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El punto donde se ubica el último hogar que tuviera el escritor cubano Virgilio Piñera (1912-1979) en La Habana quedó visible para peatones y curiosos en tránsito gracias a una tarja develada el pasado 22 de febrero.
El apartamento “era de dos piezas, tenía un diminuto cuarto de baño y una cocina larga y estrecha donde flotaba un perenne olor a gas”, recordaba su amigo el escritor Antón Arrufat para el libro Virgilio Piñera, entre él y yo (Unión, 2012).
En sus remembranzas, Arrufat aportó otros detalles del espacio: contaba con un búcaro grande de cristal blanco y un tocadiscos, algo que para Piñera era muy importante, ya que se trataba de un “melómano profundo”.
Todos los muebles estaban pintados del mismo color y en las blancas paredes había cuadros de Osvaldo Gutiérrez y Portocarrero, según Arrufat, que añade: “Contaba con escasos muebles, apenas libros, pues nunca quiso conservarlos. El que terminaba de leer lo regalaba o devolvía de inmediato”.
“Mi dirección es: Calle N No. 375, apart. 7. Vedado. Puedes escribirme a esa dirección”, animaba el propio Piñera a su amigo Humberto Rodríguez Tomeu un día de octubre de 1966, cuando de vez en vez lloraba después de una buena película y ya no jugaba canasta.
No podía parar de escribir. Había acabado dos obras de teatro, entre ellas “la pieza que más trabajo me ha dado”; había concluido un cuento de sesenta páginas, escribía una novela, esperaba la puesta de sus clásicos en los teatros de La Habana y aseguraba que traducía como un loco.
Pero, no todo había sido propiciador de esas energías en la vida de Piñera, autor de piezas de teatro como Electra Garrigó (1948) y la novela La Carne de René (1952). El periodo de discreto esplendor estaba por terminar.
En octubre de 1967, desde Verde Olivo, Luis Pavón le llamó frustrado y lo miraba no con muy buenos ojos, ya que a fin de cuentas le reprochaba que fuera de la “familia política de Cabrera Infante”, representada por todos los intelectuales agrupados en torno a Lunes de Revolución, magazine despeluzado por Ávila un mes después desde la misma revista.
Ese año Piñera había ganado el Premio Casa de las Américas de teatro por su libro Dos viejos pánicos, y todavía resonaba en los pabellones de la Biblioteca Nacional aquel “tengo miedo” que no escondió ante Fidel Castro en su famoso encuentro con los intelectuales en el verano de 1961.
Los fines de los sesenta sorprendieron a Piñera vilipendiado, y así transitó los tiempos de “grisura y atonía” que fueron los setenta, como apuntó Arrufat, de tal forma que diez años después de aquel golpe creativo se reconocía demasiado cansado para tener alguna esperanza: “[…] he luchado mucho y estoy cansado de luchar”, escribió a Julia Rodríguez Tomeu, hermana de su gran amigo Humberto.
La carta, fechada el 5 de julio de 1977, fue escrita desde el mismo edificio que hoy queda señalizado y muestra el final de un dramaturgo cuyo ostracismo fue paulatino, pese a haberlo perseguido desde mucho antes de que se radicara en ese edificio del Vedado.

“El apartamento, pequeño y modesto, aparece en varias fotografías tomadas durante los años 60, cuando ya estaba aquí tras abandonar la casa de Guanabo y empezar a residir en esta esquina, acaso como una disculpa nunca pronunciada tras el impacto doloroso que causó en Virgilio el infame acontecimiento de ‘La Noche de las 3 P’”, escribió el dramaturgo Norge Espinosa para el sitio Café Fuerte, a propósito del homenaje.
Espinosa se refiere a una tristemente famosa operación contra pederastas, prostitutas y proxenetas que tuvo lugar en el año 1961, a la cual se han referido personalidades de poder político en el momento, como Carlos Franqui, que fuera director de Revolución, donde trabajó Piñera en proyectos como Lunes de Revolución y Ediciones R, y donde también había vivido la discriminación por su homosexualidad.
En su libro Cuba, La Revolución: mito o realidad (Océano, 2006), Franqui escribió que la Noche de las tres P “afectó a los religiosos, a los revolucionarios independientes, hippies y toda clase de inconformes, produciendo un tremendo impacto negativo en todo el país”.

En la carta a Julia Rodríguez Tomeu, además de hacer referencia a su propia muerte (“mi vida está por terminar […]”), Piñera pareciera abrumado por la época, signada por el control estatal, la mediocridad, la precariedad y el oportunismo. Por si fuera poco, se sumaba el fin de colegas y amigos.
Habían muerto José Lezama Lima y Orlando del Pozo; morían Carlos Felipe, Rolando Ferrer, Ramonín Valenzuela, Gisela Hernández, tantos que, al impotente dolor de la partida de coetáneos, Piñera decía “dejarse ir” en medio de tanto “infierno cotidiano”.
Virgilio Piñera no era un hombre demasiado viejo para los días en los cuales escribía aquellas palabras. Tenía 65 años y se empleaba en traducir “como un loco”, pero la existencia se le había ido enredando en un “infinito cansancio”, acorralado por quienes no creen en los hombres con imaginación, como era su caso. Lo dejó escrito:
“Para el que posee el don supremo de la imaginación, la vida no es esa que nos obligan a vivir, sino la vida profunda que nosotros nos imaginábamos”.
Ahora, señalizar el punto donde pasó sus últimos años el escritor representa un acto que no es solo empeño justiciero de familiares y amigos, sino que logra otro resquebrajamiento en el manto de concreto que por años ha contenido el espontáneo fluir de la cultura cubana.
Otras tarjas como esta deberían venir, pues en el panteón del olvido hay demasiados artistas y personalidades enterrados por el oficialismo; aunque, para ser justos, apunto que a veces les han dado un chance con excepciones editoriales, ya que, a pesar de que los libros son más potentes y definitivos que la voz de quien los escribe, un ser vivo siempre resulta inquietante.
El 18 de octubre de 1979, Piñera salió por última vez de este edificio hoy señalizado, escribía Espinosa. Iba a un encuentro con su amigo, el doctor Sergio Cavarruiz, y a pesar de sentirse mal, no quiso, fiel a sí mismo, faltar a una cita concertada. Subir los cinco pisos de la cercana casa terminaría siendo el impulso fatal que dio fin a su existencia.
Eran tiempos en los que todavía se le veía ágil y delgado, según le recordaba Arrufat: “Comía poco, y era capaz de correr tras las guaguas repletas y saltar al estribo ‘como un gamo’ con el vehículo andando”.











