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Winston Churchill trascendió como baluarte en la defensa de Gran Bretaña, clave en la victoria aliada que apagó la Segunda Guerra Mundial en el cenicero de la Historia. Sin dudas, fue un personaje de múltiples caras, incluso discordantes; y aunque lo tacharon de fracasado o ridículo en su momento, sigue siendo un indiscutible en el océano de la política. El primer ministro fue todo un rebelde y sibarita; amaba beber, fumar y expeler un humor verde no apto para sensibles.
El hombre que se negaba a claudicar no solo es famoso por su clásica cara de “bulldog inglés” bajo sombrero de copa o por popularizar el icónico signo de la victoria con los dedos en V, sino también por su sempiterno tabaco. Rara es la fotografía informal en que no se le vea, cual prenda ecuménica, el robusto habano clavado en la sonrisa o evaporándose lánguidamente entre las manos que sujetan el bastón negro con mango de plata.
Churchill fue un inveterado fumador, uno de los más legendarios que puedan recordarse. Fumaba bajo truenos de artillería, mientras paseaba su apostura caballeresca por las avenidas, en reuniones y espectáculos, en giras al extranjero, manejando sus pinceles, hundido en su sillón de oficina, calculando los riesgos de una ofensiva hitleriana o borroneando un debate en la Cámara de los Comunes.
Dondequiera que iba, dejaba tras de sí un rastro de ceniza. Sus rituales reflejan un patrón meticuloso y se esforzó al máximo para no tener que abstenerse ni siquiera por cortos periodos. Su capricho de chimenea andante alcanzó límites extremos como fumar en un traslado de ambulancia u ordenar una máscara de oxígeno personalizada para hacerlo en un avión a 15 mil pies de altura.
El tabaco era una extensión de sus dedos regordetes; o, más bien, de su personalidad. Él mismo admitió que le ayudaba a quemar las ansiedades de la política y ahumar su atormentado mundo interior; a pensar con serenidad y hallar salidas en las horas más críticas cuando todo parecía perdido y solo podía ofrecer “lágrimas, sudor, sangre”. Y señales de humo. Además de recurso de control psicológico, lo empuñó como herramienta diplomática y arma simbólica. Formó parte esencial de su imagen y estrategia personal. Las estampas siempre han sido instrumento de propaganda.

Amor de Romeo y Julieta
Nacido en el Palacio de Blenheim, en noviembre de 1874, el imberbe Winston saboreó por vez primera un puro durante una “aventura privada” en Cuba, donde pasó su 21 cumpleaños. En el invierno de 1895, el subteniente del 4to. Regimiento de Húsares desembarcó en la isla para experimentar la guerra que enfrentaba a españoles y cubanos. “Cuba era un lugar donde ocurrían cosas reales, un escenario de acción vital donde cualquier cosa podía suceder. Aquí podría dejar mis huesos”, dijo el futuro lord del almirantazgo en su autobiografía de juventud.
En la manigua de Arroyo Blanco (Sancti Spíritus) tuvo su bautismo de fuego, tanto de balas como de nicotina. Ese viaje duró menos que una breva, pero desde entonces Churchill quedó ligado a Cuba. De vuelta en Londres no tardó en encargar habanos, galvanizando su romance inextinguible con el torcido cubano. Aplicaba la máxima de “fumar es como enamorarse. No puedes dejar que la llama se extinga”. Por eso no extraña que comprara mucho humo y que por siete décadas varios proveedores le mantuvieran bien abastecido. Para que se tenga una idea, en una suerte de habitación-humidor contigua a su estudio en Chartwell, su casa en la campiña de Kent, llegó a almacenar 4 mil puros.
Su marca fetiche fue Romeo y Julieta. Con cepo de 47 x 170 mm de largo, capa de color marrón, ligeramente aceitosa y venosa, este torcido de tripa larga y distintivo de la región de Vueltabajo, caracterizado por fortaleza media, cremosidad y sabor equilibrado con ciertos recuerdos a café, a cacao, y sutil retrogusto pimentoso, envolvía a Churchill en una neblina aromática de notas intensas a tabaco y madera. La combustión, buena y pareja desde el principio, le brindaba una hora de fumada en bocanadas esponjosas y elegantes. Algo así como fumarse una joya de arte.
Sin embargo, el favoritismo por la casa comercial fundada en 1875 con musa shakesperiana no impidió que el empedernido fumador probara otros tamaños y gamas como La Aroma de Cuba, Montecristi, H.Upmann y Partagás. Para perpetuar el vínculo con su cliente más notorio —que además de clasificar entre los prominentes estadistas de la historia, fue uno de los oradores más aclamados del siglo XX, soldado condecorado en cuatro guerras y Premio Nobel de Literatura (1953)— Romeo y Julieta crearía distintos formatos con anillas Churchills, devenida línea estrella dentro del vitolario de Habanos.
¡Tabacos para Churchill!
Ese apetito bohemio del héroe que encarnaba la resistencia británica frente al desastre total no iba a pasar inadvertido ante los ojos sagaces de la revista Bohemia. Así que, con la proclama de recompensar semejante proeza y como muestra de admiración de los demócratas cubanos, la acreditada publicación lanzó la campaña “¡Tabacos para Churchill!”, solicitando donativos con el plan de adquirir un cajón de tabacos y remitirlo al honorable político; “un obsequio que este ha de agradecer casi tanto como un cargamento de aviones o una docena de destroyers”.
La suscripción popular abrió el 10 de noviembre de 1940 y se extendió por cuatro semanas. Solo se podía abonar de uno a veinte centavos, girándolos al director Miguel Ángel Quevedo mediante un cupón difundido en las páginas del semanario. La lista con el nombre y la dirección de cada donante se daría a conocer en próximas ediciones y enviarían una copia al agasajado.

Más de tres mil personas, desde encopetados profesionales hasta bodegueros, panaderos y amas de casa, respaldaron la convocatoria. Las cartas de adhesión llegaron aun de apartados rincones. “El hombre se lo merece”, opinaba la mayoría. La aportación más modesta (tres centavos) fue de María Vigo. “Le ruego que me perdone la poca cantidad que envío. Si más tuviera más le enviaría, pues simpatizo con el pueblo inglés y su gobernante”, escribía la apenada señora a Quevedo. Mientras, otros lamentaban que la cuota prefijada fuera tan exigua. Para ahorrarse los gastos en sellos de correo, algunos astutos hicieron colectas amigas. Fue el caso del señor Raúl Fernández, que desde Tunas de Zaza envió su monto junto al de 41 allegados.
Al cerrar el plazo se logró recaudar 386 pesos con 50 centavos. Pero el humidor resultaría tan soberbio que implicó un sobregiro del importe hasta 621 pesos y Bohemia terminó sufragando la diferencia. La confección estuvo a cargo del tallista Pablo López, basado en bocetos del dibujante Álvarez Moreno. El cajón era de caoba maciza y otras maderas escogidas. Tenía capacidad para 2400 tabacos, repartidos al interior en estuches de 50. En tapas y laterales lucía artísticas decoraciones con los escudos de ambos países, alegorías y una placa grabada de plata.
En acto pomposo celebrado el 7 de marzo de 1941, la caja —saturada de tabacos, coronas grandes y medias, de las no menos apreciadas marcas Partagás y Allones— fue entregada al ministro británico en Cuba, Mr. George Ogilvie Forbes, para que la hiciera llegar al señalado destinatario “como prueba de admiración, cariño y respeto al heroico pueblo inglés que aquel tan digna y magníficamente representa y gobierna”.
Nota curiosa: la tienda El Encanto exhibió la pieza en su vidriera. Miles de interesados desfilaron para admirar aquel presente que, más allá de contenedor de puros selectos, era el cargamento de simpatía y gratitud de todo un pueblo.

Bienvenida triunfal
Sobre las tres de la tarde del 1 de febrero de 1946, Churchill aterrizó en el aeropuerto habanero. Respiraba el cálido aire cubano por segunda vez. Tenía ahora 71 años y la compañía de su esposa Clementine, su hija Sara y un amigo, el veterano coronel Frank Clarke. Aunque viajaba en son de vacacionista y ya no era mandatario, fue tratado con honores correspondientes a un jefe de estado. No solo porque el gobierno lo había invitado, sino porque así lo exigía su dimensión universal. Se hospedó en el Apartamento de la República reservado en el Hotel Nacional para los huéspedes más ilustres.
En calidad de anfitrión, Grau San Martín lo recibió oficialmente en el Palacio Presidencial y como recuerdo especial del encuentro le entregó un encendedor de sobremesa con forma de proyectil de artillería, montado sobre una base ornamental. Después de la entrevista con el presidente y una embrollada conferencia de prensa, lo persuadieron de salir a saludar a la multitud de simpatizantes estacionada frente a la terraza norte.
“Tengo el honor de presentarles a míster Churchill y darle la bienvenida en nombre del pueblo de Cuba”, anunció Grau y le cedió los micrófonos. Una filmación que se conserva del instante registra al abuelo bonachón formulando una tímida alocución: “Caballeros, señor presidente, les agradezco cordialmente su amable bienvenida en mis vacaciones visitando su hermosa isla. Y expreso un sentimiento en el que todos pueden unirse cuando digo: ¡Viva la Perla de las Antillas!”, diciendo esta última frase en un gracioso español digno de aplausos y risas.

Al día siguiente asistió a un almuerzo en el gran comedor de palacio, sazonado con el menú que merecía la ocasión. Fue una jornada episódica que retrata el alma del protagonista. Cuando la comitiva escoltada por ocho policías motorizados enfilaba por la Avenida de las Misiones, se indicó retornar urgentemente al hotel. El motivo de la abrupta maniobra puede sonar insulso, pero para Churchill tenía envergadura similar a una decisión de estado: se le habían quedado los tabacos. Incluso con el percance llegó a la cita diez minutos antes, por lo que dio vueltas en las inmediaciones hasta presentarse en la sede presidencial con puntualidad inglesa.
Su presencia en La Habana acaparó absoluto interés. La gente se dio de codos en las calles ovacionándolo las veces que recorrió la ciudad en máquina descapotable, con sombrero alzado en mano y tabaco perpendicular en boca sonriente: “para que los cubanos me conozcan personalmente”, fueron sus palabras. En tanto su facha de gánster jubilado y sus excesos, en todas épocas susceptibles de caricatura, dieron comidilla a la prensa. “Come, bebe y fuma sin restricciones de ninguna clase. Y en cantidad”, destacaba un reporte de la memorable visita.
El hecho es que se fue encantado de la hospitalidad y el ambiente cubano. Tanto que al final de su estancia dejó otra declaración generosa: “Si no tuviera que ver al presidente Truman me quedaba aquí por un mes”.

Hasta la última “cachá”
Con Churchill se equivocaron muchos, hasta su médico de cabecera, Lord Moran, quien le prohibió fumar por considerarlo un veneno lento. Tan lento que el incorregible paciente vivió 90 años. A pesar de que lógicamente el hábito de fumar sea poco saludable y cause la muerte a millones de personas en el mundo cada año, pareció hacer una excepción con Sir Winston. ¿Cómo diablos pudo soportar por tanto tiempo su dieta de alcohol, nicotina y belicosidad? El galeno se devanearía los sesos intentando encontrar esa respuesta.
“Mi regla de vida prescribía como rito absolutamente sagrado fumar puros”, justificó Churchill alguna vez. Definitivamente fumó una cantidad fabulosa. Biógrafos y entendidos del cigar world han estimado que consumía de ocho a diez tabacos diarios. Multiplicado en el calendario eso significa alrededor de 4 mil anuales y, ojo al dato, por encima de 280 mil en su dilatada carrera de fumador activo. Para cuando contaba 80 años había absorbido con orgullo 23 kilómetros de hoja enrollada.

Su afición por el puro cubano duró hasta sus últimos días, aunque se dice que ya no fumaba en realidad, sino que lo llevaba apagado o lo dejaba gastar para mascarlo. En un gesto postrero de desafío y obsesión, durante los seis meses que antecedieron a su muerte —acaecida el 10 de enero de 1965— el viejo camaleón compró 825 tabacos. Todavía hoy ávidos coleccionistas del mundo entero pondrían un dedo en la guillotina por obtener a cambio un suvenir del arsenal del “hombre habano”. Solo hay unas pocas cajas de su propiedad conservadas como reliquias de museo, pero de vez en cuando se levantan columnas de humo en torno a su memoria.
En 2017 un comprador anónimo pagó 10 mil euros en una subasta de internet por un tabaco serigrafiado con el nombre de Churchill, que este medio chupó en mayo de 1947 en el aeropuerto París-Le Bourget y fue recogido del cenicero por William Alan Turner, cabo de la Royal Air Force. En fecha más reciente, 2023, otro puro descartado apresuradamente por el inglés durante una cena organizada en su honor por la misión diplomática en Marruecos —agosto de 1944— fue subastado por la casa Hansons Auctioneers del Reino Unido.
“Llevaré siempre a Cuba en mis labios”, pregonó con entono Churchill enarbolando su habano infalible. ¿Cuántos de nuestros anónimos vegueros, escogedores, despalilladoras, comerciantes y demás eslabones de esa portentosa industria criolla, representaron de cierto modo un factor oportuno para que aquel genio versátil, todo incandescencias y ensoñaciones como un tabaco encendido, pudiera afrontar con flema sus titánicas responsabilidades? Sus nombres y rostros se habrán esfumado cual volutas de humo, pero también merecen un recuerdo.











