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Allá por octubre de 2008 toqué a la puerta de un apartamento en el Vedado, a pocas cuadras del Malecón habanero. Iba por encargo de La Gaceta de Cuba, la revista cultural para la que entonces hacía fotografías, y del otro lado me esperaba María Elena Llana. Sabía que era una figura de las letras cubanas, pero debo confesarlo: hasta unos días antes no había leído una sola línea suya.
Lo poco que sabía se lo debía a mi amiga Helen Hormilla. Cuando le conté que iría a retratar a María Elena, me hizo una advertencia: “Como mínimo, léete Casas del Vedado”. Me lo prestó, y así lo hice. Llegué a la cita con aquel libro de cuentos de 1983 todavía en la cabeza.
María Elena fue afable desde el primer minuto. Antes de que sacara la cámara, ya me estaba preguntando por mí y por mi carrera de Periodismo. Ella también era periodista, graduada de la vieja Escuela Manuel Márquez Sterling, y en 1959 había empezado a trabajar en el mítico periódico Revolución. Teníamos amigos en común: la propia Helen y mi coterráneo Leandro Estupiñán, que la había entrevistado. Eso bastó para que la conversación fuera familiar. Al final, las fotos fueron muy pocas.
Hice dos retratos convencionales: la escritora en su sala, la mirada a cámara, la luz correcta. Ya casi me iba cuando se me ocurrió preguntarle dónde escribía. Buscaba, quizás, lo obvio en una escritora: su lugar de producción.

Me hizo pasar a su cuarto. Allí, junto a la cama, dentro de un escaparate gigante abierto de par en par, estaba su computadora, con la impresora enchufada. No había más nada. Cuál habrá sido mi cara de asombro que me soltó con toda naturalidad: “No es por nada raro, es para protegerla del salitre. El mar está demasiado cerca, y en La Habana la sal se lo come todo”.
Y claro, la foto tenía que ser con esa escenografía. A ella no la convenció mucho, pero igual accedió a posar. Disparé. No le gustó. Tampoco le disgustó. A mí me fascinaba. Por supuesto, se publicó uno de aquellos retratos convencionales. La otra foto se quedó, también, dentro de un escaparate: el de mi archivo.
Lo del salitre era una razón práctica, pero no pude evitar armarme mi propio cuento. Casas del Vedado reúne once relatos que transcurren siempre puertas adentro, en las casas de un barrio emblemático de la burguesía habanera, donde los personajes, casi siempre mujeres, se encierran como respuesta a los profundos cambios que trajo la Revolución. Habitan espacios amurallados, imprecisos, que vacilan entre la vida y la muerte, entre lo político y lo fantástico.
En mi versión, el salitre era lo de menos: la escritora se defendía del tiempo. Cada noche, cuando la brisa del Malecón subía las cuadras y se colaba por las ventanas, ella cerraba las puertas del escaparate y sus historias quedaban a salvo, como sus personajes en sus casas. Por la mañana volvía a abrirlas, y la literatura seguía ahí, intacta, esperando a quien se atreviera a preguntar dónde estaba.
Han pasado dieciocho años. Ahora, a sus 90, María Elena Llana ha sido nominada al Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes. Cuando supe la noticia, lo primero que recordé fue aquel mueble abierto en un cuarto del Vedado, que quizás ya no existe. O sí.
Con esta candidatura, Llana se convertiría en la tercera autora de la isla en optar al mayor galardón de las letras hispanas. La preceden Dulce María Loynaz (1902-1997); esta lo obtuvo en 1992 y fue la primera escritora latinoamericana en conseguirlo. El Cervantes también llegó a Cuba con Alejo Carpentier, en 1977, y con Guillermo Cabrera Infante, en 1997. Aunque no lo obtuvo, la poeta Fina García Marruz (1923-2022) también estuvo nominada en 2021.
Hoy comparto aquellas fotos. Entre ellas, por fin, la del escaparate.
Me alegra mucho esta nominación. Durante décadas, la obra de María Elena ha vivido como aquella computadora: dentro de un escaparate, a salvo del salitre y del olvido, al alcance de los lectores que sabían dónde buscarla. Hasta el Premio Nacional de Literatura le llegó tarde, en 2023, cuando lo merecía desde hacía años. Ojalá que con este reconocimiento esas puertas se abran ahora de par en par, como ella las abrió aquel día para mí.













