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La transformación, reforma, actualización de la economía cubana se inició desde finales de los ochenta del siglo pasado. En aquella época, Cuba reconoció la necesidad de la inversión extranjera y esta acompañó al Período Especial. También se admitió la expansión del “sector privado”, constreñido en aquellos momentos a los trabajadores por cuenta propia; las representaciones comerciales de empresas extranjeras y los inversionistas foráneos y los campesinos individuales que a estos efectos no añadían nada nuevo; la legalización del dólar y su circulación; la aparición de las tiendas de recaudación de divisas, de hoteles y autos de renta solo para extranjeros…
Ese largo, complejo y doloroso proceso, desde sus inicios, arrastró el pesado fardo de esa expresión: “un mal necesario”. Esas tres palabras se tradujeron en acciones concretas, frases dentro de un discurso, consignas, medidas y acciones de control, decisiones de política dirigidas a que todo el mundo entendiera que todo eso que parecía distante de lo que fuimos era una “anormalidad”. Lo más rápido posible se “rectificaría” y se regresaría a la “normalidad”.
Eso suponía regresar a aquel modelo construido sobre la singularidad de un tipo de relaciones internas y externas, donde un Estado “proveedor” y omnipresente se podía ocupar de todo, o de casi todo, y donde la responsabilidad individual sobre la economía de las familias era la menor de las preocupaciones.
Esa “singularidad” también comprendía un sector externo que disfrutaba de un mercado seguro, con una relación de precios de intercambio con el socio principal —la URSS y el campo socialista— que, si bien se afirmaba que eran mutuamente beneficiosas, no parece discutible que eran mucho más decisivas estratégicamente para Cuba que para aquel socio.
Y ello no solo era en términos monetarios, sino también en términos de seguridad estratégica, algo que, lamentablemente, hoy resulta evidente.
Aquella relación le daba al país la posibilidad de proyectar su futuro, de mejorar las condiciones de vida de la población, de poder armar un sistema educativo y de salud capaz de proveer el insumo más decisivo de cualquier proceso de desarrollo; seres humanos instruidos y saludables y familias cuyo estatus no se medía en el ingreso percibido, sino en títulos universitarios ganados por sus miembros.
Esa singularidad transmitió la idea/convicción/cultura/certeza de la capacidad del Estado para atenderlo todo, resolverlo todo, porque, entre otras cosas, disfrutaba de una holgura fiscal importante combinada con las “ayudas” solidarias que sistemáticamente el país recibía.
Alimentar la creencia/cultura/práctica de la introducción de un grupo de cambios, algunos de ellos muy difíciles de “asimilar” desde la cultura construida por décadas, fue también un recurso político para reducir/manejar los costos políticos de esas nuevas realidades, diseñadas desde el Estado, manejadas por el Estado y controladas por el Estado.
Eran “males necesarios” con los que habría que lidiar por un tiempo, pero que serían “desalojados” de los espacios que ocupaban. Eran no solo males necesarios, sino también temporales, y así muchos lo entendieron y otros muchos, sin entenderlo bien, los aceptaron.
La pregunta aparece de inmediato. ¿Por qué calificar de “males necesarios” decisiones que nos debían permitir “cambiar todo lo que necesariamente debe ser cambiado” para sobrevivir incluso como nación?
Reutilizar esa expresión en las condiciones actuales no parece lo más acertado.
Primero que todo, porque primero que todo son contextos diferentes, en tanto Cuba enfrenta hoy un aislamiento extremo, dirigido por Estados Unidos:
- El bloqueo es distinto, no solo más duro, sino ejercido no desde la “tradicional” política hacia Cuba, que siempre estuvo muy influenciada por la “política doméstica”, sino desde la inquina visceral de un norteamericano de origen cubano hacia Cuba.
- A diferencia de inicios de los años noventa, una parte importante de nuestra población actual no creció ni se formó en aquel intervalo de tiempo que va de los setenta a los noventa y eso tiene un peso importante en la forma en que esta generación se construye/imagina su presente y su futuro.
- Llevamos treinta años sumergidos, atrapados, en una crisis o en múltiples crisis que se alimentan unas de otras, y su falta de solución alimenta muchos males innecesarios.
- Una parte de la estructura productiva del país la hemos perdido y es más costoso recuperarla que intentar su sustitución.
- Desde hace mucho tiempo se agotaron las reservas materiales que nos permitieron resistir el primer envite de la crisis de los noventa y no hay ya cómo reponerlas.
- Al parecer, la zona de influencia política de Cuba se ha reducido sustancialmente y los antiguos “apoyos” apenas si hacen tímidas declaraciones a favor del país.
Creo que se aleja mucho de lo deseado y de lo que nuestro país necesita volver a levantar ese argumento del “mal necesario” para justificar/explicar la necesidad de aplicar correctamente y en el tiempo adecuado el paquete de medidas que tantas controversias ha generado.
Para algunos, las 176 medidas han abierto la caja de Pandora y han permitido que escapen todos los males contenidos en ella.
Recuerdo, no obstante, que ya esos males existían: inflación, desempleo, pobreza e indigencia, emigración de personas calificadas, reducción drástica de la calidad de vida, corrupción y otros muchos más.
Este nuevo esfuerzo por cambiar y las medidas asociadas a él no son un mal necesario. Prefiero verlas, aun cuando pueda discrepar de algunas, como un recurso para evitar que otros muchos males innecesarios nos sigan impidiendo avanzar.












