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Brasil, 2026. Millones de ciudadanos de origen y nacionalizados actualizan frenéticamente las páginas del escrutinio electoral desde las pantallas de sus celulares. Pareciera que esperan ansiosos el resultado de la Copa Mundial de Fútbol que hace poco sumió al país en una profunda decepción con la selección nacional. No obstante, esta vez los brasileños se juegan algo mucho más serio: el futuro de una democracia ya debilitada por el ascenso de la extrema derecha en el país.
En la actual contienda se enfrentan de forma polarizada el ultraderechista Flávio Bolsonaro y el actual presidente y candidato histórico de la izquierda por el Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva. En el exterior, alrededor de 1 millón de nacionales fueron a las urnas el pasado domingo a ejercer uno de los derechos ciudadanos del que, por el contrario, una buena parte de los brasileños en el país ha parecido abdicar: casi 3 millones no votaron en la primera vuelta de las actuales elecciones presidenciales, el expresivo 21 % del electorado.
El voto en el exterior fue fundamentalmente para Lula, lo cual no se reflejó de forma tan optimista en el balotaje nacional: Flávio Bolsonaro, representando al Partido Liberal (PL), lideró el marcador con 47 % de los votos válidos, dejando a Lula detrás con un 45 %.
“Estoy acostumbrado. Al pueblo le gusta verme disputar el segundo turno”, dijo un optimista Lula tras conocer el resultado desfavorable para su candidatura.
Dado que ninguno de los candidatos obtuvo más del 50 % en el conteo, el Tribunal Supremo Electoral convocará a una segunda vuelta el domingo 25 de octubre. Ese día el futuro de Brasil por los próximos cuatro años se decide, aunque buena parte de la pelea ya concluyó, y la extrema derecha, con el Partido Liberal como principal fuerza partidaria, se ha coronado vencedora en el Congreso del país, lo cual supone una piedra en el zapato de cualquier gobierno progresista que pueda llegar al poder en el próximo período.
“La sensación es de frustración y de ganas de llamar al pueblo de burro, de ‘pobres de derecha’ y mil cosas más. Pero, la verdad, cuando la cabeza se enfría, entiendo que la realidad es mucho más compleja de lo que parece”, relata Andy, cubano y residente en el estado de Río de Janeiro.
Allí, buena parte de los votos suele ir a las boletas de los partidos de derecha y es un territorio gobernado por las organizaciones paramilitares, conocidas como milicias, con vínculos documentados con políticos como la familia Bolsonaro y, en particular, con el candidato presidencial, Flávio Bolsonaro.
“Si bien los números muestran que los últimos cuatro años del gobierno de Lula han sido positivos para Brasil: disminuyó mucho el desempleo, aumentó el salario mínimo, disminuyeron los índices de inflación, etc., la verdad es que esos números no necesariamente se reflejan en la vida y la mesa de los más pobres. A eso le sumas las redes sociales, el deseo de encontrar un salvador rápido y muchas otras cosas que ayudan a explicar el resultado que estamos viendo”, relata Andy, quien todavía no puede votar por no haberse nacionalizado.

Democracia en juego
En el último año de su tercer mandato, que llega a su fin o se reanudará el próximo 25 de octubre, el presidente brasileño Lula da Silva logró la apertura de plazas para puestos públicos, que en 2023 fueron más de 20 mil, el fortalecimiento de políticas para mejorar la vivienda como el programa “Minha casa, minha vida” (Mi casa, mi vida), además de la ampliación de gratuidades en las farmacias populares y el aumento de subsidios a familias con ingresos bajos bajo el programa “Bolsa Família”, entre otros logros, como sacar a Brasil del “Mapa del hambre” en julio de 2025, lo cual supone que menos del 2,5 % de la población está subnutrida. La vez anterior en que esto ocurrió fue durante el mandato de Dilma Rousseff (PT) en 2014.
Para el próximo período presidencial, el líder del Partido de los Trabajadores, de 80 años y considerado el mayor estadista de la historia brasileña, promete reforzar los programas sociales que ya venía impulsando, además del combate al crimen organizado, planes de industrialización y justicia tributaria, así como la expansión de la red de educación y salud pública, entre otros.

Por su parte, Bolsonaro promueve un plan bastante abstracto que, al igual que otros gobiernos recientes de ultraderecha en el continente, apuesta por la minimización del papel del Estado y el endurecimiento de las políticas penales, al estilo “Bukele”.
Una buena parte de la intelectualidad y del campo político brasileño ha expresado su preocupación sobre la amenaza que un mandato de Bolsonaro podría suponer para la democracia del país. El candidato por el Partido Liberal llegó a afirmar durante su campaña electoral que pretende ampliar su mandato entre 5 y 6 años, además de realizar cambios a la Constitución y amnistiar a su padre, Jair Messias, actualmente encarcelado por el delito de intento de golpe de Estado en 2022.
A pesar del robusto plan de mejora de la economía y el asistencialismo que promete Lula, y muy a despecho de los recientes escándalos de corrupción que implican a la familia Bolsonaro, los brasileños no solo no han votado expresivamente al primero, sino que también han elegido representantes del poder público alineados con la agenda ultraderechista, entre cuyos temas ha estado debatiéndose más recientemente la pertinencia del voto femenino, con una de las mayores representantes de esta querella, Eduarda Campopiano, coronándose como la senadora más votada del estado de São Paulo, uno de los más numerosos del país.
El miedo a la izquierda
Brasil es actualmente el destino latinoamericano al que los cubanos parecen emigrar más, y en 2025 fueron el grupo nacional que más solicitudes de refugio realizó, superando a los venezolanos. Andy, quien llegó a Brasil en 2015, expresa su preocupación ante el panorama electoral que le ha tocado vivir: “Personalmente, no me considero una persona 100 % de izquierda, porque no creo en el socialismo y creo más en una economía de mercado. Ahora, por lo menos este año, más allá de Lula, todos los candidatos me parecen bastante incompetentes, y realmente no consigo entender cómo Flávio puede siquiera ser considerado candidato con todos los procesos judiciales que tiene pendientes. Pero así funcionan las cosas aquí”, lamenta Andy, para quien el juego democrático en Brasil está polarizado, en buena medida, por la falta de seriedad en las campañas electorales, que se asumen “como partidos de fútbol”.
Por otra parte, a sus 39 años, Indira siente que es la primera vez que participa realmente en un proceso electoral. Cubana de origen, reside en Brasil desde hace más de una década con su esposo y sus dos hijos, uno de ellos brasileño nato. “Fue una mezcla de emociones. Cuando vine para Brasil, llegué a un país democrático y libre, con muchas ilusiones: crecer profesionalmente, darle un futuro mejor a mis hijos, cumplir sueños y metas. Pero después de diez años, al ver cómo está la política y la gestión del país, siento que se me han caído las alas. Ahora no sé si apelar a mi fe, poner el futuro de la nación en manos de Dios y seguir adelante, o hacer las maletas”, cuenta Indira con cierto pesar tras el resultado preliminar de la primera vuelta.
En julio de este año, la concejal de origen cubano Zoe Martínez publicó en su perfil en Instagram un video con el presidenciable Bolsonaro en el cual este afirmaba que Lula quiere “hacer de Brasil una Cuba. Le tiene envidia a los cubanos que están pasando hambre todavía, desgraciadamente. Pero no vamos a permitirlo”. Al tomar la palabra, Martínez, nacida en la isla, apuntó que además de cubana era “mujer, anticomunista, huí de una dictadura y apoyo a Flávio Bolsonaro”.

El “miedo a la izquierda” parece haberse apoderado del mundo entero. En países como Perú, Argentina, El Salvador y Colombia, los gobiernos de ultraderecha arrasaron en las disputas electorales, mientras que en otros tan lejanos como Italia, Alemania y España, la vertiente extremista de la derecha también crece significativamente, alzada por discursos de odio contra inmigrantes y otras minorías.
Entre los electores cubanos alrededor del mundo, una buena parte se decanta por proyectos de derecha. En Estados Unidos, donde se concentra la mayoría de la diáspora de la isla, en 2024 el 68% de los electores cubanos planeaban votar por el republicano Donald Trump, de acuerdo con la FIU Cuba Poll realizada por la Universidad de la Florida. La intención de voto en países como España, a pesar de que continúa yendo mayoritariamente al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en 2026 reveló a Vox como segunda opción favorita entre los nacidos en la isla.
“Muchos cubanos están traumatizados con lo que ha pasado en Cuba y piensan más con el corazón que con el cerebro. Cualquier cosa que suene a propuesta social, inversión en educación, etc., sienten que están poniendo a Cuba como tema central”, comenta Andy. “Creo que entre los electores de Flávio hay una diversidad enorme de personas a las que la izquierda, o los seguidores de Lula, no supieron llegar: desde personas ignorantes o alienadas, pasando por otras que, por sentirse fracasadas, quieren ver a Brasil fallar completamente, hasta personas que simplemente buscan una oportunidad para sacar algún provecho. Y, por otro lado, también está el mercado apoyando, en mi opinión, de manera equivocada a Bolsonaro. También creo que el número de personas que desistieron de votar fue demasiado grande, y eso debería ser mucho más preocupante”, observa.
Indira, en cambio, opina que “decir ‘izquierda’ en Brasil no es lo mismo que hablar de la izquierda de Cuba. Son dos cosas completamente diferentes. Del mismo modo, en Estados Unidos puedes decir que eres de izquierda o de derecha, demócrata o republicano. Pero todos son capitalistas; todos son imperialistas. Entonces, da igual decir en Estados Unidos que eres de uno o de otro: no tiene nada que ver con la izquierda de aquí ni con la de Cuba. Si las personas pusieran a un lado los partidos, el apellido o de quién es hijo, sería mucho mejor. ¿Por qué están votando por Flavio? ¿Qué está proponiendo? No está proponiendo absolutamente nada. ¿Por qué? Porque es hijo de Bolsonaro. Inclusive, si es hijo de Bolsonaro, se supone que va a ser igual que su padre, o incluso peor. Entonces, no, gracias. Estás votando por uno porque es hijo de otro. ¿Qué sentido tiene eso? ¿Para que sea igual que su padre? No, gracias. Y entonces yo digo: bueno, ¿qué propone él? No propone nada. Y ahora vamos al otro asunto: ¿cuál es la alternativa que tenemos? Si en algún momento quisieron darle otra oportunidad u otro camino a Brasil después de Lula y Dilma, desgraciadamente no lo han conseguido. No lo han conseguido, y los que estaban descontentos desde aquella época con el PT y con Lula tuvieron que ponerlo de nuevo. Porque el resto de los que vinieron después solamente hicieron daño. Sobre todo Bolsonaro”, lamenta.
Para Andy, quien tendrá que abstenerse de participar en el desenlace de la contienda electoral el próximo 25 de octubre por no ser ciudadano todavía, el futuro de Brasil, y por tanto el suyo, ya se decidió en la primera vuelta: “Uno siempre tiene un poco de esperanza, bien poca, casi cero, pero no creo que vaya a ser diferente. Solo si explotara alguna bomba política muy fuerte, aunque tampoco sé si eso sería suficiente”.
“¿Qué te puedo decir? Estoy feliz por poder votar, pero triste por el futuro”, remata Indira.














Se supone que un artículo periodistico, no sea un panfleto electoral a favor de Lula!! Cuando se pierde una elección,hay que reflexionar…los ciudadanos ideologizados, pierden esa capacidad!!