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Al terminar la Licenciatura en Psicología en la Universidad de La Habana, María Carla Figuerola Domenech (La Habana, 1987) vio su vida profesional tomar un rumbo un poco inesperado, aunque no del todo distante del camino que ella ya soñaba con explorar mientras cursaba la carrera: la cosmética natural y la sostenibilidad.
“El interés fue progresivo. Siempre tuve sensibilidad hacia el mundo de la belleza, la estética, los salones son espacios sociales muy interesantes. Cuando recuperé mi cabello afro rizado natural, esa experiencia se convirtió en una pregunta: ¿no iré más allá?”, contó a OnCuba. “Fui encontrando respuestas en mi propia vida y en las historias de otras personas. Durante la pandemia me sorprendí con la aparición de nuevas marcas de cosmética natural, con productos que empecé a incorporar a mis rutinas. Y esa doble afirmación —que se puede vivir bien y al mismo tiempo vivir en sostenibilidad— me ganó profundamente. Me sigue ganando hasta hoy.”
A levantar de cero los cimientos de su marca, EcoRizos, comunidad de producción y consumo responsable que nació primero de la búsqueda personal y después como oferta a una demanda colectiva (la cosmética natural y con menos química para el cabello rizado y crespo, sobre todo entre mujeres negras), se ha dedicado desde aquel giro de timón esta habanera.
Aunque su intención inicial no contemplaba la posibilidad de manufacturar y vender productos, esto fue mostrándose necesario a medida en que el proyecto debió hacerse más rentable en un contexto tan adverso para los pequeños negocios como el cubano.

En medio de una economía tan depauperada, la resiliencia de María Carla y su empuje hacia la concreción de proyectos ambientalmente sostenibles y al mismo tiempo rentables ha demostrado que emprender “verde” en Cuba no solo es posible como también un nicho de oportunidades poco exploradas. Entre ellas, destaca la cuestión de los desechos y residuos, un asunto ampliamente debatido en la esfera cubana actual que se ha vuelto, además, una cuestión de sanidad pública y para la cual hacen falta respuestas eficientes ante las que el sector privado estaría dispuesto a dar el paso.
Pensando además en otro de sus “resentimientos”, la falta de más conversación pública sobre emprendimientos y sostenibilidad, María Carla puso en marcha junto a Tercer Paraíso y el Proyecto de Desarrollo Local “La Mina” Emprende Verde, un proyecto de comunicación sostenible en formato de podcast. “Es un gesto de difusión y una posible transformación: algo que puede tocar sensibilidades dentro y fuera del país, conectando con realidades que ya están ocurriendo en distintos territorios”, contó con entusiasmo a través de un diálogo vía WhatsApp.
¿Qué caracteriza a un emprendimiento ecológico o ambientalmente responsable?
Son aquellos negocios que integran prácticas de responsabilidad socioambiental. Y esta responsabilidad no es solo una acción puntual, sino una directriz ética que atraviesa la filosofía del negocio, su propuesta de valor, su estrategia y su manera de operar. No es un compromiso que deba desplegarse de una vez en todos los ámbitos: es un proceso. Como todo proceso de búsqueda, implica atravesar zonas de incertidumbre, aprender en el camino, dejarse transformar por la realidad.
Un negocio “verde” tiene la responsabilidad de sostenerse económicamente, pero se rehúsa a quedarse en la reproducción de valores que comprometen el presente y, sobre todo, el futuro de la casa común, que es la Tierra.
¿Por qué crees que es importante hablar hoy de sostenibilidad también en el ámbito de los pequeños negocios?
Hablar de responsabilidad socioambiental en Cuba, más que una novedad, ha sido siempre una necesidad. Lo que ocurre es que la noción de responsabilidad ha ido cambiando. En el contexto cubano —insular, caribeño, en desarrollo— la sostenibilidad no puede entenderse como un lujo de algunos emprendimientos más sensibles. Incluso en medio de las dificultades para garantizar condiciones básicas de vida, no es un lujo: es un criterio de desarrollo.
El Período Especial en los años 90 lo demostró: las alternativas comunitarias y ciertas prácticas implementadas en Cuba permitieron reencontrarnos con saberes y formas culturales que ya existían. El reto está en traducir esas prácticas —que emergen desde la subsistencia— en prácticas éticas, dignas y desarrolladoras.
¿Cómo pueden los negocios, emprendedores y empresarios cubanos incorporar más prácticas de responsabilidad ambiental en su trabajo?
Lo primero es proponérselo: mirar el negocio desde otro lugar. Más allá de incentivos o marcos regulatorios, se trata de un compromiso.
Lo fundamental es identificar en qué puntos del negocio pueden introducirse prácticas verdes. Estas pueden comenzar como gestos —que implican esfuerzo adicional y revisión de procesos— pero con un propósito claro. Luego, esos gestos pueden escalar hacia compromisos más sistemáticos y hacia alianzas con otros actores. Porque este no es un camino solitario. Es, por naturaleza, un camino comunitario, local, colectivo y profundamente cultural.
Lo importante es traducir la intención en estrategia, con honestidad: identificar qué se puede hacer hoy, aunque sea a nivel gestual, y cómo esos gestos pueden convertirse en prácticas sostenidas en el tiempo.
¿Cómo nació EcoRizos?
Mi formación de base es en Psicología, y creo que así surgió EcoRizos: como un espacio de confluencia entre diferentes intereses, inquietudes y prácticas profesionales. Siempre subrayo que no fue un acto individual. A mí me gustan mucho las cosas colectivas. Es un proyecto que se co-creó con dos personas muy importantes en mi vida: Carlos Enrique Díaz Errasti y Adis Martínez. Después de un tiempo, estas personas tomaron decisiones distintas, en gran medida condicionadas por el complejo contexto para emprender en Cuba. Pero fueron fundamentales: la idea tomó forma con ellas y le aportaron buena parte de su savia original.
EcoRizos tiene que ver con esa doble intención entre bienestar, cultura y placer, siempre que impliquen sostenibilidad. Y esa sostenibilidad conlleva un compromiso de responsabilidad socioambiental en nuestros estilos de vida, en los modelos de negocio y en los mensajes que socializamos.

EcoRizos también mira hacia mujeres de cabello rizado y crespo, sobre todo las afrocubanas. ¿Qué lugar ocupa esa dimensión dentro del proyecto?
En un momento, EcoRizos tuvo una intención marcada de trabajo con comunidades afro rizadas y afro estéticas. Con el tiempo, y a partir de un acercamiento más profundo a la cosmética natural, comprendí que cada marca y cada comunidad ha llegado a este campo impulsada por necesidades no satisfechas por la industria tradicional.
En el caso de las culturas afro estéticas, existe una narrativa clara sobre el dominio del cabello como forma de control del cuerpo, y una contra narrativa que hoy se revisita desde un lugar más lúdico, más sensual, también político. Esa contra narrativa reivindica el cabello afro rizado y natural como un gesto de autorrecuperación.
He visto personas llegar a la cosmética natural por vitiligo, dermatitis, psoriasis, pieles atópicas o simplemente por búsqueda de salud. Por eso, la cosmética natural no es patrimonio exclusivo de comunidades afro centradas, aunque tenga allí un capítulo importante. En ese sentido prefiero pensar EcoRizos como un lugar donde podemos hablar de cosmética, bienestar y sostenibilidad desde cualquier lugar, género, color o condición, siempre que nos sentemos como iguales a la mesa.

¿Sientes que hoy existe en Cuba un cambio de mentalidad en torno al cuidado y valorización del cabello de mujeres racializadas?
El cabello sigue siendo un espacio de control social. Hoy hablamos con mayor libertad sobre los cabellos naturales, existen categorías, comunidades y marcas enfocadas en ello. En el caso del cabello de mujeres racializadas, se evidencian claramente las formas de control social y también sexual desde el género. El cabello, como parte del cuerpo negro femenino, ha sido históricamente un espacio de regulación.
Todavía hoy persisten miradas que lo califican como sucio, descuidado o poco estético, desde lógicas claramente racistas. Sin embargo, más allá de la narrativa tradicional, la discusión ha derivado también hacia nuevas formas de estandarización: se acepta el cabello natural, pero bajo ciertos parámetros.
Falta descolonización también ahí. Hace falta educación, sensibilidad y, sobre todo, la capacidad de naturalizar el cabello en todas sus formas como un lugar de goce. Un cabello saludable ya es, en sí mismo, un signo de bienestar. Muchas veces, un cabello opaco o deteriorado habla de estrés, de dificultades económicas o de problemas de salud.
¿Crees que iniciativas como EcoRizos son una consecuencia de ese cambio cultural o una causa que lo impulsa?
Me gusta pensar que podríamos llegar a ser causa de nuevos impulsos, pero con respeto. En Cuba existen importantes antecedentes de trabajo enfocados en los cabellos afro rizados y naturales. Son proyectos de los que somos colegas, deudoras, aprendices, admiradoras. Pienso en Lo llevamos rizo, en la marca Qué negra, en Beyond Roots, en Tilán, en la Cátedra de Estudios Nelson Mandela, en los feminismos y afro feminismos latinoamericanos y caribeños. También, desde el lado de los negocios, en ThaliAfro, con una trayectoria coherente y activista.
Se puede crecer juntas desde la colectividad.
¿Qué tipo de productos desarrollan y qué criterios ambientales guían su elaboración?
Nuestro catálogo es todavía discreto: algunos macerados, oleatos, bálsamos puntuales y jabones. Muchos de estos productos se desarrollan desde una lógica colaborativa. Al ser una microempresa, prefiero aunar fuerzas con otras marcas y emprendedoras de la comunidad.
Me gusta subrayar, en la medida de lo posible, el uso de materias primas y activos de base local: miel de abeja, cera de abeja, aceites derivados de la moringa, del coco, del cacao, producidos nacionalmente. Trabajamos sin colorantes o aromas artificiales, y en general nos apegamos a los colores propios de las mezclas.
Existe también una preocupación por utilizar la menor cantidad de empaques y envases posible, así como una política de recuperación y reutilización. Priorizamos envases de vidrio, que puedan reutilizarse indefinidamente. En diciembre pasado, por ejemplo, experimentamos con jabones de glicerina moldeados en cajas de jugo tetra pack, explorando moldes no convencionales que permitan reducir residuos.

¿Qué significado tiene producir cosméticos de forma responsable en el contexto cubano actual?
Producir cosmética sostenible en el contexto cubano es, en cierta forma, nadar a contracorriente. Aunque el número de personas sensibilizadas crece, persiste una preferencia cultural por lo foráneo sobre lo nacional y por lo industrial sobre lo artesanal.
Debo decir que un emprendimiento verde sin estrategia es sólo activismo, y suscribo esa idea. Aún estamos lejos de donde quisiéramos. Nos interesan formas más sostenibles de energía, trabajar con ciclos completos de recursos, cultivar algunas de nuestras plantas, producir compost a partir de los residuos orgánicos. Son microgestos que aspiran a escalar hacia una estrategia más coherente y funcional, donde lo estético, lo identitario y lo sostenible convivan de manera integrada.
¿Qué papel juega la educación del consumidor en tu trabajo? ¿Crees que en Cuba está creciendo la conciencia sobre el impacto ambiental de los productos de belleza?
Es importante no ver la cosmética natural artesanal como una respuesta inferior a la falta de productos industriales importados, entendidos como lo bueno o lo “original”. Esa es una característica muy propia de nuestro contexto colonial, latinoamericano y del Sur Global. En cambio, se trata de reconocer cómo ha sido también una oportunidad para legitimar saberes, prácticas tradicionales y experiencias de cuidado y acompañamiento comunitario local.
Pienso que hay mucho de cosmética natural que está en nuestras propias cocinas y que hoy está infravalorado o poco visibilizado. El nicho es aún pequeño, pero en crecimiento, y depende de la sensibilización de los consumidores, de los emprendimientos involucrados y de las instituciones que pueden facilitar su desarrollo.

Además de EcoRizos, también llevas el podcast Emprende Verde. ¿Cómo surgió la idea de crear este espacio?
Desde 2018 hago radio, y en algún momento sentí que era un ámbito que complementaba otras prácticas comunicativas que ya venía desarrollando.
La idea de Emprende Verde Podcast surge como una iniciativa conjunta entre Tercer Paraíso y Ecorizos. Es, desde el inicio, un proyecto colectivo, con el apoyo especial de Ernesto López, realizador de sonido con más de tres décadas de experiencia en emisoras cubanas. Contamos también con cápsulas de voz de Yaíma Ramos, locutora cubana de gran talento, y con la asesoría de Carla Vitantonio, ex representante de CARE en Cuba, actriz, podcaster e investigadora.
El podcast surge cuando detectamos que, tras casi diez años de trabajo de Tercer Paraíso en Cuba, aún había mucho por visibilizar. En muchos casos, estas experiencias permanecen dentro de circuitos reducidos. La intención es precisamente acercar estas historias en un formato accesible, ligero, de bajo consumo de datos y adaptable a la realidad de conectividad en Cuba.
¿Es difícil llevar adelante un emprendimiento ambientalmente responsable en Cuba?
Creo que sí, que ha sido más difícil. El marco normativo no es necesariamente alentador, y la situación actual tampoco. Los flujos globales de producción y consumo no están diseñados en esta dirección, lo que genera una tensión constante entre lo que se quiere hacer y lo que es posible hacer.
Hay desafíos económicos, institucionales, operativos y motivacionales. Pero cuando se avanza de manera progresiva y consciente, se continúa. Desde la motivación, pero también desde la disciplina. El aliciente está en entender que no hay una única forma de llegar. No es más valiosa la persona que da un gran salto que quien avanza paso a paso hasta el mismo lugar. El camino, en sí mismo, es la respuesta.

¿Cuáles dirías que son hoy los principales desafíos —y también las oportunidades— para quienes quieren emprender con una visión ecológica en el país?
Entre los desafíos, uno de los principales en Cuba es que, en términos de tiempo y esfuerzo, suele ser más rentable un modelo basado en importación y comercio que uno basado en producción local. Si a eso se le suma la producción local con criterios socioambientales, el desafío se multiplica. Existen barreras institucionales, fiscales, de acceso a inversión, de infraestructura, de equipo humano. Y también desafíos contextuales como la migración, que afecta directamente la estabilidad de los equipos de trabajo.
En cuanto a oportunidades, existen precisamente porque en Cuba aún hay sectores que no han sido completamente ocupados por capital transnacional. Hay espacio para sembrar modelos de negocio nuevos, adaptados a nuestra realidad.
Hoy, por ejemplo, la gestión de residuos es una oportunidad enorme. También lo son la producción de materiales de construcción, la rehabilitación urbana, la innovación en soluciones locales para necesidades básicas.

En el contexto empresarial, que en definitiva busca el lucro, ¿la rentabilidad y la responsabilidad ambiental pueden coexistir?
Creo que es un diálogo complejo, pero posible, necesario y fecundo. Como todo diálogo, implica negociación. Hay que repensar tiempos de retorno, estrategias, alcances, y también ampliar la imaginación empresarial.
Ambas dimensiones pueden coexistir. Lo que no es sostenible es asumir la responsabilidad socioambiental solo como voluntariado sin viabilidad económica, ni tampoco sostener modelos de negocio que ignoren sus impactos sociales y ambientales. Las alianzas son clave en ese equilibrio.
Emprender en Cuba suele implicar muchos retos. Como mujer y emprendedora, ¿qué aprendizajes te ha dejado este camino?
Últimamente es una pregunta que me hago a menudo sin tener una total claridad. No siempre logro distinguir qué tiene que ver con el contexto en un sentido amplio y qué responde específicamente a la condición femenina dentro de ese contexto.
Me resulta muy interesante un resultado de investigación de la UNESCO del año 2024 sobre las industrias culturales y creativas en América Latina y el Caribe lideradas por mujeres: los negocios con responsabilidad socioambiental eran mucho más proclives a ser liderados por mujeres, y mostraban mayor inclinación hacia la sororidad y la coherencia cultural e identitaria. Sin embargo, también eran los negocios que más dificultades enfrentaban para crecer económicamente, porque sus retornos eran más discretos y los tiempos más largos.
En Cuba, además, menos mujeres son líderes formales de negocios. Y muchas veces, incluso cuando figuran como propietarias o coordinadoras de proyectos, no son quienes toman las decisiones estratégicas. Desde ahí, los retos son constantes. Lo audaz, quizás, es avanzar a pesar de ello: atravesar las situaciones, dejarse atravesar por ellas y salir renovada, incluso sin garantías de que todo saldrá como lo pensamos.
En el contexto económico actual de Cuba, marcado por escasez de insumos y dificultades logísticas, ¿cómo logra sostenerse un emprendimiento como EcoRizos?
Ecorizos había optado inicialmente por no producir cosmética, sino por acompañar a una comunidad de marcas desde una lógica de cadena de valor. Sin embargo, la creciente complejidad del contexto hizo necesario asumir también la producción y comercialización como parte de la sostenibilidad económica del proyecto.
Siempre ha existido una tensión constante entre el sostenimiento del proyecto como espacio sin fines de lucro y la necesidad de garantizar su viabilidad económica.
Las alianzas son una parte clave de la respuesta. A través de alianzas hemos logrado llegar hasta este punto, sortear situaciones complejas, e incluso impulsar iniciativas con valor y coherencia.

¿Crees que en Cuba existe hoy un mercado para productos cosméticos sostenibles o aún es un nicho pequeño?
El nicho de la cosmética natural en Cuba sigue creciendo. No es casual que el número de emprendimientos haya crecido de cinco antes de 2020 a más de 200 en la actualidad. Eso habla de estrategias de supervivencia desde el interior del hogar, un espacio históricamente femenino. Las respuestas para sostener la vida y generar ingresos vinieron desde el mundo de los cuidados, de la belleza, de las alternativas que no existían.
Hace tiempo insisto más en hablar de cosmética responsable que de cosmética totalmente natural o totalmente artesanal, por una cuestión de alcance: un diálogo más orgánico con la industria, donde exista compromiso de ambas partes en torno a prácticas, fuentes de recursos, cadenas de valor y huella ecológica. Es un nicho aún pequeño, pero en crecimiento, que depende de la sensibilización de los consumidores, de los emprendimientos involucrados y de las instituciones que pueden facilitar su existencia y desarrollo.

¿Hay algún momento o experiencia que te haya confirmado que este proyecto valía la pena, a pesar de los tropiezos?
Creo que la confirmación ha sido progresiva, no un momento único. Cada vez que alguien llega al proyecto desde sus propias necesidades no satisfechas por la industria tradicional, o cuando una emprendedora comparte que no está sola en su proceso, o cuando el podcast conecta historias que de otro modo permanecerían invisibles dentro de circuitos reducidos. Ese efecto acumulado es lo que confirma que vale la pena.
¿Cómo imaginas el futuro de los emprendimientos “verdes” en Cuba?
En lo que hoy llamamos residuos existe una enorme fuente de recursos, de riqueza y de potencial. También hay prácticas culturales, tradiciones, formas de identidad, maneras de ser país en este contexto. Y hay, además, oportunidades de diálogo con otros contextos sociales e internacionales.
La sostenibilidad debe dejar de ser un privilegio para convertirse en un derecho. Un derecho que parte de una idea esencial: este planeta no es una herencia de nuestros ancestros, sino un préstamo de las generaciones futuras.
Imagino un futuro donde estas prácticas sean cada vez más colectivas, más comunitarias, menos contracorriente y más parte de una tendencia de desarrollo cultural. Pero para eso hace falta que no sea siempre un ejercicio sostenido únicamente por el esfuerzo y el romanticismo, sino que cuente con contextos de posibilidad, instituciones, incentivos y diseño de país.
Para cerrar, ¿por qué apostar hoy en Cuba por una cosmética natural, consciente y pensada para cabellos afro y rizados?
Porque poder dedicar tiempo al cuidado personal es también un privilegio, una forma de disfrute, de emancipación y de autoexploración. Y porque la doble afirmación de que se puede vivir bien y al mismo tiempo vivir en sostenibilidad sigue siendo posible, y necesaria.
EcoRizos es ese espacio: entre bienestar, cultura y placer, siempre que impliquen sostenibilidad.
Desde cualquier lugar, género, color o condición, siempre que nos sentemos como iguales a la mesa. El camino, en sí mismo, es la respuesta.











