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Este noviembre se cumplirá un año sin que el país reciba de forma sistemática suministro de combustible, con excepción de aquel carguero ruso que nos proveyó de combustible y que alcanzó para unos 15 días.
El cerco petrolero, el arma de todas las armas para que este gobierno que se cae solo se cayera, no funcionó como se esperaba en Washington. Imagino que para el dueto Rubio-Trump ha debido ser frustrante. Pero sin dudas, daño han hecho y mucho, incluso a aquellos cuyas familias en Estados Unidos han votado ayer por el Partido Republicano, que todavía es como votar por Trump.
El año 2026 será probablemente el año de peor desempeño de la economía nacional, y los déficits acumulados casi nos permiten afirmar que esta de ahora es la peor situación económica desde la crisis de 1929. Y no solamente por las cifras que comúnmente se usan para esas comparaciones —PIB, desempleo, inflación, tasa de interés, salario real, crecimiento de la pobreza, etc.—, sino también por el prolongado proceso de desgaste que nuestro país y su población han experimentado. Y no es algo de este año. Desde que tan lejos como a inicios de los años noventa, nos sumergimos en aquel período especial, del cual, si atendemos a los datos, nunca logramos salir. Incluso cuando se logró que la economía creciera modesta pero sostenidamente durante más de diez años.
Hay una generación de cubanos que nació en crisis, creció dentro de la crisis y parece que llegarán a la vejez sin conocer otra experiencia.
Sin embargo, en estos últimos tres meses el marco institucional cubano ha experimentado más cambios que en los veinte años anteriores. Parece una de esas grandes paradojas a las que casi estamos acostumbrados.
Las 176 medidas que el gobierno lanzó han obligado, como era de esperar, a un esfuerzo legislativo considerable, para de esa forma codificar lo que en ellas se anunció.
Ya existe la base legal de 171 de esas transformaciones y se han aprobado unas 215 normas, algo sin dudas necesario y que debería ser complementado con ese proceso de desaprender todo lo que tenga que ser desaprendido, algo mucho más difícil que crear normas nuevas. Ese proceso requiere de un cambio radical en el comportamiento del sapiens cubano y del burócrata que todos llevamos dentro.
Más allá de los números finales del año, la gran paradoja del 2026 es que en apenas tres meses, con el peor contexto externo, con la peor situación económica y con unas “distorsiones” que pueden anular cualquier esfuerzo de cambio y mejora, se ha impulsado un proceso de transformaciones que, al menos en la letra, resulta más abarcador que ningún otro anterior.
Acepto que es polémico esto que planteo, pero ni la estrategia de sobrevivencia y desarrollo de los noventa, ni los Lineamientos, ni el plan de desarrollo económico y social han tocado aspectos tan sensibles, tanto en lo económico y social, así como en lo ideológico y político.
Hace muy poco, una colega me hizo varias preguntas.
“¿Cómo se articula la conexión entre la inestabilidad macroeconómica actual y la capacidad real de la microeconomía y los actores productivos para resistir y transformarse?”
Aprovecho ahora, sin la presión del tiempo, para argumentar. La dinámica macroeconómica actual no es inestable, es establemente mala; ahí están los datos y se convierte en uno de los mayores obstáculos para que esos actores, sean estatales o privados, alcancen el éxito en ese esfuerzo de resistir y transformarse.
El otro obstáculo, a mi juicio decisivo, es la debilidad en la coordinación entre las diferentes organizaciones que tienen la mayor responsabilidad en ese propósito de transformación.
Lo otro tiene que ver con el tipo de actores. Desde mi perspectiva, los actores estatales se encuentran en eso que los arquitectos llaman “estática milagrosa”. Todavía entrampados en la tasa de cambio del segmento uno, sin un sistema bancario con capacidad para respaldar el esfuerzo que estos actores puedan hacer, sin acceso o con muy escaso acceso a financiamiento externo, y todavía con una cultura de trabajo que no termina de desembarazarse de la “atención” de sus ministerios.
Hay además otro asunto, para nada menor: la débil capacidad productiva que esos actores han podido conservar y el agrandamiento de la brecha tecnológica que los separa de las tendencias mundiales en su rama o sector.
Mientras, los actores no estatales todavía hoy tienen mayores facilidades para responder a la inflación. Primero, porque traspasan parte de los costos al consumidor final, aprovechan el enorme espacio que hay entre la oferta y la demanda, que les permite enfrentar la sistemática devaluación del CUP, y una parte de ellos han logrado un respaldo financiero que apoya su gestión.
Esos actores tienen incorporada en sus genes la capacidad de sobrevivir y la necesidad de transformarse constantemente. No fueron a ningún seminario para aprenderlo, a ningún taller en ninguna de las escuelas de cuadros que tenemos en el país.
Ellos, que han “aprendido” las reglas de un mercado repleto de distorsiones, buscan, crean y aprovechan las oportunidades y toman riesgo a su cuenta. Las propias incoherencias e inconsistencias del marco institucional se convirtieron en una lección de sobrevivencia constante. Estos actores nacieron, crecieron y sobrevivieron sin tener que pedir permiso.
La otra pregunta fue la siguiente: “¿Qué ajuste en la política económica es indispensable para que el Estado deje de ser un obstáculo y se convierta en un facilitador de ese ecosistema productivo mixto?”
Ese término, “ecosistema”, se ha puesto de moda y ojalá todos logremos entender lo esencial del concepto. La palabra clave aquí es SISTEMA: los miembros de un ecosistema establecen relaciones de complementación entre ellos; para que eso ocurra, deben existir condiciones adecuadas, incentivos que potencien esas relaciones, reglas de comportamiento que todos entiendan y que todos acaten. En economía, esa función la cumple el marco institucional.
Lo otro es que parte de la respuesta está en la pregunta. Lo primero que se necesita es que el Estado/Gobierno cambie y que deje de ser un Estado extractivista, buscador de rentas, para convertirse en un Estado creador y facilitador de oportunidades.
En realidad, esa ha sido una característica definitoria de la manera en que el Estado ha manejado nuestra economía. Es cierto que en las condiciones en que está hoy nuestra economía es muy difícil abstenerse de no buscar rentas, de extraer una parte de la riqueza para satisfacer compromisos derivados del pacto social.
En cuanto al tipo de ajuste, el proceso en que se ha enfrascado el país, indiscutiblemente necesario, no requiere de un ajuste; necesita múltiples ajustes que deben ser hechos en el orden adecuado.
Pero creo que el denominador común de todos esos ajustes y todas esas políticas es definir qué país queremos y alinear las políticas con ese propósito.
Conlleva costos hacer eso, pero es preferible resolverlos en el momento en que hay que resolverlos, antes que posponerlos continuamente en el tiempo para vivir por casi cuarenta años pagando una deuda que ya acumula intereses enormes en lo social, en lo político, en lo ideológico. Más que el socialismo, nos jugamos hoy la independencia y la soberanía.
Escribo hoy, 3 de noviembre de 2026, el día de las elecciones de medio término en Estados Unidos. Para los cubanos que vivimos en Cuba, los resultados tienen una connotación especial. Pero preferiría que siguiéramos enfocados en esa frase famosa ya, que conmina a cambiar todo lo que necesitamos cambiar y hacerlo ahora, no dejárselo a las generaciones futuras.













