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Ninguna embarazada en Cuba quisiera tener que viajar de un municipio a otro para hacerse una ecografía. Hasta hace poco, lo habitual era que en cada área de salud local —casi siempre en el policlínico más cercano— todo estuviera disponible a una distancia cómoda y accesible.
Sin embargo, en Puerto Padre, en la oriental provincia de Las Tunas, eso ya no es posible. La atención a las gestantes se ha vuelto más compleja porque el ecógrafo instalado en la consulta de Genética presenta fallas que impiden diagnósticos certeros en semanas clave del embarazo.
Así lo cuenta Leydis G., quien ha tenido que resignarse —obligada por las circunstancias— a viajar más de 30 kilómetros para el seguimiento de su gestación. Antes, la separaban apenas 15 minutos de la consulta; hoy, cada chequeo implica un traslado agotador hasta el municipio de Jesús Menéndez, donde existe otro equipo disponible.
“El transporte para ese viaje lo gestiona Salud Pública e incluye al equipo médico que nos atiende”, dice, como quien reconoce una “tabla de salvación” ante la casi ausencia de vehículos en la calle. “En estos momentos, debido al bloqueo petrolero impuesto por el gobierno de Donald Trump a Cuba, el panorama es peor. Aunque se ha dispuesto priorizar los ultrasonidos, hace un par de semanas en el policlínico faltó la electricidad y el viaje fue infructuoso”.
Un día entero esperando por la corriente que nunca llegó, para luego regresar a casa con la esperanza de que la semana siguiente sea distinta o con el temor de repetir la experiencia. “Ahora la planta eléctrica del centro médico está reparada, pero el problema sigue siendo el combustible. Incluso nos han pedido que, si alguna embarazada tiene un EcoFlow —esos equipos que almacenan energía—, lo lleve para poder hacer los ultrasonidos”.
El gasto que no cubre Salud Pública es el del viaje hasta la cabecera provincial para realizarse exámenes más específicos, ya que su embarazo es de alto riesgo. “Un carro desde Puerto Padre hasta Las Tunas puede costar fácilmente cinco mil pesos”, comenta Leydis, con 26 semanas de gestación, y evita hacer cuentas: su salario mensual ronda esa misma cifra.

Un testimonio entre miles
Su historia refleja lo que hoy viven más de 32 880 embarazadas en Cuba, según cifras oficiales. Las autoridades sanitarias han advertido que el recrudecimiento del bloqueo energético impuesto por Estados Unidos afecta directamente al Programa de Atención Materno Infantil (PAMI), por los riesgos, amenazas y limitaciones que genera.
El déficit de combustible provoca dificultades en el acceso a ultrasonidos obstétricos y estudios genéticos; limita el traslado de comisiones médicas que atienden casos graves de morbilidad materna y neonatos críticos; reduce la disponibilidad de transporte sanitario para urgencias; y retrasa la vacunación infantil, poniendo en riesgo a niños con necesidades especiales.
Lo que para Leydis significa un viaje fallido o un gasto que derrumba la economía familiar, para el sistema de salud cubano representa una amenaza latente para miles de gestantes y recién nacidos en todo el país.
Otras voces de la espera
En un poblado semi rural del municipio de Mayarí, en Holguín, la situación no es mejor. María acompaña casi siempre a su hija Lisandra a los controles prenatales. Explica que muchas comunidades —Levisa, Guaro, Cajimaya, Cabonico y Felton— están muy apartadas, por lo que las embarazadas deben trasladarse obligatoriamente hasta la cabecera municipal para recibir atención especializada.
“El seguimiento no es igual, aunque los médicos y enfermeras de la familia nos visitan”, asegura.
El mayor temor de Lisandra es el momento del parto. Para su madre, la preocupación principal es que no se le presente en un lugar sin condiciones médicas. Además, su hija tiene problemas en la vista y aún no hay consenso entre el obstetra y el oftalmólogo sobre si debe someterse a cesárea.
“La orientación es ingresar a las 37 semanas porque estamos demasiado lejos de los hospitales”, explica. “Mi hija no quiere ingresar por las malas condiciones del hogar materno y del hospital de Mayarí, pero ya entendió que es lo mejor para ella y para el bebé. Ojalá sea en Holguín, donde hay un poquito más de condiciones”.
Entre apagones y alimentos perdidos
Para Esther, cienfueguera con 20 semanas de gestación, la rutina no se limita a sobrevivir con apenas ocho horas de electricidad al día. También debe enfrentar la frustración de ver cómo la comida se echa a perder tras apagones de más de 24 o incluso 48 horas.
“Después de haber pagado un ojo de la cara por los alimentos”, dice.

Cuando habla del estrés, se ríe con resignación: “Llevamos como tres años así. A todo se acostumbra una”. Pero a sus 30 años, no debería normalizar tener que repetir análisis de sangre porque no hay corriente, ni que su doctora haga el seguimiento por WhatsApp.
“Mi doctora viaja desde Yaguanabo hasta Cienfuegos. A veces llega casi a la hora del regreso y no puede perder la guagua”, cuenta.
En la misma provincia, Dayana, con 18 semanas de gestación, dice que puede hacerse análisis y ecografías porque vive cerca del policlínico. Su mayor desafío es la alimentación.
“Este mes solo trajeron leche dos veces a la bodega. Y es fluida, que alcanza para un día. Nos toca pagar más de dos mil pesos por un kilo de leche en polvo en las mipymes, justo ahora que más la necesito”.
Los apagones superan las 24 horas y contrastan con las cuatro u ocho horas de servicio “según las capacidades de generación”, como se informa en los partes de la Unión Eléctrica.
“Son tiempos duros para traer una criatura al mundo”, reflexiona. Su esposo, trabajador de una refinería, está “interrupto” laboralmente. “Este primer mes le pagan completo, después no sabemos. Estamos viviendo de los ahorros”.
Dayana se acaricia el vientre. “Ojalá, cuando nazca, todo haya vuelto a la normalidad”.
La mirada médica
La crisis también golpea al personal sanitario. Una doctora de un consultorio en el municipio Cerro, en La Habana, explica:
“Las consultas siguen funcionando porque las planificamos nosotros. El problema son los análisis: cada mañana cortan la electricidad y el laboratorio no puede trabajar. Con los ultrasonidos pasa algo parecido. Muchos profesionales han pedido la baja porque el salario no alcanza”.
Añade que algunas gestantes se trasladan en motos por falta de transporte, lo cual pone en riesgo su seguridad.
En instituciones especializadas como el Hospital Ginecobstétrico “Ramón González Coro”, la preocupación va más allá de los ultrasonidos. El grupo audiovisual Naturaleza Secreta divulgó declaraciones de la jefa de Neonatología, Niurka Moreno Obregón, quien alertó sobre la fragilidad del sistema eléctrico.
“Si la ventilación se interrumpe más de diez segundos, hay que establecerla de forma manual. Y los resultados no son los mismos. Sentimos temor, angustia… son niños que están en nuestras manos”.
Presión constante
Los testimonios confirman lo denunciado oficialmente: la crisis energética compromete la atención médica en un área tan sensible como la maternidad. Entre viajes infructuosos, dietas incompletas y consultas interrumpidas, las embarazadas cubanas sostienen la esperanza de que sus hijos nazcan sanos.
Pero la esperanza no basta. Para un sector históricamente entregado al servicio público, las carencias actuales se convierten en una prueba de resistencia cotidiana. Cada parto atendido, cada consulta lograda y cada vida preservada se transforman hoy en un acto de supervivencia para un sistema de salud con tradición de cobertura universal que ahora enfrenta limitaciones extremas por falta de combustible.
Nota: Algunos nombres fueron cambiados a petición de las entrevistadas.











