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Un siglo después sigue generando impresión y misterio la icónica palma real atravesada de lado a lado por una viga de madera… La imagen, que de no constar en fotograma sonaría a cuento de camino, se volvió la postal por antonomasia del famoso Ciclón del 26 —así lo bautizó la voz popular— y en evidencia estremecedora de su categoría. Imitando la legendaria espada en el corazón de la piedra, el listón se clavó en el tronco del árbol nacional. La palma, herida y despojada de su penacho, quedó apuntando al cielo como si lanzara un grito de dolor vivo; pero permanecía en pie, empinada.
Era la firma de trabajo de aquella fuerza descomunal que convirtió en lanzas a las vigas desprendidas y a todo objeto sobre la superficie terrestre en marioneta de trapo. Para la historia quedó como uno de los más devastadores fenómenos naturales que han azotado a Cuba y, en particular, a su capital.
“Los cubanos de dos generaciones, los que han visto y oído todo lo que aquí ha ocurrido alrededor de un siglo, no recuerdan un vendaval gemelo en intensidad y duración al que azotó a las provincias de La Habana y Matanzas durante la oscura mañana del día 20 de octubre de este año”, afirmaba categóricamente El Fígaro en noviembre de 1926. Aquella tormenta, también conocida en la arena internacional como el huracán de La Habana-Bermudas —por causar devastación en ambos archipiélagos—, pasaría a formar parte de la leyenda.
A propósito de aquel evento calamitoso, la Secretaría de Obras Públicas publicó Memorias del ciclón de 1926, con la descripción detallada del azote y del alto costo por las pérdidas en infraestructura, humanas y económicas. Asimismo, circuló el Álbum del ciclón del 20 de octubre de 1926, que ofreció una profusa información gráfica sobre la dimensión de la catástrofe.

Lo que se avecinaba
La tarde del 17 de octubre, los observatorios meteorológicos disponibles entonces —el Nacional y el de Belén— captaron las primeras señales de una perturbación ciclónica ubicada a cien millas de la costa este de Nicaragua. Dada su ubicación y mes del año, inspiraba cuidado. La alerta pronto transmutó en alarma, cuando al día siguiente se confirmó la rápida evolución a huracán en las cercanías de las Islas Swan y que la trayectoria, norte-noroeste, metía en el embudo a la región occidental de Cuba.
“Nos amenaza un ciclón arrollador”, “Su fuerza de rotación es estupenda”, “Su velocidad de traslación es violentísima”, “Se nos encima algo de proporciones incalculablemente trágicas”, “Su furia es enorme”, “Una gran desgracia para Cuba, sobre todo para la región occidental”, “El vórtice de este formidable huracán pasará por La Habana”. Todo eso advirtieron a través de la prensa el ingeniero José Carlos Millás, director del observatorio oficial, y el padre jesuita Mariano Gutiérrez Lanza, centinela del cielo desde su atalaya en el Colegio de Belén.

“No será para tanto… Dios querrá que no sea tan fuerte ese ciclón que se avecina”, dijeron muchos y se sentaron a esperar confiados. Durante la noche del 19, el huracán pasó por Isla de Pinos y enfiló su ojo hacia La Habana. Desde las primeras horas del 20 de octubre, los chubascos a ráfagas y vientos de fuerza moderada, así como los barómetros en franco descenso, dieron el aviso inequívoco de su proximidad a la isla grande. Tocó tierra en la costa sur, por un punto próximo a Playa Cajío, y trazó su marcha destructiva por Melena del Sur, Quivicán, Managua, Santa María del Rosario hasta salir al mar cerca de Bacuranao, en el litoral norte.
Dicen las Memorias que entre tres y cuatro de la madrugada oyeron en La Habana los primeros bufidos del huracán. Los chubascos racheados comenzaron a arreciar y menudear cada vez con más intensidad y a cortos intervalos. “Desde las ocho y media, el huracán entra en su período trágico de devastación. El furor de los elementos sigue aumentando sin intermisión, hasta alcanzar un verdadero frenesí que pone espanto en la población. Entre nueve y once la escena es indescriptible. El estruendo sordo de la tempestad, el agudo silbido de los vientos enfurecidos, el incesante batir de los chubascos, o mejor dicho, de los torrentes de agua, donde cada gota era un proyectil que hería el rostro a manera de munición, formaban un espectáculo imponentísimo, que sería clásicamente bello por su emocionante grandiosidad, si no fuera trágicamente aterrador”.

La versión de El Fígaro coincidía: “El amanecer del trágico día fue tétrico. No hubo aurora. Las furias empezaron a desencadenarse a las siete. A poco, rugía. A las nueve era como si millones de manos gigantescas sacudieran la ciudad pugnando, como en una furia apocalíptica, por derribar los edificios y hacer bailar en remolino dantesco cuanto encontraba a su paso; el viento, como formidable tirabuzón, retorcía el tronco de los árboles y los extraía de la tierra como corchos […] Muchos sentimos la sensación de que la ciudad se desplomaba”.
En cuanto a la velocidad del viento, estimaba que debió ser fantástica. “En algunos lugares fue como una estupenda catapulta que lanzaba al espacio cuanto encontraba en su camino. Calcúlese su violencia por el impulso que ha debido llevar una viga de madera, arrancada del techo de una casa en el Calabazar, cuando pudo atravesar como una flecha venida del Averno, a una cien varas de distancia, el tronco de una palma real”.
Precisaba el informe de Obras Públicas que “la fuerza del viento no pudo ser medida, por haber sido arrastrados todos los anemómetros contadores”. La última lectura de velocidad máxima que se apuntó antes de estropearse los instrumentos fue de 103 mph (millas por hora). Aunque luego, se percibió, alcanzaría parámetros superiores con vientos de 150 mph (240 km/h) y presión mínima de 951 hectopascales. El compendio no pasaba por alto una nota curiosa: “Hemos de consignar una observación interesante que se nos facilitó en el Observatorio de Belén. El agua de lluvia, arrastrada por los remolinos del ciclón, ofrecía el aspecto de una masa blanca y tenía enérgica acción cáustica sobre la vegetación, como si fuera agua del mar, con todas las sales que contiene en disolución”.

Golpe capital
Sobre las once amainó la lluvia, aunque el viento rugió hasta mediodía. Cuando finalmente se alejó el meteoro con su volumen destructor, la gente comenzó a salir de los refugios y se encontró un mundo cambiado. Buscaban a los suyos, rebuscaban entre montañas de escombros las pertenencias todavía salvables, lloraban las ausencias. Según cálculos de la época, hubo 600 muertos y 1500 heridos, en su mayoría debido a la falta de precaución a pesar de las oportunas advertencias de los hombres de ciencia.
El inventario de desastre sería indescriptible. Ante el poder de la ventisca, 120 mil árboles acabaron arrancados de raíz o reclinados sobre los techos, parques y avenidas. También besaron el suelo centenares de postes y vallas publicitarias. Alrededor de 43 mil teléfonos resultaron averiados.
Con las carreteras bloqueadas, sin servicio telefónico ni telégrafo, la ciudad quedó incomunicada y los servicios públicos se paralizaron total o parcialmente. La compañía eléctrica reportó que los perjuicios en sus diversos departamentos ascendían a 226 mil pesos, distribuidos en la planta de Tallapiedra, cableado aéreo y soterrado, departamento de gas y el tranvía. En la misma cuerda, el ingeniero jefe del viejo acueducto de Albear elevó una lista de roturas en la estación de bombas de Palatino y en algunos tramos de la conductora maestra, lo que provocó la contaminación del agua.

En la zona de la bahía cayeron los muelles y 300 embarcaciones tuvieron percances. Una patana de cien toneladas fue encontrada a kilómetros de la costa; los navíos militares Máximo Gómez y 24 de Febrero y los mercantes Puerto Tarafa y La Fe —de la Compañía Naviera de Cuba se fueron a pique; en tanto, cientos de barcos pequeños y botes se hicieron un lío arrojados contra la orilla. Las obras de dragado del puerto y ensanche del Malecón también sufrieron daños considerables, que los contratistas calcularon sobre los 30 mil pesos. Mientras, el transporte ferroviario detuvo sus operaciones a consecuencia de las obstrucciones en la vía; como derivación de esto, el servicio de correo se vio afectado.
La lluvia tampoco perdonó nada. Las fuertes marejadas convirtieron al Parque Maceo en una laguna y el ras de mar además inundó zonas bajas del Vedado. El Monumento del Maine no aguantó y se vino abajo. También voló La Giraldilla. En La Habana Vieja y Luyanó, otras calles se borraron bajo el alud de agua pantanosa que entraba por las puertas, ventanas o cualquier rendija. Donde encontraba resistencia, la corriente empujaba con mayor furia hasta abrirse paso, arrasando.

En mayor o menor escala, la mayoría de los edificios públicos y privados registró daños consistentes en voladuras de paredes, balcones, techos, puertas y ventanas. Barridas por el céfiro, cientos de casas terminaron derrumbadas o abiertas como libros, convertidas en pirámides de tablas y ladrillos. Ocasionó daños en cinco mil inmuebles.
El huracán no solo castigó a La Habana, sino que sus efectos se hicieron sentir en Pinar del Río, Matanzas y Las Villas. Así de extenso fue su radio de acción. En las poblaciones, la pesadilla no resultó menor. En el citado expediente de Obras Públicas figuraron entre las localidades más afectadas Güines, con 2876 derrumbes, y Batabanó, con 1082, donde la inundación alcanzó los tres metros de altura. Además, se registraron 573 casas destruidas en San Nicolás, 556 en San Antonio de las Vegas, 496 en Melena, 320 en Palos, 290 en Madruga, 224 en Guanabacoa, 165 en Aguacate, 156 en Campo Florido y 147 en Nueva Paz.

Honda tristeza
La ruda conmoción provocó importantes alteraciones en todos los sectores de la vida nacional. Al día siguiente del ciclón, el Consejo de Secretarios se reunió temprano en sesión extraordinaria y votó un crédito de dos millones y medio de dólares como primer aporte del gobierno para socorrer a los damnificados. “Se hizo un cálculo aproximado de las pérdidas. No se podía aventurar la cuantía de lo destruido ante la enormidad del desastre. Se ha hablado de cien millones, hasta de doscientos millones de dólares como un aproximado del importe de lo que arrasó el huracán”, reseñaba El Fígaro.
Pronto se dispuso la orden de recuperación. Se abrió una oficina de emergencias, establecieron cuadrillas para la distribución de ayudas, la recogida de basura y limpieza del ornato; se reabrieron las calles al libre tránsito y replantaron los árboles; comenzaron a restaurar los edificios públicos; se decretaron medidas enérgicas contra los especuladores y traficantes que, aprovechándose de la situación precaria y desesperación colectiva, alteraron los precios de los artículos de primera necesidad.

Para aliviar la crítica situación, se multiplicaron los actos de caridad y contribución, desde los bodegueros que brindaron alimentos, las damas que regalaron camisas a los niños desnudos hasta los hacendados que donaron gruesas sumas de efectivo. Desde países como Estados Unidos, España, Panamá, México y Guatemala llegó también el auxilio a los agobiados por la tragedia. Los ramalazos del huracán se reflejaron incluso en la bolsa de Nueva York, donde las cotizaciones del azúcar de Cuba se elevaron bruscamente.
Poco a poco la vida fue retomando su cauce habitual. Y no digo que todo fuera fácil y quedara bonito. En todos los tiempos hay cosas que no tienen arreglo, y mucha gente jamás recuperó lo perdido, no alcanzó a cubrir su desnudez o arrastró el trauma del suceso en la memoria. Muchas décadas después, aterrorizados todavía, los abuelos hablaban de aquella fuerza avasalladora incorporada al debate de los meteoros más iracundos que han tatuado a la mayor de las Antillas.

Inspirado en el testimonio de resistencia de sus coterráneos y en la imagen por excelencia del Ciclón del 26, el cantautor santiaguero Sindo Garay compuso la emblemática pieza “El huracán y la palma”. Todos los árboles sucumben ante el vendaval, narra la dramática letra: silbaron los pinos, los cedros expresaron dolor, la ceiba frondosa que sonreía temblando, la yerba en el llano, sumisa a morir… “Pero hay una palma, que Dios solamente le dijo al cubano: cultiva su honor, que erguida y valiente, con capullo blanco, que sirve de espada, doblada hacia el suelo, besando la tierra, batió el huracán”.
La escena resumía la tragedia clásica y la violencia de la naturaleza, pero sobre todo era la fotografía de la firmeza ante la adversidad. La viga representaba la espada del desastre; el recio tronco, el cuerpo herido de la isla; las hojas abatidas, lo perdido por todos los que habían visto pasar la tormenta. Sin embargo, aun atravesada y deshecha, seguía vertical. Era palma todavía. Esa palma que se había negado a caer encarnaba simbólicamente la moral y fuerza de voluntad del pueblo cubano; porque en Cuba, aun después del huracán, vuelven a levantar la cabeza.
La vida hoy no es tan leve ni musical como la cantara el viejo trovador. La Habana —y toda Cuba— sigue bajo un huracán, de otro tipo y de magnitud sostenida; con el alma cortada a la mitad por una tabla, de doble filo e igual de cruel. Cuando vuelva a iluminar el sol, esperemos mantener erguida sobre los hombros la cabeza.











