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Las medidas anunciadas recientemente por el presidente Miguel Díaz-Canel representan, sin duda, un reconocimiento de realidades económicas que desde hace años muchos economistas, empresarios, académicos y observadores de la realidad cubana vienen señalando dentro y fuera de la Isla.
Sería injusto no reconocerlo.
La apertura a una mayor participación del sector privado, el reconocimiento del papel que puede desempeñar la diáspora, la necesidad de atraer inversión, la flexibilización de determinados mecanismos económicos y la búsqueda de nuevas fuentes de crecimiento responden a debates que durante mucho tiempo parecían impensables dentro del discurso oficial.
Lo más relevante de estos anuncios no es únicamente lo que proponen. Es que reflejan un reconocimiento implícito de realidades económicas sobre las que muchos cubanos hemos venido escribiendo y reflexionando durante años, y con especial intensidad durante los últimos meses. Eso, por sí solo, ya representa un cambio significativo.
Quienes han seguido mis artículos de los últimos meses reconocerán varios de estos planteamientos. He sostenido que la participación de la diáspora, la ampliación del espacio para la iniciativa privada, la necesidad de atraer capital, la creación de confianza y la modernización de las reglas económicas no eran opciones ideológicas, sino necesidades prácticas para el desarrollo del país. Por eso considero positivo que algunas de estas ideas comiencen a traducirse en políticas concretas.
Durante meses he sostenido que la diáspora no debía ser vista únicamente como una fuente de remesas, sino como una fuente de inversión, conocimiento, experiencia y reconstrucción nacional. Resulta alentador que esa visión comience a abrirse espacio dentro del debate económico del país.
Pero también creo que debemos ser honestos sobre lo que aún falta.
Hace apenas unos años, muchas de estas propuestas eran descartadas o consideradas incompatibles con el modelo económico vigente, y hoy ya forman parte de la discusión nacional. Eso es un avance.
Pero el desafío ya no es identificar los problemas, hacer más diagnósticos, sino ejecutar las soluciones con la velocidad, profundidad y credibilidad que exige la situación del país.
La palabra es CONFIANZA. La inversión no llega porque se anuncien oportunidades. La inversión llega cuando existen GARANTÍAS.
El capital no responde a discursos, sino a reglas claras, estabilidad y seguridad jurídica.
Por eso siguen siendo pertinentes algunas preguntas fundamentales:
¿Qué garantías tendrán los inversionistas cubanos dentro y fuera del país?
¿Qué protección jurídica tendrán sus activos?
¿Existirá plena capacidad para repatriar utilidades y capital?
¿Se permitirá la compra, desarrollo, posesión, financiamiento, herencia y transmisión de propiedades bajo un régimen transparente y protegido por la ley?
¿Podrán los cubanos residentes en el exterior invertir con la tranquilidad de que las reglas serán estables en el tiempo?
¿Existirán mecanismos de veto político para filtrar quién puede o no participar en los nuevos procesos de inversión?
No son meros detalles técnicos, sino el corazón de cualquier proceso de transformación económica.
La confianza económica tiene una expresión concreta en el derecho y respeto a la propiedad. Mientras no exista un marco claro que permita comprar, desarrollar, heredar, financiar y vender propiedades con plena seguridad jurídica, una parte importante del capital cubano dentro y fuera del país continuará observando con cautela.
La inversión busca oportunidades, pero solo se desarrolla y permanece donde existen garantías.
La verdadera prueba de una apertura no es permitir invertir. Es garantizar que quien invierta pueda conservar, desarrollar, proteger y disponer libremente del fruto de su esfuerzo.
También sigue pendiente una modernización profunda del sistema financiero. Cuba necesita bancos funcionales, acceso al crédito, instrumentos modernos de financiamiento, mecanismos de pago eficientes y un entorno cambiario que genere previsibilidad.
Como he dicho en varias ocasiones, y sostengo, la diáspora es uno de los mayores activos estratégicos con que cuenta la nación cubana.
Las medidas anunciadas abren una puerta. Eso es importante. Respecto a la diáspora, ahora corresponde dar el paso más difícil: convertir la apertura en confianza y la confianza en inversión. Se necesita crear las condiciones para que el capital permanezca, crezca y genere prosperidad.
Y se necesita hacer incorporando plenamente a todos los talentos, incluidos los millones de cubanos que desde hace años vienen apostando, escribiendo, proponiendo y creyendo que una Cuba más próspera es posible.
Las medidas anunciadas merecen ser reconocidas. Pero la historia no recordará los anuncios, sino los resultados.
Cuba necesita pasar de la autorización a la garantía, de la expectativa a la confianza y de la intención a la ejecución. Ahí es donde se decidirá el verdadero alcance de esta nueva etapa.











