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Un Rey en La Habana (II)

En La Habana, Nat "King" Cole se sentía suelto y sin vacunar, por así decirlo. No solo por la interacción profesional y humana con artistas blancos y negros, sino también por su presencia en lugares públicos y restaurantes en los que no había secciones para uno y otro color.

por
  • Alfredo Prieto
    Alfredo Prieto
agosto 23, 2020
en Música
1
Nat “King" Cole en Tropicana. Foto: archivo.

Nat “King" Cole en Tropicana. Foto: archivo.

En febrero de 1957, Nat “King” Cole regresó a La Habana para cantar de nuevo en Tropicana. Se ha dicho que fue el primer hombre negro en romper la barrera racial en las tablas del cabaret, pero se olvida que Chano Pozo se había presentado antes, en 1941, con la bailarina rusa Tatiana Leskova en la producción “Congo Pantera”. También se ha escrito que las razones de su vuelta estaban vinculadas al dinero de Tropicana, pero en realidad Cole —a diferencia, por ejemplo, de estrellas como Dorothy Dandridge—, no confrontaba problemas económicos. Estaba en el punto más alto de su carrera y no le faltaban ofertas de trabajo en Estados Unidos.

Lo cierto es que, al margen de los ingresos que pudo dejarle Tropicana —“atraía tanta gente, que mi tío le dobló el sueldo a $20 000”, declaró Tillie Fox, una sobrina de Martín Fox—, La Habana significó para él un lugar muy especial, una especie de oasis donde descansar de la segregación a lo Jim Crow y de los bebederos para colored people y de otras cosas más.

Esto, por una primera razón: la mezcla. Escribe T. J. English en Havana Nocturne: “mientras los casinos de Las Vegas estaban poblados abrumadoramente por caucásicos y los clubes de Nueva York estaban mayormente segregados de acuerdo con la raza, La Habana proveía avenidas de entretenimiento que constituían un remolino internacional de razas”.

Martín Fox (al centro). A su derecha su esposa, Ofelia Fox. Foto: archivo.

Y por una segunda: en Estados Unidos, las primeras manifestaciones por los derechos civiles, tanto la conocida acción de Rosa Parks como el boicot a los ómnibus de Montgomery, Alabama (1955), iban extendiendo la llama de la desobediencia, que culminaría en los sit-ins de Greensboro, Carolina del Norte (1960) y sobre todo en la marcha sobre Washington de Martin Luther King (“I have a dream”, 1963), pero también desataban reacciones virulentas protagonizadas por turbas racistas WASP (siglas de blancos, anglosajones y protestante en inglés).  En esa atmósfera, el 10 de abril de 1956, apenas de regreso a su país, Cole fue atacado por tres miembros de la Asociación de Ciudadanos Blancos durante una presentación en el Auditorio Municipal de Birmingham, Alabama, mientras cantaba “Little Girl”.

Querían secuestrarlo. Irrumpieron de manera intempestiva en el escenario, uno de los racistas le dio un puñetazo en la cara, un micrófono lo golpeó severamente; el Rey cayó sobre la banqueta del piano y se lesionó la espalda. Lo sacaron del escenario para recibir los primeros auxilios, pero regresó con una ovación de más de cinco minutos. Cuatro mil espectadores blancos. “Solo vine aquí para entretenerlos”, dijo. “Creía que eso era lo que ustedes querían. Yo nací aquí. Esos individuos me han dañado la espalda, no puedo continuar porque tengo que ir al médico”. Suspendió sus presentaciones en Raleigh y Charlotte.  A partir de entonces, se negó a presentarse en el Sur de Estados Unidos. Sus agresores fueron condenados a seis meses de prisión.

Años antes, en 1949, él y su familia habían sufrido los golpes bajos del racismo al mudarse a una soberbia mansión en Hancock Park, un exclusivo barrio de Los Ángeles, cerca de Hollywood, en el que vivían personajes como Howard Hughes, Katherine Hepburn y Mae West. La Asociación de Propietarios primero dio la batalla para que no adquiriera la propiedad. Después se la trataron de comprar ofreciéndole 25 000 dólares por encima de su precio, unos 65 000 billetes verdes. Por último, los vecinos, todos blancos adinerados, le dejaron carteles con insultos racistas en el patio y firmaron una petición para que “los indeseables” se marcharan del lugar. “Yo tampoco quiero indeseables. Si veo alguno, se los haré saber”, respondió Cole en tono pausado y con su sonrisa característica. Por último, llegaron a un extremo: envenenar a su perro.

Foto: Grammy.com.

Pero algo estaba cambiando. En mayo de 1948, la Corte Suprema de Estados Unidos había decidido que no venderles casas a negros, judíos y asiáticos violaba la cláusula de igual protección de la 14 Enmienda a la Constitución (caso Shelley v. Kraemer). Por esa razón Cole, que no era ningún tonto, compró la propiedad, y también por esa misma razón no pudieron sacarlo de allí y tuvieron que acudir a procedimientos tan sucios como despreciables para ver si tenían éxito.

Ocurría lo de siempre: la ley por un lado y las mentalidades por otro. Más tarde hubo otro cambio en su vida. En noviembre de 1956 se lanzó “El Show de Nat King Cole”, programa de variedades semanal producido por la NBC, lo cual lo convirtió en el primer afro-americano en tener un espacio propio en una cadena nacional de TV. Buena flecha, pero con problemas de diana: muchas estaciones sureñas se negaron a trasmitirlo. Finalmente, fue cancelado en diciembre de 1957 debido a la falta de apoyo financiero y por la renuencia a auspiciar un show protagonizado por un hombre negro.

Tropicana. Foto: Arquitectura y Empresa.

Cole hizo un último viaje a Cuba en 1958, también para presentarse en Tropicana y para algo completamente nuevo: grabar su primer disco fuera de Estados Unidos. Ciertos cronistas le han reprochado no haber interactuado más con la cultura cubana y sus agentes, como si no entrar a un solar habanero o no participar en una descarga alrededor de una piscina del Country Club fuesen indicadores últimos para medir su relación con los cubanos. O como si no resultara suficiente haberse conectado con músicos de la talla de Armando Romeu, el pianista Bebo Valdés y el percusionista Guillermo Barreto, tanto en el escenario como en el estudio y la vida.

El Rey, sin embargo, hizo algo mucho más importante: difundir la música cubana y latinoamericana urbi et orbi en los tres LPs de la Capitol Records donde cantó en español: Cole Español (1958), A mis amigos (1958) y More Cole Español (1962).1 Ello incluía socializar la labor de compositores que él y su equipo habían calibrado cuidadosamente: Richard Egües (“El bodeguero”), Adolfo Utrera y Nilo Menéndez (“Aquellos ojos verdes”) y Osvaldo Farrés (“Quizás, quizás, quizás”), entre otros. Por no mencionar su influencia en el filin, protagonizado por jóvenes compositores cubanos que fusionaron con lo suyo, guitarra en mano, tendencias musicales estadounidenses de la hora para producir algo distinto y diferente, una potencialidad que dista mucho de constituir agua pasada, porque sigue inscrita en nuestro disco duro cultural de hoy.

Vistos desde otro ángulo, esos tres LPs fueron “extraordinariamente visionarios para su tiempo”, como dijera su  hija Natalie, y una contribución a la cultura latina en Estados Unidos, que ya tenía en el Palladium de Nueva York su tierra de promisión, con el mambo y su latinidad del crossover. Con Cole, por primera vez un jazzista norteamericano se atrevió a grabar con una orquesta de mariachis, los músicos predilectos de los wetbacks que atravesaban el Río Bravo para emplearse como jornaleros donde la frontera había cruzado a los mexicanos en el siglo XIX.

En La Habana, se sentía suelto y sin vacunar, por así decirlo. No solo por la interacción profesional y humana con artistas blancos y negros —eso, después de todo, también le ocurría en Estados Unidos—, sino también por su presencia en lugares públicos y restaurantes de La Habana Vieja (La Bodeguita del Medio) y El Vedado (H y 19) en los que no había secciones para uno y otro color. Por eso buscaba contactos con los cubanos, y en el ámbito popular, donde la diversidad y la mezcla racial resultan mucho más obvias.

Cuenta Arsenio Rodríguez Quintana: “Una invernal tarde [de 1957] el cantor se atrevió a recorrer la zona más populosa de la capital. Tomó un auto lujoso y pidió que lo llevaran a la llamada esquina del dolor (intersección de las calles Galiano y San Rafael), donde se encuentran las tiendas populares.

La esquina de Galiano y San Rafael. Foto; Archivo.

Nos han dejado otro testimonio, recogido por Rolando Pérez Betancourt: “Mi padre me contó que Nat llevaba un saco deportivo a cuadros. Un gran público se le abalanzó y le hacían saber lo mucho que apreciaban sus canciones. Mi padre, alzando la voz, en un rudimentario inglés le dijo que tenía uno de sus discos. ‘What record?‘, preguntó Nat. ‘Nat Sings for Two Lovers‘, contestó mi padre. Al rato el automóvil vino en su rescate y Nat partió entre vítores y aplausos. El auto lo trasladó hasta la calle Amistad 208, esquina a Neptuno, a la discoteca Fusté (…). Allí lo fotografiaron para la propia revista Fusté show, tan divulgada en aquel entonces”.

Seguramente por cosas como esas, y por intimidades que se llevó a su tumba, Nat “King” Cole viajó tanto a Cuba.

Tillie Fox dice: “Mi padre, Pedro Fox, era el hermano menor de Martín Fox y uno de sus socios. Debido a que era uno de los que hablaba inglés en el nightclub, siempre se aseguraba de tomar un trago con las estrellas norteamericanas que llegaban al club. Me contó que Nat King Cole una vez le dijo: ‘me gusta venir a Cuba porque aquí me tratan como a un hombre blanco’”.

Lo que equivale a decir, en el contexto del racismo que vivió, “como a una persona”.

Notas 

  1. Cole Español fue grabado en La Habana los días 17, 18 y 20 de febrero de 1958 y completado en Capitol Studios, Los Ángeles, CA. Se grabó con la orquesta de Tropicana en los estudios Panart, en San Miguel  410, Centro Habana. El maestro Armando Romeu González (1911-2002) hizo los arreglos de “Noche de ronda”, “Quizás, quizás, quizás”, “El bodeguero“ y “Tú mi delirio”, pero este último Cole no lo pudo cantar por problemas fonéticos. No sabía hablar español, y según su hija Natalie, no tenía muchas facilidades para los idiomas. En este disco, la fonética le fue asesorada/supervisada por Bebo Valdés. A mis amigos se grabó en Río de Janeiro entre los días 30 de octubre y 4 y 10 de noviembre de 1958. More Cole Español en México D.F., del 6 al 9 de marzo de 1962.

 

Etiquetas: Portadaracismo
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Alfredo Prieto

Alfredo Prieto

Investigador, editor y periodista. Ha trabajado como Jefe de Redacción de Cuadernos de Nuestra América, Caminos, Temas y Cultura y Desarrollo, y ejercido la investigación y la docencia en varias universidades. Autor de La prensa de los Estados Unidos y la agenda interamericana y El otro en el espejo.

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Comentarios 1

  1. arsenio rodríguez quintana says:
    Hace 6 años

    Me hace ilusión que me citen en este texto. Soy arsenio rodriguez quintana. Añadir que ese fragmento de mi texto que fue un post en mi blig, ahora es parte de mi libro EL ARTE DEL SABOR. Tres de cafe y dos de azúcar. Dos siglos de Música Cubana.Arsenio Rodríguez Quintana. Ediciones Muntaner, 2020. Disponible en AMAZON.com

    Responder

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