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En la Isla de la Juventud hay un cementerio americano, parecido a esos que hemos visto en las películas. La primera vez que lo vimos fue de lejos. Estábamos virando en la guagua de La Fe, que iba superrápido; ya se estaba haciendo de noche y solo pudimos divisar algunas pequeñas tarjas sobre la tierra.
El amigo Noel Otaño nos había contado que el Cementerio de Columbia, o Americano, es Monumento Nacional de la República de Cuba. Él, que es un periodista amante de la Historia, nos habló de Freeman Cooper, el primer hombre sepultado en el lugar, en 1907, quien curiosamente era de origen alemán. Y también nos contó del último enterramiento: el de Estefanía Koenig, también descendiente de una familia de origen alemán cuyos miembros estaban naturalizados como ciudadanos estadounidenses. Nos dijo: “No se vayan de La Isla sin ir al Cementerio Americano”.
La importancia que le daba Noel a ese lugar contrastaba con las opiniones de varias personas en la Isla que nos decían: “¿Pa’ qué van a ir, si ahí no hay nada?”, “Eso está destruido, mejor váyanse a una playa.”
Pero como somos una familia amante de la Historia y de las historias, nos fuimos a visitar ese lugar del que tanto habíamos escuchado hablar.


En 1902 se fundó el poblado de Columbia y, un lustro después, crearon la Columbia Cemetery Society. Un camposanto exclusivo para ciudadanos estadounidenses fallecidos en el lugar. El Cementerio Americano continuó cumpliendo su función incluso después de que el poblado dejara de existir. Desde 1907 hasta 1981 se enterraron personas en el sitio al estilo Memorial Parks.
Muchos años antes, entre los años 1830 y 1860, se produjo en Estados Unidos un movimiento a favor de los cementerios rurales. Esta innovación surge, entre otras cosas, para contrarrestar los riesgos para la salud de los cementerios urbanos superpoblados. Seguramente el arquitecto paisajista Adolph Strauch nunca imaginó que su nuevo concepto de cementerios de césped llegaría hasta la pequeña isla, al sur de Cuba.
Hoy el Cementerio Americano es el único de jardín que hay en nuestro país. En él reposan los restos de más de 300 colonos. Aunque su antigua capilla de forma hexagonal está en ruinas y el sitio está deteriorado por el paso de los años y la ausencia de restauración periódica, llegar hasta allí tiene todo el sentido para un viajero.


Un árbol se yergue justo a la entrada. La cerca que rodea el lugar está casi destruida, pero se puede ver, en algunos tramos, lo elegante que fue alguna vez. El Cementerio Americano es como en las películas. Los túmulos, en su mayoría pequeños, están sobre la tierra limpia. Algunas tumbas tienen yerba mala, otras tienen flores silvestres que adornan de forma espontánea el paisaje.
Visitamos ceremoniosamente cada montículo del cementerio. Intentamos leer todos los nombres y las fechas. Algunas losas están ilegibles, porque el tiempo ha borrado los relieves. Otras tienen el nombre nítido, pero están desprendidas de la tierra y yacen de costado.
Hay tumbas pequeñas y otras grandes; la mayoría son de mármol gris. La yerba ha cubierto por completo algunas tumbas y el misterio de los nombres y las fechas se revela con más emoción.
El lugar tenía una atmósfera mágica, o nosotros nos la inventamos para darle en la cabeza a los que decían que ahí no había nada.

A diferencia de otros cementerios, allí no había rastros de visitantes. No había flores, ni objetos, ni intentos de enderezar las losas caídas. Después de media hora sin mayor compañía que la apacible naturaleza del lugar, aparecieron tres hombres.
Fuimos a verlos enseguida pensando que tal vez serían los custodios del cementerio, quizás serían nostálgicos sepultureros, o ilustres descendientes de colonos norteamericanos mezclados con sangre pinera. Les preguntamos si trabajan allí y si sabían alguna historia del lugar. Dos de ellos se mostraron inmutables, como si nosotros les habláramos en otro idioma; sin embargo, el tercero nos hizo caso.
Se llama Julio y vive en la 20, una antigua escuela al campo convertida en comunidad, donde incluso tienen bodega y consultorio. Nos dijo que estaban allí cortando eucalipto. Julio nos contó que él sabía que ese cementerio era importantísimo y nos llevó con sigilo a unas tumbas abiertas. Para Julio, estas eran lo más atractivo del sitio y llevarnos allí era el gesto cortés que podía tener con nosotros. Quizás nos vio caras de turistas góticos, de esos que andan por el mundo buscando cosas raras y escalofriantes.

No se podía saber si alguien las había profanado buscando tesoros o si la lluvia y las raíces habían roto las paredes, porque la naturaleza silvestre había invadido por completo el espacio. Del foso negro salían ramas delgadas con hojas verdes y flores amarillas, como si el cuerpo que allí reposaba se hubiera convertido, con los años, en jardín. Pensamos que, quizás, ese era el sueño de aquel arquitecto paisajista que cambió por completo el estilo de los cementerios americanos.


En nuestro pequeño periplo por el espacio sagrado y silencioso pudimos encontrar la lápida del primer hombre enterrado allí. Arrancamos las yerbas malas que crecían alrededor de la familia Campbell. Limpiamos las cacas de pajarito que adornaban tímidamente a los Howard. Aspiramos a leer todas las fechas y nombres, pero no pudimos. Recorrimos todo el espacio y caminamos de puntillas para no pisar las flores. Y, en un vano intento de restauración amateur, quisimos borrar el nombre de Addiel, que precedía clandestinamente a Mills.
Intentándolo, nos dimos cuenta de que tal vez ese gesto vandálico era el único indicio de vida humana en aquel lugar, además de los cortadores de eucalipto y nosotros.

Cuando ya casi nos íbamos, encontramos el sitio de reposo de un matrimonio con nuestros nombres en inglés: Elizabeth y George. Si el lugar no es mágico, ¿por qué estábamos enterrados allí en otra época? ¿Por qué nos encontramos a nosotros mismos muertos en la isla de los pinos y las cotorras? ¿Por qué una mariposa se posó en nuestra pretérita sepultura y nos dejó polvo brillante en las manos?
A quienes dicen que en el Cementerio Americano no hay nada, sepan que hay misterio, historias, magia y un silencio poderoso que conmueve al viajero.















