|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Desde que Tierra de deseos —Terra e paixão en Brasil— llegó a las pantallas cubanas, el público ha podido seguir cada día las peripecias de Luigi, un personaje que combina carisma, contradicciones y vulnerabilidad. Para el actor brasileño Rainer Cadete, interpretar a este italiano tan particular ha sido una experiencia que conecta recuerdos personales con la ficción, y al mismo tiempo le permite llevar la cultura de Brasil a audiencias de otros países
En entrevista con OnCuba, Cadete recuerda con emoción su primer contacto con Cuba en 2018, cuando estuvo grabando un programa y comprobó de manera directa el alcance internacional de las telenovelas brasileñas. En ese entonces se transmitía Rastros de mentiras —Amor à vida en Brasil—, una historia que, años después, todavía llegaba a nuevas audiencias cubanas:
“Yo interpretaba al doctor Rafael, un abogado, un personaje neurotípico que vivía una historia de amor con un personaje dentro del espectro del autismo, y fue muy emocionante ver cómo esa historia tocaba a la gente.
“Después hice Tierra de deseos, emitida originalmente en 2023 aquí en Brasil, y hoy ya estoy en otros proyectos, otras novelas. Y eso es muy hermoso, porque muestra cómo esas historias siguen vivas, encontrando público en otros países y llevando consigo también la cultura de mi Brasil al mundo”.
Luigi es mucho más que un carismático italiano en la trama de Tierra de deseos: es un reflejo de la vida y las experiencias del propio actor. La infancia de Cadete en Roma, la influencia de su padrastro y la fuerte conexión con la cultura italiana nutren la construcción un personaje lleno de matices, contradicciones y humanidad. Esta base personal le permitió dar vida a un italiano que no recurre a estereotipos, sino que encarna la verdad y el afecto que caracterizan la interpretación de Cadete:
“Cuando tenía 13 años, me fui a vivir a Roma con mi madre, doña Ronalda, que se casó con Raffaele, un romano que fue una figura paterna muy importante para mí.
“Parte de mi alfabetización ocurrió en una escuela italiana en Roma. Fue un desafío enorme, pero que me dejó recuerdos muy profundos, porque formó parte de mi formación como persona. Estudié allí durante dos años. En los primeros meses fue difícil, porque no hablaba italiano, pero en poco tiempo ya me comunicaba bien, viviendo esa cultura de forma muy intensa.
“Entonces, Luigi es, ante todo, un homenaje. Un homenaje a esa etapa de mi vida. A mi infancia, al inicio de mi pubertad, a mi padrastro, a mi madre y a ese vínculo afectivo tan fuerte que tengo con Italia. Viví allí de los 13 a los 15 años. Después regresé a Brasil, pero siempre sentí que mi corazón quedó italo-brasileño.
“Cuando surgió Luigi, no partí de un estereotipo. Partí de mi memoria, de mi afecto, de las vivencias que tuve, de las personas que conocí. Y creo que eso ayudó a darle esa verdad, esa mezcla de encanto, contradicción y humanidad.
Luigi suele “robarse la escena”. ¿En qué momento sentiste que el personaje había encontrado su tono definitivo dentro de la novela?
Dentro de una telenovela, que es una obra abierta, el tono definitivo solo existe realmente cuando está filmado y saliendo al aire, porque nada está completamente cerrado. Esa es la gran magia de la teledramaturgia. Trabajando con Walcyr Carrasco, que tiene una enorme sensibilidad para escuchar al público, la historia se va ajustando mientras se transmite, muy conectada a las reacciones de la gente.
Con Luigi fue un poco así. Comenzó en un lugar específico de la historia y, de repente, estaba en todos los núcleos, convirtiéndose casi en una broma interna. Para mí, el tono más definitivo llegó en el último capítulo, porque hasta entonces todavía existía espacio para grandes cambios. En una novela, lo definitivo solo existe cuando toda la historia ya fue contada y el público puede ver la obra completa.
El humor es una de las armas más fuertes de Luigi. ¿Cómo trabajas el equilibrio entre la comedia y la profundidad emocional para que el personaje no se vuelva caricaturesco?
Siempre parto de la verdad del personaje. Para mí, el humor funciona mejor cuando nace de la situación y de la forma en que el personaje ve el mundo, y no como un chiste por el chiste. Luigi tiene un lado muy ingenioso, pero también tiene deseos, fragilidades y contradicciones. Cuando me conecto con eso, el humor surge como consecuencia, y no como un efecto.
El equilibrio viene justamente de no tratar nunca al personaje solo como alivio cómico. Incluso en las escenas más ligeras, intento entender qué quiere, qué está ocultando y qué está sintiendo. Creo que eso es lo que evita que se vuelva caricaturesco.
¿Qué fue lo más bonito que Tierra de deseos te dejó?
No puedo hablar de Tierra de deseos sin hablar de los encuentros humanos que la novela me regaló. Fue un trabajo rodeado de artistas a los que admiro profundamente, un elenco muy talentoso y diverso, con personas que admiraba desde lejos y que tuve la alegría de conocer en el set de una forma muy generosa.
Mi relación con Tata Werneck, por ejemplo, tiene una historia bonita. Ya habíamos trabajado juntos años atrás en Rastros de mentiras, que fue incluso la primera novela de ella. Siempre admiré mucho a la artista que es, pero fue en Tierra de deseos donde realmente nos acercamos y construimos una amistad, y eso es un regalo que a veces la profesión nos da.
También fue muy especial compartir escenas y convivir con nombres como Tony Ramos y Glória Pires, artistas gigantes con los que aún no había tenido la oportunidad de trabajar profesionalmente. Y eso sin mencionar a tantos otros colegas increíbles del elenco. Fue un ambiente muy potente artísticamente y muy bello humanamente.
El público cubano también te recuerda mucho por Visky, en Verdades secretas y Verdades secretas II. ¿Qué lugar ocupa ese personaje en tu carrera y en tu memoria afectiva?
Visky es un antes y un después en mi carrera. Verdades secretas fue un trabajo muy especial, premiado internacionalmente, ganador del Emmy, y tuve la felicidad de ganar todos los premios a los que fui nominado con ese personaje. Fue un proyecto que puso una lupa sobre mi trabajo y me provocó artística y personalmente.
Me hizo cuestionar la performance de la masculinidad en Brasil, estudiar y formarme más sobre cuestiones de género, sexualidad, moda y la escena underground de São Paulo. Fue un período muy transformador para mí.
Era un personaje que exigía mucho. Usaba el aplique, mantenía su estética, me hacía las cejas, la depilación, tomé clases de tacón alto para aprender a caminar con naturalidad. Y fue muy potente percibir que era un personaje LGBTQIA+ que también ocupaba un lugar de deseo, de sex symbol, algo poco común en la teledramaturgia. Tenía humor ácido, pero también capas, fuerza, sensualidad y humanidad. Visky se convirtió en un acontecimiento. Hasta hoy, casi a diario, alguien me habla de él o de Verdades secretas.
Volver a interpretarlo en Verdades Secretas II, unos seis años después, fue muy especial, porque me reencontré con él en otro momento de mi vida y de mi madurez como artista.

Visky es oscuro, provocador, incómodo y, al mismo tiempo, fascinante. ¿Cómo lograste entrar en esa psicología sin juzgar al personaje?
Creo que el primer movimiento fue hacer las paces con mi lado femenino, entendiendo que todos estamos atravesados por múltiples capas de identidad, sensibilidad y expresión. Crecí, como muchos hombres en Brasil, escuchando que debía representar una virilidad específica, que no podía ser demasiado sensible o gustar de cosas asociadas a lo femenino.
Vivir a Visky me hizo revisitar todo eso y entender que también hay potencia en ese lugar de mezcla, complejidad y libertad. Seguimos viviendo en una sociedad muy marcada por el machismo y por una idea rígida de masculinidad, y Visky me mostró exactamente lo contrario: que la identidad y la sexualidad no caben en cajones.
Era provocador, libre, contradictorio, humano. Y creo que personajes así ayudan a abrir conversaciones, a repensar qué significa ser hombre hoy, de una forma más saludable, consciente y verdadera.
¿Sientes que Verdades secretas II te permitió ir aún más lejos en la complejidad de Visky con respecto a la primera parte?
Sí, porque Verdades Secretas II me encontró en otro momento de la vida y de la carrera, y eso me permitió profundizar aún más en Visky. Ya en la primera prueba de caracterización lo sentí. Lo que antes era un zapato de tacón, se convirtió en un tacón 30, con una construcción visual aún más osada.
En Verdades secretas estudié mucho stiletto, que es una danza en tacones. En la segunda temporada me sumergí durante meses en clases de voguing, llevando el cuerpo a algo más performático y danzante. Es siempre un proceso colectivo, que pasa por la dirección, la caracterización, el vestuario y la preparación corporal, todo a partir del texto brillante del autor y de la visión general del proyecto, para construir un personaje verdadero, que parezca alguien real y no solo una composición externa.
También estuvo el desafío del contexto. Grabamos en medio de la pandemia, con exámenes constantes, protocolos estrictos, a veces filmando escenas con barreras físicas, pausando grabaciones cuando alguien daba positivo. Fue un momento muy intenso, pero también muy simbólico poder revisitar un personaje que marcó tanto mi trayectoria, ahora con más madurez, repertorio y profundidad emocional.
Luigi y Visky parecen venir de universos opuestos. A partir de tu experiencia como actor, ¿en cuál de esos extremos sientes que enfrentas mayores desafíos?
Siento mucho placer al construir personajes que parten de universos muy distintos al mío y entre sí. Eso me provoca como actor porque exige estudio, escucha e imaginación profunda. Cuando tomo un personaje, me sumerjo por completo. Imagino su pasado, su olor, su gestualidad, cómo baila, qué hace cuando está solo, cuáles son sus silencios. Es casi como vivir otra vida dentro de la mía.
En el caso de Luigi y Visky, el desafío no está exactamente en cuál extremo es mayor, sino en cómo cada uno exige herramientas diferentes. Personajes más expansivos, como Luigi, demandan ritmo, energía, presencia y juego externo. Ya personajes más refinados o cerebrales, como Visky, exigen precisión, escucha fina, control y una construcción interna muy detallada. Lo que más me mueve es justamente poder transitar entre esos extremos, porque es ahí donde siento que crezco como actor.
Muchos críticos te definen como un actor “camaleónico”. ¿Te reconoces en esa definición?
Sí, me gusta esa definición. Creo que tiene que ver con mi curiosidad como artista. Siempre me ha interesado explorar universos distintos, cuerpos diferentes, formas de hablar, de pensar y de existir muy alejadas entre sí. Eso me mueve creativamente.
Pero más que ser camaleónico en un sentido estético o de transformación externa, creo que tiene que ver con sumergirme profundamente en la lógica interna de cada personaje. Me gusta entender cómo ve el mundo, cuáles son sus dolores, deseos y contradicciones. Si eso me convierte en un actor camaleónico, recibo esa mirada con cariño, porque nace de ese lugar de entrega y de pasión por el oficio.
Comenzaste a actuar muy joven, a los 13 años. Mirando en retrospectiva, ¿qué cambió más en Rainer Cadete: el actor o el hombre?
Creo que ambos cambiaron mucho, y me parece bonito poder reconocerlo. Como actor, fui ganando repertorio, técnica, escucha, comprensión de la narrativa, de la cámara, de la escena, de la construcción del personaje. Hoy tengo mucha más conciencia del proceso y muchas más herramientas para llegar a donde quiero, emocional y técnicamente.
Pero quizás la mayor transformación haya sido como hombre. El tiempo trae vivencias, vulnerabilidad, madurez emocional, entendimiento de las propias fragilidades y fortalezas. Y eso inevitablemente atraviesa al actor. Hoy entiendo que cuanto más me conozco como ser humano, más profundo y honesto puedo ser en escena. Al final, para mí, ambas cosas caminan juntas.
He leído que tu rutina se divide entre Río, São Paulo y Brasilia, aunque Brasilia sigue siendo un punto emocional importante para ti, sobre todo por tu hijo Pietro. ¿Cómo dialogan la paternidad y la carrera artística en tu día a día?
La paternidad atraviesa directamente mi arte porque tengo la suerte de vivir procesos creativos junto a Pietro. Escribimos juntos un libro, Olhares que fltram —Miradas que filtran—, que es un proyecto muy profundo para mí, porque nace de nuestra mirada sobre el mundo, sobre las relaciones humanas y sobre la escucha.
Él es un artista muy potente. Además de poeta, se formó en gastronomía en Le Cordon Bleu —El Cordón Azul— y es un actor muy visceral, muy verdadero en escena. Existe un intercambio real entre nosotros. Yo enseño, pero también aprendo mucho. Convivir con su proceso creativo me inspira como padre, como hombre y como artista.
Has dicho que tu hijo es “el corazón latiendo fuera de tu cuerpo”. ¿Qué te enseñó la paternidad que ningún personaje podría enseñarte?
Me enseñó el amor incondicional de una forma muy concreta, viva y cotidiana. Es un tipo de amor que no pasa por el ego, la vanidad o la mirada del otro. Tiene que ver con responsabilidad emocional, presencia y con entender que existe alguien en el mundo que es extensión de ti y, al mismo tiempo, completamente único.
La paternidad también me enseñó sobre vulnerabilidad y valentía al mismo tiempo. Sobre tener miedo y aun así seguir, proteger, orientar y soltar cuando es necesario. En mi caso, eso también pasa por nuestra realidad como familia multirracial. Somos una familia formada por un padre blanco y un hijo negro, y eso amplió aún más mi conciencia sobre el mundo, los accesos, las oportunidades y la forma en que el racismo estructural atraviesa la vida de las personas de manera muy concreta.
Aprendí que solo somos realmente iguales en la diferencia, y que entender eso es muy poderoso.
Eso me dio un sentido aún mayor de responsabilidad, como hombre, como padre y como artista. Creo profundamente que también somos ejemplos para las próximas generaciones. Y hay algo muy especial en que mi hijo y yo compartamos el sueño de contar historias juntos. Eso habla de continuidad, de legado, de abrir caminos y construir nuevos imaginarios posibles.
Ningún personaje podría enseñarme eso, porque el personaje termina cuando la escena acaba. Ser padre es un ejercicio continuo de amor, escucha, aprendizaje y transformación. Y eso cambia la forma en que vivo, amo y, inevitablemente, cómo actúo.
Ya conoces Cuba. ¿Qué recuerdos guardas de esa experiencia y qué fue lo que más te marcó del país y de su gente?
Cuba fue un viaje profundamente transformador para mí. Fui por invitación de Fernanda Callou, que estaba grabando un documental sobre tres amigos viajando por el país. Éramos ella, Gil Coelho y yo, además de dos camarógrafos que nos acompañaban todo el tiempo, registrando imagen y sonido de nuestra experiencia.
Pasamos un tiempo en La Habana viviendo la ciudad de forma muy intensa: entrevistando personas, intentando entrevistar a otras, asistiendo a fiestas —como una en una antigua fábrica llena de instalaciones artísticas (Fábrica de Arte Cubano) y gente de todo el mundo—, participando en encuentros culturales, y caminando mucho por las calles. Lo que más me marcó fue el cariño de la gente conmigo, que me llamaba Doctor Rafael por la novela.
Fue muy fuerte la sensación de presencia. El acceso limitado a internet nos hacía vivir el momento de forma mucho más real. Conocí la Escuela Intencional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, conversé con un integrante del Buena Vista Social Club, visité el teatro, museos y viajé a lugares como Trinidad, donde fui a una fiesta dentro de una cueva (Disco Ayala), además de conocer las paradisiacas playas cubanas.
Me tocó mucho la fe de las personas, la santería y ese calor humano constante. Fue una experiencia llena de encuentros, alegría y aprendizaje.
Tengo muchas ganas de volver a Cuba y, quién sabe, filmar de nuevo. Creo que sería increíble revisitar ese material y compararlo con una nueva mirada, entendiendo qué cambió en mí y en el mundo entre aquel viaje y hoy.

Si pudieras definir al público cubano con una palabra o una sensación, ¿cuál sería?
Diría: calor humano. Como sensación: acogida.
¿Qué tipo de personajes sientes que aún te falta interpretar en la televisión o en el cine?
A lo largo de mi trayectoria, muchas veces he construido personajes que están dentro del núcleo protagónico, pero que no son oficialmente el protagonista. Con el desarrollo de la historia, esos personajes terminan ganando una dimensión protagónica por la fuerza de la narrativa y la relación con el público. Tengo muchas ganas de hacer una novela partiendo desde el inicio como protagonista, conduciendo la historia y atravesando todo el arco central.
Al mismo tiempo, tengo un deseo muy grande de hacer cine, especialmente cine de autor, películas que permanezcan en la memoria de las personas. Busco personajes inolvidables, que me transformen, me provoquen y me desafíen profundamente. Personajes que, al vivirlos, me expandan como artista y como ser humano.
Siempre me acompaña una idea: cuanto más me permito ser otro, más me acerco a quien realmente soy. Quiero muchos otros personajes, de todos los tipos y universos. Historias que me desafíen, me desplacen, me hagan crecer y que también toquen al espectador de forma verdadera y duradera.
Cuando las cámaras se apagan y el día termina, ¿cómo es Rainer Cadete lejos de los personajes?
Cuando las cámaras se apagan, regreso al silencio. El trabajo del actor es muy intenso, ya sea en televisión, teatro o cine; pasamos el día entero atravesados por emociones que no siempre son nuestras. Por eso, lejos de los personajes, busco justamente lo contrario: una presencia simple.
Soy muy hogareño. Me gusta estar en casa, cuidar las cosas del hogar, las plantas, cocinar, leer y escuchar música. También adoro escribir; es una forma de organizar lo que siento. Incluso tengo un libro escrito a cuatro manos con mi hijo, Pietro, llamado Olhares que filtram. Viajar, observar lugares y personas sin necesidad de representar nada también me alimenta mucho. Soy padre antes que cualquier cosa, y eso me conecta con la realidad de una forma hermosa y concreta. Pietro me recuerda todo el tiempo que la vida no trata de performance, sino de vínculo.
Hay un Rainer más silencioso y contemplativo, que no necesita probar nada a nadie. El escenario, la cámara y el set son espacios de expansión. La vida personal es donde descanso de mí mismo. En el fondo, actuar es vivir muchas vidas, pero es fuera de la escena donde regreso a la mía.

Para finalizar, ¿qué mensaje te gustaría dejar al público cubano que hoy te acompaña cada noche a través de Tierra de deseos?
Antes que nada, mi profundo cariño al pueblo cubano. Cuba no es solo un lugar, es una atmósfera humana muy particular. Nunca olvido las conversaciones en las calles, la música saliendo de las ventanas y la vida sucediendo en el Malecón. Ustedes tienen una alegría que no es superficial, es resistencia transformada en afecto.
Siempre que pienso en Cuba recuerdo inmediatamente al Buena Vista Social Club. Eso no es solo una película, es memoria viva, respeto a los mayores, música como parte de la respiración cotidiana. Escucho esa música hasta hoy, sobre todo los domingos soleados aquí en Brasil, y me transporta directamente a ustedes. Consumo el arte cubano con verdadera admiración.
Me siento muy honrado de entrar en sus casas todas las noches. Espero volver pronto, caminar otra vez por La Habana y sentir ese calor humano que marcó mi vida.
Si quieren seguir cerca de mí más allá de la novela, pueden acompañarme también en redes sociales: @rainercadete en Instagram. Será una alegría mantener este puente entre nosotros.
Al final de la jornada, más allá de los sets, los guiones y las cámaras, Rainer Cadete deja entrever al hombre detrás de Luigi: un artista agradecido, consciente de la fuerza de la conexión humana y profundamente afectuoso con su público. Su mensaje al pueblo cubano resume esa relación: cercanía, admiración y respeto por la calidez y alegría que lo han recibido en cada escena y en cada calle que ha recorrido.
Desde su corazón italo-brasileño hasta la emoción que transmite en cada escena, Cadete deja un mensaje de cercanía y gratitud que trasciende fronteras: “un fuerte abrazo y, con cariño italiano del personaje, grazie mille por recibirme con tanto amor”.












