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De león a gallo: el otro duelo que nunca fue

La traición jamás tuvo cabida en la dignidad de los Maceo. Más que rostros o nombres, han de juzgarse los hechos. 

por
  • Igor Guilarte
noviembre 7, 2026
en Historia
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José Maceo y Flor Crombet sostuvieron uno de los diferendos más conocidos entre los independentistas cubanos.

José Maceo y Flor Crombet sostuvieron uno de los diferendos más conocidos entre los independentistas cubanos.

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Cien comentarios, diversos y contrapuestos, levantaron una verdadera columna de debate en torno al texto “El duelo a muerte que no ocurrió”, publicado el 5 de septiembre en OnCuba. Obviamente, la pluralidad de opiniones siempre es bienvenida por constituir derecho universal y resultar provechosa; sobre todo cuando estimula la revisión de los hechos y el contraste de datos que conduzca a tantear la verdad o a desentrañar el misterio. Pero a veces la polémica también revela cuánto pesan, en la memoria individual y colectiva, las versiones veleidosas o antojadizas si no se someten a la fundamentación juiciosa.

A pesar de los testimonios y documentos probatorios, algunos lectores negaron que fuera real aquel duelo entre Antonio Maceo y Flor Crombet, y en cambio afirmaron que el pleito ocurrió entre Flor y José Maceo, que una vez “en Panamá se tiraron los machetes”. En esa cuerda, unos recordaban haber leído —sin mención explícita de la fuente— que José le arrebató el arma a Flor y le propinó “dos planazos” o “se lo dobló varias veces”… en la espalda o las nalgas. Sobre el presunto motivo que condujo a ese choque de trenes giraron dos corrientes principales: una ofensa personal que exigía reparación moral o un asunto de faldas.

Más lejos aún llegaron otras apreciaciones, al atribuir a Crombet y a Martí una vil componenda contra el general Antonio, despojándole el mando de la expedición del Honor; o al señalar a los hermanos Maceo como groseros promotores de su muerte.

Ante este cruce de recuerdos, afirmaciones y conjeturas, es preciso volver a las referencias sobre el tema, ordenar los alegatos y discernir lo imaginado, lo posible y lo probado. No se trata de cancelar o teledirigir el diálogo, sino de tapizarlo con el rigor necesario: porque hay leyendas que giran en torno a figuras históricas y que, por torpeza mental o desconocimiento, error o maldad, hacen formar juicios inexactos. El renombre de aquellos patriotas merece algo más que la fuerza de la repetición.

Tal para cual

Todo ocurrió en los días de Costa Rica. Después de un largo peregrinar, en febrero de 1891 llegó Antonio Maceo a San José, la capital. Sin pérdida de tiempo, acudió ante las autoridades de gobierno para solicitar una concesión de tierras. Cuatro meses después de idas y venidas, se firmó, con la venia presidencial, el contrato Lizano-Maceo, mediante el cual este último se comprometía a fundar una colonia agrícola con cien familias cubanas, en lo fundamental sus parientes y colaboradores que se hallaban dispersos por el Caribe.

El espacio entregado resultó un terreno virgen de 15 mil hectáreas en el partido de Nicoya, ribera del Pacífico. Se le llamó primero Colonia Maceo, y luego La Mansión, en referencia al ambiente de la casona que le sirvió de vivienda. En 1892 inició el flujo de cubanos a la zona de Guanacaste. Uno tras otro se fueron nucleando los José, Tomás y Elizardo Maceo, Crombet, Cebreco, Sánchez Figueras, Fustiel, Arcid Duverger, Patricio Corona, Juan Ferrera Coello —primo de los Maceo—, Ramón Cabrales, Manuel J. de Granda, los Milanés y muchos más.

Curiosa foto del ingenio azucarero levantado por los cubanos en la región de Nicoya. Tomada del libro Guanacaste (1924), de Víctor M. Cabrera.

Los antiguos soldados se vistieron de labriegos, emprendedores y comerciantes para levantar en medio de la llanura una comunidad armónica y próspera, donde fundaron un modelo de organización, como una microrepública cubana en el corazón de Centroamérica. Se dedicaron a trabajar infatigablemente en el cultivo de caña, tabaco, cacao, algodón, café, maderas… a vivir y a esperar, con turbulenta paciencia, la hora de volver a la acción. Debajo de los atuendos campechanos, no obstante, latía el corazón del guerrero y nunca se apagó el ardor por Cuba.

Entre aquellos emigrados destacaban José Maceo y Flor Crombet, dos hombres que habían compartido amistad y disgustos, peligros y victorias, y que cargaban la guerra como una herida abierta: cada cual a su manera. Al primero le precedía la fama de ser uno de los tres tipos más bravos de la manigua; el segundo parecía despreciar igualmente la vida. José era franco, de palabra concreta, mirada de hierro e ímpetu de león. También de carácter aguerrido y noble, Flor tenía espuelas de gallo e irradiaba la gallardía de un linaje que le valió el mote de “El Francesito”. Ambos se distinguían por el temperamento explosivo, eran diestros en la esgrima del machete y rivalizaban en puntería reventando botellas a cien metros.

¿Dos planazos?

“La incompatibilidad de caracteres entre José Maceo y Flor Crombet estalló en ausencia del General, quien se encontraba de viaje por la capital”, refiere el costarricense Armando Vargas en Idearium Maceísta, uno de los libros que mejor explica la confrontación personal y cuya consulta agradezco a la diligencia del investigador Rolando Núñez, del Centro de Estudios Maceístas.

Periodista e historiador, Vargas presenta el episodio como reflejo del círculo de tensiones, fervores y discrepancias existentes entre los independentistas cubanos, y examina las distintas versiones sobre las causas, desarrollo y consecuencias. Además, se hace eco de la personalidad de Crombet, su controvertida relación con los Maceo y la manera en que ese lance ha sido tradicionalmente interpretado.

Como móvil de la pendencia se planteó una carta remitida por Crombet al gobierno de Costa Rica, para denunciar la mala administración de Maceo. “Su ausencia de La Mansión, la aprovecha Flor Crombet para producir trastornos. Es su carácter díscolo e inestable, que disminuye su personalidad de patriota, el que lo lleva a acusar a Antonio ante las autoridades del país, culpándolo de abandonar la colonia y de emplear mal los dineros destinados al fomento agrícola”, carga Raúl Aparicio en Hombradía de Antonio Maceo.

En Idearium Maceísta, el autor no esconde ciertos brotes de disgusto contra el general. “Recuerda Apéstegui, pulpero mayor de Nicoya, que ‘según los colonos, no cumplía ciertas partes del contrato y esto les perjudicaba’. Se referían a la entrega de implementos de labranza, vacas, bueyes y bestias, que había cumplido en parte, pero no en su totalidad. También se quejaban de que el comisariato de la empresa vendía todo a doble precio”.

¿Cuál no sería la sorpresa de todos cuando Crombet despachó a San José su comunicación oficiosa, contentiva de los dimes y diretes del pueblo? Esto derivó en que la Secretaría de Fomento reclamara a Antonio un estado de cuentas de las actividades en La Mansión. En carta “dura en la forma y el fondo”, el jefe reprochó la conducta desleal de Crombet y que hubiera olvidado las distinciones y los afectos prodigados por él desde su arribo a Costa Rica.

El enojoso asunto metió el diablo al cuerpo de José, quien era ciego con su hermano; de ahí que saliera en su defensa. Dolido por lo que estimó una injuria, le echó los perros a Flor en público desafío. Para apuntalar esa versión, Vargas cita un relato de Miró Argenter, quien, debe aclararse, no fue testigo del hecho, sino narrador a distancia de tiempo y espacio.

Así decía este en su anécdota: “Crombet llegó a la casa de [José] Maceo para exigirle reparación de ofensas por este inferidas a la dignidad del demandante. Maceo no le hizo caso, le volvió las espaldas después del ba…rajo consiguiente; pero al insistir el ofendido, en un tono que no daba lugar a dudas, se le echó encima, con los brazos solamente, le quitó el machete y con la misma hoja propinóle unos cuantos ‘cintarazos’. Como es de presumir, Crombet, más exasperado con la ofensa de la obra, lo retó al campo más próximo, para un duelo mortal, sin testigos y con las armas que su contrincante eligiera”. Quizás ocurrió, aunque me cuesta asentir a la escena. Sinceramente, me recuerda la frase de El precio de la historia: “No lo sé, Rick…”

Asunto de faldas

La pugna consternó a la comarca. Pronto corrieron de boca en boca los insultos entre los dos jefes superiores y la promesa de “darse de machetazos en la primera ocasión”. Nadie tuvo duda de que esa oportunidad se presentaría, con terribles secuelas para uno o ambos contendientes. El erudito maceísta José Luciano Franco achacó la culpa a Flor, considerándolo indisciplinado, susceptible y lenguaraz. ¿Acaso no serviría ese traje a José, cuyo mal genio, reiteradas broncas y actitudes descompuestas —incluso frente a funcionarios locales o al mismísimo cura de su boda— resonaron más allá de La Mansión y hasta generaron reprimendas del hermano?

Abelardo Padrón, biógrafo por excelencia de caudillos mambises, registró en El general Flor. Apuntes históricos de una vida, que el centro del conflicto habría sido una lugareña que los cautivó con sus encantos. “José Maceo y Flor Crombet, por disensiones suscitadas, se iban a batir en duelo. Sobrevivientes de La Mansión reservan el nombre de una guanacasteca, linda como una flor; el ojo adoselado; de alas de pirausta, los labios”, suscribió Padrón en su obra publicada en 1976 y premiada en el Concurso 26 de Julio de las FAR.

En el artículo “Un episodio del tiempo de los cubanos en Costa Rica”, publicado en 1952, Rafael Armando Rodríguez describía lo que contaban los viejos: “Ella tenía dos grandes ojos negros, chiqueona de cuerpo cimbreante, una hermosa cabellera de azabache; bailaba con gracia el tamborito chiricano y era entre las mozas de ese tiempo guapa entre las guapas”. Vargas respaldó esa teoría de la manzana de la discordia estilo Helena de Troya, agregando como exordio una curiosa copla de la autoría de Aquileo J. Echeverría, que a guisa de leyenda popular deja entrever el posible nombre de la enigmática muchacha:

Ambos son de alma templada, / mozos ambos y fornidos;

No hay diferencia en edades, / ni en la guapeza y el brío.

Iguales son en donaire, / en coraje son lo mismo

e idénticas las realeras / en el tamaño y el filo.

Por la bella Marcelina, / la nieta de ñor Jacinto,

a darse cuatro filazos / los dos mozos han salido.

En efecto, este móvil parece más aceptable o verosímil; máxime si se tiene en cuenta que Crombet concibió un hijo con la dama nicoyana Brígida Arauz. Y que José no se quedaba atrás en los gozos de amoríos. Eran enamorados, galanes y asiduos en bailes y tertulias.

La realidad es que, afortunadamente, el pugilato no alcanzó la categoría de duelo con todas las de la ley, como sí ocurrió en 1886 entre Flor y Antonio en Jamaica, donde llegaron a pactar las condiciones en un acta que acabó guardando testimonio en un museo. Si la sangre no llegó al río, fue gracias a la intervención serena y oportuna del Titán, que enfrió los ánimos caldeados.

Quizás lo más justo sea calificarlo de encontronazo o “disgusto”, al decir del propio Antonio en carta a Flor: “¿No recuerda Ud. que antes y después del disgusto de Vd. con mi hermano José, fui consecuente con la amistad y compañerismo que desde antaño tenemos? Dígalo, si no, el contrato que le di y la confección de madera que le hice”.

Pero aun así, el ruidoso incidente tuvo corolarios negativos. Flor terminó marchándose de la colonia.

Mahoma va a la montaña

Enterado de la enquistada rencilla, José Martí llegó el 8 de junio de 1894 a Puntarenas y en su labor arcangélica convocó a su encuentro a los enemistados. Era necesario limar asperezas, por la causa común. “De los señoríos nicoyanos vinieron Crombet y José Maceo. Martí, con frase amorosa, provocó reconciliación y armonizó a los duelistas, quienes, después de hacer un juramento ante la bandera cubana, en un abrazo reanudaron su cariño al unir sus corazones, al ruego martiano”, se recrea en el libro José Martí en Costa Rica, de Carlos Jinesta.

 

Cuentan que Martí puso la enseña tricolor en medio de los enemistados: “Es por esta bandera por la que hay que pelear y morir si fuera necesario”. José y Flor bajaron la guardia y prometieron seguir siendo compañeros de lucha.

Dos semanas más tarde, Martí participaba a Antonio su intercambio con los compatriotas enfrentados: “De mi inquietud aquí no tengo que hablarle. Cinco días inútiles después de que hube visto a los mensajeros de la colonia y a Flor, de quienes me separé sin una sola duda ni lastimadura”. Renglones abajo, subrayaba: “Flor me deja una impresión muy grata”.

Respecto a la larga y satisfactoria plática que sostuvo con José, a quien expresó “todo lo que era de justicia decirle”, ilustraba: “Le quité toda pena de que pudiera creerse desdeñado, y le expliqué nuestra concentración de responsabilidades, a fin de que haya más probabilidad de éxito. Creo que tuve con él […] una conversación de realidad y de eficacia”.

Asimismo, en carta del 25 de junio ponía al corriente a Máximo Gómez del asunto y de los preparativos de la futura empresa militar: “Con intervención asidua del mismo Maceo, ajusté en Puntarenas la útil entrevista con Flor y con José Maceo […] El trabajo propio ha devuelto a Flor toda su gallardía y firmeza moral. ¿Qué me faltaba ya, sino ver cómo Antonio deseaba mucho a José Maceo? Al verlo, comprendí el interés de Antonio. ¿Acaso José se creía desdeñado, o demasiado confundido con su hermano? Y con menos personalidad propia de la que desea él ver reconocida. Su conducta en el resto de la visita, y sus telegramas y cartas posteriores, me permiten creer que su concurso nos está asegurado. Y al volverse a Nicoya con Juan Baracoa y León Castro, que lo acompañaron, tuve placer en ver cómo se llevaban, con visible fiesta, a Flor con ellos, que desde hace más de un año estaba muy desamistado con José. Yo continuaré en el poco tiempo —y desde el camino así lo he hecho— cultivando todo lo ganado”.

Esta segunda visita de Martí a Costa Rica, que realizó en compañía de Panchito Gómez Toro, sería decisiva para la consolidación estratégica del proyecto libertario.

La verdadera grandeza

El estallido de la guerra en febrero de 1895 marcó la hora de volver. Sin doblez ni ocultación, Martí escribió a Maceo convocándolo a cumplir el plan acordado y a embarcar de inmediato con su gente. Pero Maceo exigía cinco mil pesos oro como suma “indispensable” para el viaje, una cantidad que, tras el fracaso de Fernandina, las exhaustas arcas del Partido Revolucionario no podían darse el lujo de costear.

¿Qué hacer ante la embarazosa situación? Flor Crombet se brindaba a cumplir la empresa con los dos mil pesos disponibles. “Lo pequeño, a la hora grande, se funde en lo grande”, pensaba Martí, y obligado por la urgencia de que los principales jefes se presentaran en Cuba, no tuvo más salida que asumir la responsabilidad ante la historia: “[…] pudiendo hacer Flor lo que Maceo no puede hacer, lo entrego a Flor, a que lo haga, y lo dé hecho a Maceo”.

De ello intentó convencer a este cuando en febrero de 1895, desde Montecristi, explicaba la decisión: “Al General, más que al amigo, escribo”. Apelaba a su patriotismo y su virtud. “[…] ya enfrente, ardiendo, está la Revolución”, azuzaba al héroe de Baraguá y le recordaba que, dada su alta representación y la de sus valientes hombres de Costa Rica, debían ir cuanto antes, así fuera en una cáscara o en un leviatán.

Atendiendo a sus previsiones y temores, Martí insistía sobre la necesidad de permitir a Crombet conducir la expedición: “[…] ni Vd. ni yo debemos privar a Cuba del servicio que él puede prestar. Y él pondrá a las órdenes de Vd. la labor que Vd. me reitera que no puede hacer, sino por una suma hoy imposible, y que no puede quedarse sin hacer […] No me entrará ese veneno en el corazón. Flor tendrá sus modos. Del Norte irán las armas. Ya solo se necesita encabezar. No vamos a preguntar, sino a responder. El ejército está allá. La dirección puede ir en una uña. Esta es la ocasión de la verdadera grandeza”.

Prácticamente les pidió: arréglense y vayan. Todos se pusieron a los pies de la Patria, haciendo a un lado sus desacuerdos e intereses personales. Antonio, inmenso, se subordinó a Flor; incluso el propio José. Y grande fue Flor, primero asumiendo la misión de llevar a Cuba a varios de los más connotados jefes insurrectos, y luego al devolver el mando a Maceo, fiel a su compromiso con Martí, una vez pisadas las piedras de Duaba.

Cuadro que recrea el desembarco por Duaba de la expedición del Honor dirigida por Crombet, quien aparece con casco plateado a mano izquierda de Maceo.

A los pocos días del desembarco perdía la vida el general Flor. La calumnia se cebó en los Maceo, aduciéndose que, pinchados por la espina de la subordinación impuesta, decidieron entregarlo en bandeja, empujándolo a una emboscada mortal. Sobre todo en José recayó la acusación de homicida alevoso. Crombet murió combatiendo en feroz tiroteo frente a los indios de Yateras. Como el gallo de pelea que siempre fue, vendió cara su vida. La traición jamás tuvo cabida en la dignidad de los Maceo. Más que rostros o nombres, han de juzgarse los hechos. 

Etiquetas: Historia de CubaPortada
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Igor Guilarte

Igor Guilarte

Santiago de Cuba, 1983. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (2007). Periodista e investigador histórico. Premio en Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020 y 2022.

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