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La paleta cromática que en teoría debe colorear nuestra realidad ofrece por estos días una selección limitada. El negro no es el tono exclusivo de la noche. Y la oscuridad, la penuria y el olor a humo retratan una vida que parece de otro siglo. El país huele a leña encendida, a brasa. Un aire denso, lleno de miasmas, que estremece como nervio dolorido en noche calenturienta.
En medio del mayor bloqueo de combustibles en décadas que incluso puso en boca oficial el concepto de “opción cero”, y en medio de un nuevo capítulo de planes de “resistencia creativa” e inventivas populares de supervivencia, fuera de la dicha flamígera de su capital parcialmente gasificada, Cuba se ha visto obligada a pasar las horas más agobiantes frente a la rústica hornilla de carbón, cocinando ―¿alimentos?― una caldosa de pensamientos turbios… “semejante a una Internacional de las angustias”, como diría Pablo de la Torriente.

Demasiada gente padece mirando que entre ascuas el tiempo y los sueños se vuelven humo, como la última carta arrojada al fuego de la chimenea. La escena parece calcada a papel carbón del Periodo Especial, el sombrío trance de los noventa que adiestró a la gente en la magia negra de los más inverosímiles medios de cocción: “reverberos” de alcohol ―más cóctel Molotov que cocina―, “luz brillante”, carbón, leña, ramas de árboles, aserrín, zapatos viejos, marabú, hasta combustible de avión, ese que para colmo de manchas ahora también brilla por su ausencia.
Con su sucia democracia el hollín vuelve a teñir el paisaje doméstico y concreto, trepa como hiedra las paredes otorgando a los hogares humildes una dignidad de caverna. Su celaje, áspero y penetrante, no conoce ringorrangos al momento de profanar narices, envenenar pulmones y ennegrecer manos. Desde campesinos y comunidades marcadas por costumbre o marginación secular, hasta maestros, cirujanos, poetas y madres en centros urbanos, en fin, multitudes se han visto acorraladas a regresar a la “era de carbón”. Un color que maldice la ropa y la piel, un olor que se lleva aun estando lejos de él; olor y color se han impregnado en la memoria como un tatuaje de cenizas.
Recurso tradicional
El empleo del carbón, naturalmente, no es nuevo en Cuba. Al igual que en no pocos hogares ―donde es casi la única alternativa de energía― el carbón se enciende al amanecer, desde el alba del desarrollo humano se apeló a ese tipo de fogón y durante mucho tiempo fue la manera más generalizada de elaborar el alimento cotidiano.
Tempranamente, reporta la Guía de Forasteros de 1821 que durante el año anterior entraron a los mercados de La Habana más de mil equinos cargados con carbón de madera. Esteban Pichardo ilustra en su Diccionario Provincial casi-razonado de voces cubanas (1849), que una “saca de carbón tiene cinco palmos de largo y tres de diámetro; a diferencia del saco, que no llega a la mitad de esa latitud, ni a una vara de longitud; así una carga o caballo de carbón lleva cuatro sacas o diez sacos”. Mientras, los Anales de la Isla de Cuba registraban en 1856 la existencia de 252 carbonerías, todas en la región occidental.
Era un recurso vital para el funcionamiento del hogar, y cuando faltaba el mundo se volvía patas arriba. En sus Crónicas de Santiago de Cuba, Emilio Bacardí legó postales del suplicio vivido por la población bajo el cerco naval de la escuadra estadounidense en 1898: “[…] escasean de modo alarmante en esta ciudad el carbón, la leña, el petróleo y los fósforos”. Quien a fuerza de diligencia y dinero conseguía una gallina, tenía que reñir luego con qué cocinarla. Ante tal escenario, añadía Bacardí: “El consejo colonial acordó permitir la entrada de buques que traigan materias alimenticias y carbón, sin trámites de ninguna especie y libres de derechos”.
Pero, ni siquiera viéndose obligados a pedir agua por señas los santiagueros dejaban de cantar: “Aquí ha llegado Cervera,/ con su escuadra sin carbón./ Y en la bahía lo espera,/ el almirante Sansón”. Esa es la eterna comedia cubana ―pienso en Mañach―, hacer de la taxativa desgracia objeto del choteo, escandalosamente negro. Amor con carbón se paga.
Como en la política, el carbón oculta sus secretos oscuros; tiene su técnica. La forma de manejo fue adaptándose a la par del desarrollo humano, y de la fogata sobre cuatro piedras de la antigüedad se pasó a la hornilla contemporánea, utensilio manipulable y duradero que permitió individualizar el fuego y regular de cierta forma lo que se cocina. Las hornillas eran cuadradas, profundas y caladas al fondo para que la ceniza fuera cayendo y amontonándose en el piso del “mueble de cocina”, usualmente diseñado con cavidades arqueadas y hornillas de hierro para situar el carbón. Así se podía recoger la ceniza con facilidad y de paso aprovecharla para pulir las cacerolas que acababan veteadas por tanta exposición al polvillo del cisco.
Similar a la pólvora mojada, la fase de encender los tizones infiltrados por la humedad era el dolor de Lola Mento. Dada su combustión lenta y complicada, demandaba cumplir una metodología meticulosa y emplear un esfuerzo extraordinario atizando la candela.
Para resolver ese entuerto sin recurrir a astillas y aceites hacia marzo de 1888 se ofertaba ―a diez por un real― la Bola de Combustible Catalana, que se mantenía encendida de 12 a 15 minutos “sin peligro ni mal olor”. Una vez prendido el carbón comienza la supervisión constante para mantener encendido el fuego y controlar su intensidad. Cada cual tiene su receta.
Amén de pieza clave en la cocina casera, los aborígenes se comunicaron mediante el arte rupestre de sus dedos tiznados en carbón, lo mismo que en el barracón los lucumíes delinearon con tizones sus orishas. Varios artistas se dieron a conocer con dibujos al carboncillo, los farmacéuticos aprovecharon el carbón activado para filtrar impurezas y las abuelas lo usaron en casa para calentar sus primitivas planchas de ropa. O sea, el carbón no ha sido un recurso cualquiera, sino elemento básico de una tradición sociocultural.
(Im)pura vida
El carbón nace en el anonimato humilde del carbonero, un ser sin tierra ni pan, callado como una piedra. Distanciado del rebaño humano, el carbonero de antaño no tenía mayor patrimonio que sus brazos y su voluntad, ni más compañía que un perro famélico, un ejército de mosquitos y las fiebres palúdicas. Asumiendo esa tarea, con el tiempo cientos y cientos de hombres ―y mujeres― se internaron en la soledad del monte para fabricar su pedazo de tierra y tener su pan.
Su hacha trasquila la nobleza del bosque. Todo vale, las maderas duras: guayabo, yaya, uvero, guayacán; tampoco se salvan las preciosas: caoba, majagua, cedro, carey de costa; y hasta el imponente y sepulcral ébano real fue condenado a la pira. Pero si un tipo de carbón ganó favoritismo desde los años 50 fue el del espinoso marabú, muy solicitado por su estructura compacta y baja humedad que ofrecen brasas potentes, duraderas y pocas chispas. De ese modo, la maña guajira convirtió al odiado arbusto en una industria silvestre que hasta el sol de hoy genera importantes réditos.
El carbonero ejecuta su cadena de esfuerzos extenuantes y movimientos precisos entre espinas afiladas y fumarolas de volcanes enanos. Es un escenario laboral hostil y de riesgo permanente, un oficio de la madrugada, bajo un cielo calcinado que parece un techo a dos aguas de humo y pavesas. El calor golpea sin tregua. El aire se torna irrespirable. El polvo negro corre mezclado con el sudor y la sangre caliente. Se mete en las entrañas del cuerpo, asfixia los pulmones, arde en los ojos y cubre la piel con una capa azabache difícil de enjuagar.

Las cicatrices de heridas y quemaduras dan cuenta del trabajo duro y peligroso. Sin atención médica al alcance las curas son “de caballo”. Un rancho o campamento improvisado apenas ofrece agua y comidas racionadas, lecho precario. No existen pausas, las jornadas se extienden por horas interminables. El pago depende de la palizada extraída del “corte” y carbonizada en el “plan”. Más carbón, más dinero. Menos fuerza, menos ingreso. El cuerpo es la principal herramienta, también la primera limitante. El desgaste es prematuro. Algunos tapan sus rostros con telas húmedas para sobrellevar los efluvios de troncos humeantes, otros resisten a pulmón, aun sabiendo que el daño es sigiloso y progresivo. El cansancio se enquista.
Al final de la jornada los cuerpos acaban cubiertos de hollín, agotamiento y dolor. Es el costo (in)visible del propósito de esa raza: la raza tiznada. Bien lo supo el jovencito Quintín Bandera, tostado como carbón, que cargó palos cruzados en la cabeza y anduvo descalzo sobre pirámides de leña apilada. Quiso el indómito revertir su destino ―y el de muchos―, canjeando la estufa de tierra y paja por la manigua redentora donde bordó sus estrellas de general. Pero el destino le jugó una mala pasada. Cuando el veterano guerrero murió macheteado, en agosto de 1906, no hubo para él carruaje de gala. Su cuerpo fue conducido al cementerio en una carreta de carbón.
Reza un conocido refrán que “del árbol caído todos hacen leña”, y mira que se lo tomaron en serio cuando el ciclón de 1944. De “hecho inusitado” lo calificó El Mundo al reportar que utilizando los árboles derribados por el temporal, los habaneros hacían carbón en los solares yermos, hasta en barrios aristocráticos como el Vedado. “Lo que hasta ahora fue patrimonio exclusivo del ambiente campesino, ha invadido la urbe”, lamentaba el autor Alfredo Núñez.
A su despecho, en barrios indigentes como La Timba, Las Yaguas y La Tambora perdurarían rudimentarias fábricas de carbón en los patios, para uso propio o la venta. Aunque el verdadero reino de hombres ennegrecidos radicó en la Ciénaga de Zapata, donde la pobreza y los árboles maderables competían en proliferación.
Fidel Castro reivindicó a esos carboneros desde que cenó con ellos la primera nochebuena en Revolución. Otros enclaves de señalada importancia fueron la península de Guanahacabibes, el Surgidero de Batabanó, la Sierra de Cubitas y los esteros de Morón, donde el saco de carbón se pagaba a 60 centavos hacia 1930.

Al bon, bon, bon del carbonero…
El carbón se compraba al por mayor y al menudeo. Del campo se transportaba a las ciudades, y en las calles se hizo común repartirlo a domicilio. Así que carbonero se denominó también al que (re)vendía carbón vociferando de puerta en puerta, en carretillas de mano, cestas de esparto a la espalda o carretón tirado por una mula con cencerro al cuello, parecido a película del oeste. Lo vendían a tres kilos el saco, también por cubo, envasado en papel cartucho. La mayor ganancia de esa venta era para los dueños de la mercancía, no para el que sudaba a pie.
Los vendedores solían portar alpargatas, una cachucha de papel por sombrero y un delantal de saco. Esa indumentaria distintiva y su pregón lo convirtieron en un personaje costumbrista, al punto de ser inmortalizado en la memoria colectiva y más de una canción. Quizás la más recordada sea “El carbonero” de Miguelito Cuní y Félix Chapotín, por su pegajoso estribillo: Carbón bon bon, el carbonero… Toma el saco, dame el dinero…

Por supuesto que la vida del vendedor de carbón no fue de “coser y cantar”. Los hubo patriotas. “Aún recuerdo a un valiente carbonero que hacía viajes periódicos a la costa para cargar sus arrias con sacos de carbón y llevarlos a vender a la ciudad de Sancti Spíritus: ocultos entre los sacos nos traía siempre cien o doscientos cartuchos. Aquel bravo auxiliar de la revolución fue al fin descubierto: al salir un día de la población lo registraron y le hallaron la prueba material de su delito. En el sitio mismo lo fusilaron, y murió serenamente gritando ¡Viva Cuba Libre!”, relató el coronel Ricardo Buenamar en Episodios de la guerra: mi vida en la manigua.
También en su diario de campaña escribía el general Bernabé Boza, ayudante de Máximo Gómez, al enjuiciar el espíritu “manigüero” de algunos: “¡Cuánta verdad encierra aquel dicho de: aunque iguales todos son, unos sirven para hacer santos y otros para hacer carbón!”.
Un cubo de carbón daba para cocinar tres días. Era un combustible de buen rendimiento y bastante económico, aunque al ciclo de las circunstancias ha sido foco de negocio. El periódico Hoy del 25 de noviembre de 1943 denunciaba: “Otro artículo de primera necesidad para el pueblo, uno más en la larga cadena del via crucis popular provocado por los especuladores, ha caído de lleno en la ola de agio que está ahogando al país. Nos referimos al carbón vegetal, combustible imprescindible en todos los hogares, cuya necesidad aumenta en sentido directo a la pobreza del consumidor. En las calles de La Habana, a la vista de las autoridades, se está vendiendo el carbón a precios desorbitantes, fuera de los límites oficialmente fijados, que son letra muerta para los especuladores cada vez que les viene en ganas”.
Parece escrito ayer. A río revuelto los precios han seguido aumentando drásticamente, al extremo de que los sacos de carbón mensuales se burlan con bravuconería del salario promedio. Hasta a Chapotín y Cuní les daría pena cantar al bon bon bon del carbonero…

¡Vaya, gallego!
Un número del Diario de la Marina confirma que para el 26 de abril de 1885 ya existía en La Habana el Gremio de Almacenistas de carbón vegetal y leña, ocupado en abastecer de dicho artículo a la zona metropolitana. Muchos de sus asociados eran españoles emigrados a Cuba, sobre todo gallegos, que trabajaron de carboneros en los montes, peones de carga o vendedores ambulantes, y que con sus ahorros se convirtieron en dueños de prósperos comercios.
Según el censo de 1899 ―cita el libro La emigración gallega a Cuba, de José Antonio Vidal―, alrededor del 28 por ciento de los que se dedicaban al sector del carbón eran naturales de España. Esa participación continuó en aumento con la entrada del nuevo siglo, de modo que para 1919 más del 63 por ciento de los carboneros de la isla eran españoles asentados.

Uno que engordó cartera y renombre en ese giro fue el gallego Luciano Rojo, quien en sociedad con Francisco Aponte, de origen gaditano, fundó la compañía Aponte y Rojo, con oficinas en la zona portuaria y depósitos en Regla. Por algún tiempo sobresalió entre las casas que surtieron de carbón a la capital y se cuenta que en 1919, tras retornar a Galicia con los bolsillos colmados, Rojo hizo construir una mansión donde no faltó detalle de magnificencia.
Otros no dudaron en compartir su prosperidad: “Los comerciantes de carbón del barrio de Jesús María acaban de dar una prueba de sus sentimientos generosos y caritativos, donando en el corto tiempo de una hora una cantidad de pesos en oro, para socorrer al piadoso plantel de educandas San Vicente de Paul, sito en el Cerro; ofreciendo asimismo aquellos señores donar mensualmente a dicho asilo de niñas pobres una cantidad de aquel artículo, cuya oferta es tanto más meritoria, por cuanto ese renglón tiene hoy un precio algo elevado”, informaba el Diario de la Marina del 7 de abril de 1887.

Carbón encendido y ojos apagados
Cocinar con carbón aporta un gusto singular y hasta romántico a la comida. A quién no se le hace agua el paladar con una carne asada a la brasa o una parrilla aromática de domingo. Es un modo festivo de cocinar, diferente a lo cotidiano, que se disfruta. Pero cuando el encendido de esa llama deja de ser un suceso eventual para volverse fórmula ordinaria, entonces pierde su sabor placentero. Sí, porque el carbón también ha sido algo aristócrata, y en todas las épocas ha alumbrado las diferencias de clases.
Una hora y 45 minutos tardaba un pollo en una cocina de carbón o leña en el año 1860. Lo que una olla moderna resuelve en 15 minutos. No se puede negar el avance de la tecnología. Es triste regresar al pasado.

En este contexto tórrido la sensación es compartida entre cubanos: el cuadro pinta gris con pespuntes negros, como el carbón. Es el color de los días y las noches. La gente de cara patibularia, tiznada por el humo, vive con el carbón encendido y los ojos apagados; en espera de las transformaciones de país que ofrezcan definitivamente esa vida mejor tan prometida y tan negada.











