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Silvio y un crisol de rostros para la historia

Silvio en el Zócalo. Foto: Kaloian Santos.

Ha pasado casi un mes del concierto de Silvio Rodríguez y sus compañeros de música en el Zócalo, en Ciudad de México, y el crisol de rostros y sentimientos de las más de cien mil almas congregadas aquella noche, no se borran de mi retina. Resuena en mis oídos aún las voces bajo la llovizna vitoreando ¡Oe, oe, oeeeee, Silviooo, Silviooo! o coreando al unísono “Oleo de mujer con sombrero”, “Ojalá” y “El necio”, entre otras emblemáticas canciones. Rememoro las fotos de esa velada. Releo algunos apuntes que tomé en varios tramos de la noche (porque con mi cámara no me alcanzó para registrar tantas sensaciones), y me estremezco.

Ese recital fue un reencuentro ansiado. Histórico. El cantautor y el público méxicano vibraron una vez más después de un largo impasse de ocho años, desde su última gira por escenarios mexicanos. Además de terminar con esa larga espera, fue épico volver a juntarse, abrazarse y cantar así, en un gran concierto, después de la tortuosa pandemia y el largo confinamiento para salvaguardar la vida.

Por todo eso y más, desde muy temprano en la mañana de ese viernes, ya había una larga fila a la espera del concierto.

Debido a ese amor y fidelidad, cuando apareció la lluvia, minutos antes de que salieran a escena los cubanos, las cien mil personas se quedaron y no abandonaron el recital.Se escucharon los aplausos con más efusividad y, desde el escenario, se podía apreciar como un mar de sombrillas cubrió la histórica plancha de la mayor y más importante plaza de México.

Ante ese contexto, Silvio, los músicos y el equipo técnico correspondieron con una velada memorable de casi tres horas, con un repertorio más largo, sentido y potente, incluso, que el presentado en el Auditorio Nacional de México, donde se presentaron en dos oportunidades, en esa misma semana.

Ver el Zócalo, de aproximadamente 46.800 m², desbordado de gente y bajo un aguacero fue impresionante. Esa cifra de más de cien mil personas congregadas para escuchar a un Silvio arropado de sus canciones, con grandes músicos acompañándolo y un sencillo diseño de luces es mucho más que un dato cuantitativo. Al sumergirnos en esa marea encontramos un fenómeno sociológico para destacar: una diversidad generacional aplastante. A los sesentones y setentones, franja etaria que, por excelencia, podríamos decir que componen a la mayoría de los seguidores del autor de “Ojalá”, la superaron con creces los veinteañeros y treintañeros que se mezclaron con los de cuarenta y cincuenta.

La mayoría de los que conforman ese grupo juvenil llegaron al recital con la expectativa de ver en vivo y directo a Silvio por primera vez. Y no fueron de la mano de sus padres quienes, de seguro, les legaron las canciones y discos del trovador porque forman parte ineludible de la banda sonora de sus vidas. Esos jóvenes estaban ahí con sus amigos, en ambiente de cofradía, como exactamente hacían sus padres en los noventa y hasta los padres de sus padres —esos contemporáneos con el trovador—, en los ochenta.


Había de esas muchachas y muchachos quienes ya estaban desde antes del amanecer en las inmediaciones del Zócalo, en la fila que se fue armando a medida que transcurría el día, a la espera, para agenciarse un lugar cerca del escenario. Y ahí, en la noche, podías verlos en pleno concierto, desafiando la lluvía, apretados entre la muchedumbre, esas caras lozanas emocionadas y ebrias de gozo coreando “Una mujer se ha perdido/ conocer el delirio y el polvo,/ se ha perdido esta bella locura,/ su breve cintura/ debajo de mí./ Se ha perdido mi forma de amar,/ se ha perdido mi huella en su mar”.

¿Por qué esos temas, compuestos algunos hace más de tres décadas, cuando estos jóvenes ni pensaban nacer, calan tan hondo en esa masa juvenil? ¿Qué tienen que ver esas canciones con sus dinámicas y realidades contemporáneas? Alguna explicación, entre muchas otras, la podemos encontrar en la función vital y capacidad del arte de acompañarnos en el transcurso de nuestras historias personales y colectivas. Es un ejercicio perenne a la conciencia crítica y, a su vez, un abrazo de esperanza.

Es como una filosofía de vida. Hay un extraordinario camino labrado por el poeta para describir y traducir cuestiones tangibles, cotidianas, rutinarias y sentimentales por las que transitamos los mortales. El amor, la rabia, el dolor y más no es una moda. Es parte constante de la vida. En este caso una canción de Silvio —ni ninguna otra de cualquier autor— transforma el mundo, pero sí tiene la inigualable capacidad de acompañar a quienes, como esos jóvenes y los demás, estamos convencidos que la vida es bella y en colores, como cuenta el propio Silvio en su disco Rodríguez, que le inculcó su padre.

Otra de las cuestiones que creo acercan al “hijo de Argelia y Dagoberto” a ese público multigeneracional es su capacidad para escapar de las complacencias, facilísimos y acomodos. Incluso de las etiquetas del exitismo. No se debe a su público sino a sí mismo y a su obra. Tengo la sensación que todo el tiempo busca ser disruptivo. Es más, creo que esquiva su propia leyenda. Aplasta a su propia sombra. Siempre fue y ha sido así.

A esta altura el cantautor podría llenar teatros y plazas a guitarra limpia y con un repertorio compuesto de sus temas más emblemáticos. Tocar un par de acordes y dejar que el público coree hasta el final. Sin embargo, se reinventa siempre. Asume riesgos y desafíos. Silvio, rodeado de músicos excepcionales donde confluyen generaciones, formaciones musicales y estilos, es capaz de proponer nuevas canciones y arreglos.

Precisamente la banda/familia que lo acompaña es un pilar ineludible desde hace un buen tiempo: Rachid López en la guitarra, Maikel Elizarde en el tres, Niurka González en la flauta y el clarinete, Oliver Valdés en la batería y la percusión, Jorge Reyes en el contrabajo, Jorge Aragón en el piano y Emilio Vega en el vibráfono. Como invitada, en esta gira, estuvo la joven pianista Malva Rodríguez González. En los controles del sonido están Olimpia Calderón, Enzo Estrada y Jerzy Belc (El Polaco). A pie de escena, en los detalles de la organización, Amin Blanco y Mirta Almeida y los argentinos Fernando y Martín, de Alfiz Producciones, entre otros “invisibles imprescindibles”.

Con el line up musical fuera de serie que lo segunda desde hace unos cuantos años (algunos desde hace décadas), el trovador moldea sus arreglos y melodías en una labor colectiva, exquisita y ardua. De ese laboratorio creativo han salido los arreglos de canciones tan diversas entre sí como “Danzón para la espera” o “América”. Y piezas icónicas y establecidas en el imaginario sentimental del público, como pueden ser “Días y Flores” u “Óleo de mujer con sombrero”, llegan frescas y con una vuelta de tuerca musical que parecen recién salidas del horno.

En esa combinación de factores asoma la sostenida capacidad creativa de Silvio a lo largo de tantos años de carrera. Es excelente el momento profesional por el que transita. “A Silvio le pasa la historia pero parecería que no le pasa el tiempo”, le escuché decir a una chica en el Zócalo. Y es cierto. Silvio mantiene su pluma afilada y tierna. Entre los muchos ejemplos, expongo dos de los temas de su disco “Para la espera”, publicado en 2020, en plena pandemia. Uno es “Viene la cosa”, donde advierte que Viene la cosa, por más que sea injusta y ofenda;/ viene la cosa a exhibir desparpajo total;/ Viene la cosa invocando lo que le convenga,/ porque ha pasado de moda la noble moral. Y el otro es “Después de vivir” donde nos confirma “…lo que hay que salvar./ Por ejemplo, lo que sé:/ mi buena suerte para encontrar/ de todo, incluso lo que no fue”.

También sostiene su voz. Se le escucha nítida, limpia, cuidada y natural. Los técnicos no necesitan echar mano a algunos camuflajes de esos que traen hoy las nuevas tecnologías para proyectar hacia afuera algo que no es. Es Silvio como siempre: en cuerpo, pluma, voz y alma. Y, como un atleta de alto rendimiento, se banca con creces cantar una treintena de temas en varios conciertos de más de dos horas cada uno. Por si fuera poco, cuando termina, ya abajo del escenario, cuando ha bajado el telón, no se lo nota cansado. Más bien, con energía para unos cuantos bises más. Unos días antes , tras el primer concierto en el Auditorio, un amigo productor y musico, había notado lo mismo. Cuando fue a saludarlo a Silvio le soltó: “Asere, tienes la piedra en talla”, refiriéndose a la voz, con una frase popular conocida entre músicos.

Sobre la convocatoria multitudinaria de sus conciertos es algo que sucede desde los ochentas del siglo pasado. Hay que destacar que en 1989 emprendió la “Gira por la patria”. Arrancó con un concierto a guitarra en el Pico Real del Turquino, en la Sierra Maestra, en el punto más alto de la Isla, a la sombra del monumento de José Martí. El cantautor continuó el periplo de Oriente a Occidente, acompañado por la banda Afrocuba. Dos meses después culminó en La Habana, en una abarrotada Plaza de la Revolución. A lo largo y ancho de Cuba se estima que asistieron a esos recitales decenas de miles de personas.

Siguieron presentaciones en el teatro “Karl Marx”, el Coliseo de la Ciudad deportiva de La Habana, otras giras nacionales como “Hacia una Cultura de la Naturaleza”, en 2005; “Expediciones”, por centros penitenciarios de Cuba, que comenzó en los noventa y retomó en 2008. Y, en la última década, por más de cien barrios cubanos en lo que el propio Silvio ha llamado “la gira interminable”.

Allende los mares resuena, por ejemplo, la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, el mayor coloso taurino de España, donde a plena capacidad del recinto se grabó en vivo el álbum “Mano a Mano”, que compartió Silvio con su amigo Luis Eduardo Aute, el 24 de septiembre de 1993. Y el año pasado, casi saliendo de la pandemia y también en la capital española, llenó el microestadio WiZink Center. Lo mismo sucedió en 2010 de gira por Los Estados Unidos en ciudades como Washington, Orlando y hasta el mítico Carnegie Hall, en Manhattan. En 2017, en el Parque Central de Nueva York, también disfrutaron de un concierto de Silvio en vivo y directo.

En latinoamérica el fenómeno convocante ocurre con mayor fuerza. Argentina, Chile, Uruguay, Ecuador, Bolivia, México, Panamá y República Dominicana han sido algunos de los países visitados por Silvio. En Argentina, tras presentarse por primera vez con Pablo Milanes en 1984, en el estadio Obras Sanitarias y ofrecer 14 conciertos al hilo, desembarcó en 1985 en el imponente estadio Luna Park. Desde ese año y hasta 2018, que fue su última presentación en este escenario, fue una constante el cartelito de “agotadas las entradas”.. En Santiago de Chile, en una legendaria actuación en el Estadio Nacional, en 1990, ante 80 mil personas grabó el disco “Silvio Rodríguez en Chile”, con Chucho Valdés e Irakere e Isabel Parra y su grupo como invitados. En la gira por el cono sur de 2018, que incluyó un periplo por ciudades de Chile y Argentina, cerró sus actuaciones ante cien mil personas en un concierto gratuito en una avenida de la ciudad de Avellaneda.

En el Zócalo esta fue la cuarta vez que el fundador del Movimiento de la Nueva Trova se presentó. La primera fue en 2005, luego en 2007 y el 29 de marzo de 2014, en tercera oportunidad, también repletó este sitio, como ahora, con más de cien mil personas.

Vuelvo sobre las fotos del concierto en El Zócalo. Paneo mi mirada sobre los rostros y sus expresiones, ahora congelados dentro de las instantáneas. Dicen mucho. Es algo que supera lo estrictamente cultural y artístico. Pasará mucho tiempo para que logré dimensionar en su justa medida la hazaña protagonizada por el trovador y el público en la capital azteca, de reunirse bajo la lluvia y en los tiempos que corren, a vibrar a pulso de canciones.