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En cualquier documento, de cualquier índole, emitido por cualquier organización/institución/empresa, lo que resulta decisivo es “la letra chiquita”. Y no solo por lo que dice, sino también por lo que no dice. Muchas veces incluso ni siquiera es visible, pero ahí está.
La letra chiquita no solo aparece en los documentos escritos: contratos, leyes, decretos-leyes, decretos, resoluciones, circulares, memorandos, etc.; también está en los discursos, intervenciones, entrevistas, presentaciones, etc.
En fin, ella es uno de los recursos más importantes que tiene el ejército de la resistencia destructiva para frenar cualquier proceso que vaya en contra de sus “verdades” y de sus intereses. Un buen ejemplo, ese documento que acompaña a una ley y que recibe el nombre de reglamento y que es al final el que “decide el juego”.
Ahora que estamos en este maremágnum legislativo para codificar esas 176 medidas anunciadas por el Estado y el Gobierno, lo cual implica inexorablemente nuevas normas, sería muy saludable para este nuevo intento que los reglamentos que acompañarán a esas nuevas normas. No solo en su letra, sino también en su espíritu: que apuntaran en el mismo sentido de esas 176 medidas.
Las normas legales que las convierten en un nuevo marco institucional para la transformación impostergable que el país y el pueblo necesitan deben ser coherentes con ese propósito.
Durante décadas, la economía ha estado entrampada en un marco institucional que ha obstaculizado todos los esfuerzos de crecimiento y desarrollo de nuestro país. Datos hay suficientes para demostrarlo.
De hecho, la economía nacional no solo nunca recuperó los niveles de producción anteriores a los años noventa, sino que ese marco institucional reprodujo patrones de dependencia que la hicieron más vulnerable a las restricciones externas en la misma medida que impedían aprovechar oportunidades que estaban a la vista.
Cultivamos y fertilizamos debilidades, desoyendo lo que la realidad todos los días nos ponía delante de los ojos, y confundimos el “interés del Estado” con el “interés de la nación”, a pesar de tener pruebas casi diarias de que no era lo mismo. Para confirmarlo, ahí está el destino de las inversiones durante más de una década o nuestra “incapacidad innata” para hacer producir la agricultura y la ganadería.
De la misma forma que reproducimos de forma acrítica y mecánica esa idea aprendida por décadas de que el interés social y el interés individual son poco menos que irreconciliables, impidiendo con ello aprovechar el potencial creado por el pueblo durante décadas y la mejora individual y colectiva que el mismo hubiera producido, una de las causas de la emigración que hemos padecido y padecemos.
Nos escudamos en la sensibilidad política de las consecuencias de algunas medidas para frenar y mediatizar reformas utilizando la “letra chiquita” y, sin embargo, hemos pagado un precio político mucho más alto, entre otras razones, porque la política de Trump y Marco Rubio se ha alimentado de esas debilidades y las ha hecho crecer.
Siempre me llama la atención que se haya podido hacer un ejercicio tan bueno y exhaustivo —centavo a centavo— acerca del costo del bloqueo y no tengamos una estimación similar del costo de haber demorado las reformas necesarias.
Por ejemplo, cuántos proyectos (intenciones) de inversión extranjera se perdieron por demoras en la negociación, o por querer imponer condiciones a la parte extranjera que se iban de los estándares internacionales, o por hacer avalúos del aporte nacional que sobrepasaban con creces el valor de mercado del activo nacional.
Cuántos no fueron posibles por imponer condiciones que limitaban la contratación directa del personal, o por restringir/burocratizar la importación de los inversionistas, o por violar lo establecido en los contratos y retener dividendos bien ganados y hacer incobrables deudas adquiridas con la parte extranjera para poder, por ejemplo, tener las “tiendas estatales” abastecidas.
Y cómo calcular el costo de tener tierras sin cultivar —cientos de miles de hectáreas— por más de diez años, y preferir no entregarlas a quien deseaba y podía ponerlas a producir, extranjero o cubano —aún recuerdo aquella consigna que decía “la tierra es de quien la trabaja”— y, sin embargo, tuvimos y tenemos un propietario que los datos dicen no ha podido ponerlas a producir; no obstante lo cual ha seguido siendo “el dueño” y nos ha condenado a la importación perpetua de alimentos que en buena parte podríamos haber producido en Cuba.
¿Cómo calcular el costo de haber destruido la industria de la caña de azúcar en vez de haber “negociado” con inversores extranjeros o nacionales para mantenerla viva? ¿Todavía no hemos podido calcular el costo de tamaño error?
No es para regocijarme que listo estas cosas. Lo hago porque creo que es conveniente recordar lo que costó y aún cuesta la transformación postergada e inconclusa en la que hemos estado sumidos por décadas. Y ese costo no es solo monetario, también es social, político y humano.
Tampoco lo hago para “agitar” en favor de las 176 medidas o para intentar reducir/obviar las debilidades que de forma implícita puede tener y que han sido señaladas por más de un colega, o las falencias de integralidad que están presentes o las ausencias o negativas que postergan soluciones adecuadas a sectores decisivos —como el caso de nuestros médicos— y contribuyen a perder fortalezas que tardaron décadas en consolidarse.
Solo he querido llamar la atención acerca de que esta vez hay que cerrarle el paso a la letra chiquita, a la huelga de neuronas caídas, al muro de sospechas y a los intereses sectoriales que en ocasiones anteriores hicieron que se le pusiera marcha atrás a lo que no debió detenerse. Porque sin dudas esas medidas pueden tener muchos aspectos que mejorar, pero a la vez abren oportunidades que durante mucho tiempo estuvieron vedadas, en especial a los cubanos con ganas de hacer.
Y podemos estar meses debatiendo acerca del significado teórico de algo, pero además de interpretar la realidad, hay que transformarla, construirla, todos los días, sin demorarnos mucho más.














Profesor sera tan dificil entender y aceptar aquella idea concreta de Albert Einstein que indica que «No podemos resolver nuestros problemas con el mismo pensamiento que usamos cuando los creamos», perdone usted, pero cada dia es mas claro que no puede haber solucion el desastre logrado por el PCC unico y plenipotenciario en la quiebra economica de la nación y la crisis social que se vive, sin que abandonen el poder el equipo de gobierno de La Continuidad elegido por el grupo de poder real para seguir haciendo ellos de las suyas.
La unica “capacidad creativa” a futuro que le queda a ese pueblo que simplemente sobrevive en la penuria, es aceptar de que manera quitarse esa “sal de arriba” e intentar con Libertad y Democracia que esa nueva Cuba a futuro se haga realidad.
Coño libio muy bien respondido, no se si te acuerdas de mi trabajamos en la ENPA
Mis respetos y admiración por esas reflexiones. Son una descripción fiel de lo q ha acontecido y posiblemente acontezca. Es q es muy difícil cambiar la mentalidad entronizada en los decisores…. Sabes por qué no se han hecho esos cálculos? Por qué habría q responder al pueblo por tantos errores cometidos. Lo q no se dice, no se ve….así piensan… aunq la realidad se empeñe en mostrar la inmensidad de lo mal hecho … ahí está la torre K para probarlo!!!! Gracias Triana por llamar la atención sobre la letra pequeña.
Juanito
El “Grupo Retranca” ha boicoteado, boicotea y lo seguirá haciendo, pues temen perder sus privilegios. Es tan simple como eso.
Por tal razón impiden e impedirán la aplicación de todo lo que supongan (aunque no sea cierto) les puede afectar, y otros miembros retranqueros son tan ancianos que a estas alturas NO desean dar sus brazos a torcer, son malévolos según los enunciados por Cipolla en sus escritos sobre la ESTUPIDEZ.
A estas alturas y desvelado ya una ínfima parte del “affaire” GAESA, quien se imagina a este “grupúsculo” entregando los recursos usurpados y someterse a la Justicia….imposible mi hermano…!
Te felicito por enunciar que se debe medir el coste de la inacción gubernamental. Es como el “lucro cesante” por dar continuidad a un modelo fallido. Posiblemente tal coste sea mucho mas alto que los “cálculos” del Gobierno Cubano sobre el “bloqueo” de EE.UU.
Entonces nuestro bloqueo hacia adentro ha sido igual o superior al bloqueo externo. Pero de esos cálculos no se hablará jamás porque habría que pedir cuentas al culpable.
El pcc seria juez y parte en el análisis, y debía responder ante el pueblo.
De letras chiquitas está lleno el Mundo de las letras al que usted contribuye mascullanyo fenómenos y no Esencias.
Cuba tiene un solo Problema y es una sucesión de Gobiernos con miedo al cambio desde hace décadas,con falta total de Dirección de una Economía ausente de una Política consistente y sustentada en Teoría y Práctica
Si Usted conoce el Informe Truslow que escribieron economistas Capitalistas puede explicar La Tarea Álvaro Reinoso,puede usted explicar está parcheria del Gobierno cubano,puede explicar que hemos llegado sin punto en que el Gobierno cubano no tiene ninguna solución para esta catástrofe económica y se sigue insistiendo en sacrificio y resistencia igual que en Alesia.
Cuba tiene un Gobierno incapaz que ha heredado errores tras errores para esperar un cambio Cualitativo para esta acumulación Cualitativa.
De Cuba no sirve el Gobierno con sus ineficientes y dependientes Ministros,, la ANPP es un órgano indicado,activo,dependiente de las propuestas que le hace el Buró Político del PCC sin cuestionar los continuos incumplimientos de todo lo que se propone para cambiar. Es Cuba una infamia a la dignidad de los cubano!
El agente de Cambio que se llama Gobierno está anclado y viviendo en el pasado y del pasado y su situación actual está en las raíces donde se han acumulado tal cantidad de situaciones que forman un Problema que es su INCAPACIDAD PANPROOOVER IN CAMBIO.
POLITICA y ECONOMÍA son Unidad Dialectica y es imposible cambiar sin que haya correspondencia entre ellas i olvidar que ” en última.instsncua la Economía determinada la historia y sus Cambios””
Comparto la dirección del análisis, pero lo matizaría. El Gobierno no es un sujeto monolítico ni un “agente de cambio” puro: es una relación de fuerzas institucionalizada. Por eso su incapacidad para promover cambios no se explica solo porque “viva del pasado”, sino porque reproduce relaciones sociales y económicas que lo mantienen atado. Esas raíces acumuladas son intereses, instituciones, deuda, dependencia, ideología y bloqueos concretos.
Es correcto que política y economía forman una unidad dialéctica. No hay cambio político sostenible sin transformación económica, ni transformación económica sin poder político que la impulse y la sostenga. Pero la economía determina “en última instancia”, no mecánicamente en cada coyuntura. La política tiene autonomía relativa: puede frenar, acelerar, desviar o incluso revertir tendencias económicas.
El problema central, entonces, no es solo la falta de voluntad del Gobierno, sino la ausencia de correspondencia entre proyecto político y base económica, y la correlación de fuerzas que lo bloquea. A veces el Gobierno no es “incapaz”: su función estructural es administrar el orden existente. Para romper eso se requiere dirección política clara, coalición social, capacidad estatal, programa económico coherente y disputa hegemónica.
En una frase: la economía pone los límites y las condiciones, pero la política decide si se disputan o no. Sin esa dialéctica, el cambio queda en discurso; con ella, puede volverse proceso. No se trata de olvidar que la economía determina la historia, sino de no convertir esa frase en fatalismo.
Usted siempre con la adarga en ristre y apuntando derechito al centro del escudo.
Mejor pluraluzar y decir, los decisores, bueno, ellos jamás reconocerán públicamente como debieran, que el costo de los errores cometidos por ellos en décadas y quintuplicado en este último lustro supera en cifras demasiado altas esa con la que obstinadamente le imputan al bloqueo, el pueblo cubano conoce perfectamente la verdad que se intenta ocultar.