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Douglas Pérez hace arte desde el caos, desde el desconcierto de un mundo que ha perdido los ejes, donde constantemente se corren en una u otra dirección nociones enraizadas en el imaginario histórico, como el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo bello aceptado desde los cánones grecolatinos y el kitsch, lo revolucionario y lo reaccionario…
Después de la Segunda Guerra Mundial, el orbe se organizó en dos bloques antagónicos: el liderado por la Unión Soviética y el capitaneado por los Estados Unidos. A uno y otro lado de la cortina de hierro discurría la vida más o menos legible. Ya no. Desde la disolución del campo socialista, caducaron lealtades, se reconfiguró una vez más el mapa; países que conformaban el Pacto de Varsovia —Estonia, Letonia, Lituania, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Polonia, Eslovenia, y otros— pasaron o aspiran a pasar —Ucrania— al bloque militar contrario: la OTAN.
Este nuevo (des)orden mundial nos tiene perplejos. Un ser abyecto, abominable, rige los destinos del planeta, masacra, impone sanciones extraterritoriales, declara con total desfachatez que los recursos de este o aquel país le pertenecen a la megapotencia militar bajo su mando; de un plumazo suma penurias incalculables a los cubanos de a pie, decreta guerras genocidas, niega el derecho internacional, sabotea empeños como el control del cambio climático, pasa por encima de la constitución y de la separación de poderes que cimientan el sistema político de su nación… Y el mundo se limita a observar.

Los cubanos no la tenemos fácil. Nuestros gobernantes no han sabido timonear en ese mar encrespado para sacar la nave adelante. Es lo menos que se puede decir de la clase política que, bloqueo de EE. UU. aparte, nos ha llevado hasta la desesperanza de hoy, la lenta extinción —de 11 millones hemos pasado a ser 9 en muy poco tiempo—, la inflación galopante, el recorte drástico de la ingesta de proteínas, el paupérrimo estado del Sistema Energético Nacional, los centros médicos y educacionales, tras las huellas de Sagunto y Numancia. Clausurada la Guerra Fría como expresión de lo contencioso entre dos polos antiguamente irreconciliables, los cubanos tenemos nuestra propia guerra fría, con una población escindida en los extremos.
Y en medio de este panorama, Douglas Pérez pinta. Y también piensa. Como además de artista es un intelectual, deja constancia en sus obras de sus preocupaciones existenciales más hondas, las que, no es de extrañar, muchos compartimos.

Ahora vuelve a exponerse en Máxima, la galería que ha promovido su trabajo en los últimos años. La muestra se titula Guerra Fría, y mezcla piezas de diversos formatos unidas por un invisible hilo de Ariadna, como él mismo señala, que facilitan el tránsito y escape por/del laberinto en que estamos confinados. Y aquí la palabra laberinto se carga, también, de sentido extraartístico. En tiempos de tanta precariedad, cualquier cosa alude a nuestra lamentable condición económica y social.



Partiendo de la crisis general de los paradigmas, del binarismo rígido, en la hoja de sala se declara que “estas pinturas, en su estructura profunda, parten de la dualidad enfrentada de aquella concepción primera. Al postular un “cielo y un infierno”, dos géneros, masculino y femenino, o un “Oriente versus Occidente”, se manifiesta una contradicción paradigmática muy clara. Este sistema de oposiciones binarias desencadena un enfrentamiento de valores, temas, categorías y, en última instancia, ideologías, donde cada término adquiere su valor únicamente por su diferencia con el otro, en una suerte de conflicto que nunca se resuelve.”
Cada cuadro en sí da para horas de charla. Son tantos los referentes culturales, los mitos, los símbolos que nos han nutrido a lo largo de los siglos, que solamente enunciarlos resulta un esfuerzo titánico. Pero él va más allá. Pone a dialogar la llamada “alta cultura” con las expresiones del acervo popular que se han transmitido a través de los medios de comunicación de masa. Así, en un mismo espacio enmarcado, “convive” la Galatea de Rafael con peloteros de los equipos Santiago e Industriales. Estos están siendo acechados por un Cupido que, al parecer, ha tenido éxito, pues en otra zona de la obra, estos deportistas, verdaderos héroes de nuestro tiempo, aparecen besándose…

No tengo espacio para comentar uno a uno los cuadros ni para intentar descubrir, mediante la escritura, las resonancias que en mí provocan. Sirva decir que quien asista a esta fiesta del buen arte encontrará intertextualidades sorprendentes: citas y/o apropiaciones de figuras canónicas del arte occidental como Van Dyck, Giotto, Rubens, Bouguereau, Memling, entre otros, en franco contrapunto con personajes de los cómics que capitalizaron el imaginario de los niños de las décadas de los cincuenta del pasado siglo, con los de los animes y los mangas orientales; también citas de la gráfica de la China comunista. Todo en piezas no exentas de fino humor.





A Douglas no le va la frase cubana de “tú sufres con lo que yo gozo”, pues él se divierte y se duele a partes iguales en su intento de dejar testimonio de su tiempo, un ejercicio desgarradoramente lúdico. Así expone su estrategia representativa manifiesta en Guerra Fría:
“Desde un juego con los estilos de representación, aparentemente enmarcados en un tiempo y una realidad pasada, se soslaya la interpretación de la caótica realidad cubana desde mi perspectiva personal como artista. Hasta ahí nos lleva la hebra dorada de Ariadna, caprichosa en mostrarnos el camino hacia la luz para no volver a perdernos en el laberinto de la distopía. Es, en definitiva, un acto discursivo que busca instaurar un nuevo orden significante frente al caos de la narrativa contemporánea.”
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Qué: Guerra Fría, exposición de pinturas de Douglas Pérez.
Dónde: Galería Máxima. Monserrate y Tejadillo, Habana Vieja.
Cuándo: Hasta el 9 de noviembre. De martes a sábado, de 9:00 a.m. a 6:00 p.m.
Cuánto: Entrada libre.













