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Es el primer año de Josué en la carrera de Contabilidad y Finanzas en la Universidad de La Habana. La Facultad, ubicada en la céntrica calle L, está flanqueada por el emblemático cine Yara y tiene de frente la famosa heladería Coppelia. Entre semana, apenas unos años atrás, los alrededores solían estar ocupados por estudiantes que entraban y salían del edificio en busca de algo para almorzar o de un muro donde sentarse a matar el tiempo entre clases. Esa es una vida que Josué, recién ingresado a la carrera, todavía no ha podido experimentar.
“Ahora mismo las clases son a distancia por la plataforma EVEA [Entorno Virtual de Enseñanza-Aprendizaje]”, cuenta vía WhatsApp.
Vive en Boyeros. De su casa a la Universidad debe tomar un taxi que le cuesta aproximadamente mil pesos. Una vez por semana, él y sus compañeros se presentan en el edificio de la Facultad para la aclaración de dudas, el único momento en que tienen contacto directo con un profesor y pueden hacer las preguntas más importantes antes de cada evaluación. Disponen de una hora y deben aprovecharla al máximo. “¿Cómo vamos a tener dudas si ni siquiera nos han dado clases presenciales?”, cuestiona Josué.
El resto del tiempo, Josué y sus compañeros consultan el contenido de las tres asignaturas obligatorias que cursan este semestre, además de otras tres complementarias.
“Las clases no son ni por conferencia ni grabadas. Todo está en la plataforma, pero lo que hacen es subir los documentos en PDF de los libros por los que tienes que estudiar, y a veces también mandan tareas evaluativas que tienes que resolver. Y luego las puedes mandar por correo electrónico a los profesores o por WhatsApp. La plataforma registra las veces que entras y sales”, cuenta, explícitamente desmotivado e inconforme con lo que ha sido hasta ahora su experiencia como estudiante universitario.

A la frustración de no tener clases, Josué suma la imposibilidad —bastante frecuente dada la situación energética que atraviesa hoy Cuba— de acceder cuando quiere o tiene tiempo para estudiar a los contenidos disponibles en la plataforma.
“Entre los problemas de conexión y los apagones, uno se desmotiva, la verdad. Muchos de mis compañeros o no tienen buena conexión o les quitan la corriente por más de 12 horas. Eso les dificulta entrar a la plataforma y consultar los contenidos de las clases”, dice.
Algo similar le ha ocurrido a Rubén, quien está a punto de concluir el cuarto año de Sociología y se vio especialmente afectado durante la etapa de trabajo de campo para su tesis.
“Básicamente, tenía que estar moviéndome a casas de amistades mías que sí tuvieran conexión o electricidad para poder adelantar. También lo del transporte me afectó en el proceso, dado que no pude hacer las entrevistas presenciales que eran parte de la muestra”, contó a OnCuba.
La incertidumbre sobre el futuro atraviesa hoy buena parte de la enseñanza superior cubana y, por tanto, a los jóvenes. A punto de graduarse como licenciado en Sociología, Rubén siente que las oportunidades de ejercer en Cuba se estrechan.
“Mucha gente que no puntuó bien en el escalafón para las ubicaciones laborales no va a hacer el Servicio Social. Siempre oigo el comentario de ‘al final para qué voy a perder dos años como está la cosa, cuando podría estar trabajando’. Yo sí tengo pensado hacer el Servicio Social, pero mientras tanto voy a buscar una maestría con beca para seguir avanzando en los estudios”. Josué piensa igual: “Quisiera conseguir una beca para una maestría en el extranjero”.
Los cambios inevitables y sus consecuencias
Uno de los cambios más importantes en el sistema educativo cubano este año fue la suspensión de las pruebas de ingreso para acceder a la universidad. El pasado 20 de mayo, el Ministerio de Educación Superior determinó que el acceso a las carreras universitarias dependería del índice académico acumulado por los estudiantes durante el preuniversitario, el conocido “escalafón”.
La medida traslada el peso de la selección al rendimiento sostenido de cada alumno a lo largo de esa etapa formativa. Sin embargo, en el contexto actual, marcado por la crisis económica, los apagones y las dificultades materiales que afectan el proceso de enseñanza y aprendizaje, no parece que esta decisión vaya a aliviar la presión sobre los aspirantes, quienes concluyen la enseñanza media arrastrando los déficits materiales y de contenido lectivo que ha propiciado la crisis.
El cambio llega, además, en un momento en que las desigualdades entre centros educativos de niveles anteriores al superior se han acentuado. Así lo refleja el testimonio de Lisandra, madre habanera que tiene a su hijo matriculado en una escuela de música, donde las condiciones suelen ser mejores que en otros centros. “En música no se ha sentido mucho. El nivel y la preocupación del claustro es mayor; aun así tuvieron que reducir el programa”, relata.
A nivel de enseñanza superior, alumnos como Leo, estudiante de la carrera de Ciencias de la Información en la Universidad de La Habana, sienten que, en vez de aligerar la carga, la dinámica en las facultades es opresiva. “No quiero generalizar porque hay profesores muy comprometidos y comprensivos, pero también existe la percepción de que, en ocasiones, las exigencias académicas no se corresponden con las condiciones reales en las que estamos estudiando. Muchos hemos planteado alternativas o formas de adaptar ciertos procesos a la situación actual, pero no siempre sentimos que esas propuestas sean escuchadas”, contó a OnCuba.

Enseñanza básica, entre alumbrones y resistencias
El impacto de la crisis energética y material sobre el sistema educativo cubano no se limita a las universidades. En la enseñanza básica, familias y docentes también han tenido que reorganizar rutinas, horarios y métodos de aprendizaje para adaptarse a una realidad marcada por los apagones y la escasez de recursos.
En un videorreportaje publicado el pasado 1 de junio, la maestra de primaria Yuraimi Rodríguez, entrevistada por la Unesco, alertó sobre las dificultades que, como docente, está viviendo y percibiendo también entre sus estudiantes. “Tratamos de no ser esquemáticos, sino flexibles, porque así como uno se agota, ellos también. Vivo en Arroyo Naranjo y estoy trabajando en Plaza. Me mantuve aquí para no dejar a mis alumnos. Es una batalla diaria. Tengo que coger dos máquinas para llegar aquí. Todo el tiempo estamos revolucionando para poder trabajar y darlo todo”, contó.
Como Yuraimi en las aulas, dentro de los hogares cubanos otra figura central sostiene el peso de la minimización de las instituciones educativas en la formación y la acogida a los estudiantes: las madres.

En uno de los alumbrones del apagón permanente que parece vivir Cuba, Yaneisi, vecina del municipio Playa y madre de una niña de primaria y de un adolescente matriculado en el preuniversitario, cuenta a OnCuba sus pesares:
“Como madre, me duele muchísimo esta situación. Muchas veces los profesores tratan de dar el mayor contenido por las mañanas y trabajar hasta el mediodía. Con los apagones, en la primaria las clases son de lunes a jueves. Por suerte, yo no trabajo. Pero los padres que trabajan pueden llevar a los niños a la escuela porque siempre hay maestras; siempre va a haber un personal docente encargado”.
Cuenta esto con cierto alivio, agradecida de tener flexibilidad para cuidar a su hija más pequeña en los momentos en que la escuela no puede hacerse cargo.
Aunque no solo los días de acogida de los pioneros en las escuelas se han visto reducidos por la crisis. Esta también ha tenido un impacto directo en los recursos que cada centro puede ofrecer a los estudiantes, entre ellos la alimentación.
“Sigue el seminternado, pero casi no entra nada. El menú es chícharo y piña, chícharo y arroz, y así. Y en ocasiones también hay problemas con el gas, que cuando está esa situación es hasta el mediodía”, refiere Yaneisi.

A pesar de todas las dificultades, se siente orgullosa del esfuerzo que están haciendo sus hijos por mantener un buen desempeño lectivo.
“Yo siempre les doy mucho ánimo y trato de complacerlos, dentro de lo que cabe. Al del pre este curso no le dieron libros. Estudiaban por las clases que les indican los profesores y alguna bibliografía que tenían digital, por los apuntes de las clases y por algún material que pusiera el profesor por un grupo de WhatsApp. Y la de primaria estudia por libros que muchas veces están deteriorados, y les dan uno por mesa. Cuando hay trabajo práctico, se los dejan llevar para la casa y trabajan en equipos, o casas de estudio. Los libros de primaria nuevos están digitalizados”.
En el caso de Migdalia, madre holguinera de un estudiante de cuarto grado de primaria, las cosas pintan parecido. Aunque su hijo ha tenido la suerte de contar con el apoyo de una maestra comprometida con el curso, la dinámica ha tenido que ajustarse al momento: “Este año no va a tener pruebas finales. La maestra ha tratado de impartir todo el contenido. Durante todo el curso ha realizado evaluaciones sistemáticas con las lecturas extraclase y con las diferentes tareas de las materias que tienen que entregar. Gracias a Dios, mi hijo está con una buena maestra. No creo que se vayan a quedar con contenidos pendientes”.

Un problema mayor de lo que parece
Ante las limitaciones del sistema para garantizar condiciones básicas de enseñanza y el consecuente repliegue de las instituciones de educación públicas, muchas familias que pueden permitírselo han recurrido cada vez más a las clases particulares para complementar la formación de sus hijos.
Aunque los repasadores forman parte desde hace años del ecosistema educativo cubano, hoy parecen haberse convertido menos en un apoyo adicional que en una herramienta para compensar las carencias de un sistema sometido a una presión creciente.
Yaneisi, por ejemplo, ha tenido que pagarles repasadores particulares a sus dos hijos. “A la más pequeña porque cuando estaba en primer grado cerraron todo por la COVID-19 y para mí era muy difícil enseñarla a leer y a escribir sin tener la habilidad metodológica o pedagógica para hacerlo. Y al mayor, que está en el pre, porque no entendía a los profesores y a veces las clases eran insuficientes, además de que las suspendían continuamente”, dice.
Según un reporte de IPS, en marzo de este año los repasadores privados eran 17,85 % más caros que en 2025. El testimonio de Yaneisi lo comprueba: “Cuando empezó, el repasador de la niña costaba 5 CUC al mes, tres veces a la semana; luego subió a 500 pesos cubanos y ahora a 1000. El de mi hijo, que está en el pre, depende de lo que cobre el profesor por clase, pero está entre 250 y 500 CUP”.
Para complementar el aprendizaje de su hija menor, matriculada en la primaria, recurre a clases particulares al menos tres veces por semana. En el caso de su hijo mayor, los repasos abarcan Matemática, Física y Química, con sesiones de dos horas al menos una vez por semana. “Y para las pruebas de ingreso Matemática, Español e Historia una vez por semana”, remata. Como promedio, solo en repasos extraclase fijos Yaneisi desembolsa 2 mil CUP al mes, lo que equivale al 28 % de un salario medio en Cuba, que en abril de este año era de 6930 CUP, de acuerdo con cifras de la ONEI.

En agosto de 2025, las cifras oficiales apuntaban a un aumento del déficit de maestros y profesores en las aulas cubanas. En aquel momento, el nivel más afectado era la Educación Técnico-Profesional (ETP), con una cobertura de docentes de apenas 51 %, aunque otros como el preuniversitario no llevaban demasiada ventaja (apenas 62 % de cobertura).
Un año después, la situación parece agravarse bajo la presión energética de Washington y el cerco cada vez más limitado del gobierno para maniobrar salidas, además de otros factores como la movilidad profesional de los docentes en busca de ocupaciones mejor remuneradas en sectores como el privado, o incluso la emigración.
“Muchos de nosotros estamos desmotivados para estudiar en la universidad”, lamenta Josué, entrevistado para este reportaje. La pregunta que ya comienza a rondar el imaginario de muchos estudiantes aspirantes al nivel superior, como él, es la de hasta qué punto tiene sentido invertir tiempo en la formación en la Cuba de hoy, tan atravesada por la precariedad y en la que estudiar se ha convertido, más que un alivio, en un gasto y un desgaste emocional para la mayoría.
“Siento que estudiar requiere cada vez más tiempo, más recursos y más sacrificios para lograr resultados que antes podían alcanzarse con mucha menos dificultad y obstáculos”, apuntó Leo, para quien “este problema no comenzó únicamente con la crisis energética actual. Desde el año pasado, muchos estudiantes ya enfrentábamos dificultades debido al aumento de las tarifas de internet móvil. Para una gran parte del estudiantado, mantener una conexión estable se volvió mucho más difícil económicamente. Hubo intentos de diálogo y algunas medidas para atender la situación, pero muchos estudiantes consideramos que esas soluciones no resolvieron el problema de fondo. Hoy sigue siendo complicado para numerosas familias asumir el costo del internet que necesitamos para estudiar”.
El estipendio que muchos reciben tampoco logra aliviar la angustiosa tarea que supone completar una carrera en las actuales circunstancias del país.
“La última vez que recibí el estipendio fue a mitad de cuarto año, todavía no estaba en época de tesis. Fueron 4 mil CUP. Tenía su fallo; por ejemplo, un mes no te pagaban o te pagaban un mes doble y no te pagaban dos meses cosas así, una locura que no era constante, pero la tarifa es de 450 CUP al mes. Eso antes sí servía para algo. Pero actualmente un carro de Playa, donde yo vivo, al Vedado ya te cuesta más de 450 CUP, o sea que el mes ya se te fue en un solo viaje hasta la Universidad”, contó Rubén.
En medio de este escenario crítico, las familias intentan buscar soluciones individuales para un problema cuyos efectos más perjudiciales todavía están por verse a mediano y largo plazo. Diversos estudios sobre crisis económicas y educación han mostrado que el deterioro de las condiciones de vida no solo afecta los recursos materiales disponibles para el aprendizaje, sino también las decisiones familiares sobre la continuidad de los estudios, al aumentar las restricciones económicas y redefinir las prioridades del hogar.
En Cuba, donde muchas familias enfrentan dificultades crecientes para sostener gastos básicos, las consecuencias podrían traducirse en una reducción de graduados de niveles superiores o incluso fenómenos de subalfabetización y lagunas persistentes en el aprendizaje.












