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La primera vez que vi a José Alberto Figueroa, hace exactamente veinte años, no cruzamos una palabra. Fue en la Fototeca de Cuba, en Mis 60, la muestra que reunía sus fotos de los años sesenta justo cuando él cumplía esa misma edad. En las paredes estaban sus amigos, sus amores de juventud y la ciudad de entonces. Muchos de ellos también andaban por la sala, sesentones como su autor, mirándose a sí mismos cuatro décadas atrás. Yo casi no sabía nada de él. Ni siquiera sabía que era uno de los fotógrafos más importantes de Cuba. Pero lo vi ahí, rodeado de gente que lo quería de toda la vida, y pensé: “Quiero tener el aura de este tipo”.
Después nos cruzamos muchas veces. Me abrió la puerta de su casa y me contó su historia foto por foto, y es una historia increíble. Siempre con humildad. Insistía en que éramos colegas, cuando en aquel 2006 yo apenas llevaba solo un par de años con una cámara en la mano y él ya era una leyenda.

Tengo a mano un ejemplar de José A. Figueroa. Un autorretrato cubano, el libro de Turner Publicaciones que reúne gran parte de su obra y de su vida. Son 384 páginas con más de 400 fotografías, desde 1964 hasta los primeros años de este siglo, y textos que siguen su recorrido y los lugares por donde anduvo.
Mi biblioteca de fotografía es amplia y en eso no escatimo en gastos. Aun así, mis dos libros más preciados son este y Korda. Conocido desconocido, que el Figo y su esposa, la crítica de arte Cristina Vives, me regalaron. Esos dos no los presto. No salen de casa. Me han acompañado de mudanza en mudanza, de La Habana a Buenos Aires y después por todas las casas en las que he vivido.
La investigación y la edición de Un autorretrato cubano son de la propia Cristina. Su historia de amor con el Figo se remonta a finales de los setenta, y seguramente nadie conoce mejor su obra. En el prólogo escribe:
“Si convenimos en que la trayectoria profesional de un artista no debe ser sinónimo de los años dedicados al ejercicio del arte […], entonces podremos aceptar que debe ser evaluada en progresión geométrica: proporcionalmente creciente a la calidad de lo creado y a la intensidad de lo vivido. […] Sugiero que veamos en Figueroa a un testigo ‘confiable’ de la historia contemporánea cubana —tan ‘confiable’ como le es posible a un solo hombre—, y en su obra, a esa porción de verdad y esos espacios de diferencia que solo el arte nos proporciona y que necesitamos para entender la historia con mayor grado de verismo”.

Cristina lo llama “el último de los Korda”, y la historia empieza en ese estudio. El Figo nació en La Habana en 1946 y nunca pisó una academia de fotografía. En 1964 andaba en edad militar, sin estudiar ni trabajar, cuando entró de ayudante en los Estudios Korda. Allí trabajaban Luis Pierce, Genovevo Vázquez y Alberto Díaz Gutiérrez, Korda, el autor de aquel retrato del Che hecho casi al vuelo que terminaría siendo el ícono más reproducido del siglo. El muchacho limpiaba el laboratorio, ordenaba pedidos y no les quitaba el ojo de encima a los maestros. Aprendió de la forma en que se aprendía entonces: mirando, oliendo químicos, equivocándose.

Las fotos de esos años, las que me deslumbraron en 2006, no se parecen a la épica de su tiempo. Mientras la imagen revolucionaria se llenaba de consignas, multitudes y barbas, el Figo retrataba a sus amigos del Vedado. Parejas besándose entre tumbas, muchachas en minifalda, pantalones de campana, cuerpos desnudos, risas en los parques. Esa juventud existía, pero casi nadie la miraba.

En 1968 nacionalizaron el estudio y Korda recomendó a su ayudante a la revista Cuba Internacional. Al poco tiempo, Figo era su fotógrafo principal y andaba la isla de punta a punta. De esa etapa guarda un recuerdo especial para su primer encargo, Che, Sierra adentro: semanas siguiendo, lugar por lugar, el rastro del guerrillero por la Sierra Maestra. “Resultó tremenda experiencia”, dijo.
A finales de los setenta, con un nombre hecho, lo dejó para empezar desde abajo en el CINED, los estudios de Cine Educativo del Ministerio de Educación, cargando trípodes como cualquier aprendiz. Soñaba con ser camarógrafo del Noticiero Icaic, y eso nunca se le dio. Con la cámara de cine al hombro, fue a Angola a principios de los ochenta y filmó combates con las balas pasándole cerca, entre ellos el de Cangamba. La máquina de fotos iba siempre con él: las imágenes originales que aparecen en Kangamba (2008), la película de Rogelio París, son suyas.

En esa misma década, el camino lo devolvió a Korda. Cuba había vuelto a hacer publicidad para vender sus productos; los publicistas fueron a buscar a Korda y este mandó a buscar al Figo. Uno fotografiaba los catálogos; el otro, las pasarelas. Seguía siendo su asistente, pero ya con ideas propias y el oficio de fotógrafo. Cuando me lo contó, lo resumió con orgullo: “Al igual que los publicistas llamaron al mejor fotógrafo, Korda me llamó a mí, su mejor asistente”.

Estuvo en Berlín cuando cayó el muro y en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. En lugar de ir hacia el humo, fotografió avenidas vacías: el miedo hecho soledad en una ciudad que no suele estar sola.


La herida más íntima de su obra es el exilio. Su madre se fue de Cuba en 1967 y con ella buena parte de la familia. El Figo convirtió esa ausencia en una serie que abarca medio siglo. En ella aparecen la madre preparando la maleta, los parientes en el aeropuerto, los primos en Key West mirando hacia el horizonte donde queda la isla y los balseros de Cojímar en 1994. No hay discurso o consignas en esas fotos. Solo la constancia de quien se queda y registra lo que se va.


Y a pesar de esa cicatriz de los que se fueron, de las muchas posibilidades de saltar él mismo el charco… El Figo se quedó en Cuba, en el Vedado. Soltó amarras muchas veces, navegó por otros mares, pero siempre volvió. En el libro lo dejó escrito como una declaración de principios: “Cada vez que en mi país se ha producido una crisis de emigración, la gente repite el viejo cuento de que en la farola del Morro de La Habana aparece un cartel con la frase: ¡El último que apague! Si esto pasara algún día, estaré allí para tomar la foto. Aunque siga lloviendo en La Habana”.

El Figo cumplió 80 años el pasado 26 de septiembre, y todavía anda como aquel muchacho que en los sesenta retrataba a sus amigos besándose entre tumbas. Cuando cumplió 75, lo llamé en OnCuba “el más pepillo de los fotógrafos cubanos”.
Veinte años después de aquella tarde en la Fototeca, todavía quiero tener el aura de este tipo.
Le escribí para felicitarlo y me respondió:
“Gracias, amigo… Son solo 80… Ando por Madrid y regresamos a finales de octubre a La Habana… Quizás por allá nos vemos.
Figo, aún pepillo”.












