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Entre apagones interminables, un transporte en mínimos por la falta de combustible, y precios que suben día tras día, muchos cubanos tienen que “luchar” también cotidianamente con otro grave problema: la escasez de agua.
No es, realmente, un problema nuevo ni una dificultad derivada únicamente de la crisis actual. Se trata de un mal de larga data, una situación arrastrada por años y hasta décadas, que no han logrado resolver los distintos planes e inversiones realizadas por el Gobierno, aun cuando hayan incluido financiación internacional.


Bombeo intermitente, ciclos extendidos una y otra vez, lugares donde el agua no llega o lo hace con muy poca fuerza, negligencias, roturas y salideros constantes, errores de planificación y arreglos a medias o chapuceros, han sido parte de la realidad de Cuba durante mucho tiempo.
Todo ello, y más, se ha confabulado también por momentos con la naturaleza, con la sequía y el cambio climático, para menguar presas y tuberías, y hacer más difícil la existencia de millones de cubanos. A ese complejo y persistente panorama se une hoy el impacto de la crisis energética.


Según explicó recientemente Antonio Rodríguez, presidente del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, en el país existen más de 3300 estaciones de bombeo, pero la mayoría depende del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). Por ese motivo, apenas el 13 % de los cubanos cuenta con una alternativa para recibir el agua ante la afectación que causan los prolongados apagones.
Al cierre de 2025, antes de que la crisis energética se agravara todavía más con el cerco petrolero de EE.UU., un promedio diario de dos millones de personas —cerca del 21 % de la población— tenía problemas con el servicio de agua. Actualmente, solo en La Habana, más de 200 mil clientes presentan afectaciones, según las cifras oficiales. Aunque la realidad pudiera ser incluso peor.


En medio de un escenario ciertamente crítico, los habaneros y los cubanos en general han tenido que añadir la búsqueda de agua a sus muchas “luchas” cotidianas. Para hacer frente a no pocos días y semanas —y hasta más— sin recibir el líquido, no queda otra que ir a buscarlo adonde haya, ya sea a cuadras o a kilómetros. Y almacenarlo, ahorrarlo al máximo, cuidarlo como un tesoro.
Algunos, los que pueden, echan mano a la billetera y pagan mil pesos por llenar dos tanques de 55 galones, o lo que pida un pipero para vender “por la izquierda” su preciado cargamento. Pero todos, la mayoría, no pueden hacerlo, ni aún con una colecta entre vecinos. Entonces, tienen que cargar con sus tanques y pomos, cubos y carretillas, y protagonizar su propia lucha por el agua.




























