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En 1885 Vicente Martínez Ibor se sentó a la mesa de negociaciones con la Junta de Comercio de Tampa para firmar la compra de 40 acres de tierra. Era una decisión arriesgada. Por esa época Tampa no pasaba de 800 habitantes —en su mayoría labriegos y pescadores— era una aldea sin vuelo, de economía atascada, y a la que el estadounidense “del norte” solía mirar por encima del hombro como una zona de calor, pantanos y alimañas poco conveniente para vivir.
Aun así, el valenciano de 66 años tuvo una visión audaz desde que en una charla entre amigos escuchó sobre el potencial oculto en los contornos de Tampa. Resulta que en 1884 su coterráneo Gavino Gutiérrez la había explorado con el cubano Bernardino Gargol buscando guayabas para el negocio de conservas de este último. No consiguieron lo que buscaban, pero percibieron la abundancia de tierras vírgenes, la privilegiada bahía —del Espíritu Santo, por donde desembarcó el conquistador Hernando de Soto en 1539— y las paralelas del ferrocarril tiradas por Plant.
Esas vías de comunicación serían clave para abrir la localidad al movimiento civilizador, además de garantizar la entrada de la hoja de tabaco importada y la exportación del producto terminado. Lo que comenzó como plan para fundar una colonia de torcedores se convirtió en algo mayor: Ibor City, una próspera comunidad multicultural y voluntariosa que contribuiría a transformar a Tampa en una de las capitales del estado de Florida.
Aquellos 40 acres cambiarían para siempre el destino de Martínez Ibor y el de la demarcación entera. El mundo que surgió desde ese epicentro fue creado por hombres con manos fuertes y sueños claros, gente de distintos orígenes que llegó con la esperanza de una vida mejor.
Un valenciano precursor
Vicente Martínez Ibor nació el 7 de septiembre de 1819 en Valencia. Rondaba los catorce años de edad cuando su familia lo fletó en un barco rumbo a Cuba, con la doble intención de que el chico librara del servicio militar y de hacer fortuna. En La Habana empezó trabajando en una tienda de víveres, pero su naturaleza de adelantado lo llevó a centrar su atención en uno de los giros más florecientes de la isla: el tabaco.
Poniendo en juego su don para el negocio, hacia 1854 consiguió propulsar su propia empresa bajo la marca El Príncipe de Gales, que de a poco fue ganando prestigio entre adeptos y extraños. Incluso, su reputación le facilitó subcontratar presos de la Cárcel de La Habana para trabajar en su taller. No obstante, se opuso abiertamente a la continua subida de los impuestos al tabaco y en 1868, cuando Céspedes declaró la guerra independentista, Martínez Ibor hizo gala de su pensamiento liberal inclinándose a favor de los cubanos, a los que apoyó con fondos.
Esa decisión temeraria le ganó la ojeriza de los voluntarios. Aburrido de los impuestos inflados y para salvarse de la detención, subió a una goleta y tomó el camino de Key West (Cayo Hueso) con lo que más amaba, su familia. Había tenido cuatro hijos en un primer matrimonio, luego enviudó y en enero de 1874 contrajo nuevas nupcias con Mercedes de la Revilla, 32 años más joven y de cuya sangre nacieron ocho hijos.
Al partir, don Vicente incluyó en el equipaje sus denuedos de emprendedor. En Cayo Hueso volvió a montar su plantel de enrollado. En el peñón donde tantos cubanos hallaron refugio vivió diecisiete años, pero el negocio no marchó a placer. En varias oportunidades tuvo que lidiar con aprietos de transporte para sus mercancías, inestabilidad laboral y huelgas obreras que generaban pérdidas. Entonces sobrevino aquella tertulia en que Gavino Gutiérrez le vendió la idea de trasplantar sus operaciones a Tampa, prometedora en varios sentidos.
El incendio de Cayo Hueso, ocurrido a inicios de abril de 1886 y que dejó el islote en carbón, aceleró la partida. A los pocos días del siniestro, Martínez Ibor bajaba del vapor Mascotte en el muelle de Tampa con la idea de un nuevo porvenir. Abría una ruta.
Ciudad modelo
Parado al lado de Vicente Martínez Ibor, en octubre de 1885 el ingeniero Gavino Gutiérrez maquetaba en el viento con sus dedos el trazado de las primeras calles, los cuadrantes donde irían las casas, el lugar donde emplazarían la fábrica de tabacos. En aquel proyecto forastero no podía faltar Eduardo Manrara, quien desde los tiempos cubanos era la sombra de Martínez Ibor. De origen camagüeyano y dado al ámbito bancario, Manrara sobresalió como aliado principal y factor imprescindible en el germen de la floreciente urbanización.
El nuevo punto en el mapa, a milla y media al noreste de Tampa, fue registrado con el nombre de Cubatown; pero esa nomenclatura desapareció desvaída por el uso popular, que prefirió el apellido de su promotor. Así nació Ibor City —Ybor, en la adaptación al inglés—, un suburbio al que un cordón de casitas salteadas como enredadera sin orden ni concierto fue uniendo a la vecina Tampa. Esta, con su apetito demográfico, terminó por devorarlo hacia el año 1887.
El ímpetu de los colonos cambió la fisonomía inhóspita del lugar. Bajo la Ybor Landscape Co. fue cobrando forma la “tierra prometida”. Drenaron humedales, rellenaron y nivelaron terrenos; construyeron factorías, comercios, casas, escuelas, clínicas, iglesias, librerías, teatros, hoteles y compañías de seguros. Con el desarrollo pavimentaron las calles arenadas, hicieron pozos para abasto de agua y las chispas del alumbrado eléctrico dieron luz a los hogares y paso al tranvía.
La sociedad prosperó a galope y los terrenos vieron catapultada su tasa. Así destacaba La Unión Constitucional del 9 de febrero de 1890: “El buen éxito obtenido por el Sr. Martínez Ibor, en Tampa, bien conocido es, desarrollando con su empresa una ciudad que pronto tendrá gran importancia como la de los condados vecinos, cuyas tierras hace ocho años apenas tenían valor, vendiéndose los acres a 25 centavos, los mismos que hoy se venden de $500 a $1 000. Se fabrican chalets para obreros en menos de $200 cada uno, fáciles de alquilar en módico precio y dejando alto interés”.
Desde el inicio se montaron dos fábricas de tabaco, la de Martínez Ibor y La Flor de Sánchez Haya, propiedad de Ignacio Haya y Serafín Sánchez, bajada de Nueva York buscando mejor clima y mano de obra cubana. Los cubanos representaron el mayor grupo étnico y predominó la lengua hispana.
Según el censo de 1892, vivían en Tampa 5532 habitantes, de los cuales 2424 eran cubanos procedentes del Cayo que habían recalado en Ibor City y West Tampa.
Cinco años después, los números seguían engordando. En edición especial de la revista Cuba y América (julio de 1897) describía el periodista Carlos Trelles: “El cuarto distrito de Tampa lo constituye Ibor City donde se albergan seis mil personas, en su mayoría cubanos. El que pase por la Avenida Séptima o la calle Catorce no creerá estar en los Estados Unidos, tal es el crecido número de hijos de Cuba con que tropieza y los establecimientos de todas clases en los cuales no se ven sino anuncios en castellano”. Detallaba que existían mil casas, treinta médicos, diez farmacéuticos, ocho dentistas, seis abogados y decenas de intelectuales cubanos.
Precisamente los españoles y cubanos —en gran parte refugiados políticos— que trabajaban en esas factorías fueron los pioneros de aquel asiento de emigrados. Más tarde arribaron italianos, judíos y chinos. Cada grupo inmigrante trajo los recuerdos de sus patrias, tradiciones y talentos, moldeando un tapiz intercultural que hizo de Ibor City una tierra de oportunidades y de identidad forjada en el trabajo duro, la mancomunidad y los valores patrimoniales.
El Príncipe de Gales
En la Ciudad de Ibor prevaleció la industrialización. Cientos de corporaciones estructuraron un complejo fabril que otorgó a la región magnitud de emporio. Una vez encendida la llama, la humeante industria llegó a producir y exportar anualmente cifras millonarias, lo que le agenció en su momento el calificativo de capital mundial del cigarro.
El mundo de Ibor City gravitó en torno a El Príncipe de Gales, la rodada marca que el viejo administrador plantó en una especie de chalet enorme de madera en la Séptima Avenida. Empezó a funcionar en abril de 1886. A partir de las lecciones aprendidas, Martínez Ibor quiso estimular la retención y evitar paros obreros. Para ello ofreció mejores condiciones laborales, vendió a precio módico las “casitas” de empleados y dio espacio a tabaqueros negros, que trabajaron codo a codo junto a los blancos con similar escala salarial.
El plan dio resultado. Al cierre del año inaugural producían 900 mil puros al mes. La bienandanza de la fábrica condujo a buscar más holgura en un flamante edificio de ladrillos rojos, tres plantas y muchas ventanas. Según Cuba y América, a mediados de 1897 laboraban allí 400 operarios y 200 despalilladoras. El inmueble contó con diferentes departamentos y en la parte superior acomodaron las mesas de los torcedores con la infaltable tribuna para el lector.
Por algún tiempo el lector de tabaquería fue el vocero principal en Ibor City. El primero en ejercer ese oficio en Príncipe de Gales fue José Dolores Poyo, otro de los llegados con el éxodo de Cayo Hueso. Poyo tomó aliento para relanzar su periódico El Yara, que leía a los tabaqueros y fue el primer periódico en español publicado en Tampa. Su estancia en la urbe se limitó a solo meses, pues volvió al Cayo. Lo sustituyó el también periodista y patriota Ramón Rivero.
Mudado al nuevo espacio, Martínez Ibor donó el inmueble fundacional a los tabaqueros para que celebraran fiestas y reuniones. Allí se estableció en 1890 el Liceo Cubano, sociedad dedicada a veladas artísticas, literarias y patrióticas. La adornaron con escudos, banderas y retratos de ilustres cubanos, a semejanza del Club San Carlos de Cayo Hueso. Además, funcionó como sala de estudios nocturnos dirigida por Néstor Leonelo Carbonell, veterano de la guerra del 68 y lector de la tabaquería. Decenas de obreros desempleados, patriotas emigrados y clubes separatistas encontraron sustento bajo el techo del acaudalado español.
Para Cuba que sufre
Invitado por Néstor L. Carbonell, presidente del Club Ignacio Agramonte, llegó José Martí a Tampa en la medianoche del 25 al 26 de noviembre de 1891. En la estación de tren de Ibor City lo esperó una multitud de cubanos entusiastas. A la mañana siguiente visitó la fábrica de Martínez Ibor. Los obreros saludaron su presencia con un dilatado repiqueteo de chavetas.
Horas después el excelso orador estremecía al auditorio que colmó el Liceo: “Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella”. Y terminó aquel discurso que pasaría a la historia con la frase “Con todos y para el bien de todos”. Esa máxima —epítome de su programa revolucionario y su ética— resuena todavía. La noche del 27 volvió al amplio salón para hablar en homenaje a los estudiantes de medicina fusilados en 1871. Otro discurso histórico recordado como “Los Pinos Nuevos”, en el que cantó a la unidad entre la joven generación y los viejos guerreros.
A raíz de aquella primera visita de Martí, los tabaqueros de Ibor City y West Tampa asumieron el compromiso de aportar a la lucha de cinco a diez por ciento de sus jornales. No hay que abundar demasiado en el papel de los tabaqueros en la guerra del 95. Martí valoró que fueron el más sólido y seguro sostén de la causa independentista. Su sudor fue el combustible de decenas de expediciones y no pocos cambiaron la chaveta por el machete y el fusil.
Tampa fue una de las ciudades de Estados Unidos más frecuentadas por Martí, y dentro de ella la fábrica de Ibor. Una conocida fotografía lo muestra en la escalera de hierro a la entrada de la tabaquería rodeado de la masa humilde, durante una visita en julio de 1892. Sobre la emergente barriada había dicho el 31 de octubre de 1889, en carta a Félix Iznaga, desde Nueva York: “El secreto del éxito es dedicarse entero a un fin. Ya le irá gustando Ibor City, y acaso no estará bien que le vean preferencia por Tampa. Hablé largo con los Ibor aquí, y creo que no le esperan allí sinsabores, sino cordialidad y gusto”.
En la Ciudad de Ibor, paradójicamente, Martí estuvo a punto de morir asesinado a finales de 1892. “En Ibor, Tampa, caí en cama. No fue natural mi enfermedad, sino provocada por un villano que intentó acabar conmigo envenenándome”, consignó. En casa de Paulina Pedroso, frente a la fábrica de tabacos, pasó la convalecencia. Ella, ayudada por su esposo Ruperto, le brindó cuidados maternales hasta que el fuego horrible del tóxico dejó de quemarle las entrañas.
Anciano bondadoso
En el Tomo 5 de las Obras Completas aparece otra impresión martiana que retrata el carácter del industrial generoso: “Estaba cierto viajero una mañana en el escritorio de la manufactura de Martínez Ibor, allá por Tampa, y hablaba con él, sentado en la mesa del dueño, uno de los operarios del taller. Entró un anciano de rostro bondadoso, se levantó el operario a darle la silla; y el anciano le puso las dos manos en los hombros, y dejó sentado al trabajador en el asiento del dueño. Era don Vicente Martínez Ibor”.
De Cuba nunca se fue del todo. Registros de entradas y salidas del puerto publicados en el Diario de la Marina confirman que durante la década de 1880 hasta 1895 Ibor continuó viajando a La Habana. De hecho, en marzo de 1893 compró un panteón familiar en la necrópolis de Colón —dato aportado por el historiador Ricardo Díaz Murgas—, quién sabe si deseando tener en suelo cubano su eterna morada. Curiosamente, en esa tumba sería inhumado en 1905 el músico Ignacio Cervantes, pero no el dueño.
Vicente Martínez Ibor quedó en el cementerio Oaklawn. Falleció el 14 de diciembre de 1896 a mediodía en el condado de Hillsborough, tras pasar varias semanas gravemente enfermo. Tenía 77 años. En nota necrológica, el Tampa Tribune lo denominó “Gran benefactor”. Su patrimonio resultó tan exuberante que algunos llegaron a creer que no habría dinero suficiente en toda Tampa para comprarlo. Sin su clarividencia de iniciador, sin aquel barrio modelo que tuvo como corazón al Príncipe de Gales, Tampa hoy sería otra. En tributo a su consagración se le erigió una estatua de bronce en el distrito comercial de Ibor City, donde comenzó la historia.











