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En la garganta de la montaña se escuchan los sonidos que definen la soledad de La Bruja: el rugido del mar mordiendo los arrecifes, el silbido de la brisa entre los montes y las voces de los pájaros.
Entre Peladero y La Mula se halla La Bruja, pequeña comunidad posada en un punto de la costa suroeste de Santiago de Cuba donde la Sierra Maestra moja sus faldas en el mar Caribe. En medio de ese majestuoso paisaje perteneciente al municipio de Guamá, en el que se suceden playas pedregosas, ríos cristalinos y cementerios costeños, franquea la sinuosa carretera que monótonamente es azotada por los latigazos del oleaje.
Por la garganta de La Bruja entra cada año una criatura nocturna, de graznido sombrío y audible a distancia, que remeda una inflexión casi humana, como de bruja, espeluznante, que se cuela a través de los nervios. Su cuerpo es blanco por el vientre y en la parte interior de las alas, y gris oscuro por el lomo que también llega a negro; esquiva la intrusa mirada de los humanos y vuela a ras de mar imitando el movimiento ondulatorio de las olas. Los pobladores lo llamaron Pájaro de la Bruja, y en voz de cuentero por más de cien años anidó su leyenda.
Ave de mal agüero
Hace más de un siglo vivían por aquellos lares Rosa y Liduvino, un matrimonio con dos hijos. Era ella una mujer joven, de ojos oscuros y cabello abundante, con unos rasgos indios claramente heredados de las primeras mujeres que había visto amanecer la sierra. Todos la tenían como una vecina servicial y amable; y se dice que estaba tan plena de gracia que cuando lavaba la ropa en el río, los arrieros y hombres del camino demoraban el paso para contemplarla con codicia o inventaban sed para acercarse a la orilla.
Liduvino, su marido, se sabía el lomerío como los callos de su mano, tanto que podía cruzar los trillos más espesos aun en las noches sin luna y volver a casa guiándose por el vaho resinoso de los árboles. Era algunos años mayor que Rosa, pero se reconocía en él al hombre laborioso, amigo solícito y esposo devoto. Liduvino la amaba de una manera paciente y celosa.
Para la última noche de un año que no quedó grabado en el calendario, Liduvino asó un puerco jíbaro en el patio e invitó a familiares y vecinos para el guateque. Entre los asistentes estaba Romárico, su compadre. La fama de trovador, bebedor, libertino y mujeriego le precedía; todo lo contrario a Liduvino. Romárico llegó al convite con su guitarra y un garrafón de aguardiente añejado en casa a tal grado que una copa bastaba para hacerle a un hombre perder la cabeza.
Enloquecido por los efectos de la bebida y el llamado de la carne, Romárico rompió las reglas del campo y solicitó permiso al compadre para bailar con su mujer. Liduvino accedió a regañadientes, y su silencio se volvió más largo que la música al ver el rostro encendido de Rosa. Esta se mostraba en disposición provocativa que no pasó inadvertida al olfato del faldero Romárico, quien se sintió estimulado para atraerla a su cuerpo, murmurarle al oído mentiras en tono de promesas y hasta besarla con disimulo. El compadre había ido demasiado lejos.
Al percatarse del exceso entre el resplandor de las brasas, Liduvino se puso de pie para amonestar al insolente que irrespetaba la camaradería sagrada y la intimidad doméstica. Surgió un violento altercado de palabrotas y empujones, aunque la sangre no llegó al lechón asado gracias al arbitrio de los presentes, que los separaron, recordándoles que no era decente pelear delante de mujeres y niños. Entonces los dos hombres se fueron armados de filosos machetes a lavar la afrenta en la desembocadura del río.
A solas, bajo la doble sombra de la ira y la noche, los hasta ese instante compadres se batían fieramente. Las nubes sobre el mar tenían color de ceniza, las piedras echaban chispas bajo sus botas y los machetes en el aire parecían invocar relámpagos. Rosa permanecía en casa bajo una tormenta de conciencia. Tenía pensamientos por Romárico desde mucho antes de la fiesta. Le gustaba como hombre, y su descaro de casanova dilataba en ella el frívolo apetito de la aventura.
El lamento que viene del mar
A pesar de los valores indiscutibles de su esposo, ya incapaz de contener los demonios que le crecían dentro como planta venenosa, Rosa albergaba la esperanza de que Romárico saliera vencedor, y que la muerte del padre de sus hijos abriera la puerta al nuevo romance. Una voz interior condenaba sus infieles ensoñaciones y auguraba que, si su insana pasión llegaba a consumarse, caería sobre ella un castigo nunca imaginado.
La silueta de Liduvino bajo el marco de la puerta la sacó del ensimismamiento. El esposo regresaba tinto en sangre, de sus propias heridas y de las de su adversario. Hay deseos del corazón que se pagan con sangre, dictaba el machete justiciero apretado con rabia. No pudiendo reprimir su contrariedad, Rosa emitió un chillido de dolor y pena, y de inmediato la execración presentida se volvió una cruda realidad con su metamorfosis en ave. En el acto tomó con sus garras a Liduvino y voló hacia la inmensidad del mar, donde lo arrojó a las profundidades.

Sin embargo, el sacrificio del esposo no le devolvió al amante pretendido. Pero dio alas a la leyenda. Desde entonces, el ave de mal agüero remonta vuelo en el aniversario trágico, y anuncia con escalofriante jijeo de bruja que está condenada a regresar cada temporada en busca de algún hombre a quien entregar como ofrenda al mar y la oscuridad, a cambio de romper el maleficio y de que ella, devuelta al fin a su entidad de mujer, pueda ser feliz con Romárico.
Similar al mito mapuche del tué-tué, atribuido a un pájaro con cabeza de brujo que sale a volar para presagiar la muerte, el relato del pájaro de La Bruja se perpetuó en la microhistoria local y los lugareños de pico fino comenzaron a hablar de aquel trino volador que durante las madrugadas replicaba un quejido de tragedia o simulaba a un pastor arreando ganado, pero que con las primeras luces del alba desaparecía sin dejar rastro.
Atraído por la magia de la historia de la mujer convertida en ave siniestra, el sobresaliente actor Raúl Pomares viajó desde La Habana para adentrarse en la geografía guamense y fundar un proyecto sociocultural que dio universalidad al desconocido asentamiento serrano. De esa experiencia nació su original narración oral de la leyenda, la cual presentó una mañana de septiembre de 1977 en la Primera Bienal de Oralidad celebrada en la capital oriental.
“La alquimia de aquella crónica fantástica nos hechizó a todos”, escribió el cronista y maestro del costumbrismo Francisco Ramón Martínez Hinojosa, testigo de la presentación, y quien en su sabroso libro Personajes populares y cuenteros de Santiago de Cuba (2007) recogió —más o menos como antes he contado— los detalles de la superstición según la versión de Pomares.
La verdad está abajo
Dijo Einstein que el misterio es la parte más bella de lo que podemos experimentar, pues es la verdadera cuna de la ciencia y el arte. Aguijoneado por esa emoción clave, un hombre de ciencia y naturaleza se presentó en la zona para esclarecer el enigma sobre el susodicho ser alado “invisible” y “sobrenatural” que nadie alcanzaba a ver, pero que podían escuchar en las noches de octubre a marzo.
El desaparecido doctor Nicasio Viña Bayés, a la sazón director del Departamento de Espeleología del Instituto de Geografía y especialista de la Academia de Ciencias de Cuba, declaraba a la Bohemia del 11 de marzo de 1977 que se dedicó a estudiar el tema a raíz de conocer rumores sobre los compadres entrados a machetazos y un ave que encarnaba el espíritu de una mujer sentenciada a pagar su pecado de infidelidad y despecho.

Según le participaron los lugareños, la primera referencia del pájaro se debía a unos mambises que operaban por la zona cuando la guerra del 68 y que aseguraron haber oído su canto agorero. A partir de ahí habría emplumado cada año en las mentes humildes la convicción de que realmente existía el pájaro misterioso, al que fueron atribuyendo capacidades alucinantes como cortar madera, arriar ganado y tararear décimas.
Decidido a desenredar la maraña, Viña investigó todas las pistas posibles y peinó el terreno en varias incursiones —incluidas nocturnas— en la franja costera donde, le afirmaban, provenía el “grito embrujado”. No fue llegar y besar el santo. Tras varios intentos sin éxito, el 28 de enero de 1977 el experto y dos asistentes, interesados como él en resolver el caso, descubrieron y lograron capturar cuatro individuos (tres hembras y un macho).
Finalmente, el profesor Nicasio tenía en sus manos la verdad de la “criatura misteriosa” y podía confirmar con evidencias irrefutables que el supuesto “misterio” tenía en realidad nombre científico: Pterodroma hasitata, más conocido como petrel de cabeza negra. Se trata del ave oceánica cuya población se concentra en Carolina del Norte, Estados Unidos, y que ante la inminencia del invierno septentrional emigra al calor ribereño de las Antillas Mayores. A La Bruja, corredor biológico caprichosamente escogido por una de las mayores colonias de petrel avistadas en el litoral suroriental de Cuba, suelen llegar a mediados de cada otoño y se alejan a la siguiente primavera.
“Dicho animal, que nunca antes había sido capturado en nuestro país, se caracteriza por una forma de vuelo muy peculiar: solo alcanza algo menos de cincuenta metros sobre el mar, apenas mueve las alas y en su trayectoria sigue la morfología de las olas, aprovechando el rebote del aire contra el mar para mantenerse en vuelo. Esto, unido a su color pardusco y a su hábito de acercarse a la costa solo al anochecer, casi imposibilita el ser visto por habitantes de la zona”, detallaba el reporte.
“Es lógico —apuntaba Viña a Bohemia—, pues con el canto de un ave, al igual que con el ruido de un avión, se busca al que lo produce en el cielo o encima de nuestras cabezas, pero nunca a ras de tierra o mar”. De esa forma, conjugándose el bajo nivel cognitivo de la época, el desvelo de los habitantes espantadizos y el espejismo de la muerte, se enraizó la fábula del pájaro brujo.
A inicios de los años 1900 se creía extinto al pretel, de ahí que el acierto de Nicasio Viña se inscribió como uno de los hallazgos ornitológicos más relevantes del siglo XX cubano. Cuatro décadas después de ese avistamiento pionero, el doctor Nicasio Viña Dávila (hijo) y especialistas del Centro Oriental de Ecosistemas y Biodiversidad (Bioeco), con sede en Santiago de Cuba, andan encaramados por aquellos montes o al borde del acantilado, siguiendo los pasos del maestro e investigándolo todo, como parte de un programa de monitoreo dedicado a conservar el escurridizo petrel, especie declarada en peligro de extinción.

Tiro de gracia
Pájaro de la Muerte le dicen en Jamaica y Haití. Pues “mortal” y desolador —más allá de las bellezas paisajísticas naturales— también parece el entorno de Guamá, donde está enclavada La Bruja. Como auténtica comunidad rural de la Cuba de hoy, aislada y recóndita, se debate en la sobrevivencia. Allá la economía depende de la magra agricultura, la pesca artesanal y el invento prodigioso.

Su escenografía —todavía con cicatrices abiertas de los huracanes Sandy y Melissa— nos pone frente a una humildad que habita casas de tablas y techos de guano, se mueve a pelo de mulo y transita por caminos polvorientos. La vida a otro ritmo, básicamente sin escape emocional. Una realidad abrupta que conmueve. El fatalismo geográfico a la máxima potencia.
Ante la llegada de la educación, el avance de la implacable realidad y la crisis en la capacidad de creer —que derriba montañas y mitos desde sus cimientos— ha ido cediendo la tradición. Ya cada vez menos vecinos fomentan cuentos de aparecidos, espectros y reencarnaciones. Ahora hay fantasmas peores, y más preocupantes. Pero La Bruja posee un conjuro que no falla: es un lugar bendecido por la naturaleza, por su gente y por la distintiva leyenda de un ave insomne.













