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- abril 4, 2025 -
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Lo que trae el paquete

Un día antes la calle, el barrio, estaba como si nada. El silbato del vendedor del pan se sintió las tres veces de rigor, y salieron los vecinos de costumbre. Una par de semanas atrás yo había hecho varios intentos, como, por ejemplo, preguntarle a un chofer de almendrón qué creía de lo que estaba por suceder en este país, después de más de cincuenta años. 

¿Qué será de mis calles?

Cada calle de mi barrio es como la continuidad de un parque improvisado, como el brazo de algún vecino amable que se extiende para ofrecernos el azúcar o el poquito de sal que nos hacía falta. La calle por donde desfilan todas las mañanas girasoles y azucenas, es mudable y caprichosa, provocando que mi barrio se convierta en plaza o mercado donde cualquiera planta un carrito de ventas, una pipa de cerveza, una mesa de dominó. No se cansa de ser la misma calle que tantas veces en chancletas partimos por el medio corriendo a buscar el pan de la bodega antes de que empezaran los muñe.

Aplaude lo sentimental

Pasadas las ocho de la noche iba corriendo yo Galiano arriba, demostrando la impuntualidad típica de la gente de mi barrio, ese manejo sui géneris del tiempo que nos hace decir tantas veces ¡llego en quince! A lo que un interlocutor extranjero, curado ya de espanto, intentará descifrar: ¿quince minutos reales o quince minutos cubanos? Para qué mentirles, en realidad eran veinte los minutos de retraso cuando llegué a la entrada del Teatro América para asistir al homenaje a Elena Burke.

Confieso el ritmo

Confieso haberme despertado, no pocos años de mi vida, con este viejo tema de los Van Van: "Anda, ven y muévete". Confieso haber bailado ruedas de salsa dale con el corazón, muévete,  hasta quemar la borrachera en incansables gotas de sudor corriendo por mi rostro y espalda. Confieso que en mi temprana juventud yo también torturé al vecino qué tú quieres, si yo no puedo parar con música a todo volumen para amenizar ese baldeo cubano de los sábados donde echamos agua como si todos fuéramos hijos legítimos de Yemayá, como si el agua del planeta no se fuera a acabar nunca. ¿Acabarse?, jamás.

Hablan nuestras casas

Si a nadie miran, pues son los suyos edificios que se empinan hacia arriba no sé si queriendo ser mejores o más iguales con largos ventanales de vidrio, o porque cubren sus castillos con mucho oro. Mientras, algunos seguimos aquí pensando en una vieja bodega, en aquellas manzanas baratas, preguntándonos… ¿qué dirán nuestras casas de nosotros?

El filósofo

Muchos critican al filósofo por su añeja y mala costumbre de apoyar los pies a la pared, a eso de las 3 de la tarde, cuando se guarece del sol bajo el portal de la bodega y lo vemos siempre tan pensativo exhalando el humo denso de su criollo. A esa hora le marca a las señoras en la cola para cuando empiecen a despachar de nuevo los mandados, a las cuatro (aunque jamás en punto abra la bodega). Y cambia billetes por monedas, para el ómnibus. Y vende cigarros sueltos, a deshora. Y sabe si entró el saco de cemento subrepticiamente en la casa de al lado, pero no dice nada. No echa a nadie pa’lante… o tal vez sí.

Machenka

En la geografía de mi barrio todo se mueve sospechosamente de lugar. Basta media vez que alguien pronuncie la zeta, para que sea gallego, del mismo modo en que todos los rasgos asiáticos provienen de la cuna de San Fan Kong. Nadie conoce el verdadero nombre del pregonero, ni el apellido de Mercedita picadillo, aunque todos sepan a qué se dedican. Del pasado de Machenka solo se sabe que vino detrás de un cubano, estudiante de intercambio de los que viajaron todo un mes en buque hasta la antigua URSS, cuya hermosa piel de ébano y entrepierna colosal la dejaron trastornada.

Hollejos de mandarina

En mi barrio hay un solar. En el solar, un cuarto desvencijado y pobre. En el cuarto hay un camastro y sobre el camastro un niño de diez años mira a la pared y piensa. En la cabeza, testaruda e infantil, hay una sola idea, fija como un clavo pegado desde hace siglos a la pared: ¿Cómo recuperar mi pelota? La madre lo ha castigado escudada en su derecho de haberle advertido antes, mejor gastarse ese dinero en un par de zapatos para la escuela. Pero él no la escuchó. Si es grande para cruzar solo la calle y hacer quince mandados, también lo es para cambiar la peletería por una tienda deportiva.

Antonio y los danzones

¡Fulanito! –me gritó tempranísimo la vecina haciéndome abrir los ojos sin querer abrirlos. Y yo hice oídos sordos (una de las más efectivas armas para sobrevivirle el modus vivendi de este barrio), pero ella insistió: ¡Fulanitooo! No, aquí no hay almohada en la cabeza que valga cuando de vecinos se trata. Gracias a la voz de la vecina se comprobó la vigilancia del custodio del jardín infantil que afirmó dos veces: “Yo no lo he visto salir hoy”. Luego las omnipresentes voces de Aurora y María Elena acabaron de declararme víctima de aquel ataque sónico y, no sé por qué, recordé al difunto Antonio.

Cotorro

Yo no conozco la Habana nada. Me doy cuenta sobre todo cuando los almendrones trazan otra ruta (larguísima) y llegan a costar hasta veinte pesos de un viaje que comienza en el parque de la Fraternidad. El paisaje cambia. Se aplacan los ruidos. El verde (la tierra) se hace presente tomando posesión a los lados del […]

Callejón de Hamel

Al callejón me fui ayer, a la rumba de los domingos. Volví a repasar las frases que lucen las paredes –frases que guardan secretos solo para los ojos dispuestos a develarlos-. Como es usual tanto extranjero que había tirando fotos, tantos colores en las paredes y en una efímera mirada al horizonte, Martí, un negrito […]

Cronos vs Cuba

El paso del tiempo en la isla es un accidente sui generis. El cubano no se permite el apuro, no reconoce al tiempo como algo valioso: total, hay más tiempo que vida. Supuestamente el tiempo no solo está a sus pies, sino que le rinde pleitesía, espera a que el cubano avance con su andar […]

Pregones

Dicen que desde el siglo XIX -incluso mucho antes-, se oían los pregones en la Plaza Vieja. Esos pregones de los vendedores ambulantes maní, calientico el maní con que llegaba el viejo de la lata y dentro de esta, se adivinaba el carbón encendido. También pasaba el florero las flores, flores blancas y en colores […]

Sloppy Joe´s Bar

Los años 20 han despertado en un rincón de la Habana de hoy. En la esquina de Zulueta y Ánimas los transeúntes se detienen a mirar las columnas que rezan el viejo nombre: Sloppy Joe´s Bar. Los meseros de traje negro esperan a la entrada para invitar con gesto afable, corren los goznes de las […]

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