|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
La presión de Estados Unidos sobre Cuba ya no solo es más intensa que nunca: también es preocupantemente eficaz. En menos de un mes, una orden ejecutiva firmada por Trump ha provocado una estampida de compañías multinacionales con décadas de presencia en la isla.
El complejo entramado de sanciones que integran el bloqueo estadounidense ha adquirido una cualidad superior. Hasta ahora, el alcance de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), que es el brazo ejecutivo del gobierno para la aplicación de sanciones, se limitaba a compañías específicas, fueran cubanas o extranjeras. Esta situación generaba un efecto disuasorio sobre muchos inversionistas foráneos con interés en el mercado cubano, pero no ponía en riesgo la estabilidad de las firmas extranjeras con décadas de presencia en Cuba.
Pero desde mayo pasado, la incorporación de sanciones secundarias deja de tener efectos individuales y empieza a afectar a sectores enteros: minería, energía, comercio internacional, turismo, transporte, finanzas. Recorramos brevemente los efectos prácticos de los últimos acontecimientos:
La desbandada de Sherritt interrumpe dos tercios de la extracción de níquel y cobalto, dos bienes exportables que garantizan ingresos millonarios en divisas. Además, afecta la producción energética de ENERGAS, una empresa copropiedad de la firma canadiense y el Estado cubano, responsable de nada menos que de la producción del 10% de la electricidad del sistema eléctrico.
La salida de Meliá, Iberostar, Blue Diamond y otras cadenas hoteleras internacionales de la administración y comercialización de decenas de hoteles golpea de frente cualquier apuesta de recuperación de corto plazo de la industria turística cubana. Ya sin turistas internacionales (el cierre de la temporada alta de 2026 es el peor desde la pandemia de coronavirus), el sector pierde ahora la red de reputación, promoción y comercialización que aportaban las contrapartes extranjeras.
Por si fuera poco, la cancelación de vuelos de más de una docena de aerolíneas internacionales desmantela el puente aéreo entre Cuba y el resto del mundo.
Por su lado, la francesa CMA CGM y la alemana Hapag-Lloyd, dos empresas navieras que concentran el 60 % del tráfico marítimo de la isla, dejaron de aceptar encargos desde y hacia Cuba. Esto afecta las importaciones, particularmente de alimentos; ya no solo por la escasez de divisas, sino por el cierre de la vía logística para introducir mercancía al país.
Esta situación perjudica directamente al comercio mayorista y minorista: no solo el Estado y sus grandes importadoras son los más afectados. Las mipymes privadas y el cubano común cargarán con el mayor peso de las consecuencias, en tanto las familias cubanas realizan el 55 % de sus compras en comercios privados. El mercado interno podría experimentar rápidamente una crisis de desabastecimiento crítico.
El sector financiero tampoco queda a salvo. Visa y Mastercard, las dos redes de pagos globales más grandes del mundo, suspendieron todas sus operaciones en Cuba a principios de junio. Como consecuencia, el país perdió la capacidad de recibir ingresos directos por la comercialización de bienes y servicios mediante tarjetas de crédito internacionales. La economía cubana se vuelve más dependiente del dinero en efectivo y, por tanto, se reducen las vías de entrada de dinero y crece el riesgo de la informalidad. Sin Visa y Mastercard, Cuba queda aislada —todavía más— del sistema financiero internacional.
La estampida que estamos presenciando no es menor. Se trata de los mayores negocios de inversión extranjera del país, que durante décadas han aportado capital, know-how, redes internacionales y, claramente, ingresos en dólares.
Muchas de estas firmas iniciaron sus operaciones en los años noventa y fueron, junto a las reformas del Gobierno en aquel entonces, un factor de recuperación clave del Período Especial. Hoy, esas mismas compañías abandonan el país en medio de la crisis más grave en setenta años. Las perspectivas no son halagüeñas.
En medio de todo, ni siquiera he mencionado el bloqueo petrolero, instaurado en diciembre y oficializado en enero, que literalmente ha cortado todo suministro externo de combustibles fósiles. ¿Qué país puede funcionar en estas condiciones?
Si antes la economía operaba bajo presión, ahora está en riesgo de dejar de operar en absoluto.
Una variable que gana peso
La relación con Estados Unidos siempre ha sido una variable determinante en el desempeño de la economía cubana. Amén de las insuficiencias internas, la política de bloqueo ha intentado durante más de seis décadas exprimir todas las posibilidades de desarrollo de la isla. Desde entonces, ha sido una variable externa fija sobre la que Cuba ha tenido poca o nula capacidad de influencia. Sin embargo, el país siempre pudo planificar el crecimiento y el desarrollo económico-social independientemente de los efectos innegablemente perjudiciales del bloqueo.
Pero en 2026 la relación con Estados Unidos se ha convertido en la variable principal para la recuperación de la economía cubana. Ese grado de importancia implica que, aunque la variable sigue siendo externa y fija, ya no es maniobrable.
Peor aún, los datos revelan una tendencia aún más alarmante: Estados Unidos no solo está siendo eficaz en su papel de verdugo, sino que además está profundizando la dependencia de Cuba respecto a sí mismo. Por ejemplo, en el propio sector energético: en los últimos seis meses, con excepción del barco ruso, el único combustible extranjero que creció fue el comprado por el sector privado en —¡sorpresa!— Estados Unidos.
Incluso en términos generales, las importaciones provenientes del país norteamericano crecieron un 36 % de enero a abril de este año en comparación con el año pasado. El balance comercial, ascendente a 291 millones de dólares, es el valor más alto desde 1992, cuando el US Census Bureau comenzó a registrar las operaciones de comercio exterior entre los dos países.
Este giro dramático en el peso de las relaciones con Estados Unidos para la recuperación económica responde no solo a la crudeza (incuestionable) de las últimas medidas de Trump. La causa fundamental yace en la incapacidad de la política económica interna para asumir transformaciones de envergadura que fueron postergadas por mucho tiempo y que multiplicaron las debilidades de una economía desgastada.
¿Es posible recuperar el terreno perdido en estas circunstancias? Las conexiones de Cuba con el resto del mundo están siendo eliminadas como consecuencia de las sanciones estadounidenses. En la era de la globalización, es imposible desarrollarse sin tener relaciones con el exterior. Para una economía pequeña, abierta y subdesarrollada como la nuestra, es impensable.
Recuperar o reemplazar a gigantes como Sherritt, Meliá o las navieras no es fácil y no se logra en el corto plazo. Además, Cuba por sí sola no representa una ventaja lo suficientemente atractiva como para que esas u otras compañías internacionales decidan correr el riesgo de ser sancionadas por Estados Unidos.
La reacción del Gobierno cubano a la estampida de empresas extranjeras ha sido el anuncio de nuevas medidas económicas. Aunque todavía no parecen ser parte de una voluntad política más consistente para avanzar en la reforma económica, son bienvenidas. Sobre ellas opinaré en breve en mi próximo artículo de esta columna.
Todo cambio necesario, aunque haya sido postergado, es bienvenido. Ninguno de ellos debería nacer de ninguna negociación con nadie. Desde 2011, el país hizo un intento de reforma económica que, a la postre, fue saboteado y abandonado. Por nosotros mismos.
El problema es que, en estas condiciones, ni siquiera la mejor medida garantiza el éxito. A la integralidad, la secuencia y la coherencia, se añade un factor decisivo que no ha sido ponderado en su justa medida hasta ahora: el timing.













El timing es crucial para la supervivencias del pueblo, sobre todo para los cubanos de a pie…