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La noticia del fallecimiento de la poetisa cubana Lina de Feria (Santiago de Cuba, 1945-La Habana, 2026) recorrió hace pocos días las redes sociales con un profundo pesar. Desde distintos perfiles y latitudes, lectores y admiradores evocaron su figura y compartieron sus poemas. Fue un homenaje espontáneo a una escritora atravesada por tensiones, silencios y regresos, cuya obra marcó la literatura cubana contemporánea.
Durante años, Lina fue uno de esos nombres incómodos dentro del gremio. Su escritura y su personalidad difícilmente encajaban en los moldes de una burocracia cultural poco tolerante con las voces indómitas. Con apenas 22 años, en 1967, obtuvo el Premio David en su primera edición con el libro Casa que no existía. Compartió el galardón con Luis Rogelio Nogueras (Wichy), uno de los poetas más brillantes de su generación.
Sin embargo, tras aquel debut prometedor, su obra tardó más de veinte años en volver a publicarse en Cuba. Durante largo tiempo se le cerraron espacios editoriales. En determinado momento decidió marcharse del país, decisión que terminó de convertirla en blanco fácil para los censores criollos. Aun así, su poesía —densa, visionaria, profundamente personal— nunca dejó de circular entre lectores.
Sin Cuba, sin embargo, su pluma parecía marchitarse. Y así como un día partió, otro día regresó. Con el paso del tiempo, aquella suerte de maldición literaria comenzó a disiparse y Lina fue recuperando el lugar que siempre le había correspondido dentro del panorama poético de la isla.
En 2019 recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba, un reconocimiento que muchos consideraron tardío para una obra que llevaba décadas dialogando con lo más exigente de la poesía cubana contemporánea.

Curiosamente, ese mismo año la vi desde lejos en la calle 23, en pleno Vedado habanero.
Era una tarde cualquiera, de esas en que la ciudad parece avanzar a golpes de bocinazos, conversaciones a media voz y el ir y venir constante de la gente. Entre esa corriente humana venían Lina de Feria y su hermana Dulma, caminando despacio, casi acompasando el paso la una con la otra, como si cada movimiento fuera también una forma de sostenerse.
Iban abriéndose paso entre la multitud con una lentitud que contrastaba con el ritmo impaciente de la avenida. Me pregunté entonces cuántas de las personas que se cruzaban con ellas sabrían que, en medio de ese flujo anónimo de peatones, caminaba una de las grandes voces de la poesía cubana.

La escena tenía algo profundamente habanero: la gloria literaria mezclada con la cotidianidad más simple, casi invisible para quienes pasan de largo.
La reconocí de inmediato pero dudé unos segundos antes de acercarme. No quería interrumpir aquel pequeño equilibrio de pasos compartidos. Pero finalmente me abrí paso entre la gente y me acerqué. El tránsito de peatones me empujaba hacia adelante y la conversación apenas podía sostenerse en medio del ruido de la calle.
Apenas alcancé a agradecerle por sus versos. Le dije que, entre todos, había uno que me acompañaba desde hacía tiempo: el final de su poema “Tránsito de la estrella”. Y casi sin pensarlo se lo recité allí mismo, en mitad de la vereda: “hondo es el tedio / si no llega el mar / a salvarnos”.
Es un cierre que funciona como una tabla de salvación: unos versos a los que aferrarse. En esa imagen final, el mar —símbolo recurrente en la tradición cubana— aparece como una posibilidad de redención frente a un mundo opaco y desgastado.
Ella me escuchó con una mezcla de sorpresa y pudor. Sonrió, ligeramente sonrojada, como si el gesto le resultara excesivo para una escena tan cotidiana. Luego respondió con un “gracias” breve, casi susurrado, antes de seguir caminando junto a Dulma, retomando ese paso lento con el que ambas atravesaban la ciudad.
En cuestión de segundos volvieron a perderse entre la gente de la avenida 23. La escena fue mínima, casi fugaz. Pero quedó en mi memoria como una de esas pequeñas revelaciones que solo ocurren en la calle: el instante en que una poetisa enorme vuelve a ser simplemente una mujer caminando por La Habana, mientras sus versos —sin que muchos lo sepan— siguen acompañando silenciosamente a quienes los llevan consigo.
Ahora que Lina ya está en tránsito hacia su estrella, volvamos a ese poema intenso y poco común: abrupto, lleno de asociaciones inesperadas. Una escritura arriesgada, visionaria, cargada de intuiciones, como lo fue también su vida.

Tránsito de la estrella
pero el correr es amplio
a la avenida de la extraña cuestión.
se abre el silencio de los potros
y en la enguantada estrella que transita
se desgaja la luz del aire mortecino.
¿a quién dibujarás en la segunda lucha?
tienen maneras que sí son las nuestras
y acaparas las noches abortadas.
ven a mi asiento colonial
para encender las noches más oscuras
compartiendo el pan con los hermanos.
la vela irá royendo lo negro en las paredes
y la ventanilla se saldrá por las ventanas.
del ajedrez caerán sus piezas por la vida
y el muchachito peleará por su cabello lacio.
hondo es el tedio
si no llega el mar
a salvarnos.











