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Las ciudades también se cuentan por sus personajes populares, gente que con los años se vuelve tan de ellas como un edificio, una calle o un monumento. En Nueva York, uno de ellos es Louis Mendes.
Tuve la suerte de cruzármelo una tarde en la 34 y la Novena Avenida, a la puerta de B&H Photo Video, la tienda de fotografía, vídeo y sonido que es algo así como el paraíso de los fotógrafos. Estaba en la acera, de traje impecable y sombrero de ala, con una cámara de fuelle enorme que parecía salida de una película de gánsteres. Adentro, las vitrinas llenas de lo último en digital. Afuera, él, haciendo retratos como hace más de seis décadas.
Es una Graflex Speed Graphic, la clásica cámara de prensa estadounidense, que se fabricó entre 1912 y 1973. La gente lo para a diario para preguntarle de dónde la sacó y si pesa mucho. “Si eres débil, pesa. Pero yo no soy débil”, contesta.


El método casi no ha cambiado. Mira a la persona, imagina el retrato, se acerca y dispara una sola vez. El retratado no sabe lo que hizo hasta que ve la copia, que compra ahí mismo.
Pero la doble exposición, un detalle nada menor, terminó siendo su firma. La descubrió a comienzos de los setenta, cuando fotografiaba bebés a domicilio. El estudio le daba un rollo de doce fotos; le parecieron pocas y empezó a usar su propia réflex de dos objetivos. Retrataba al padre de perfil y, dentro de su sombra, a la madre con el niño. “Todo eso lo desarrollé por mi cuenta”, dice. Vendía más que nadie porque nadie más lo hacía. Desde entonces ha encimado caras sobre casi cualquier cosa: los rostros de la Marcha del Millón de Hombres sobre la multitud, los pasajeros del ferry de Staten Island sobre la Estatua de la Libertad y el perfil de Manhattan, Gordon Parks sobre el escenario de Hunter College. En el ferry usaba una Polaroid Spectra que le permitía tapar medio encuadre. Con la Speed Graphic arma la imagen en la cabeza antes de acercarse, porque no hay segunda toma. El retratado no sabe lo que pasó hasta que ve la copia. “Y entonces se queda maravillado.”






Nació el 15 de junio de 1940 en una familia obrera de Jamaica, en Queens. Era el único varón entre diez hermanos. Su padre le repetía: “No salgas de casa sin estar bien vestido, porque nunca sabes con quién te vas a encontrar”. A los catorce años, su hermana mayor, la que fotografiaba los cumpleaños y las reuniones familiares, le pasó la cámara para poder salir ella en las fotos. Todavía la conserva. Nunca estudió fotografía: aprendió con libros, en ferias de cámaras y escuchando a otros fotógrafos.


Trabajaba en el depósito de Macy’s, en la calle 34, cuando un fotógrafo lo vio haciendo fotos en la tienda y le ofreció un trabajo en un club nocturno. Si quería seguir, le advirtió, tenía que comprarse su propio equipo. “La cámara me costó 300 dólares. Tuve que ahorrar porque para mí ese precio era el salario de tres semanas. Pero recuperé mi dinero en la primera noche de trabajo vendiendo fotos a dos dólares”, contó a EFE. Era 1959.

A principios de los setenta dejó el empleo para vivir solo de la cámara. En 1972, después de una jornada en un barco cobrando cinco dólares por foto, tenía los bolsillos llenos. En Nueva Jersey vio un Ford Thunderbird de 1966 que costaba 1100 dólares y lo pagó en efectivo en el acto. Con el auto consiguió trabajo en un estudio que fotografiaba bebés a domicilio a partir de las listas de los hospitales. Ahí empezó con las dobles exposiciones: el padre de perfil y, dentro de su sombra, la madre con el niño. La empresa quiso que enseñara la técnica a los demás sin pagarles. En 1975 se fue y fundó Family Photographers con otros buscavidas como él.
Recorrió más de cien complejos de vivienda social, del último piso hacia abajo, puerta por puerta. En el metro solo hablaba con mujeres que llevaran anillo de compromiso. A los novios les incluía tres horas de limusina en el paquete, y ellos creían que se la regalaban. Desde 1982 vive en Harlem, y durante diez años esperó a los recién casados a la salida del Ayuntamiento de Brooklyn.


En 1995, un perfil de David González en The New York Times lo dio a conocer. Ese año, en la Marcha del Millón de Hombres, en Washington, algunos lo reconocían por el artículo. En 1997, en la del Millón de Mujeres, en Filadelfia, hizo 700 fotos en un solo día. Después vinieron el ferry de Staten Island y Coney Island, con una Polaroid Spectra que sacaba de debajo del brazo, disparaba y volvía a esconder. A Gordon Parks, que usaba su misma cámara, lo retrató en doble exposición sobre el escenario de Hunter College en los años ochenta.


En 2026, la Fundación Gordon Parks, que celebraba sus veinte años, lo eligió junto al fotógrafo de Chicago Darryl Cowherd para su Legacy Acquisition Fund, con el que compra obra para su colección permanente. En una conversación con la fundación, en octubre de 2025, dijo: “Nunca me casé, pero me casé con mi cámara. Esa es mi esposa, nueve días a la semana”. Nine Days a Week se llama el documental que Tara El Eter le dedicó en 2020.
Hoy su recorrido es casi fijo: Bryant Park por la mañana, una vuelta por Times Square y una parada frente a B&H, donde lo conocí, retraté y, con mi escamoteado inglés, charlamos algo. En la puerta de la tienda de los millones de píxeles, el fotógrafo más famoso de la cuadra, uno de los personajes de la ciudad, seguía trabajando como siempre.















