recuperar la memoria de un acontecimiento del cual había sido testigo.
El viaje de Castro representó también su salida del poder debido al golpe de Juan Vicente Gómez, y aunque trató de recuperar lo perdido, la muerte lo alcanzó en Puerto Rico, después de haber pasado años vagando por La Habana, Washington y Puerto España.
Johnson Post describe aquí uno de los impresionantes bailes organizados por Cipriano Castro. Ocurrió en la ciudad de Valencia, Carabobo, y con él se rendía homenaje a la Batalla de Tocuyito, hecho definitivo para la sedición que lo condujo al poder.
Según apunta Johnson Post, para la noche de la fiesta, y en nueve años de poder absoluto, aún no se había alzado un hombre que hubiera “desafiado con éxito su dominio”; su control había sido férreo, a pesar de que en medio siglo Venezuela tuvo “un promedio de más de una revolución al año, y con un gran porcentaje de éxitos”.
Cipriano Castro, según la descripción de este corresponsal —tanto de paz como de guerra— había logrado sostenerse a pesar del acoso de “poderes externos” y el desgaste de la disensión interna.
“Ha estrangulado la revolución y ha llevado a sus espíritus instigadores a las pensiones de la Calle Catorce Oeste, donde dan clases particulares durante el día y susurran sus conspiraciones por la noche. Sin el apoyo de alguna nación extranjera, nunca llegará una revolución en el régimen de Castro que se atreva a hacer más que matar unas cuantas ovejas y luego correr hacia la frontera”, apunta en el reportaje.
Respecto al fastuoso festejo que rememora, sin precisar fecha, contó que cien parejas abarrotaron la pista y dieron vueltas por los patios y el laberinto de salones iluminados por centenares de bombillas eléctricas en los cuales el propio Castro se detenía con frecuencia y paseaba, indiferentemente a favor o en contra de la corriente de bailadores, mientras le seguían los miembros de su estado mayor, que también avanzan a ritmo de la música.
Esta afición a los pomposos bailes tiene sus explicaciones. Para el ensayista venezolano Mariano Picón Salas, después que Castro “acabó de embridar a la convulsa República y metió a la cárcel o aventó al destierro a los caudillos insurgentes”, se encontró “ansioso de diversiones”. Así, desde fines de 1903 y según describe este escritor y académico, el caudillo se entrega a la diversión y termina dominado por “un frenesí danzante”.
La danza “comienza a poseerlo”
“Como ahora no tiene guerrilleros que combatir, da escape a la energía nerviosa, bailando los programas enteros de un sarao. Pedro Cesar Dominici —que empezara a redactar en París un periódico de dicterios anticastristas— lo compara con un mono cabriolante”, apuntaba el pensador merideño en su libro Los días de Cipriano Castro.
Era músico de formación además de bailador, aspecto sobre el que Johnson Post repara en su crónica para el Times: “Castro dio la señal a la orquesta y, con la señora de Castro, inició el vals inaugural”. En su grupo, advierte, solo se encuentran los miembros del Gabinete y sus familias, pero ni por un instante, “ni en la conversación, ni al pasear, ni al bailar”, la máscara inexpresiva de sus rasgos se relajaba.
Pero, ¿cuál era la máscara? De esta manera lo había visto el reportero y pintor, que también hizo sus muchas viñetas del momento:
“La primera sensación fue de robustez, que un instante después se perdió en la sugerencia de rigidez, de energía física concentrada, llevada al punto en que casi transmite la idea de fragilidad. Su rostro era tan inexpresivo como la máscara de una esfinge; sus pesados párpados, bajo los cuales se asoman los ojos agudos, inquietos y escrutadores, el único rasgo móvil; los labios, parcialmente ocultos por el bigote, tan desprovistos de expresión como si fueran creados por el arte de la cirugía; una sonrisa cambia su contorno, pero no sugiere el sentimiento interior que la impulsa”.
En palabras del observador, en realidad “estaba viendo el caparazón que encierra a un hombre, un hombre cuyo historial muestra habilidad, fuerza y energía. En su rostro se podía leer, si no lo sabía, la historia de nueve años de pesadas responsabilidades y muchas decepciones que han matado el agrado y el desagrado y han generado desconfianza”.

Por otro lado, en la historia venezolana existe “una gran relación entre la música y el poder”, ha escrito el escritor José Sant Roz en el medio Aporrea, citando una tesis de Luis Hernández Contreras, intelectual del Tachira y de quien es la frase: “El tocar el Himno, el rendir los honores, da a estos hombres una sensación de poder diferente a las otras artes estéticas”.
Época retorcida, salud maltrecha
Para Mariano Picón Salas, ir a las fiestas y ser citado en ellas, es asunto de sumo relieve y significación para Cipriano Castro, estado al que llega como tregua y holgorio después de los desapacibles días de miseria y de guerra que sufriera el país.
“La época es retorcida, profusamente ornamental y con alardes de refinamiento que degenera en cursilería (…) Barbarie autóctona y decadentismo importado parecen coincidir en fusión muy hispanoamericana, en ese nuevo Castro esquizofrénico y danzarín que forja el abuso del poder”, apunta el ensayista.
La salud, en cambio, no acompaña a Castro, a quien la sífilis castiga. Escribe también Picón Salas: “tantos valses, discursos, besamanos y trasnochos, quebrantan de nuevo a don Cipriano, quien entre baile y baile pasa a una habitación privada donde un masajista le fricciona de agua de colonia, y a veces llega el Dr. Revenga a ponerle una inyección estimulante”.
Puede que a Castro le guste bailar, apunta Johnson Post, pero los verdaderos objetivos son tan obvios que apenas necesitan ser señalados. “Castro trata con un pueblo latino, y sabe lo que hace en sus métodos”, apunta después de haber sido parte del convite, donde la orquesta tocó hasta las tres de la mañana y fue tanto el entusiasmo que un perro se metió al salón y nadie le hizo el más mínimo caso.












