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¿Qué sucederá el martes 3 de noviembre de 2026? ¿Ganarán los demócratas ambas cámaras del Congreso, o solo la baja, o ninguna, y los republicanos retendrán el control absoluto para la epifanía de un convicto? ¿Cómo afectaría la política de Washington hacia Cuba, gane quien gane?
Michael Bustamante (New Jersey, 1984), “año orwelliano”, apunta el dato literario sin inocencia; no hace cliodinámica. En el inventario de sus pertenencias tampoco aparece una bola de cristal. Los tanteos predictivos con modelos matemáticos los deja para los especuladores, pero su experiencia de historiador y su estatus académico no son nada despreciables en este ejercicio de aproximaciones a una realidad tan cambiante y arisca a los encuadres.
En las tapas editoriales aparece que es autor de Cuban Memory Wars: Retrospective Politics in Revolution and Exile (2021) y que junto con Jennifer Lambe fue coeditor de The Revolution from Within: Cuba, 1959-1980 (2019); en tanto obtuvo los títulos de Ph.D., M.A. y M.Phil. en Historia de América Latina y el Caribe por la rancia Universidad de Yale. Asimismo, se certifica que posee una licenciatura (B.A.), con la máxima distinción académica (Summa Cum Laude), en Historia y Estudios Internacionales por esa misma universidad.
Los textos o papers de Bustamante han aparecido en la Revista de Historia Étnica Estadounidense, Estudios Latinos, Estudios Cubanos, la Revista de Estudios Culturales Latinoamericanos, Anthurium: Revista de Estudios del Caribe y la Enciclopedia Oxford de Investigación de Historia Estadounidense.
Actualmente, Bustamante es profesor asociado de Historia en la Universidad de Miami y ocupa la cátedra Emilio Bacardí Moreau de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos. Además, dirige el programa de Estudios Cubanos y los programas académicos de la Colección del Patrimonio Cubano (Cuban Heritage Collection).
Contactado vía WhatsApp, el doctor Bustamante accedió gentilmente a responder un cuestionario que va desde los comicios de medio término (midterms) hasta la política de la Casa Blanca hacia la isla y sus reverberaciones históricas en un contexto de reactualización de la vieja doctrina Monroe. Rebautizada como “Donroe”, en alusión a su patrocinador, Donald Trump, la ambición de Washington remite a expulsar a sus competidores en un hemisferio poscolonial —excepciones con Puerto Rico y Malvinas— políticamente mixturado y bifocal, en el que algunos miran hacia Washington y de reojo a Beijing, y viceversa.

Apenas en treinta días tendremos las midterms, un mecanismo redistributivo en el campo de fuerzas legislativas y políticas en EE. UU. Entrando en cierto nivel especulativo, ¿qué podría pasar, en términos catastróficos, para que esas elecciones sean aplazadas o suspendidas?
No creo que el escenario más plausible sea una suspensión formal de las elecciones. O sea, el presidente no tiene autoridad unilateral para cancelar elecciones legislativas federales y, al menos por ahora, existen límites constitucionales e institucionales importantes que siguen funcionando, ¿no?
Me preocupa más otro tipo de escenario y no creo que sea el único en este sentido. Me preocupan unas elecciones que se celebren, pero bajo una disputa extraordinaria posterior sobre quién pudo votar, qué votos son válidos y cómo se certifican los resultados, algo así como lo vimos con las elecciones presidenciales de 2020.
Ahí entra, por ejemplo, el esfuerzo reciente de la Casa Blanca por utilizar bases de datos federales para contrastar los padrones estatales de votantes e identificar posibles casos de falta de ciudadanía, un poco para impugnar la legitimidad de las elecciones a nivel estatal, porque las elecciones son controladas por los estados de la Unión, y posiblemente ponerles demandas y complicar el panorama en términos legales en ese sentido.
El problema con esa técnica es que una discrepancia administrativa sobre quién es ciudadano y quién no lo es no equivale necesariamente a demostrarlo. A nivel federal existe una base de datos de todos los ciudadanos y residentes en el país que pertenece a la Social Security Administration, pero cuando una persona se naturaliza como ciudadano estadounidense después de haber sido inmigrante, pues hay que actualizar esa base de datos, y no es un proceso automático. Así que pueden existir discrepancias entre los registros de ciudadanía a nivel estatal y a nivel federal. Y aparentemente la intención de la Casa Blanca es tratar de usar esas discrepancias, quizás como manera de impugnar la legitimidad de las elecciones a nivel estatal.
Así que el riesgo más serio que yo percibo no es necesariamente que alguien apague las elecciones, sino que se erosione la confianza en su legitimidad a través de exclusiones erróneas o disputas, de nuevo, sobre el conteo y la certificación.
Trump, the cheater ( El tramposo)
¿Cree que a estas alturas las argucias de Trump para reducir la capacidad de convocatoria de sus contrincantes, desde subvertir mapas electorales hasta presionar contra el voto por correo y prometer incentivos económicos directos a los votantes —los famosos 5 mil dólares— han fallado y que solo le quedaría al presidente patear el tablero o asumir los riesgos y los costos de un fracaso en las urnas de mitad de mandato?
Sobre las argucias de Trump, no diría que todas sus maniobras hayan fracasado, pero tampoco que la Casa Blanca haya podido imponer las reglas del juego que quería. Creo que el balance es bastante mixto.
Hemos visto varios intentos de modificar procedimientos electorales que han sido frenados por los tribunales, mientras que otros, como ciertos cambios de mapas electorales o el uso ampliado de bases de datos federales para verificar ciudadanía, como decía antes, siguen vigentes o al menos en litigio. Por eso no creo que estemos todavía ante una disyuntiva entre patear el tablero o resignarse a una derrota. Más bien estamos viendo una disputa institucional continua sobre las condiciones en que se celebran las elecciones.
Y eso obviamente importa porque, aun sin cancelar unos comicios, se puede intentar influir sobre quién vota, bajo qué reglas y con qué nivel de incertidumbre jurídica. Por ejemplo, se puede también tratar de intimidar a ciertos votantes mediante el despliegue de agentes de ICE en barrios de inmigrantes. El Departamento de Justicia ha contratado más de 1000 nuevos observadores electorales, supuestamente para asegurar el cumplimiento de la ley electoral federal, pero que también podrían ser fuente de litigios sin fundamento después.
Al mismo tiempo, también hay que subrayar que los contrapesos siguen funcionando. Jueces, congresos estatales y los propios votantes han bloqueado varias iniciativas de la Casa Blanca y el resultado, por ahora, no es una captura completa del proceso electoral, sino un terreno mucho más conflictivo de lo habitual.
¿Los números pueden traicionar? Un voto de castigo
Consistentemente, las encuestas nacionales muestran que los demócratas llevan una clara ventaja en las elecciones de medio término: 53% de los votantes registrados dicen que apoyarían a un candidato demócrata frente al 41% que optaría por un republicano. Además, un 45% declara que su voto será principalmente de castigo contra Trump. ¿Cuán fiables son estos sondeos y su poder predictivo altamente probable, o cabe esperar sorpresas con un galón sobre los 5 USD?
En cuanto a los sondeos, yo los tomaría en serio, pero no de manera literal. Es decir, una ventaja nacional en muchos sondeos y de este tamaño indica que existe un ambiente político claramente desfavorable para el partido presidencial, como suele ocurrir durante los midterms, y hay un componente importante de voto de castigo contra Trump.
Es una señal relevante, pero no significa que podamos traducir automáticamente ese margen nacional en un número determinado de escaños. También hay que tener ciertas dudas y cierta cautela con respecto a los sondeos porque en los últimos años hemos visto que la industria de los sondeos ha tenido muchos baches de información a la hora de calcular o tratar de predecir los resultados finales de muchas contiendas electorales.
Las elecciones de medio término son centenares de contiendas distintas. Hay mapas diferentes, candidatos diferentes y niveles de participación todavía muy inciertos, aunque se espera un nivel de participación alto por parte de los simpatizantes del Partido Demócrata. Pero también quedan varias semanas en las que pueden ocurrir cosas que pueden modificar el comportamiento electoral.
Por eso pienso que las encuestas son bastante útiles para medir la dirección del clima político, pero no bastan para predecir exactamente cómo se van a distribuir al final los escaños en la Cámara de Representantes y en el Senado.
El día después
Usted ha hablado de un “juego de la gallina” entre Washington y La Habana a ver cuál de los dos da un paso al lado ante la inminencia de una colisión. ¿Vistas como un semáforo, las midterms abrirían un breve compás de espera en la toma de decisiones hacia la isla?
Creo, de hecho, que las midterms ya forman parte del cálculo para la política hacia Cuba, junto con la guerra en Irán y, sobre todo, las preocupaciones económicas internas en el país.
En los últimos meses —y en las últimas semanas en particular— me parece que el horizonte de expectativas sobre Cuba desde la Casa Blanca se ha desplazado en el tiempo. Marco Rubio ya no habla como si un cambio fundamental fuera necesariamente inminente. Reconoce que sería un proceso largo. Por ahora, su énfasis y el énfasis de la política parecen estar más en mantener una estrategia de desgaste y presión que en producir escaladas inmediatas. Y hay una lógica política evidente, ¿no?
Una escalada antes de las elecciones que produzca una crisis mayor en Cuba o costos económicos para Estados Unidos en cuanto a reconstrucción, etcétera, podría convertirse en un problema más para las campañas electorales del Partido Republicano.
Entonces, para mí la pregunta más interesante comienza el día después de las elecciones. Creo que una victoria demócrata, de un grado de intensidad u otro, podría imponer nuevos costos políticos a una escalada posterior, sobre todo a través de investigaciones, audiencias, mayor fiscalización de la política exterior y de los presupuestos que apoyan esa política exterior.
Pero también existe la posibilidad de un efecto contrario. O sea, entre las elecciones de noviembre y la entrada del nuevo Congreso, el 3 de enero, hay un período en que la administración ya va a conocer el resultado electoral, pero sigue tratando con el Congreso que sale y, si concluye que su margen de maniobra va a reducirse de forma dramática después de enero, ese intervalo, a finales del año 2026, podría adquirir una importancia y una volatilidad particulares.
Hay otras variables también personales e institucionales en juego.
Marco Rubio ha sido, sabemos, una figura central en el diseño de la política de Estados Unidos hacia Cuba en los últimos dos años y, si en algún momento dejara el Departamento de Estado para perseguir sus propias aspiraciones políticas, para la presidencia, me refiero, habría que preguntarse hasta qué punto la política hacia Cuba depende de él personalmente y hasta qué punto ya ha quedado, digamos, institucionalizada dentro de la Casa Blanca.
En ese sentido, creo que las midterms no son tanto un semáforo que pasa de rojo a verde como un punto de inflexión que puede alterar los incentivos, los plazos y el margen de riesgo de todos los actores.
Un triunfo demócrata y la cuestión cubana
¿Qué significaría para Cuba una victoria azul en ambas cámaras o una victoria parcial, en la Cámara baja, ante un Marco Rubio que ha jurado mantener la presión hasta el último día de la administración republicana? “La realidad de su situación es que las cosas no van a mejorar en Cuba sin que hagan cambios muy sustanciales”, sostuvo Rubio hace unos días, lo cual el poder cubano considera profanar sus líneas rojas.
No creo que una victoria demócrata en una o ambas cámaras signifique automáticamente un cambio de políticas hacia Cuba.
En primer lugar, porque buena parte de las estrategias actuales, sanciones, presión sobre terceros países, etcétera, dependen de facultades plenas del Ejecutivo y podrían continuar con un Congreso adverso.
Lo que sí cambiaría sería el entorno político. O sea, una Cámara de Representantes demócrata, por ejemplo, podría someter la política hacia Cuba a una fiscalización mucho más agresiva. Podría convocar audiencias, exigir documentos, investigar sus consecuencias humanitarias o migratorias y utilizar el proceso presupuestario para tratar de imponer límites.
Si los demócratas también controlaran el Senado, su capacidad de condicionar nombramientos, legislación y prioridades presupuestarias sería mayor, pero no estaríamos necesariamente ante una reversión inmediata de la estrategia de presión y, obviamente, un nuevo Congreso, incluso bajo control demócrata, va a llegar con muchísimas prioridades y no creo que Cuba llegue a estar entre las primeras.
La frase reciente de Rubio que tú citas me parece importante porque su discurso ha ido desplazándose desde la expectativa de un cambio rápido hacia la idea de que Cuba debe modificar sustancialmente su comportamiento y que este será un proceso que puede extenderse durante el resto del mandato de Trump.
La cuestión, creo yo, después de las midterms, sería cuánto espacio político conservará la Casa Blanca para seguir aumentando la presión y si hacerlo tendrá algún costo interno.
¿La Habana compra tiempo y Washington lo vende?
Hablemos de la variable tiempo. En un artículo suyo publicado en The New York Times, Ud. adelantó que, dada la gravedad de la crisis, Cuba se ha quedado sin tiempo estratégico para administrar los plazos de la negociación en los que, en paralelo, reorienta a todo tren su modelo económico hacia el mercado y gestiona el disenso político y la conflictividad social generada por la propia bancarrota del sistema. Sin embargo, el poder cubano, pese a reconocer la gravedad humanitaria y, por tanto, la explosividad reprimida de tal escenario, ha seguido apostando a una temporalidad elástica en sus contactos con Washington que probablemente toque su límite en las midterms. De hecho, esta táctica resistiva ha obligado al diseñador en jefe de la transición cubana, Marco Rubio, a espolear su imaginación punitiva en busca de más sanciones y a replantearse un horizonte de cambios de corte capitalista en la isla para el final de la administración, en 2028, empujados paso a paso sin acudir al expediente militar. ¿Para La Habana, qué tan exitosamente viable es y será jugar con el reloj de Washington? ¿Quién está controlando el timing de este toma y daca?
Creo que La Habana puede pensar que el tiempo está de su lado de cierta manera y no estoy seguro de que esté completamente equivocada. El Estado cubano ha demostrado durante décadas una enorme capacidad para absorber crisis, administrar escasez y esperar a que cambien las circunstancias internacionales o bilaterales con Washington.
Si su cálculo es sobrevivir hasta que disminuya, digamos, la presión estadounidense, o hasta que encuentre la manera simplemente de seguir existiendo tal como está, sin un desastre mayor, sin inestabilidad política a gran escala, pues esta estrategia todavía podría funcionar, ¿no? Mi pregunta es a qué costo, sobre todo para los cubanos comunes y corrientes.
Creo que cada mes que pasa bajo las condiciones actuales significa más deterioro de la infraestructura, pese a esfuerzos como la instalación de parques solares que están ayudando a solucionar parte de los problemas con la red eléctrica, por ejemplo, pero que tampoco representan a estas alturas una solución total.
Cada mes que pasa hay más pérdida de capital humano por la inmigración. A mí me asombró la cifra ya oficial de que, pese al hecho de que la frontera con Estados Unidos esté cerrada, básicamente desde 2025, más de 200 mil cubanos se fueron del país el pasado año. O sea, que no es poco.
Cada mes que pasa hay más empobrecimiento, más desgaste institucional y una economía más difícil de reconstruir. Hay un artículo reciente del analista estadounidense Will Freeman en la página web de la revista Foreign Affairs, donde él plantea algo muy obvio en cierto sentido.
El problema no es simplemente si el gobierno puede sobrevivir, sino qué país queda por reconstruir cuando eventualmente cambien las circunstancias. Y cuanto más dure esta situación, más enorme será esa tarea.
Obviamente, y quiero hacer énfasis, la misma pregunta debe hacerse a Washington.
Estados Unidos también puede pensar que el tiempo está de su lado, que aumenta su capacidad de presión y que el deterioro económico obligará finalmente a La Habana a aceptar cambios que hoy rechaza; pero si la estrategia consiste en esperar a que Cuba esté suficientemente debilitada para negociar o ceder frente a las demandas de Estados Unidos, existe el peligro de que cuando llegues a ese momento, el país esté mucho menos capacitado para sostener cualquier transición económica o incluso política.
No es un riesgo menor para una Casa Blanca que no ha demostrado tener ninguna disposición favorable hacia proyectos de lo que ellos llaman, de cierta forma despectiva, “nation building”. O sea, no estamos hablando de una Casa Blanca que necesariamente va a mover grandes fondos norteamericanos para apoyar una reconstrucción económica en Cuba.
Dicho de otra manera, y esa fue básicamente la tesis de mi artículo en The New York Times, creo que el Estado cubano y el gobierno estadounidense pueden pensar que tienen más tiempo del que nosotros pensamos, pero Cuba, como país, quizás no, y esa es mi duda fundamental.
El voto cubano. ¿María Elvira disidente?
Usted, que vive en la capital del exilio cubano y que ha podido verificar el corrimiento ideológico de 2017 a la fecha, tomando no taxativamente ese año como el mayor pronunciamiento anti-embargo y el presente como la expresión de una mayoría que pide mano dura con la isla, ¿puede aventurar cómo se comportará la comunidad en estas midterms? Y, si se me permite una boutade: ¿es acaso María Elvira Salazar una disidente que favorece a los demócratas en Florida?
Hay tensiones reales dentro del electorado cubanoamericano hoy por hoy que no estaban presentes hace dos años, o al menos no con la misma intensidad.
El costo de vida y la inflación están pesando mucho. Miami se ha convertido en una de las ciudades más caras de Estados Unidos en relación con los ingresos promedio.
La política migratoria de esta Casa Blanca ha afectado directamente a numerosas familias en la ciudad y, más ampliamente, en el condado de Miami-Dade. Y existe, con respecto al tema Cuba, cierto desgaste, ¿no?, después de meses de máxima presión sobre la isla sin que se haya producido todavía el gran cambio que algunos esperaban. Y lo esperaban en parte porque el mismo presidente sostuvo constantemente esa hipótesis con sus comentarios reiterados de que Cuba estaba a punto de caer.
Cuando Marco Rubio rebajó recientemente las expectativas de una transformación inmediata y habló de la necesidad de paciencia estratégica y de un proceso más largo, se percibió frustración en ciertos sectores de la comunidad que habían llegado a esperar una acción mucho más contundente e incluso militar.
Ahora bien, tampoco está claro hasta qué punto todos estos problemas van en realidad a movilizar votos de castigo en contra.
Tomemos como ejemplo el asunto migratorio y toda la gente directamente afectada, como los famosos casos I-220 o entre la gente ya. Por definición, estas cuestiones afectan sobre todo a familias de recién emigrados, relativamente hablando. Y en sus redes familiares es probable que haya una presencia mayor de residentes permanentes y otras personas que todavía no tienen ciudadanía estadounidense y, por lo tanto, no pueden votar.
Eso no significa que el tema no tenga efectos electorales. Las familias y las comunidades en general transmiten esas preocupaciones a quienes sí son votantes. Pero sí nos obliga a ser cautelosos, creo yo, antes de suponer una traducción directa entre malestar con el tema migratorio y comportamiento en las urnas.
Y aun cuando ese malestar sí llegue al electorado, para mí queda una segunda pregunta: ¿quién está en condiciones de capitalizarlo políticamente?
Una cosa es que los antiguos simpatizantes del presidente se queden en casa. Y, claro, la batalla por el “turnout” —la participación electoral, o la falta de ella entre ciertos votantes— puede dejarles a los demócratas media batalla ganada.
Pero otra cosa es que los demócratas locales sean capaces de movilizar el voto, no solamente en contra del presidente y su partido, sino —lo que sería mejor— a favor de una serie de propuestas concretas. Lo que percibo en sus campañas es más énfasis en la movilización de la frustración anti-Trump que en la articulación de una agenda propia.
O sea, los republicanos, pese a ese malestar que es real, pueden conservar una ventaja importante por identificación partidista, por desconfianza hacia los demócratas o simplemente por la ausencia de una propuesta opositora que movilice entusiasmo.
De los tres escaños para el Congreso desde Miami, el de María Elvira Salazar parece ser claramente el más competitivo. Salazar ha sido probablemente la figura republicana local que más ha intentado mantener cierta autonomía frente a la Casa Blanca en materia migratoria.
Incluso ella llegó a promover su propia versión, bastante dura, diría yo, de una reforma migratoria integral, cosa que no gustó a la Casa Blanca. Pero es paradójico porque esa misma posición la ha dejado expuesta por ambos lados.
O sea, sus críticas recientes a la política migratoria de Trump han sido vistas por muchos como tardías o interesadas, sobre todo después de haber guardado silencio frente a las acciones de la Casa Blanca en ocasiones hasta ahora, o de haber votado a favor de leyes presupuestarias como el “Big Beautiful Bill”, que han facilitado la expansión asombrosa de ICE (Immigration and Customs Enforcement).
Pero te confieso que todavía tengo dudas sobre la capacidad de los demócratas para convertir ese malestar en participación electoral.
Yo vivo en el corazón del distrito de María Elvira. Y los sondeos muestran que su rival, Elliot Rodríguez, es muy competitivo, pero estamos a varias semanas de las elecciones y todavía no percibo una movilización territorial especialmente intensa de ninguno de los dos lados. Nadie ha venido a mi casa a tocar la puerta para pedir mi voto y eso me ha sorprendido.
Con respecto al tema Cuba, por lo general yo creo que va a quedar en segundo plano como asunto de interés en estas elecciones frente a la economía y la inmigración. Pero es interesante: en otro distrito de Miami, el candidato demócrata que se postula para el escaño del republicano Carlos Giménez, un estadounidense que se llama Phil Ehr, ha acusado a Giménez de no ser suficientemente duro frente a La Habana y ha propuesto su propio plan de acción militar, lo cual demuestra hasta qué punto el debate político en Miami es particular.
Por todas estas razones, yo sería muy cauteloso a la hora de interpretar cualquier malestar actual como un regreso automático de los cubanoamericanos al Partido Demócrata, o al menos de una porción de ellos.
Las contradicciones existen, son claras. La gran pregunta sigue siendo si los demócratas tienen la organización, el mensaje y la credibilidad para convertirlas en votos, sobre todo en un contexto en que el partido a nivel nacional no está invirtiendo casi nada en las campañas locales en el estado de Florida, porque no ve a Florida como un estado competitivo.
Y acuérdate:
Los resultados finales de todas esas contiendas no dependen únicamente del comportamiento del voto cubano. Sé que los cubanos y los cubanoamericanos nos creemos el ombligo del mundo, pero no se puede analizar ese posible comportamiento de manera aislada.

El espejo, los imaginarios, la incertidumbre…
Terminemos. Medios de prensa occidentales han filtrado los primeros pasos de grandes empresas de Estados Unidos, algunas directamente insertadas en la “galaxia Trump”, para hacerse del control de activos dejados por capitales europeos, canadienses u otros, sean hoteleros, mineros o financieros, que han sido forzados por las diligencias de Rubio a abandonar sus intereses en la isla. Como historiador, ¿qué analogías puede detectar con el escenario de la década de 1890, cuando la isla, todavía siendo una posesión colonial de España, era tomada por capitales y exportaciones estadounidenses que se expandían como hongos por su mercado interno? ¿Cree que los cubanos nos estamos mirando en el espejo transicional de 1898 por segunda vez, ambas como tragedia y ninguna como comedia, para desmentir la frase del viejo Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte?
Sí, creo que los ecos con los años 1890 y 1898, en particular, me parecen bastante claros. No porque estemos repitiendo exactamente la misma historia, porque ningún momento histórico se repite de esa manera, sino porque vuelve a aparecer una combinación reconocible: una Cuba en crisis profunda, una enorme asimetría de poder con Estados Unidos y una creciente capacidad, o una creciente confianza, al menos de parte de Washington, de que puede condicionar no solamente el desenlace político, sino también la estructura económica que podría surgir en un momento posterior al cambio, entre comillas.
Es interesante. A finales del siglo XIX, Cuba ya estaba profundamente integrada, en ciertos sentidos, a la órbita económica de Estados Unidos, incluso antes de la intervención militar de 1898. Y hoy creo que estamos viendo algo distinto, obviamente, pero comparable en ciertos aspectos. O sea, las sanciones de Estados Unidos en estos últimos meses, sobre todo desde mayo, están dificultando enormemente las relaciones de Cuba con proveedores e inversionistas de terceros países y, al mismo tiempo, están aumentando la importancia de las excepciones que permiten comercio con Estados Unidos bajo las leyes del embargo.
En los últimos meses ha crecido de manera significativa el flujo de alimentos, combustible y otros productos estadounidenses hacia la isla, precisamente mientras se estrechan otras fuentes de abastecimiento.
Es decir, una política diseñada para aumentar la presión sobre Cuba también está produciendo una suerte de nuevas dependencias económicas respecto a Estados Unidos, y eso ha allanado un poco el camino para una participación de Washington aún mayor en un escenario posterior, entre comillas. Y ahí veo también ciertas similitudes con el escenario de los años 1890.
Por otro lado, las sanciones secundarias están reduciendo el valor o aumentando el riesgo de determinados activos cubanos. Están empujando a empresas extranjeras a salir y, al mismo tiempo, estamos viendo inversionistas estadounidenses, pese a las restricciones que existen y a las sanciones, interesados en ocupar algunos de esos espacios.
Si uno cree en un reporte reciente que salió en el Miami Herald, incluso Estados Unidos llegó a plantear un acuerdo mediante el cual empezaría a suministrar petróleo a Cuba a cambio de la privatización de Cupet en manos de capital estadounidense.
Por eso creo que el interés económico de parte de Estados Unidos parece estar claro y sí trae a la memoria el precedente de los años 1890.
O sea, el poder económico estadounidense no aparece solamente después de una transformación política, sino que está ayudando a configurar de antemano, quizás, las condiciones bajo las cuales esa transformación se va a producir. Y eso recuerda también el antecedente de hace más de un siglo.
Obviamente, los ecos no son solamente económicos. En un texto que publiqué hace un par de meses, analicé imágenes generadas por inteligencia artificial que estaban circulando ampliamente en las redes.
Y hay imágenes circulando, creadas por cubanos, que imaginan un futuro de la isla a través de símbolos estadounidenses. O sea, Trump o Rubio como libertadores; empresas estadounidenses ocupando el paisaje comercial cubano.
Muchas de esas representaciones visuales recuerdan de manera muy obvia la cultura visual de la prensa norteamericana alrededor de 1898, cuando Cuba aparecía como una mujer que debía ser rescatada, un niño que necesitaba tutela o un espacio cuya modernización llegaría solamente de la mano de Estados Unidos.
Y la diferencia más interesante hoy por hoy es que muchas de esas imágenes, si antes eran producidas desde Estados Unidos para el consumo de los propios estadounidenses, hoy las crean los cubanos. Y están participando en la construcción de imaginarios muy similares al imaginario norteamericano de hace más de un siglo.

Eso plantea una pregunta interesantísima sobre hasta qué punto determinadas ideas sobre el futuro cubano se están volviendo a quedar atrapadas en dos opciones muy estrechas: la continuidad de un sistema determinado tal como existe, o una transformación concebida fundamentalmente desde Washington.
Sin embargo, hay una diferencia con los años 1890 que me parece relevante. Los cubanos de entonces, pese a los riesgos reales frente a Estados Unidos, tenían un poderoso movimiento independentista capaz de inspirar, movilizar y ofrecer una visión del futuro.
Hoy yo creo que cuesta más trabajo identificar en el horizonte un proyecto político con esa misma capacidad de convocatoria. Y quizás eso explica, en parte, las razones por las cuales algunos cubanos, al menos, están inspirándose en estas fantasías producidas por la inteligencia artificial que tanto recuerdan la cultura visual del imperialismo norteamericano a finales del siglo XIX.
Así que, en conclusión, el espejo de 1898 resulta útil no porque conozcamos de antemano cuál va a ser el desenlace, sino porque nos obliga a volver a preguntas que nunca desaparecieron del todo del debate cubano.
O sea, ¿quién define los términos del cambio en Cuba? ¿Quién será dueño de los activos del país después de una crisis? ¿Qué relación habrá entre soberanía política, independencia económica y democracia? ¿Y cuánto del futuro cubano terminará siendo decidido fuera de Cuba?
Post scriptum
Esta entrevista comenzó con preguntas del entrevistador y terminó con preguntas del entrevistado, para las que el lector deberá buscar respuestas. Por tanto, no hay última página y mucho menos punto final. Todo queda en suspenso, en incertidumbre, como en un lance de dados acogidos brevemente por el aire.












