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La crónica de nuestra primera Masa Crítica en familia junto a Citykleta comienza con la historia de nuestras bicis. Un amigo se enteró de que otro amigo estaba vendiendo su bicicleta y, como ya sabía que necesitábamos una para Diego, nos avisó. Ese fue el regalo que le hicimos a mi hijo por sus 15 años: una bicicleta negra, grande, de gomas gordas, que ya había recorrido algunos cientos de kilómetros con su anterior dueño.
Con La Negra Linda suman tres las bicicletas que tenemos en la casa. La primera que llegó fue La Chueca, una fragmentada que Jorge armó con mucho trabajo. Recuerdo que se pasó casi diez meses para comprar todas las piezas por separado y luego armarla con la ayuda de un amigo. A La Chueca le pusimos una sillita de madera, de esas de triangulito, para poder llevar a nuestro hijo pequeño, que aunque ahora tiene seis años aún se monta en el asiento.
Después tuvimos una Fuji de ruta a la que llamábamos El Rayo Azul, que nos prestó nuestro amigo Ramiro, pero ya se la devolvimos. Luego La Vieja, una amarilla de los años 90 que estaba en llamas, era como una bicicleta de palo, pero en esa recorrimos toda La Habana. Al final, la vendimos, con mucha tristeza, porque le teníamos cariño y era una reliquia. La entregamos y recibimos una parte del dinero como quien recibe el pago después de entregar a su puerca favorita, por necesidad y porque hay que seguir viviendo. Nuestro duelo por La Vieja duró un tiempo; creo que no lo hemos superado todavía. Lo peor es que la vendimos hace casi dos años y aún nos deben la tercera parte del dinero. Antes vivíamos una semana con esa cifra; ahora ni un cartón de huevos podríamos comprarnos con eso. Entonces, ya, mejor que no nos paguen nada, si total, seguimos sufriendo por el recuerdo de La Vieja.
La tercera bici de la casa es La Blanca Mala, La Traqueteadora, La que Cambia Sola, La Rota… tiene muchos nombres. Esa se la compramos a un parqueador y tenía una tirita roja debajo del sillín que no le hemos quitado. El parqueador dice que era de su sobrino, que se compró un triciclo eléctrico y ya no la quería, pero yo imagino que debe ser de alguien que la dejó olvidada en el parqueo y el buen hombre no tuvo otro remedio que venderla por una minucia.

Ahora somos una familia en bicicleta, y vamos a todos lados los cuatro juntos sobre ruedas. Y en estos tiempos que la cosa está tan mala con el transporte, pues estamos hechos. Somos libres de movernos para donde queramos. Lo bonito es que no solo lo hacemos por necesidad, es una alegre elección. Nos gusta andar en bici. El sueño de triciclo eléctrico aún no ha rondado nuestra mente, así que ningún tío parquedor venderá nuestras bicis todavía.
La aventura sobre ruedas
Después de contar las historias de las bicis de la casa y de romantizar el pedaleo en tiempos de crisis, debo sincerarme y decir que andar por la calle en bicicleta me da miedo. Me da miedo que salgan mi esposo y mi hijo mayor en bicicleta, me da miedo que otra persona lleve al niño pequeño en la sillita y por eso siempre lo llevo yo. Lo raro es que ese miedo es previo; cuando salimos todos juntos, se me va quitando poco a poco. Me da miedo que un camión nos pase por encima. Esa es la idea fija que me abraza cruelmente desde que aprendí a montar bicicleta hace solo tres años. Tal vez por eso soy tan miedosa, porque aprendí con 35 y dos hijos, después de una vida llena de miedos. Aprendí a montar en plena etapa de maternar, cuando todo mi ser estaba en modo protección, cuando mi cuerpo aún era un nido cálido para mi pequeño hijo. Ese aprendizaje fue violento, pero necesario.

Nuestros recorridos familiares en bici casi siempre son utilitarios. Buscar un mandado en casa de algún familiar, comprar comida en un lugar lejano porque es más barato, buscar agua o ir a cargar los teléfonos en casa de alguien… Pero Diego, con sus 15 años recién cumplidos y su Negra Linda, necesita pasear en bicicleta, o sea: bicicletear “al berro”, sin nada utilitario de por medio. Entonces nos unimos por primera vez a la Masa Crítica, en La Habana, que organiza desde hace 11 años Citykleta, y fue una experiencia impactante y hermosa.
En un estado de WhatsApp de nuestro amigo Rubén Cabra vimos la promoción y quisimos complacer a Diego en eso del paseo. El punto de reunión era el Parque de los Mártires. Como yo tengo obsesión con la puntualidad, estábamos ahí antes de las 4 y pudimos ver cómo iba llegando la gente. A Oliver lo picaron tres hormigas de las largas que caen de los árboles y estaba desesperado por irse de allí. Diego estaba impávido, en su estado típico adolescente de triste por fuera y alegre por dentro. Jorge conversaba con un ruso sobre cámaras de fotografía y yo estaba observando el panorama.

Llegó gente muy diversa. Vi algunos con ropitas cómicas de ciclistas pro y con zapatos duros de esos que solo sirven para montar bicis de pedales raros y, si caminas, te puedes resbalar. Vi gente con mochilas que son un pomo de agua y tienen un absorbente por el costado. Vi gente en pantalón, en shorts, con camisas, con pulóveres, gente que parecía vestida para una fiesta hippie y otros que parecían vestidos para ir a la playa. Gente con casco y sin casco. Nosotros siempre llevamos, porque nos hace sentir más seguros y porque los ciclistas con casco se saludan alegremente en la vía. Había tres mujeres y los demás eran hombres. Había un niño de diez años, creo. Luego supe por una publicación en Instagram que es el sobrino de Yasser, del líder de Citykleta. Y estábamos nosotros, novatos y extraños, con pinta de pescado en nevera. Como mi vida se rige por una lógica aristotélica, yo esperaba que se diera alguna explicación, un plan de acción o la información de la ruta o algo, no sé… algunas palabras antes de arrancar. Pero no. Simplemente comenzaron a moverse sin decir nada, como si ya todo el mundo supiera lo que había que hacer.

Diego y Jorge iban delante, donde se podía escuchar la música de los mejores DJ del mundo. La sonoridad que acompaña a Citykleta en la Masa Crítica sale de las bocinas que Yasser lleva en su bicicargo. Oliver y yo íbamos casi al final. Desde atrás podíamos ver a la gente conversando serenamente, como si estuvieran sentados a la sombra en un banco de parque, pero iban en bicicletas. A veces pedaleaban con una sola mano, a veces sin las manos, gesticulaban y hablaban emocionados de cualquier tema. Y yo que no puedo soltar una mano del timón ni para indicar que voy a doblar. Tampoco puedo mirar bien para el costado, porque me pongo nerviosa. Entonces todas mis conversaciones en la Masa Crítica quedaron a medias. Un señor me aconsejó que pedaleara con la parte de delante del pie, porque con el pedal en el centro puede ser perjudicial a largo plazo. Le dije que gracias y por unos minutos seguí su consejo, pero me cansé el doble y volví a empujar con el medio del pie. Otro muchacho me dijo que se había ponchado unas horas antes con un clavo. Esa historia me interesó, pero después del semáforo jamás lo volví a ver. Una de las mujeres ciclistas se me acercó en un pare y me dijo: “Qué lindo que vengas con tu hijo”. Muchos que me pasaban por delante me preguntaban si no me era muy difícil pedalear con el niño en la sillita. Creo que se asombraban de vernos y ese asombro me daba más fuerzas para continuar.

A todo el que se me paraba al lado le preguntaba que a dónde íbamos y me respondían: “No se sabe”. “Eso solo lo saben los que organizan”. “Citykleta es así, déjate llevar…” Y así, hasta alguien me dijo: “Dicen que vamos hasta Playa…” Yo no podía entender cómo iríamos hasta Playa si estábamos dando vueltas entre Centro Habana y La Habana Vieja desde hace casi dos horas. ¿Cómo que Playa? ¿Están locos? Pensé por un momento abandonar el recorrido cuando estuviéramos más cerca de la casa. Pero Oliver dijo: “¿Playa? ¡Qué rico!”
Con la promesa del mar como destino, atravesamos Ángeles, Galiano, Revillagigedo, Bernaza, Aguacate, Lamparilla, la Avenida del Puerto y hasta la Catedral de La Habana. Por el camino, Oliver iba mirando a los ciclistas y haciendo exclamaciones sobre sus vestuarios, sus pomos de agua, sus zapatos. El niño entendió que la bicicleta no es solo un medio de transporte, sino un modo de vida, una estética, una manera bonita de hacer amigos y de conocer lugares nuevos.
La gente en los barrios nos miraba con asombro. Algunos se preguntaban qué se conmemoraba; otros creían que éramos extranjeros haciendo cicloturismo. En un pare en Cayo Hueso, un niño me pidió un dólar y Oliver le dio un chupa chupa de sesenta pesos. Hubo quien nos miró con cara de: “Mira, ¡qué bonito!”. Otros nos miraban raro, como si no entendieran bien qué hacían esos locos con música y bicicletas en medio del gran apagón que ha sido la vida últimamente. Yo pasé de la risa al llanto en el recorrido en bicicleta más loco que jamás imaginé. Tuve alegrías, angustias y emociones en pocas horas y supe que la parte más vieja de la ciudad se ve distinta sobre dos ruedas.

Oliver y yo íbamos comentando las peripecias del camino. Nos llamaban la atención algunos ciclistas que cogían atajos y no llevaban la ruta del resto. Oliver les gritaba: “¡Tramposón!”. Yo me reía, porque para el niño había que llegar hasta el final y seguir al jefe sin distracciones. Después de un tiempo nos dimos cuenta de que esos que cogían por otras calles eran los cuidadores, que se quedaban rezagados por si alguien iba más lento o necesitaba ayuda. Así pasamos de mirar mal a los tramposos que cortaban camino a mirarlos con orgullo y agradecimiento. Uno de ellos nos tuvo que esperar en 23 porque andábamos muertos en vida después de subir la loma de 25, a un costado del Habana Libre. Ahí Diego y Jorge nos esperaron y valoramos si nos desviábamos para la casa o seguíamos hasta Playa y la playa soñada. Decidimos quedarnos porque Diego estaba fresco como una lechuga y dijo Oliver que “los valientes no se rinden”.
En 23 y F nos juntamos con el resto y hubo una pequeña pausa de hidratación que Oliver aprovechó para hacer pipí detrás de una matica. El resto del recorrido fue más tranquilo para mí, sin tantos baches y con más espacio en la calle. Cogimos la calle 1.ª como un “suansonfon” hasta llegar al Balneario Universitario. Era domingo, el lugar estaba lleno de gente. Nunca habíamos estado allí y tampoco íbamos preparados para meternos en el agua. Pero Oliver y yo nos metimos, mientras Jorge y Diego se quedaron conversando sobre fútbol y bicicletas. Fue un atardecer muy hermoso y lleno de energía.

Nuestra primera Masa Crítica fue un regalo para Diego, que después de ese evento decidió que iría a su Pre en bicicleta todos los días. A mí me gustó ver la camaradería entre los ciclistas, aunque no se conocieran. Me gustó ver cómo los cuidadores estaban pendientes de todos y siempre tenían una sonrisa hermosa. Me encantó ver cómo la gente de los barrios se quedaba muerta de asombro y nos saludaba y le devolvíamos el saludo. Me gustó ver cómo los ciclistas seguían a Yasser, que parecía un elegido rodando por las calles de La Habana. Yo, que tengo miedo de salir en bici, nunca me sentí más protegida que siendo parte de la Masa Crítica. Entre baches, zanjas, aguas de fosa, basureros desbordados, conductores metepies y peatones distraídos, me sentí poderosa y salvaguardada por los ciclistas que pedaleaban a mi lado. Lo más lindo es que, en medio de todo lo feo, el amor por la bicicleta sigue uniendo a la gente.
No importa si tienes una bici sofisticada o una normalita, no importa cómo vas vestido, no importa si vas solo, en pareja o en familia, no importa si vas con un niño de seis años en la sillita. Sentí que Citykleta brinda un espacio para todos y lo hace desde una genuina vocación de sumar. Vi a tantas personas felices ese día, que olvidé mis miedos de mamá en bicicleta y me quedé con las ganas de hacer otros recorridos rodeada de gente tan linda. De las fotos de ese día, mi favorita es la de nosotros caminando hacia el mar y la tarde que cae lentamente sobre un montón de bicicletas entrelazadas.














